Jet Lag

Bueno, como no me apetece escribir por culpa del calor insufrible de Madrid y no quiero dejar de actualizar el blog, haré eso que hace tiempo que no hago: os dejo un vídeo de una canción que me gusta.

Es 'Jet Lag', de Iván Ferreiro (cómo no, mira que soy pesado con el fulano), y creo que es la canción que más he escuchado este año. Supongo que me toca de alguna manera o que le doy yo un significado que la acerque a mí. No sé, los viajes de los que no vuelves siendo el mismo y todo lo que pasó se queda allí; luego vuelves a la realidad y, claro, el jet lag es más duro de lo que te imaginabas.

Pues nada más. Ah, sí, que es el vídeo de un concierto en la Fnac, así que es acústico, lo que hace más ñoñeta la canción...pero me gusta casi más que como aparece en el disco. Disfrutadla. Bueno, o no, como queráis:


Síntomas


Qué calor hace en Madrid. Creo que está de coña el que ha puesto el sol ahí, en serio. Esto no puede ser normal, me estoy derritiendo poco a poco y ni el agua me ayuda a espabilar. Y es que me sienta muy mal el calor.


Gallego, de mar, de frío, de tiempo templado...no sé de qué soy, pero de calor, seguro que no. Es que me hace entrar en una dinámica peligrosa; a mi exagerada pereza se le agregan pesas de 100 kilos que la transforman en una vagancia total. Sólo levantarme hasta la cocina para llenar la botella de agua supone un esfuerzo titánico, digno de un súper héroe de esos que salen en las películas.


Con estas temperaturas, mi cuerpo empieza a manifestar una serie de síntomas peligrosos. Se trata de los síntomas de una enfermedad incurable, seguramente aderezada con las circunstancias de la vida y con mi cabeza de no pequeñas dimensiones. Uno de esos síntomas es la profundidad de mis ojeras. Ésta es proporcional al calor que hace. No sólo el sueño o la fiebre consiguen remarcar su violeta pálido, también el excesivo calor convierte mi cara en un hogar perfecto para ese rasgo tan romántico que son las ojeras. Y hay gente que se las esconde, que se las tapa, que se maquilla para ocultarlas...qué sabrán.


Otro reflejo de las altas temperaturas (e os ventos de compoñente nordés) está en mi humor. Sólo tengo ganas de insultar a la gente, a los viejos que llevan una visera verde para cubrirse del sol, a las señoras de caderas interminables que caminan a paso de tortuga, a los jóvenes que sacan sus gafitas de sol no porque las necesiten, sino porque su imagen se ve mejorada con ellas. Así, por ejemplo, estoy con un grupo de gente, se me cruza el cable, los empiezo a odiar a todos y decido irme, sin dar explicaciones, sin despedirme, sin agitar mi mano en señal de 'adiós'. A veces es mejor huir a tiempo.


Y es que el calor es una cosa muy mala. Me siento como si fuese de cera y me derritiese con cada paso que doy alejado de la sombra...ay, la sombra. La misma que me intentaba matar hace unos meses hoy me ayuda a esconderme de esos rayos amarillos y maléficos. Lo curioso es que la sombra es el efecto de la luz. Quiero decir que sin luz no hay sombra y no me podría resguardar en ella.


Ahora mismo, tumbado de lado en mi cama, escribiendo esto, una gota de sudor está recorriendo mi frente. No será la primera, porque nunca vienen solas. Son cobardes y se acompañan de un grupito de colegas que acechan desde el límite que separa mi cara de mi pelo. La arriesgada, la primera que cae, muere pronto. Las siguientes ya atacan en bandadas y son más complicadas de parar.


Con este calor me gustaría estar en otra ciudad, en una de esas donde las cosas empiezan y terminan, esas que marcan lo que pudo ser un comienzo hasta que la realidad te come las manos. Una de esas donde las noches son para descansar del ruido de los coches y parar el tiempo, aunque se acompañen de horas de viaje interminables y autoengaños.


Sí, tenéis razón. Al final se me fue la cabeza con el calor.


Grados centígrados para todos.

Conociendo Al Perverso


Igual que el año pasado me encontré, recién llegado a mi nueva carrera, con una de las peores profesoras que he conocido jamás, a la que le dediqué un bello post, este año no ha sido menos. Este segundo cuatrimestre ha supuesto el desembarco de una figura oscura, tétrica y con aires de revolución en mi vida, la figura de lo que un profesor nunca debería representar, la sombra de una carcajada que, en lugar de ironía, esconde entre los dientes una mezcla de puñales afilados y complejos cabelludos.

Es habitual que un profesor te sorprenda el primer día; ellos quieren impresionar a sus alumnos con un discurso contundente pero amable, que les dé a entender que su clase será dura y muy importante en sus vidas, pero que a la vez vivirán momentos de una diversión que el humano desconoce, de esos en los que la mandíbula te duele de lo abierta que la mantienes durante tanto tiempo, efecto de (la cocaína…no) la sorpresa continua, del placer de aprender algo nuevo. Es habitual, y un poco impactante en plan ‘asco’, que ese mismo profesor se regocije mostrando su extenso currículo impregnado de toda la sabiduría que las letras que se proyectan sobre la pantalla demuestran que tiene.

Lo que no es habitual es que el mismo profesor, de currículo detallado, advierta desde el primer día que lo que él le dice a los alumnos no hay que tomárselo por el lado malo, que son ironías. No es normal, digo, porque no me había pasado nunca. Si digo un tontería en clase, él puede putearme por ser tonto, pero no me lo tengo que tomar mal, tengo que aceptarlo porque es una de sus ironías, él es así y no hay que tenérselo en cuenta. Pobre, ¿no? Seguro que has malinterpretado sus palabras…

Es cierto que a mí no me ha insinuado mi clara y bien demostrada a lo largo de mi vida imbecilidad. Ni siquiera se ha dirigido a mí de manera despectiva, ni incorrecta, pero dejar un aviso a modo de “Eh, mirad, molo, ¿sabéis? Y lo mejor es que molo mucho porque soy un coñero guay, ¿eh? Mirad lo que hago, uh uh uh ahahah yeh yeh yeh” da un poco de mal rollo.

A lo largo del cuatrimestre hemos sufrido la ausencia de una asignatura. “¡Genial!”, pensarán todos. Pues no, genial, no. Más que nada porque ya que me acerco a la villa de Getafe, ya que he pagado una matrícula, ya que me apetece aprender algo (sí, he cambiado, ahora llevo aparato dental, gafas con un esparadrapo blanco en la mitad y un portabolígrafos en el bolsillo de mi camisa de cuadros, la cual llevo metida por dentro del pantalón, el cual está subido más o menos hasta donde descansan mis pezoncillos), pues no me apetece perder el tiempo con tonterías y, si lo pierdo, prefiero que las tonterías sean mías.

Y es que al margen de su forma de ser, criticable, pero no denunciable, hemos dedicado las horas a escuchar cómo se divaga sobre los temas en cuestión (los que venían en el programa de la asignatura no, por supuesto, sino otros más ‘divertidos’: cómo funciona un satélite, en plan tecnológico, y tal) y acompaña sus sesudas explicaciones con divertidas frases (divertidas primero, luego pesadas y repetitivas) como “ay, que la ignorancia (o vagancia, hay dos versiones) les ha vencido”, “son ustedes unos perversos”, “ay, con lo sagaz que es usted no me creo que no lo sepa”…

A ver, Mario Moreno, ‘Cantinflas’, es guay. Ves una película y piensas: “Me encantaría tener a este tío de profesor”. Luego, cuando lo tienes, piensas: “Pero ¿dónde está la cámara oculta?”.

El principio del fin llegó cuando el entrañable personaje hundió sus miserias en su estómago y las convirtió en palabras contra nuestra delegada. ¡Ja! Amigo, has cavado tu propia tumba. No sólo se metía con la delegada (que carallo, con la DELEGADA) sino que, además, agregaba que las órdenes ya dictadas por la Universidad tenían que imponérselas desde arriba (¿el techo? No sé). Claro, después de unos meses aguantando al personaje alzamos la voz en forma de protesta formal ante la Vicedecana de la facultad. Sí, en plan chulos. Y es que muchas veces, con la coña de ser estudiantes, nos quedamos paralizados ante mamarrachos que se creen que por tener un puesto de profesor ya son la pera (limonera, me atrevería a decir).

