Jet Lag
Es 'Jet Lag', de Iván Ferreiro (cómo no, mira que soy pesado con el fulano), y creo que es la canción que más he escuchado este año. Supongo que me toca de alguna manera o que le doy yo un significado que la acerque a mí. No sé, los viajes de los que no vuelves siendo el mismo y todo lo que pasó se queda allí; luego vuelves a la realidad y, claro, el jet lag es más duro de lo que te imaginabas.
Pues nada más. Ah, sí, que es el vídeo de un concierto en la Fnac, así que es acústico, lo que hace más ñoñeta la canción...pero me gusta casi más que como aparece en el disco. Disfrutadla. Bueno, o no, como queráis:
Síntomas
Conociendo Al Perverso
Casualidad
La vida está llena de casualidades. Todo lo que nos pasa está cubierto de esa palabra; bueno, casi todo. Fue casualidad que, antes de venir a Madrid, encontrase un piso para vivir sin moverme de Vigo. Apareció así, de repente, un día en la playa: un chico que conocía dejaba su piso y me ofrecía su sitio. A su vez, casualmente, los que vivían allí, habían llegado por casualidad; uno por ser amigo de un amigo del chico que yo conocía (bufff, que lío), otro por ser la hermana del chico que conocía a un amigo del chico que yo conocía...demasiado complicado, demasiadas casualidades.
Escribiendo esto, me doy cuenta de que las casualidades nos rodean. Pero ¿qué es la casualidad? Dice mi amiga la RAE que es casualidad aquella combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar; y dice que es femenina la casualidad. Así que esas circunstancias inevitables e imprevistas son femeninas. Deduzco, entonces, que las mujeres, como son femeninas (algunas), suelen aparecer por casualidad, y que son imprevistas e inevitables.
¿Y las causalidades? Pues, según otra vez la RAE, 'causalidad' se refiere al origen o al principio. Vaya, también es femenina la causalidad. Vuelvo a deducir, otra vez, que las mujeres aparecen por casualidad y por una causa (que es motivo o razón para obrar, según la misma fuente); es decir, la causa es la razón para hacer algo y hay una causalidad que es el principio de esa causa que llega por casualidad.
La cosa es que yo, que no soy femenina, nazco de una mujer (femenina, claro), que es mi principio, mi causalidad. Pero no fui su causa, aunque ser 'yo' implica una casualidad, porque podría ser otro 'yo'. Así que, si soy una casualidad será por alguna causa, y supongo que la causalidad de todo está al principio... ¿soy, por lo tanto, femenina? Creo que no.
Creo que, a pesar de este rollo, ya no me sorprenden las casualidades. Ya no me dejo impresionar por las cosas, por mucho que me puedan impactar se quedan ahí, en el impacto, en el golpe fuerte en el cerebro. Después, lo asimilo y no dejo avanzar el río de sorpresa e impresión que llegaría hasta mi cara. Mis padres me dicen, muchas veces, que de pequeño era muy espontáneo, reaccionaba riendo y abriendo mucho los ojos ante cualquier novedad.
Parece ser que he perdido esa habilidad. Esa espontaneidad era el reflejo de que las casualidades me sorprendían, de que las causas que no conocía me impactaban. Era, dicen, muy impresionable. Todo está relacionado. Ahora las cosas impactantes las absorbo desde el principio para que no queden reflejadas y aparezcan desde alguna mueca. Las casualidades se han convertido en meras circunstancias de mi vida.
Recuerdo la última vez que me sorprendí, la última vez que la casualidad hizo mella en mí. Fue impactante; el corazón saltó bruscamente, el estómago se encogió y abrí los ojos tanto como me fue posible. Duró poco, unos tres segundos, pero fue bastante intenso.
Admito que ahora estoy receptivo para ser sorprendido de nuevo. Busco unir todas las casualidades que me han traído hasta Madrid y convertirlas en una causa. Quiero poder decir que Madrid fue la causalidad de algo.
Hasta que la casualidad me alcance, amigos.