Ahora la cosa está ahí, pendiente de la redacción de la queja formal. ¿Qué espero yo? (comienza el himno americano) Pues espero que nunca más ningún alumno tenga que soportar las actitudes mezquinas de un pseudo profesor curricular sólo por el hecho de estar en una posición jerárquica inferior; espero que la justicia en forma de mano enorme golpee la cara (dura) de un hombre calvo y con perilla que pensó que el mundo estaba hecho para él; espero que algún día todos podamos lanzar nuestra pierna contra el culo del hombre ese y mostrarle que él rió durante unos meses, pero que a nosotros nos hizo gracia al final.

Ah, mañana tengo el examen con él, supongo que de ahí mi indignación que ha crecido en los últimos días de una manera brutal (Ah, he colgado el post dos días después del examne; ¿cómo me ha salido? No tengo ni idea. En serio).

Hasta otra y…no me sean perverrrrrrrsosssssssss.

Casualidad

No sé, casualidad o causalidad... Como estoy en la época pre exámenes, me dedico a pensar en las casualidades y en otras tonterías por el estilo. En las causalidades, también.

La vida está llena de casualidades. Todo lo que nos pasa está cubierto de esa palabra; bueno, casi todo. Fue casualidad que, antes de venir a Madrid, encontrase un piso para vivir sin moverme de Vigo. Apareció así, de repente, un día en la playa: un chico que conocía dejaba su piso y me ofrecía su sitio. A su vez, casualmente, los que vivían allí, habían llegado por casualidad; uno por ser amigo de un amigo del chico que yo conocía (bufff, que lío), otro por ser la hermana del chico que conocía a un amigo del chico que yo conocía...demasiado complicado, demasiadas casualidades.

Escribiendo esto, me doy cuenta de que las casualidades nos rodean. Pero ¿qué es la casualidad? Dice mi amiga la RAE que es casualidad aquella combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar; y dice que es femenina la casualidad. Así que esas circunstancias inevitables e imprevistas son femeninas. Deduzco, entonces, que las mujeres, como son femeninas (algunas), suelen aparecer por casualidad, y que son imprevistas e inevitables.

¿Y las causalidades? Pues, según otra vez la RAE, 'causalidad' se refiere al origen o al principio. Vaya, también es femenina la causalidad. Vuelvo a deducir, otra vez, que las mujeres aparecen por casualidad y por una causa (que es motivo o razón para obrar, según la misma fuente); es decir, la causa es la razón para hacer algo y hay una causalidad que es el principio de esa causa que llega por casualidad.

La cosa es que yo, que no soy femenina, nazco de una mujer (femenina, claro), que es mi principio, mi causalidad. Pero no fui su causa, aunque ser 'yo' implica una casualidad, porque podría ser otro 'yo'. Así que, si soy una casualidad será por alguna causa, y supongo que la causalidad de todo está al principio... ¿soy, por lo tanto, femenina? Creo que no.

Creo que, a pesar de este rollo, ya no me sorprenden las casualidades. Ya no me dejo impresionar por las cosas, por mucho que me puedan impactar se quedan ahí, en el impacto, en el golpe fuerte en el cerebro. Después, lo asimilo y no dejo avanzar el río de sorpresa e impresión que llegaría hasta mi cara. Mis padres me dicen, muchas veces, que de pequeño era muy espontáneo, reaccionaba riendo y abriendo mucho los ojos ante cualquier novedad.

Parece ser que he perdido esa habilidad. Esa espontaneidad era el reflejo de que las casualidades me sorprendían, de que las causas que no conocía me impactaban. Era, dicen, muy impresionable. Todo está relacionado. Ahora las cosas impactantes las absorbo desde el principio para que no queden reflejadas y aparezcan desde alguna mueca. Las casualidades se han convertido en meras circunstancias de mi vida.

Recuerdo la última vez que me sorprendí, la última vez que la casualidad hizo mella en mí. Fue impactante; el corazón saltó bruscamente, el estómago se encogió y abrí los ojos tanto como me fue posible. Duró poco, unos tres segundos, pero fue bastante intenso.

Admito que ahora estoy receptivo para ser sorprendido de nuevo. Busco unir todas las casualidades que me han traído hasta Madrid y convertirlas en una causa. Quiero poder decir que Madrid fue la causalidad de algo.

Hasta que la casualidad me alcance, amigos.

Bicos, Vigo


El amor es diferente dependiendo de la persona por la que lo sientas, y también es diferente dependiendo de por qué lo sientas. Hay distintas clases y nunca se pueden comparar. No es el mismo amor que sientes por tu familia, por la chica que te gusta o por tus amigos, por ejemplo. Incluso por un perro…ese es de los pocos que no alcanzo a entender.

Hoy he de confesarte que estoy enamorado. Es un amor puro, limpio, suave y enfermizo. El amor que siento me ha traído muchos problemas, me ha causado grandes quebraderos de cabeza y me ha colocado en un medio de locomoción para respirar su aire por unos minutos.

Momentos como los que vivo ahora son un tormento. Vivo rodeado de ese halo de felicidad que recubre mi cara y torna mi gesto en una sonrisa bobalicona. Es un velo que me cubre los ojos y me desplaza de un lado hacia otro sin dejar de pensar en los mismo. Sí, amigos y no amigos, estoy enamorado de mi ciudad. Supongo que dentro de esos huecos del cuerpo donde se depositan los sentimientos, hay un espacio para ese tipo de amor. La ciudadfilia se llamará la enfermedad, o algo así.

Es curioso pensar que hace sólo unas horas (casi tantas como las que me he pasado haciendo hoy un trabajo) estaba allí, en Vigo, disfrutando de lo que esa ciudad me da; algo que no encuentro en otro sitio, algo que me va a traer problemas como, por culpa del azar, el trabajo u otro tipo de amor de tintes femeninos, acabe viviendo lejos de allí. Es algo que tengo asumido, pero no por ello no voy a permitirme el lujo de quejarme como una niña a la que le han roto su vestido de la Primera Comunión (¿se escribe en mayúsculas? Eso de ser incomunionado es lo que tiene. A mí nunca me regalaron una circonita por el acto ese, por eso no lo hice).

“Esa ciudad es fea”, me he cansado de oír. Supongo que los que dicen eso no la ven con mis ojos. Aunque bueno, yo tampoco la veo con los ojos. Mi visión de Vigo nace desde algún lugar perdido en la memoria que dentro de algunos años (cien o así) algún científico descubrirá y le hará ganar un Nobel, o un Oscar, vete tú a saber. Nace desde el recuerdo, desde las calles frías en invierno, desde los olores formados por trozos del Lagares y del pescado recién pescado del puerto.

Supongo que los que dicen eso no recorren conmigo el mismo camino. No saben, por ejemplo, que Vigo es una ciudad que trata de respirar por cada rincón que la locura hecha urbanismo le deja. Yo conozco varios de esos puntos y, cuando pasas por ellos, puedes escuchar los pulmones de la ciudad buscando el auxilio en las vistas a la ría. Uno está justo al lado de mi casa, donde acaba el bloque de mi edificio. Allí, entre una fotocopiadora (antes frutería, que murió ante la dura competencia de las fruterías de “Tu fruta madre”, o cómo se llamen) y una academia de peluquería, se abre un espacio dentro del asfalto y de los tres carriles de Camelias. Un momento para alcanzar el mar entre los edificios, con el suelo hecho de parque Camilo José Cela. Allí, la otra orilla.

Si sigues avanzando por mi calle y bajas por Romil (una de las calles lúgubres que más he recorrido, de noche y de día, en mi vida), te encuentras con el pulmón principal de mis visitas a Vigo: el Paseo de Alfonso (no sé cuál, ¿XIII?). Dibujado con una fachada avejentada, el camino se hace más lento por el azul del mar que se refleja en la superficie. Además, cuanto más avanzas, más cerca estás de poder ver las Islas Cíes. Es necesario llegar hasta el final del paseo para poder observarlas con detenimiento. Esos trozos de tierra que nos vigilan, como guardianes del trozo de mar que nos inventamos los gallegos. Y luego, allí, la otra orilla.