Bicos, Vigo
Supongo que los que dicen eso no recorren conmigo el mismo camino. No saben, por ejemplo, que Vigo es una ciudad que trata de respirar por cada rincón que la locura hecha urbanismo le deja. Yo conozco varios de esos puntos y, cuando pasas por ellos, puedes escuchar los pulmones de la ciudad buscando el auxilio en las vistas a la ría. Uno está justo al lado de mi casa, donde acaba el bloque de mi edificio. Allí, entre una fotocopiadora (antes frutería, que murió ante la dura competencia de las fruterías de “Tu fruta madre”, o cómo se llamen) y una academia de peluquería, se abre un espacio dentro del asfalto y de los tres carriles de Camelias. Un momento para alcanzar el mar entre los edificios, con el suelo hecho de parque Camilo José Cela. Allí, la otra orilla.
Si sigues avanzando por mi calle y bajas por Romil (una de las calles lúgubres que más he recorrido, de noche y de día, en mi vida), te encuentras con el pulmón principal de mis visitas a Vigo: el Paseo de Alfonso (no sé cuál, ¿XIII?). Dibujado con una fachada avejentada, el camino se hace más lento por el azul del mar que se refleja en la superficie. Además, cuanto más avanzas, más cerca estás de poder ver las Islas Cíes. Es necesario llegar hasta el final del paseo para poder observarlas con detenimiento. Esos trozos de tierra que nos vigilan, como guardianes del trozo de mar que nos inventamos los gallegos. Y luego, allí, la otra orilla.
Últimos Coletazos
Mi vida en Madrid de estos dos últimos años se va a acabar en algo más de un mes. Es cierto que voy a seguir aquí, pero ya no será con los compañeros con los que la he compartido en este tiempo. Estarán algunos, la mayoría me atrevería a decir, porque quien más y quien menos se ha dejado alguna asignatura para el año que viene, o los créditos de humanidades (créditos de humanidades: forma que tiene la Carlos III de quitarte dinero con la excusa de una formación mejor...¡pero si yo ya soy humano, por Maradona!), o lo que sea. Pero no será lo mismo. No será como estos últimos dos años, sabiendo que vas a entrar en clase y te vas a encontrar a los de siempre en los mismos sitios, más o menos, o sabiendo que, una vez sentado y comenzada la clase, aparecerán otros tantos que llegan tarde porque sí, por que lo manda la tradición.
Así, en este estado de melancolía me encuentro. Un estado que me ha llevado a empezar a planear esa muerte lenta de mi actual vida desde ya. Como no me quiero ver apurado el 30 de junio con las maletas aún sin hacer, ya he comenzado a seleccionar las imágenes que quiero que aparezcan en el momento de cerrar los ojos definitivamente.
He empezado por las de "La primera impresión". Un edificio bastante impersonal (porque era igual que otros del campus) que me invitaba a pasar abriendo sus puertas automáticas como unas fauces feroces. Edificio 17, de nombre Ortega y Gasset (qué tíos, los dos). La imagen de mi nuevo aula, la que sería el cuartel general durante todo un año y a la que le ponía los cuernos de vez en cuando con las mal llamadas aulas de redacción, las bien llamadas aulas de informáticas o el estudio de radio (bien llamado también, supongo). Los rostros desconocidos que poblaban los pasillos y aquel mismo aula. Avanzar entre la gente para lograr un pupitre solitario, alejado de la muchedumbre, en el que sacar mi renovada carpeta, mis folios reciclados y mi pilot azul.
"La primera impresión" también abarca a las personas. Seré realista: no recuerdo qué pensé. Dada mi naturaleza, supongo que algo así como: "Joder, menuda mierda". Lo cierto es que tengo la extraña sensación de que pasó mucho tiempo hasta que logré hablar con alguien...pero no es cierto. Creo que fue sólo una semana (repito, dada mi naturaleza utilizo 'sólo'), pero debió ser una semana muy larga, llena de presentaciones de profesores y de algo que me escamaba bastante: el resto de la clase ya se conocía. No, no se conocían de antes, no; se habían ido conociendo y yo me había quedado un poco al margen. Se daban sus teléfonos, se hablaba de ir a tomar un café, recuerdo que se pasó una lista para que todos apuntásemos nuestros mails (yo lo apunté, por supuesto, en mi campaña por la popularidad).
Esa misma "primera impresión" también incluye a los profesores. Esa sí que fue cruel. Llegas tan contento a tu nueva carrera que aunque se presente Toni Genil desnudo con una palangana en la cabeza piensas que es la leche: "Será un genio", piensas mientras tomas nota mental de esa vestimenta para repetirla cuando seas famoso. Todo eran buenas palabras, como cuando empiezas a salir con una chica y le dices que no te importa perderte el Barcelona-Madrid con tal de estar con ella...en ese momento lo piensas, pero no te estás dando cuenta de que acabas de iniciar la excavación de tu propia tumba. Con los profesores, lo mismo. Todos son guays, molan, yupi yei, y los alumnos para ellos también lo son (sobre todo yupi yei). Luego llega la farsa. El otro día hice con Yaiza, la delegada, un recordatorio de los buenos profesores que hemos tenido estos dos años y nos bastaron los dedos de la mano...de un manco. Uno, dos, a lo sumo tres. El resto, reguleros, malos o desastrosos.
Las siguientes imágenes que he seleccionado son las que he denominado "Integrado". Sí, son aquellas en las que ya aparezco acompañado de gente. Yo, chungo que soy, tardo en entablar relaciones en general con la gente. Me suelo esconder, por prejuicios, supongo. En este caso, la gente fue apareciendo poco a poco y eran como una puertas que se abrían unas detrás de otras. Primero conoces a una, luego a otro, más tarde a otros dos, otro día a cinco, cuatro días después a unos tres y medio...y así hasta que te haces un conjunto de gente conocida a la que saludar al entrar en el aula (y que todos te dicen: "Noooooooorm" y Woody apostilla "Norman"). En esas imágenes ya parezco un poco más feliz, sin esas primeras impresiones tan extrañas que teñían las imágenes de colores grises.
El siguiente grupo: "Las gentes". Esas son las mejores. Son imágenes en las que aparezco yo con cada una de las personas con las que he tratado. En muchas aparezco con gente a la que desprecio profundamente, gente que me ha enseñado que el asco es una forma de vivir...pero oye, quién soy yo para juzgar a nadie. Hola, soy Mauro: sí, gente que, con el paso de los meses, se fue separando de mi forma de ser. No se lo reprocho, pero creo en la selección natural, y yo suelo estar con los mejores. Aún así, he seleccionado algunas de sus imágenes más chulis.
En la mayor parte de las otras imágenes del grupo "Las gentes" sí que aparezco con los de la selección natural (la mía, por lo menos). Cada imagen conlleva un recuerdo, una frase, un sentimiento. Cada imagen lleva adjuntada un nombre en mayúsculas. Algunas imágenes son más antiguas, pero todas tienen un lugar importante en el momento antes de mi defunción.
En una carpeta más general he metido las de "Los momentos". Aquí van las que no he tenido dónde meter. Las de las barritas de tomate de la cafetería (arritatumati), las de mi uña rota, las de los trabajos expuestos ante un profesor dormido...no sé, las demás.
Así estamos, dando lo últimos coletazos. Qué corta es la vida, pero que bien está, ¿no?
Las imágenes del vídeo este son una mariconada de bailarinas haciendo el imbécil, pero es el único que he encontrado en Youtube con la canción original: 'Fotogramas' de Iván Ferreiro.
Corredor De Fondo
Lanzarote
La verdad es que llegué a Madrid con una idea preconcebida de los canarios. Después de los que tuve la 'suerte' de conocer en Santiago, me rechinaba cualquier cosa relacionada con su vida, su cultura o sus islas (Guanche, espero que leas esto por alguna razón del destino: eres un gilipollas importante). Ya en Madrid, he tenido la suerte de descubrir (no redescubrir, porque estaba oculto) a los canarios. Es cierto, son muy diferentes a mí, pero quizás eso es lo mejor de todo.
Cartel a favor de la independencia canaria: Canarias Ceibe, XA
Un volcán volcánico de la isla volcánica de Lanzarote
Gentuza viajante. De pie, izda. a dcha: Malavia, Guillermo, Tomás, Javi, Almu (única mujer superviviente), Sergio, Tomás, Álvaro. Agachados en plan equipo de fútbol: Emre y un imbécil.
Escalando una extrañana montaña lanzaroteña
No dejo más fotos (que hay más y mejores) porque blogger es una caquita para hacer estas cosas. Ah, si aparece todo como un bloque compacto sin puntos y aparte, es culpa de blogger también. Y si os roban la cartera por la calle, seguramente también sea su culpa. Venga. Suerte.