Avanzando más te encuentras con el ruido de la ciudad. La puerta del Sol, que regenta una especie de ser amorfo al que llaman ‘Sireno’ y a la izquierda, la zona vieja. Alguien dijo (¿Unamuno?) que la parte vieja de Vigo era de las más señoriales de España, o algo así. Querido Miguel de, eso sería hace tiempo.

Después, Príncipe, que también está provisto de algunos ex respiraderos, que ya se han muerto ahogados por los ladrillos. Eso sí, desde el final de la calle se pueden intuir, como se intuyen las cosas muertas, las letras de Caja de Pontevedra en amarillo apagado (ahora es un cartel horterilla de Caixanova). Es el edificio que corona el ascenso de la calle Urzáiz, que no se quiere acabar ahí y sigue hasta que el aliento no te llega, casi en la Travesía.

Hacia abajo, buscando de nuevo el mar. Bajo Colón con la seguridad de que los barcos se encuentran ya más cerca. Dejo la plaza de Compostela a un lado (¿? la Alameda, vamos) y pierdo dos minutos en pensar en el OZ y en la Abadía…qué tiempos (bueno, que el OZ es reciente, imbécil. Ah, perdón).

Por fin alcanzo la meta. Inmerso en el pantalán, con los barcos que llevan a Cíes a un paso y, de nuevo, la otra orilla.

Tendría que volver a subir todo Colón y llegar hasta el Progreso, pasar por el parquecito del que no recuerdo el nombre…y ya está. A la izquierda, el Castro. A la derecha, un monstruo en forma de Ayuntamiento (Concello, vamos) que cubre el mar con una sombra en forma de cubículo. La carretera que divide la ladera del Castro sirve de pasaje hacia el mar, otra vez más. La panificadora hace de postal tétrica que enseña los dientes cuando la miras directamente y trata de esconder la otra orilla sin éxito.

Vuelvo a estar en Camelias. La casa de Jorge, mi antiguo videoclub (ahora una tienda de Vodafone), los negocios que abren con ansias pero que cuentan sus ganancias por meses abiertos, la valla publicitaria que sostuvo a un Fraga extrañamente rejuvenecido…
Ya he vuelto. A Madrid, digo. Y bueno…no tiene mar, por mucho que se empeñen algunos.

¿Y la otra orilla...?
Circonitas para todos.

Últimos Coletazos

Dicen que, cuando vas a morir, ves pasar toda tu vida por delante. Las personas que han estado (dicen haber estado) a punto de morir cuentan que, en ese preciso instante, por su cabeza pasaron todas las imágenes de su vida, como fotogramas de una película; retazos de los momentos vividos. No sé si empiezan con tu nacimiento o en el momento en el que empiezas a tener consciencia y tampoco sé si llegan hasta el segundo antes de morir. La cuestión es que, como decían en un monólogo, vas a morir y aún encima tienes que ver cine español (qué pasa, a mí me gusta el cine español y espero que mi papel lo represente o bien Fernando Esteso o bien Jorge Sanz, ese locuelo adolescente eterno).

Mi vida en Madrid de estos dos últimos años se va a acabar en algo más de un mes. Es cierto que voy a seguir aquí, pero ya no será con los compañeros con los que la he compartido en este tiempo. Estarán algunos, la mayoría me atrevería a decir, porque quien más y quien menos se ha dejado alguna asignatura para el año que viene, o los créditos de humanidades (créditos de humanidades: forma que tiene la Carlos III de quitarte dinero con la excusa de una formación mejor...¡pero si yo ya soy humano, por Maradona!), o lo que sea. Pero no será lo mismo. No será como estos últimos dos años, sabiendo que vas a entrar en clase y te vas a encontrar a los de siempre en los mismos sitios, más o menos, o sabiendo que, una vez sentado y comenzada la clase, aparecerán otros tantos que llegan tarde porque sí, por que lo manda la tradición.

Así, en este estado de melancolía me encuentro. Un estado que me ha llevado a empezar a planear esa muerte lenta de mi actual vida desde ya. Como no me quiero ver apurado el 30 de junio con las maletas aún sin hacer, ya he comenzado a seleccionar las imágenes que quiero que aparezcan en el momento de cerrar los ojos definitivamente.

He empezado por las de "La primera impresión". Un edificio bastante impersonal (porque era igual que otros del campus) que me invitaba a pasar abriendo sus puertas automáticas como unas fauces feroces. Edificio 17, de nombre Ortega y Gasset (qué tíos, los dos). La imagen de mi nuevo aula, la que sería el cuartel general durante todo un año y a la que le ponía los cuernos de vez en cuando con las mal llamadas aulas de redacción, las bien llamadas aulas de informáticas o el estudio de radio (bien llamado también, supongo). Los rostros desconocidos que poblaban los pasillos y aquel mismo aula. Avanzar entre la gente para lograr un pupitre solitario, alejado de la muchedumbre, en el que sacar mi renovada carpeta, mis folios reciclados y mi pilot azul.

"La primera impresión" también abarca a las personas. Seré realista: no recuerdo qué pensé. Dada mi naturaleza, supongo que algo así como: "Joder, menuda mierda". Lo cierto es que tengo la extraña sensación de que pasó mucho tiempo hasta que logré hablar con alguien...pero no es cierto. Creo que fue sólo una semana (repito, dada mi naturaleza utilizo 'sólo'), pero debió ser una semana muy larga, llena de presentaciones de profesores y de algo que me escamaba bastante: el resto de la clase ya se conocía. No, no se conocían de antes, no; se habían ido conociendo y yo me había quedado un poco al margen. Se daban sus teléfonos, se hablaba de ir a tomar un café, recuerdo que se pasó una lista para que todos apuntásemos nuestros mails (yo lo apunté, por supuesto, en mi campaña por la popularidad).

Esa misma "primera impresión" también incluye a los profesores. Esa sí que fue cruel. Llegas tan contento a tu nueva carrera que aunque se presente Toni Genil desnudo con una palangana en la cabeza piensas que es la leche: "Será un genio", piensas mientras tomas nota mental de esa vestimenta para repetirla cuando seas famoso. Todo eran buenas palabras, como cuando empiezas a salir con una chica y le dices que no te importa perderte el Barcelona-Madrid con tal de estar con ella...en ese momento lo piensas, pero no te estás dando cuenta de que acabas de iniciar la excavación de tu propia tumba. Con los profesores, lo mismo. Todos son guays, molan, yupi yei, y los alumnos para ellos también lo son (sobre todo yupi yei). Luego llega la farsa. El otro día hice con Yaiza, la delegada, un recordatorio de los buenos profesores que hemos tenido estos dos años y nos bastaron los dedos de la mano...de un manco. Uno, dos, a lo sumo tres. El resto, reguleros, malos o desastrosos.

Las siguientes imágenes que he seleccionado son las que he denominado "Integrado". Sí, son aquellas en las que ya aparezco acompañado de gente. Yo, chungo que soy, tardo en entablar relaciones en general con la gente. Me suelo esconder, por prejuicios, supongo. En este caso, la gente fue apareciendo poco a poco y eran como una puertas que se abrían unas detrás de otras. Primero conoces a una, luego a otro, más tarde a otros dos, otro día a cinco, cuatro días después a unos tres y medio...y así hasta que te haces un conjunto de gente conocida a la que saludar al entrar en el aula (y que todos te dicen: "Noooooooorm" y Woody apostilla "Norman"). En esas imágenes ya parezco un poco más feliz, sin esas primeras impresiones tan extrañas que teñían las imágenes de colores grises.

El siguiente grupo: "Las gentes". Esas son las mejores. Son imágenes en las que aparezco yo con cada una de las personas con las que he tratado. En muchas aparezco con gente a la que desprecio profundamente, gente que me ha enseñado que el asco es una forma de vivir...pero oye, quién soy yo para juzgar a nadie. Hola, soy Mauro: sí, gente que, con el paso de los meses, se fue separando de mi forma de ser. No se lo reprocho, pero creo en la selección natural, y yo suelo estar con los mejores. Aún así, he seleccionado algunas de sus imágenes más chulis.

En la mayor parte de las otras imágenes del grupo "Las gentes" sí que aparezco con los de la selección natural (la mía, por lo menos). Cada imagen conlleva un recuerdo, una frase, un sentimiento. Cada imagen lleva adjuntada un nombre en mayúsculas. Algunas imágenes son más antiguas, pero todas tienen un lugar importante en el momento antes de mi defunción.

En una carpeta más general he metido las de "Los momentos". Aquí van las que no he tenido dónde meter. Las de las barritas de tomate de la cafetería (arritatumati), las de mi uña rota, las de los trabajos expuestos ante un profesor dormido...no sé, las demás.

Así estamos, dando lo últimos coletazos. Qué corta es la vida, pero que bien está, ¿no?



Las imágenes del vídeo este son una mariconada de bailarinas haciendo el imbécil, pero es el único que he encontrado en Youtube con la canción original: 'Fotogramas' de Iván Ferreiro.

Corredor De Fondo


Dicen que el corredor de fondo es el atleta más inteligente; es aquel que es capaz de dosificar sus fuerzas para llegar al final de la carrera. No es el más rápido, seguramente no sea capaz de ganar en una carrera de 100 metros, donde sólo cuenta la potencia y la velocidad. El corredor de fondo juega con el tiempo, con su resistencia, con su capacidad para aguantar el peso del cansancio en sus piernas y aún así seguir avanzando. Se habla siempre de la soledad del corredor de fondo.


Mi padre, con el objetivo de hacerme entender las cosas que a él le parecían obvias, trasladaba sus palabras al mundo del deporte. Nuestras conversaciones durante mis primeros años de carrera ocurrían en un plano de la conversación intermedio entre mi indiferencia y sus metáforas deportivas. "El cerebro es como un músculo: hay que ejercitarlo todos los días", era una de sus preferidas. Yo, un poco asombrado y en plena gilipollez mental (tránsito entre la edad del pavo y la pretendida madurez), pensaba: "Ya, pero no me apetece". Otras metáforas se acercaban al mundo del fútbol, aunque el atletismo se llevaba la palma. Ahora se me ocurren muchas otras, algunas relacionadas con el ciclismo ("es una etapa con un puerto de montaña de primera"), con el tenis ("pierdes por los errores no forzados") e, incluso, con la hípica ("a caballo regalado no le mires el diente).


Supongo que, dormidas durante unos años, todas aquellas metáforas que significaban algo así como "estudia de una puñetera vez" han salido en los útimos días y por eso estoy escribiendo esto. Y es que ahora soy yo el que habla con metáforas deportivas para explicarme a mí mismo las cosas. Por ejemplo, me veo muchas veces como un corredor de fondo. De hecho, creo que mi vida ha sido la del corredor de fondo: largas etapas difíciles de terminar pero que nunca han llegado a desesperarme hasta el punto de rendirme antes de llegar a la meta.


Desde hace un año y medio (más o menos) he vuelto a comenzar otra carrera. Pocos días antes de empezarla ya había diseñado un plan de carrera que trataría de cumplir y que, si lo lograba, es probable que llegase a la meta sin muchas carencias físicas, con el cuerpo en un estado óptimo para comenzar la siguiente que me tocase correr. Eso sí, no había tenido en cuenta la posibilidad de encontrarme piedras en el camino, ni de torcerme un tobillo, ni siquiera de encontrarme con alguien durante la carrera que retrasase mi ritmo y me hiciese trotar más lento de lo normal (o demasiado rápido).


Ante esas novedades surgidas en carrera tuve que adaptarme y creo que no me ha salido mal del todo. Aún sigo corriendo. Aún estoy siguiendo los caminos que la competición me ha marcado y yo creo que en un poco alcanzaré la meta. Seguramente no seré el primero ni el tercero ni a lo mejor el décimo, pero supongo que llegar sano y salvo y sin haberme deshidratado en el camino tiene su mérito.


Es curioso que, a la vez que participo en una carrera, otras surgen a mi alrededor. Pues esas las corro también, que no se diga luego que no tengo pelotas (las tengo, son Dunlop, de tenis). Y es curioso que me comporto de la misma manera; trato de llevar la táctica del corredor de fondo hasta sus últimas consecuencias. Pausado, esperando acontecimientos, no precipitándome en las decisiones, sino esperando a ver cómo se desenvuelve la carrera para actuar. Muchas de estas no las ganaré, me quedaré por el camino exhausto y me tendrán que atender los servicios médicos, pero nadie me podrá decir que no lo intenté.


Bueno, me voy a entrenar un poco.


Cosas.

Lanzarote

Así es. Mientras otros trabajaban y se morían por dentro, yo, acompañado de unos compañeros de clase, me fui hasta Lanzarote de viernes a lunes. Éramos un total de diez personas, unos del segundo ciclo de Periodismo y otros de la carrera combinada de Derecho y Periodismo (vamos, lo que hice yo pero en plan oficial). Sólo uno de los diez que viajamos era oriundo de la isla; él fue el encargado de mostrarnos de norte a sur y de este a oeste las maravillas del lugar. Ah, también nos acompañó Emre, un chico turco también de la Carlos III.

La verdad es que llegué a Madrid con una idea preconcebida de los canarios. Después de los que tuve la 'suerte' de conocer en Santiago, me rechinaba cualquier cosa relacionada con su vida, su cultura o sus islas (Guanche, espero que leas esto por alguna razón del destino: eres un gilipollas importante). Ya en Madrid, he tenido la suerte de descubrir (no redescubrir, porque estaba oculto) a los canarios. Es cierto, son muy diferentes a mí, pero quizás eso es lo mejor de todo.
Con esta visita a Lazarote, me ha quedado claro las razones de esas diferencias. Es cierto que no todas las islas son iguales y que Lanzarote tiene ese paisaje volcánico particular, pero su forma de vida está totalmente acorde con el clima. Ya, sé que no estoy descubriendo nada que no se sepa, pero es que a más de uno, con unas horas expuesto al sol pseudoafricano, ya estaba cediéndole el paso a las prisas y rezagándose en la calma. Hasta Tomás, nuestro guía nativo, se sorprendía de la lentitud de reacción que mostrábamos los peninsulares en la isla; era irónico: nosotros siempre hablando de la 'pachorra' de los canarios y nosotros mismos caíamos en la tentación.
Las visitas fueron realmente interesantes: mucho César Manrique (que si su casa en plan mansión Playboy, sus juguetes de viento, sus diseños de los lugares turísticos...), mucha tierra volcánica (el parque de Timanfaya, las montañas de fuego, esa piedra negra que dibuja gran parte del paisaje...) y bastante playa (Papagayo, creo, y...no recuerdo las otras dos).
Allí estábamos nosotros, en lo más parecido a Marte que había visto en mi vida. Y es que lo primero con lo que nos encontramos era casi de otro planeta: de desayuno, bocata de pescado. Buffff, como que no, que a mí no me entra eso para desayunar. Pues sí, entró, y repetimos a los dos días. Era un pescado rebozado pero no tan seco ni duro que te cuesta masticarlo, sino blando, casi se deshacía en la boca antes de que pudieses morderlo.
Gastronómicamente hubo mucho pescado, todo riquísimo, papas arrugadas (‘arrugás’) con mojo, chorizo de Teror (que no Terol, no)… y una degustación especial, la de la cerveza canaria. Dos marcas, dos sabores, sólo un posible ganador.
Una, la Dorada; otra, la Tropical. Una, con más cuerpo; otra, más suave. La cuestión acabó en una guerra civil que nos dividió durante todo el viaje. Los camareros se acercaban a la mesa, tomaban nota de nuestros platos y hacía la pregunta fatídica: “¿De beber…?”. Ahí las bocas parecían puños gritando, unos Tropical (la de Lanzarote, la buena), otros Dorada. Hubo cinco bajas y tres muertos, nada que no se arreglase con una jornada de playa.
Aquí dejo algunas fotos, porque estoy de bajona y no me apetece mucho escribir. Jar, enore nar (¿qué ha pasado con Chiquito? ¿ha pasado de moda?):

Cartel a favor de la independencia canaria: Canarias Ceibe, XA

Un volcán volcánico de la isla volcánica de Lanzarote

Gentuza viajante. De pie, izda. a dcha: Malavia, Guillermo, Tomás, Javi, Almu (única mujer superviviente), Sergio, Tomás, Álvaro. Agachados en plan equipo de fútbol: Emre y un imbécil.