La Sombra
He conseguido acabar con mi pensamiento recurrente; lo he agarrado con mis propias manos y lo he estrangulado hasta que se quedó sin aire. Cayó al suelo al instante, con su cuerpo dibujando una mueca sobre la tarima flotante de mi habitación. Creo que fue hace poco, unos dos meses como mucho, cuando logré deshacerme de él. No recuerdo el momento exacto, la fecha, la hora o el lugar, pero sé que ha desaparecido de mi mente y que no me perturba desde ese tiempo.
La razón de su desaparición la tengo clara: un nombre. El pensamiento recurrente dejó de molestarme a la vez que aquel nombre se introducía por mis oídos y me retumbaba en la cabeza una y otra vez. Ahora, la sombra que proyectan sus letras es alargada y está colonizando cada vez más partes de mi cuerpo. Empezó por las manos; de hecho, un día una de ellas, la izquierda, no soportó la presión y comenzó a inflamarse. Se hinchó como un flotador mientras se adormecía poco a poco y un picor intenso se abalanzaba sobre las ramificaciones nerviosas de la palma y de la parte frontal de la mano. Duró algo así como un día, lo suficiente como para saber que algo iba a cambiar.
Pero, cronológicamente, el nombre aquel hizo acto de presencia en el incómodo me de noviembre, un día en el que no me lo esperaba. Yo estaba de pie, tranquilamente, tomándome una cerveza mientras la gente no era consciente de mi presencia. Ante la multitud de conversaciones que se dirigían por mi derecha, por mi izquierda y por delante de mí, me abstraje del ruido de aquel lugar durante unos segundos; fueron pocos, pero en mi maltrecho recuerdo se identifican con un espacio temporal mayor. Ante esa soledad buscada, que tantas veces encuentro, me desdoblé; salí de mi cuerpo y mantuve una conversación conmigo mismo.
M2: Mucho ruido, mucha gente… Mucho ruido, muchas nueces...
M: Sí. Veo que eres tan estúpido como yo…será que eres yo mismo.
M2: Creo que te gusta esa chica.
M: ¿Cuál?¿Ésa?
M2: No, Mauro, ‘ésa’ es un chico con melena. Me refiero a la que tienes justo delante.
Dirigí la mirada hacia el frente y ahí estaba. Aún no había escrito el post de ‘La parte de atrás’, pero aquella idea de enamorarme en un instante de una imagen compuesta por pelo, nuca, hombros y espalda estaba muy presente en mí desde hacía tiempo. Parece una chorrada, pero me parecía extrañamente romántico el deshacer ese nudo que supone la cara, los gestos y las manos para encontrar lo que buscaba en algo sin rostro, en una imagen que podría construir a mi antojo. Ella conversaba animadamente con los demás mientras daba pequeños sorbos a su bebida, sin saber que mis ojos se clavaban con fuerza en su espalda, . M2 seguía con la conversación.
M2: ¿No te habías dado cuenta? Ya llevas unos días luchando contra esto, creo que es hora de que lo reconozcas y te dejes llevar.
M: No sé de qué me estás hablando. Yo no lucho contra nada. Eres tú el que me acaba de poner en una extraña situación diciéndome esto.
M2: Mauro, te gusta.
M: ¿Sí?
M2: Que sí.
M: ¿Seguro?
M2: Segurísimo. Y lo entiendo.
Acto seguido, volví a la situación anterior. Las conversaciones pasaban por delante de mí, desde la derecha y desde la izquierda. Con una extraña sensación en el cuerpo, me reincorporé a la vida normal, al ambiente de fiesta, a las conversaciones de los demás para tratar de olvidar el extraño pasaje que había vivido.
Tardé tiempo en sentir algo parecido, pero ya el virus de aquel nombre había sembrado sus semillas dentro de mí y se estaban esparciendo por todo mi organismo, incubando una enfermedad incurable, por lo menos hasta este momento. Los meses pasaban, las salidas de fin de semana, las horas en la facultad… todo con ese perfume del recuerdo lejano de aquel momento. En esos días, aún luchaba contra mi pensamiento recurrente, pero su intensidad en mis acciones era menor, mucho menor que hacía unos meses.
La Navidad, los mensajes de fin de año, la vuelta a la rutina, los exámenes, los carnavales. Cualquier acontecimiento se relacionaba con el nombre y penetraba por mis oídos, por mis ojos y por el resto de sentidos como una humareda negra que intoxicaba mis órganos más vitales. Mientras, una sombra se iba apoderando de mí; una extraña falta de luz cubría poco a poco mi cuerpo como un manto gris. Empezó por los pies para continuar por los gemelos y, en esos días, se había hecho ya con mi cuadriceps.
Me veía atrapado en una historia en la que nunca era el protagonista. Me paraba a pensar si alguna vez me había pasado eso antes, y me di cuenta de que era la primera vez; era la primera vez que con el paso del tiempo un simple nombre se había hecho propio. Un común, un genérico había cobrado protagonismo, se había vestido con sus mejores galas y había salido a escena a representar el papel protagonista de mi vida mientras yo era un simple espectador de aquel acontecimiento sin precedentes en mi vida.
Otros nombres antes habían tenido importancia en mi vida, pero su influencia en mí había llegado de otra manera, más pausada, más intencionada por mi parte. En este caso, había acelerado como un deportivo que espera con ansia el verde en el semáforo y se había colocado en primer lugar, quizás demasiado lejos de mí. Ya me habían avisado de lo peligroso que era eso, que algo que no signifique nada para ti se convierta en una razón. Me refiero a una razón en mayúsculas (una RAZÓN, por tanto), algo que te impulsa, que te hace afrontar las cosas desde otra perspectiva. El peligro estaba ahí fuera, pero era como un imán que me atraía con una fuerza que no sentía desde hacía mucho tiempo.
En los meses en que aquella sombra se alimentaba de mi interior y se hacía más grande yo era muy escéptico. Trataba de auto convencerme de que aquello no era real, que era sólo un momento temporal con fecha de caducidad. Cada vez que trataba de alejarme, M2 aparecía detrás para sujetarme del brazo y no dejarme escapar de todo. Me sumergí en los libros, en los textos, en las canciones, buscando el alivio, pensando que el olvido es un punto fácil de alcanzar, que no hay mayor desprecio que el no aprecio…pero no pude. Caí.
Otra vez; yo estaba de pie, tranquilamente, tomándome una cerveza mientras la gente no era consciente de mi presencia. Todos ocultos en los disfraces que nos ponemos por las noches para no aparentar lo que somos por el día, no había nada más simbólico para reconocer mi derrota. Si aún ocultando nuestras caras, nuestras personalidades, la sombra seguía ahí es que era más preocupante de lo que me hubiese imaginado. Y así fue; ese día, el nombre se escribió en mayúsculas y sólo hizo falta una conversación ridícula alimentada con ruido de música patética para que el puñal de la realidad se clavase en mi espalda sin ningún tipo de miramiento.
Los meses siguientes fueron lo más parecido a una larga noche de piedra. El gris y la sombra se posaban ya sobre mis hombros para hacer más lento mi paso y el transcurrir del tiempo se identificó con aquella pesadumbre. Las noches no se diferenciaban de los días y el sueño ocupaba la mayor parte de mi cuerpo. Esa mezcla explosiva de somnolencia y humo gris me dejó maltrecho, tirado en la cuneta de alguna carretera nacional, esperando a que los perros callejeros encontrasen mi cuerpo putrefacto e hiciesen un festín en honor del nombre que me había derribado.
Mi hojalata, la que cubre mi tronco, se reblandeció con la lluvia y se volvió maleable. Un simple viento rezagado en cualquier esquina me partía por la mitad y tenía que volver a reconstruirme de nuevo.
Ahora ya estoy mejor. Me he acostumbrado a vivir con la sombra. He decidido hacerme su amigo, acercarme a ella y tratar de convencerla para que me mate de una vez o para que me deje en paz. Y en eso estamos...
Fotografías Posadas
Pelu No Quería
1. f. Establecimiento donde trabaja el peluquero.
2. f. Oficio de peluquero.

- “¿Lo quiero a la bacenilla (aquí sí que lo dices así, porque estás pensando que nadie te oye y que no hace falta que seas tan correcto, como cuando te sacas un moco en tu habitación)?”
- “¿Por qué no pruebo con un rapadito al cero?”
- “¿Le digo que elija él/ella, para eso le pago, cojones?”
- “Nooooo, a ti te queda mejor si te lo dejo más entero por arriba, que tienes muchos remolinos y así, con el peso, el pelo cae y te queda mejor”. Esta contestación también es real. Me tocó mucho los testículos que aquella peluquera quisiese engañarme en plan “no eres guapo, pero si haces lo que yo te digo, lo serás, nene”. ¿Te doy yo consejos de algo, vieja chiflada?