Escalando una extrañana montaña lanzaroteña

No dejo más fotos (que hay más y mejores) porque blogger es una caquita para hacer estas cosas. Ah, si aparece todo como un bloque compacto sin puntos y aparte, es culpa de blogger también. Y si os roban la cartera por la calle, seguramente también sea su culpa. Venga. Suerte.

La Sombra

He conseguido acabar con mi pensamiento recurrente; lo he agarrado con mis propias manos y lo he estrangulado hasta que se quedó sin aire. Cayó al suelo al instante, con su cuerpo dibujando una mueca sobre la tarima flotante de mi habitación. Creo que fue hace poco, unos dos meses como mucho, cuando logré deshacerme de él. No recuerdo el momento exacto, la fecha, la hora o el lugar, pero sé que ha desaparecido de mi mente y que no me perturba desde ese tiempo.

La razón de su desaparición la tengo clara: un nombre. El pensamiento recurrente dejó de molestarme a la vez que aquel nombre se introducía por mis oídos y me retumbaba en la cabeza una y otra vez. Ahora, la sombra que proyectan sus letras es alargada y está colonizando cada vez más partes de mi cuerpo. Empezó por las manos; de hecho, un día una de ellas, la izquierda, no soportó la presión y comenzó a inflamarse. Se hinchó como un flotador mientras se adormecía poco a poco y un picor intenso se abalanzaba sobre las ramificaciones nerviosas de la palma y de la parte frontal de la mano. Duró algo así como un día, lo suficiente como para saber que algo iba a cambiar.

Pero, cronológicamente, el nombre aquel hizo acto de presencia en el incómodo me de noviembre, un día en el que no me lo esperaba. Yo estaba de pie, tranquilamente, tomándome una cerveza mientras la gente no era consciente de mi presencia. Ante la multitud de conversaciones que se dirigían por mi derecha, por mi izquierda y por delante de mí, me abstraje del ruido de aquel lugar durante unos segundos; fueron pocos, pero en mi maltrecho recuerdo se identifican con un espacio temporal mayor. Ante esa soledad buscada, que tantas veces encuentro, me desdoblé; salí de mi cuerpo y mantuve una conversación conmigo mismo.

M2: Mucho ruido, mucha gente… Mucho ruido, muchas nueces...

M: Sí. Veo que eres tan estúpido como yo…será que eres yo mismo.

M2: Creo que te gusta esa chica.

M: ¿Cuál?¿Ésa?

M2: No, Mauro, ‘ésa’ es un chico con melena. Me refiero a la que tienes justo delante.

Dirigí la mirada hacia el frente y ahí estaba. Aún no había escrito el post de ‘La parte de atrás’, pero aquella idea de enamorarme en un instante de una imagen compuesta por pelo, nuca, hombros y espalda estaba muy presente en mí desde hacía tiempo. Parece una chorrada, pero me parecía extrañamente romántico el deshacer ese nudo que supone la cara, los gestos y las manos para encontrar lo que buscaba en algo sin rostro, en una imagen que podría construir a mi antojo. Ella conversaba animadamente con los demás mientras daba pequeños sorbos a su bebida, sin saber que mis ojos se clavaban con fuerza en su espalda, . M2 seguía con la conversación.

M2: ¿No te habías dado cuenta? Ya llevas unos días luchando contra esto, creo que es hora de que lo reconozcas y te dejes llevar.

M: No sé de qué me estás hablando. Yo no lucho contra nada. Eres tú el que me acaba de poner en una extraña situación diciéndome esto.

M2: Mauro, te gusta.

M: ¿Sí?

M2: Que sí.

M: ¿Seguro?

M2: Segurísimo. Y lo entiendo.

Acto seguido, volví a la situación anterior. Las conversaciones pasaban por delante de mí, desde la derecha y desde la izquierda. Con una extraña sensación en el cuerpo, me reincorporé a la vida normal, al ambiente de fiesta, a las conversaciones de los demás para tratar de olvidar el extraño pasaje que había vivido.

Tardé tiempo en sentir algo parecido, pero ya el virus de aquel nombre había sembrado sus semillas dentro de mí y se estaban esparciendo por todo mi organismo, incubando una enfermedad incurable, por lo menos hasta este momento. Los meses pasaban, las salidas de fin de semana, las horas en la facultad… todo con ese perfume del recuerdo lejano de aquel momento. En esos días, aún luchaba contra mi pensamiento recurrente, pero su intensidad en mis acciones era menor, mucho menor que hacía unos meses.

La Navidad, los mensajes de fin de año, la vuelta a la rutina, los exámenes, los carnavales. Cualquier acontecimiento se relacionaba con el nombre y penetraba por mis oídos, por mis ojos y por el resto de sentidos como una humareda negra que intoxicaba mis órganos más vitales. Mientras, una sombra se iba apoderando de mí; una extraña falta de luz cubría poco a poco mi cuerpo como un manto gris. Empezó por los pies para continuar por los gemelos y, en esos días, se había hecho ya con mi cuadriceps.

Me veía atrapado en una historia en la que nunca era el protagonista. Me paraba a pensar si alguna vez me había pasado eso antes, y me di cuenta de que era la primera vez; era la primera vez que con el paso del tiempo un simple nombre se había hecho propio. Un común, un genérico había cobrado protagonismo, se había vestido con sus mejores galas y había salido a escena a representar el papel protagonista de mi vida mientras yo era un simple espectador de aquel acontecimiento sin precedentes en mi vida.

Otros nombres antes habían tenido importancia en mi vida, pero su influencia en mí había llegado de otra manera, más pausada, más intencionada por mi parte. En este caso, había acelerado como un deportivo que espera con ansia el verde en el semáforo y se había colocado en primer lugar, quizás demasiado lejos de mí. Ya me habían avisado de lo peligroso que era eso, que algo que no signifique nada para ti se convierta en una razón. Me refiero a una razón en mayúsculas (una RAZÓN, por tanto), algo que te impulsa, que te hace afrontar las cosas desde otra perspectiva. El peligro estaba ahí fuera, pero era como un imán que me atraía con una fuerza que no sentía desde hacía mucho tiempo.

En los meses en que aquella sombra se alimentaba de mi interior y se hacía más grande yo era muy escéptico. Trataba de auto convencerme de que aquello no era real, que era sólo un momento temporal con fecha de caducidad. Cada vez que trataba de alejarme, M2 aparecía detrás para sujetarme del brazo y no dejarme escapar de todo. Me sumergí en los libros, en los textos, en las canciones, buscando el alivio, pensando que el olvido es un punto fácil de alcanzar, que no hay mayor desprecio que el no aprecio…pero no pude. Caí.

Otra vez; yo estaba de pie, tranquilamente, tomándome una cerveza mientras la gente no era consciente de mi presencia. Todos ocultos en los disfraces que nos ponemos por las noches para no aparentar lo que somos por el día, no había nada más simbólico para reconocer mi derrota. Si aún ocultando nuestras caras, nuestras personalidades, la sombra seguía ahí es que era más preocupante de lo que me hubiese imaginado. Y así fue; ese día, el nombre se escribió en mayúsculas y sólo hizo falta una conversación ridícula alimentada con ruido de música patética para que el puñal de la realidad se clavase en mi espalda sin ningún tipo de miramiento.

Los meses siguientes fueron lo más parecido a una larga noche de piedra. El gris y la sombra se posaban ya sobre mis hombros para hacer más lento mi paso y el transcurrir del tiempo se identificó con aquella pesadumbre. Las noches no se diferenciaban de los días y el sueño ocupaba la mayor parte de mi cuerpo. Esa mezcla explosiva de somnolencia y humo gris me dejó maltrecho, tirado en la cuneta de alguna carretera nacional, esperando a que los perros callejeros encontrasen mi cuerpo putrefacto e hiciesen un festín en honor del nombre que me había derribado.