- “Vale”. Sí, esta contestación es poco habitual, pero real. Lo peor es que, cuando acaban de cortarte el pelo, te han hecho algo totalmente diferente ¿Para qué preguntas entonces?
¿Turquía? No, no fumo, gracias

Hoy Por Ayer
Cada vez que entro en la redacción de Estrella Digital es como si el tiempo se volviese loco: "Mauro, necesitamos actualizar esta noticia para hoy, luego pásala para mañana. Ah, y recuerda que, en el artículo para mañana, 'mañana' es 'hoy' y 'hoy' es 'ayer'...". Vale, así que hoy, a veces es ayer, y mañana, a veces es hoy... buf. No entiendo nada. A veces llego pensando que es hoy, pero resulta que estoy en ayer y tengo que esperar hasta mañana para llegar a hoy. Y eso no es lo peor.
Yo nunca he sabido bien en qué día vivía; nunca he sido bueno para retener fechas de importancia y son muchas las veces que se me ha pasado el cumpleaños de amigos, familiares o conocidos. Siempre que me preguntaban qué día era tenía que mirar el móvil para recordar que estábamos, por ejemplo, a 22 de febrero. Y es que hay muchas veces que los números tienen mucha importancia, demasiada, incluso. En eso juegan un papel muy importante las novias.
Cuando tienes novia, ella empieza a aglutinar en su cabeza miles de fechas, nombres y lugares que son importantes. Lo peor es que el hombre (no genérico, sino el que tiene pito, vamos) no suele tener esa habilidad que Dios (o Maradona, vete tú a saber) le concedió a la mujer. De hecho, es muy posible que se den este tipo de situaciones muy de vez en cuando:
Novia: ¿Sabes qué día es hoy?
Novio: Sí, claro...(saca el móvil de su bolsillo, ve disimuladamente la fecha y lo guarda) Es 17 de Mayo. Qué bien.
Novia: ¿Verdad? Siempre que llega esta fecha vuelvo a recordar todo, como si fuese ayer, como si lo estuviese viviendo en ese preciso instante.
Novio: A mí me pasa lo mismo; se me vienen a la cabeza tantos nombres: Rosalía de Castro, Manuel Murguía, Ramón Cabanillas, Castelao, Pondal... Es como aspirar desde la raíz toda la cultura gallega que llevamos en nuestras venas.
Novia: ¿?
Novio: Y ya no te digo Celso Emilio Ferreiro, Curros Enríquez o Vicente Risco. Joder, es un día en el que te sientes gallego y con unas ganas locas de empezar a falar o idioma daqueles que loitaron por poder expresá-la súa opinión na lingua que respeitaban máis...(él se queda pensando que habla un gallego genial, cara de satisfacción incluída)
Novia: Estás de coña, ¿no?
Novio: ...Sí, claro. No voy a ponerme a hablar gallego ahora, tranquila.
Novia: Repito: estás de coña.
Novio: Eeeehh... No sé, ¿estoy de coña? (risita/sonrisita que suele cautivar a su novia)
Novia: No me pongas esa cara, que no la soporto. Hoy hace cuatro meses y medio desde que cenamos juntos en el restaurante italiano donde el camarero nos preguntó si éramos novios y tú le dijiste que sí. Era la primera vez que decías que éramos novios, era como oficializarlo.
Novio: ¿Oficializarlo? ¿Ante un camarero desconocido?
Novia: No es ante quién lo importante, sino que dijiste que éramos novios; esa palabra salió de tu boca. Para mí fue super importante, tío.
Novio: Ya... sí... es queeee... claro que me acordaba. Te estaba tomando el pelo.
Novia: Ya…
Malditas fechas. Siempre te meten en líos de los que es difícil escapar. Si ya es difícil evitar estas cosas habitualmente, cuando tu vida gira en torno a días que no son hoy, sino que a veces son anteriores o posteriores al día que vives (¿?) todo se hace muy complicado.
Me voy, que tengo cosas que hacer ayer para hoy...o algo así.
Ah, este post lo empecé ayer, lo he terminado hoy, que es cuando lo publico, y tú, seguramente, lo leerás mañana... bienvenido a mi mundo, amigo. Muah muah aha hahaha...