Mi hojalata, la que cubre mi tronco, se reblandeció con la lluvia y se volvió maleable. Un simple viento rezagado en cualquier esquina me partía por la mitad y tenía que volver a reconstruirme de nuevo.

Ahora ya estoy mejor. Me he acostumbrado a vivir con la sombra. He decidido hacerme su amigo, acercarme a ella y tratar de convencerla para que me mate de una vez o para que me deje en paz. Y en eso estamos...

Fotografías Posadas


Mi Centro Tecnológico Particular tiene un nuevo miembro: una cámara digital. No puedo decir que sea una cámara fotográfica, porque ese tipo de términos parecen ya de la Revolución Industrial, tan alejada de nuestra super nueva época del apagón analógico y tal y cual. Y es que la cámara esa no hace sólo fotos, no se limita a retratar caras, edificios, culos o calles, no; ahora también son capaces de grabar un vídeo para que todos puedan ver que, además de feo, dices bastantes tonterías. Esta cámara se une, en mi Centro Tecnológico Particular, a mi celular transportable (móvil), mi computadora (móvil) y mi aparato musical digital (móvil).

Hace años que no tengo una cámara en mi poder. Hasta hace unos dos años, cuando las cámaras digitales ya estaban en el mercado a un precio digno, yo aún me compraba las cámaras, éstas sí fotográficas, de usar y tirar. Me parecían cómodas, con un diseño muy juvenil y, además, podías elegir 'con flash', 'sin flash', de 27 o 35 fotografías...eran otros tiempos, amigos. Si la perdías, no habías perdido más que unos 15 euros y algunos recuerdos que estarían ahí retratados, nada comparado con los más de 120 euros, como mínimo, que puedes perder ahora con un tonto extravío.

Hasta el día que me compré la cámara, mis recuerdos dependían de los demás. Yo no tenía memoria, dependía de lo que los demás habían visto para tener yo mis propios recuerdos; así, entre lo que yo recordaba y lo que otros habían captado, construía los recuerdos de, por ejemplo, un viaje a Segovia. Luego tenía que ir detrás de la gente en plan "eh, ¿me pasas las fotos?", como si fuese un yonki. Creo que tenía miedo a que, con el paso del tiempo y sin ningún tipo de prueba documental, me olvidase de lo hecho durante mi vida, y acabase siendo un espectro atontado por el paso de los años.

Ahora ya no tengo ese problema. El jueves pasado fui a un cumpleaños y YO me encargué de retratar el acontecimiento. Ahora, serán los demás los que recuerden lo que pasó a través de mi malicioso ojo, tendrán que pasar por mi filtro para recordar lo que allí pasó. No vale ya eso de "vamos a sacar una foto". A mí, al dueño de la cámara, no le gustan las fotos posadas, ni las caras alegres, ni las sonrisas forzadas.

Hay gente que no asume que los demás no les vemos con una sola cara. Las fotografías deberían de retener el momento, el gesto e incluso la personalidad de cada persona retratada. En cambio, con el objeto de salir 'guapos', nos sellamos los gestos habituales para dedicar nuestra mejor sonrisa, nuestro gesto más seductor, nuestra mirada más limpia a la cámara. Qué más da si luego no somos así, no importa; lo bueno es que trataremos de reorganizar los recuerdos de nuestra vida en base a aquellas fotografías que nos recuerdan lo felices que éramos en aquellos momentos.

No...no...no...no estoy de acuerdo con esto. Se me acusa, y sé que es cierto, de 'poner caras' en las fotos, de no ponerme 'normal' cuando hay una cámara delante. No sé, será que me cuesta pensar qué pretenden los demás que sea lo normal. Me han dicho desde hace tiempo que gesticulo mucho con la cara al hablar, e incluso al hacer cosas; parece ser que lo hago inconscientemente, porque yo siempre pienso que reflejo en mi rostro la belleza y la perfección de mis rasgos, pero bueno, parece que no es así. En el lado opuesto a mí están los 'unicara'; son aquellos que tienen un gesto grabado que sale a la luz automáticamente cuando ven el objetivo de la cámara cerca. Hay un dispositivo en su cerebro que les ayuda a reflejar en su cara lo que ellos/as creen que es su mejor cara, su mejor sonrisa, su mejor perfil. No lo critico, ni mucho menos, pero sólo puedo decir que dispongo de documentos que atestiguan que muchas de esas personas 'unicarísticas' salen bastante beneficiados/as cuando no son conscientes de estar observados por una cámara o cuando le obligas, a punta de pistola, a que cambien el gesto. Digo, trigo.

Ante la tesitura esa de: "Venga, Mauro, una afoto", "no, no pongas caras, ponte normal", me quedo en blanco y luego aparezco en la afoto con una extraña mueca que mezcla el miedo a no saber cuál es mi cara real y cuál es la que me han obligado a forzar. La razón de esas órdenes gestuales por parte de los demás creo que nacen en lo que verán ellos, sus amigos o enemigos o lo que sea cuando les enseñen las fotos.

A: Aquí estoy yo con Fulana, aquí con Zutano.
B: Ah, qué guapo Zutano. Fulana es un poco pedorra, ¿no?
A: Sí, es un poco fulana.
B: Tiene cara...
A: Esto es una foto artística. Es un perro montando a otro. La llamo "Naturaleza viva en camino".
B: Flipante. Increíble escorzo, típico de Zurbarán.
A: Capté el momento. Soy así. Bueno, ésta es de una carretera en mal estado y...
B: ¡Dios! ¿Y esto?
A: Ah, 'esto' es Mauro.
B: Pero, ¿qué le pasa en la cara?
A: No sé.
B: Pero...¿es así?
A: La verdad es que ya no estoy seguro de cuál es el gesto real, si el habitual o el de la foto. De todas formas, tampoco te pierdes nada, no te preocupes.
B: Esta foto me ofende. Ya no soy nunca más tu amigo. Que te den.
A: Oh, Mauro, maldita sea. Por tus gilipolleces ya no tengo amigos.

Vaya, una reacción muy madura, B. Dejo aquí recogido un propósito de enmienda: A partir de ahora trataré de ser bueno y posar en las fotos para que la gente no pierda a sus amistades por 'poner caras'. En serio, lo cumpliré.

Me voy a limpiar mi habitación, que las ratas me están pidiendo ya comida.

Veeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeenga.

Pelu No Quería

Dice la RAE :

peluquería.
1. f. Establecimiento donde trabaja el peluquero.
2. f. Oficio de peluquero.


Ja, peluquerías a mí. Estoy en contra del gremio de peluqueros; de hecho, el otro día me pasé por el Ayuntamiento de Madrid, subí hasta el despacho de Espe y le pedí un hueco libre en el asfalto madrileño para un manifestación (también conocida como mani o manifa) en contra de los peluqueros, las peluqueras, las peluquerías y los peluqueríos. Me concedió un domingo de 12:30 a 12:32 en la puerta del Sol. Nos reunimos unas 4 personas y alzamos nuestros gritos al aire de la capital: “Mi pelo es mío y no vuestro”, “Los peluqueros son unos farloperos”, “Todas las peluqueras son unas rameras”, “Pelos sí, gente no”, etc.

Es que estoy harto de tener que cortarme el pelo y que eso sea un trance para mí. Voy acojonado por la calle cuando me acerco a la peluquería. Me fastidia que los peluqueros/as hagan lo que les dé la puñetera gana. Tú les pides que te corten un poco el pelo y ellos te rapan al 3 y te tiñen de azul. Lo peor es que cuando les protestas, ellos te dicen que así te queda mejor… ¿Mejor?¿Me lo dice un hortera del quince con mechas rosas y medio pelo rasurado?¿O una señora con aliento de camionero y el pelo rojo pasión que te mueres y megamaquillada? Venga, por Dios (o por Maradona), no me jodas. Es como si a un taxista le pido que me lleve a la Plaza de España y me lleva al puerto. “Es que así respiras aire puro, hombre”. Malditos cabrois.

Yo lo paso mal cuando me tengo que cortar el pelo, casi peor que cuando entro en un hospital. La verdad es que tienen un aire, porque los peluqueros a veces visten bata blanca, te cubren con una especie de pijamas que no cierran por detrás y están deseando cortar algo para cobrar.

Me he parado a analizar (sí, ahora tengo un poco de tiempo libre y me aburro) la jerarquía de la peluquería (lo hago en masculino, pero vale para ambos sexos porque, a pesar de los políticos y las feministas, el masculino es el género neutro. Un ejemplo es Paco Clavel). El puesto más bajo es el de recogedor de pelo muerto; es ese chico/a que barre los restos de cabello que queda esparcido por el suelo del local. Después asciende a lavador de pelo eventual; en estos casos, combina lo de barrer con lavar el pelo de vez en cuando. Lo siguiente sería ser lavador de pelo oficial; es el encargado de lavarte el pelo…y aquí me tengo que parar. Un punto y a parte.

Hop. Vale. Te sientan en una silla que detrás tiene una bacinilla (se dice así, aunque a Sandro le parezca pedante) rota con la forma de tu cuello. En ese potro de tortura te echan la cabeza hacia atrás (o haciatrás, como dicen ellos) y te empiezan a lavar. Ahí viene la cosa importante. Te suelen dar un masaje craneal muy sensual y con el que te sientes relajado. Si es una mujer piensas: “Mmmmmm, esta chica quiere algo conmigo”, pero si es un tío piensas: “Eeehhh, cuidado que éste quiere algo conmigo”, y no disfrutas el masaje porque eres muy macho y no te gusta que un tío te toque sensualmente (sí, esta teoría es obra de Lord C.). Ah, hay veces, como me pasó a finales del año pasado, en los que no te lavan la cabeza; te cortan el pelo en seco, como en una lavandería.

Después, te pasan al sillón chulo almohadillado. Es cierto que, a veces, ese sillón es una silla o una banqueta, dependiendo de cómo se las gaste la peluquería en cuestión. Te sientan allí, con el pelo desaliñado porque te han secado a conciencia la cabeza con una áspera toalla, te cubren con dieciocho sabanas que huelen a recién lavadas en la tintorería (esto es, olor neutro mezclado con desinfectante) y aparece la cúspide de la pirámide jerárquica: el/la peluquero/a. Es cierto que, a veces, no te lo corta el peluquero cool que tiene su nombre en el luminoso, sino un secundario de lujo. Sea como fuere, te hacen la pregunta de las preguntas: “¿Cómo lo quieres?”.

En ese momento, tu vida pasa, fotograma a fotograma, por delante de tus ojos. Te ves con todos tus looks, con todas las pintas que has llevado en tu vida y analizas en una décima de segundo:

- “¿Lo quiero como me lo cortaba mi madre cuando era pequeño?” Es decir, a lo que salga.
- “¿Lo quiero a la bacenilla (aquí sí que lo dices así, porque estás pensando que nadie te oye y que no hace falta que seas tan correcto, como cuando te sacas un moco en tu habitación)?”
- “¿Por qué no pruebo con un rapadito al cero?”
- “¿Le digo que elija él/ella, para eso le pago, cojones?”

La verdad es que yo descarto rápidamente cualquiera de esas opciones. La primera, porque para eso ya me lo hago yo solito, que me sale gratis; la segunda, porque me parece un peinado ridículo que llevé en cuarto de E.G.B. y ahora me vería con más pinta de imbécil de la que tengo. La tercera, porque Dios (o Maradona) no me ha concedido una cabeza digna de ser mostrada más de lo que ya se muestra por su tamaño y esfericidad. Cuarta… ni de coña, que no quiero acabar pareciéndome al gay malo de ‘Fama. ¡A bailar!’.

Yo trato de optar por algo así: “Córtamelo (o córtemelo, dependiendo) todo más o menos del mismo largo, y no mucho, así ya le voy diciendo”. Esta orden tan sencilla, casi como decirle a un perro que se siente o que te dé la patita, ha dado lugar a respuestas tan variadas como éstas:

- “Eso es imposible”. Esta contestación es real. Creo que en la Academia de Peluquería es una de las normas que les dicen desde el primer día, una especie de juramento hipocrático: “Juro que jamás cortaré el pelo todo del mismo largo”.
- “Nooooo, a ti te queda mejor si te lo dejo más entero por arriba, que tienes muchos remolinos y así, con el peso, el pelo cae y te queda mejor”. Esta contestación también es real. Me tocó mucho los testículos que aquella peluquera quisiese engañarme en plan “no eres guapo, pero si haces lo que yo te digo, lo serás, nene”. ¿Te doy yo consejos de algo, vieja chiflada?
- “Vale”. Sí, esta contestación es poco habitual, pero real. Lo peor es que, cuando acaban de cortarte el pelo, te han hecho algo totalmente diferente ¿Para qué preguntas entonces?

Bufff, me estoy poniendo de un humor. Vale, ya está. Pues eso, que acaban haciendo lo que les da la gana y terminan diciéndote: “¿Te gusta?”, mientras sujetan un espejo en una mano para que te veas la nuca reflejada en él, por efecto del espejo grande que está delante de tí (no, no soy físico, no sé explicar mejor el rollo de los espejos). Yo siempre contesto: “Sí, claro. ¿Me cobras y me voy?”.

Y, para finalizar tu estancia allí, te limpian los pelos que te han caído durante la operación. Son muchos, infinitos micropelos que es imposible sacarte, tanto del cuerpo como de la ropa, aunque la laves (cosa que yo hago, a veces). Yo me pregunto: ¿para qué tanta mariconada de sábanas si después te llenas igual de pelo? Me parece indignante. Es como si construyen un puente para cruzar de una costa a otra y dejan un agujero en el medio...supongo que por eso no son ingenieros, sino 'esteticienses' (ese es otro tema a parte que no comentaré porque me queda el post más largo que la Biblia).

Nada más, voy a comprarme una peluca para arreglar el desaguisado que me han hecho los del gremio de las tijeras. Quizás, la próxima vez que me veáis, no me reconozcáis. Si veis a una cantidad de pelo andante, seré yo. Pongo a Dios (y a Maradona) por testigo de que nunca volveré a pasar por una peluquería…hasta dentro de unos meses.

Pelos para todos.

¿Turquía? No, no fumo, gracias

Esto va dedicado con todo el amor y el cariño a mis queridos compañeros de clase.

Turquía, esa república democrática, secular y constitucional cuyo sistema político fue establecido en 1923 y que asimismo es un estado miembro de las Naciones Unidas, OTAN, OSCE, OCDE, OIC, y el Consejo de Europa, además, a su posición estratégica, ubicándose a medio camino entre Europa y Asia así como tres mares, Turquía ha sido una encrucijada histórica entre las culturas y civilizaciones orientales y occidentales. También ha sido el hogar de varias grandes civilizaciones y el lugar en el que muchas batallas entre las mismas tuvieron lugar a lo largo de la historia. Pero en este caso, la batalla tendría lugar en otro país: Egpaña.


Yo no he tenido la suerte o desgracia de viajar a ese país. Es más, no he viajado a ese país con el viaje de Fin de Carrera (o de ciclo, o de mierda) que organizaron los humanoides de mi clase. Para ser más exacto, lo organizó en gran parte una chica toledana pero que es Del Puerto…que alguien me lo explique.

Así que pasé (bueno, pasamos los que no fuimos, que fuimos pocos pero valientes) una semana en la que casi no había gente en clase y en la que teníamos que trabajar o lo que fuese mientras otros disfrutaban de la vida loca de Ricky Martin y sus caderas. En esos momentos, te alegrabas por tus amigos, por lo bien que se lo pasarían, por la cantidad de historias y anécdotas que estarían construyendo y retratando en fotografías. Te llenaba de orgullo que gente que tú conocías estuviesen dejando la bandera del Grupo 33 en lo alto de aquel país, conquistando a todos con su gracejo, diversión y actitud festiva. Te sentías importante, incluso un poco dentro de ese viaje. Visitabas mentalmente con ellos las mezquitas, las plazas, salías a cenar con ellos. Vamos, que estabas genial delante de un ordenador de una redacción cualquiera porque no eras egoísta y amabas el amor y a la gente. Sí, vale.