Desnudo
Segunda Mano
Pero es cierto que no es lo mismo. No es lo mismo tomarte un ‘Griego’ de Danone, que ha sido premiado por los catadores de yogures (excelente profesión esa, a la par que ridícula) que tomarte uno natural del Día. Igualmente no es lo mismo leer un autor para sustituir a otro, ni siquiera tratar de acercarte a él escribiendo tú lo que te pasa desde la perspectiva que él lo haría, o que tú crees que lo haría…
El caso, amigos, es que estaba leyendo cuando, una vez más, el señor Millás lo consiguió. Contaba que él había sido un niño de segunda mano: siempre vestido con la ropa heredada de sus hermanos, con chaquetas viejas, pantalones cortos que le quedaban largos y abrigos remendados. En ese instante, aunque yo seguía leyendo, pasando los ojos sobre las letras, empecé a darle vueltas a qué es eso de la ropa de segunda mano. Primero me remonté al curso pasado, al mes de marzo, cuando en el Rastro me compré un chaquetón azul. Olía raro, y seguro que otras personas ya lo habían llevado, ya habían vivido sus propias historias con él, ya le habían dado un tipo de vida. Ahora llegaba yo, me lo compraba por unos míseros m€´s y él empezaba otra vida nueva. No sé si tendrá memoria, no sé si recordará lo que ya había vivido en las manos anteriores (seguramente lo de ‘segunda mano’ es una forma de hablar), pero ahora tendría que empezar desde cero. Otro detergente, otro suavizante, otro armario, otra vida.
Después de esto, logré ir más hacia atrás en el tiempo y llegué hasta mi infancia. Recordé como yo nunca fui un niño de esos de ‘segunda mano’, más que nada porque la ropa de mi hermana no sería muy normal que yo la llevase (aunque es cierto que me vestía de niña para hacer la gracia…supongo y espero que fuese por eso). Pero aunque no era de esos niños, yo generaba que otros lo fuesen. Tenía un amigo en Gijón (sí, de pequeño viví allí) que heredó algunas cosas mías cuando yo me trasladé a Vigo. A mí no me gustaba que diesen mi ropa, no me gustaba pensar que alguien iría vestido como yo por ahí, haciéndose el ‘Mauro’, robándome los pasos o haciendo las mismas cosas que yo. Que no, que no me gustaba.
De hecho, otros niños vestían también la ropa que me quedaba pequeña o que me quedaba vieja. Recuerdo a un chico al que mi madre, por la amistad que le unía con la suya (supongo que sería esa la razón), le había regalado un chubasquero azul que a mí me encantaba. La madre del chico, en agradecimiento o no sé por qué, nos mandó un foto del chavalito en un parque vestido con MI chubasquero. Esa foto estuvo colgada en el corcho de mi habitación durante bastante tiempo, demasiado, en el que me dedicaba a mirarla con ira, con rabia, con odio. Menuda desfachatez, aun encima me lo restregaba por la cara, el muy asqueroso.
Después de pensar en esto, como si fuera Forest Gump, pensé: “Y si he pensado esto, ¿por qué no voy a seguir pensando cosas?”. Así que seguí pensando y recordando. Y me encontré a mí mismo en el Colegio Mayor. Alguien me pedía mi polo blanco de Inglaterra. Me veía a mí sacándolo del armario con cuidado y entregándoselo a otro. Era la misma sensación que la de una madre dando a su hijito a los servicios sociales. Mientras hacíamos la transacción, en la que yo no recibía nada a cambio, más que ganas de llorar, trataba de hablar con mi ropa. Le decía: “Tranquila, mañana estarás aquí otra vez, no te preocupes”. Además estaba dejando aquella prenda a una persona que pensaba salir por la noche vestido con ella. Era como si tu novia sale con un tío por la noche sola y sabes que algo malo va a pasar, o como cuando te decían que ibas al Corte Inglés pero realmente tú sabías que ibas al médico a que te pinchase o algo así. La sensación de no querer prestar mi ropa que nació en Gijón se volvía a presentar con la misma intensidad que aquella vez.
Al volver a la realidad del baño me di cuenta de que había estado pasando páginas como un imbécil sin leer lo que decían. Volví a la parte en la que hablaba del ‘niño de segunda mano’, dejé una marca en la esquina superior de la página y cerré el libro.
Ahora voy a recoger toda la ropa que tengo tirada por la habitación. Tengo un nuevo y extraño respeto por ella desde que recordé todo esto.
Venga, hasta luego.