Lo peor fue cuando la Realidad me golpeó en la cara y me dijo: “Eh, pringadete, que tú no has ido al viaje. Tú estás atrapando aquí mientras ellos se divierten”. “¡Joder!”, pensé, “me cago en mis compañeros”. La Realidad, que era un poco puta, me abrió los ojos y me empezó a meter ideas malas y malvadas en la cabeza. “Mira, tío, creo que esa gente está allí en Turquía pasándoselo teta (o pito, depende del sexo) y cada uno de ellos tiene una foto tuya colgada en la habitación. Cuando pasan delante de esa foto se ríen de ti, se mofan y algunos, como Malavia, te hacen un calvo español”. “Serán cabronazos”, le dije a la Realidad. “Eh, Mauro, no seas malhablado”, me corrigió.

Allí estaba yo, sentado delante del ordenador de la redacción con la Realidad a mi lado. Me estaba abriendo los ojos, me estaba demostrando lo cruel que es la vida. “Eres el tío más tonto del mundo. Tienes que tratar de joder a esa gente a toda costa. Cuando lleguen el martes o cuando sea, no les hables. Ponte un poco digno y no vayas pidiendo que te cuenten historias de su viajecito. Además, tu vives cerca de Coruña, por lo que sabrás perfectamente cómo se las gastan los turcos. A lo mejor más de uno no vuelve….Muahahahah muhahahaha”. La Realidad me estaba dando un poco de miedo; iba vestida con una túnica blanca y tenía el pelo rubio y rizo, pero tenía una voz claramente masculina. Creo que la Realidad es ambigua…

Aquellas ideas tuvieron un efecto en mí parecido al de una droga. Se desplazaron por todas las zonas de mi cuerpo y se apoderaron de mí. Mi cabeza segregaba malos pensamientos, ira, violencia. Mientras el mal adormecía mis manos, la Realidad continuaba esgrimiendo sus razones para que yo odiase todo lo que tuviese que ver con un viaje o un turco o una luna y una estrella. “Y piensa que, cuando lleguen, te sentirás excluido, porque te sentirás así, y ellos se aprovecharán y te tirarán de los calzoncillos hacia arriba y te dolerá el paquetito”. Aggggg, aquellas palabras me estaban volviendo loco. Me levanté de la mesa y me metí en el baño. Me lavé la cara, me eché agua por la nuca y traté de olvidar todo aquello. Yo era una buena persona, no podía pensar mal de mis amigos, sé que ellos nunca me lo harían…o sí.

El espejo me devolvía la imagen de mi cara demacrada, desgarrada por las palabras de la Realidad. Ella apareció detrás de mí y pude verla en el reflejo del espejo del baño: “Me olvidaba de decirte algo, amigo. Además de estar atrapando aquí, no tienes novia y estás un poco gordo. Chaíto”. Aquella frase me tumbó. Caí sobre el frío suelo del baño encogido y temblando. Dos horas después volví al mundo del que había salido por unos momentos para escuchar lo que la Realidad me tenía que decir.

Después de todo esto, he tenido que ir a varios psicólogos para que mis malos pensamientos no salgan a la luz, para que mi ira no acabe con un disparo en la cabeza de alguien. Me han mandado que escriba aquí lo que sentí, que es lo que ya he hecho, y que buscase algo para mostrar mi ira y mi repulsa hacia la gente sin hacer daño a nadie. Lo he conseguido, aquí está:





Bueno, amigos, como dirían en Turquía, que la vida os vaya bien y que las mandarinas sean siempre jóvenes.

Quiéroos.

Hoy Por Ayer

¿Qué día es hoy? ¿Es ayer o es mañana? ¿Es hoy? ¿Qué es hoy? Éstas son preguntas tan estupidas para una persona normal que seguro que alguno de vosotros (algunos, no muchos) no se las ha hecho. Yo, desde hace un tiempo, me las hago constantemente. No, no es que ahora me dedique a salir por la noche y me levante en camas ajenas sin saber dónde estoy ni qué día es hoy; tampoco es que ahora me drogue todos los días y en medio del subidón que me da el caballo, pocos segundo después de introducir la aguja en mis venas ya machacadas (como se nota que ayer vi el reportaje de Penamoa de 'Callejeros'), no sepa dónde estoy, no. Lo que pasa que es que ya no tengo claro cuando es hoy y cuando es ayer.

Cada vez que entro en la redacción de Estrella Digital es como si el tiempo se volviese loco: "Mauro, necesitamos actualizar esta noticia para hoy, luego pásala para mañana. Ah, y recuerda que, en el artículo para mañana, 'mañana' es 'hoy' y 'hoy' es 'ayer'...". Vale, así que hoy, a veces es ayer, y mañana, a veces es hoy... buf. No entiendo nada. A veces llego pensando que es hoy, pero resulta que estoy en ayer y tengo que esperar hasta mañana para llegar a hoy. Y eso no es lo peor.

Yo nunca he sabido bien en qué día vivía; nunca he sido bueno para retener fechas de importancia y son muchas las veces que se me ha pasado el cumpleaños de amigos, familiares o conocidos. Siempre que me preguntaban qué día era tenía que mirar el móvil para recordar que estábamos, por ejemplo, a 22 de febrero. Y es que hay muchas veces que los números tienen mucha importancia, demasiada, incluso. En eso juegan un papel muy importante las novias.

Cuando tienes novia, ella empieza a aglutinar en su cabeza miles de fechas, nombres y lugares que son importantes. Lo peor es que el hombre (no genérico, sino el que tiene pito, vamos) no suele tener esa habilidad que Dios (o Maradona, vete tú a saber) le concedió a la mujer. De hecho, es muy posible que se den este tipo de situaciones muy de vez en cuando:

Novia: ¿Sabes qué día es hoy?
Novio: Sí, claro...(saca el móvil de su bolsillo, ve disimuladamente la fecha y lo guarda) Es 17 de Mayo. Qué bien.

Novia: ¿Verdad? Siempre que llega esta fecha vuelvo a recordar todo, como si fuese ayer, como si lo estuviese viviendo en ese preciso instante.
Novio: A mí me pasa lo mismo; se me vienen a la cabeza tantos nombres: Rosalía de Castro, Manuel Murguía, Ramón Cabanillas, Castelao, Pondal... Es como aspirar desde la raíz toda la cultura gallega que llevamos en nuestras venas.
Novia: ¿?

Novio: Y ya no te digo Celso Emilio Ferreiro, Curros Enríquez o Vicente Risco. Joder, es un día en el que te sientes gallego y con unas ganas locas de empezar a falar o idioma daqueles que loitaron por poder expresá-la súa opinión na lingua que respeitaban máis...(él se queda pensando que habla un gallego genial, cara de satisfacción incluída)
Novia: Estás de coña, ¿no?
Novio: ...Sí, claro. No voy a ponerme a hablar gallego ahora, tranquila.
Novia: Repito: estás de coña.
Novio: Eeeehh... No sé, ¿estoy de coña? (risita/sonrisita que suele cautivar a su novia)
Novia: No me pongas esa cara, que no la soporto. Hoy hace cuatro meses y medio desde que cenamos juntos en el restaurante italiano donde el camarero nos preguntó si éramos novios y tú le dijiste que sí. Era la primera vez que decías que éramos novios, era como oficializarlo.
Novio: ¿Oficializarlo? ¿Ante un camarero desconocido?
Novia: No es ante quién lo importante, sino que dijiste que éramos novios; esa palabra salió de tu boca. Para mí fue super importante, tío.
Novio: Ya... sí... es queeee... claro que me acordaba. Te estaba tomando el pelo.
Novia: Ya…


Malditas fechas. Siempre te meten en líos de los que es difícil escapar. Si ya es difícil evitar estas cosas habitualmente, cuando tu vida gira en torno a días que no son hoy, sino que a veces son anteriores o posteriores al día que vives (¿?) todo se hace muy complicado.

Me voy, que tengo cosas que hacer ayer para hoy...o algo así.

Ah, este post lo empecé ayer, lo he terminado hoy, que es cuando lo publico, y tú, seguramente, lo leerás mañana... bienvenido a mi mundo, amigo. Muah muah aha hahaha...

Desnudo



Sí, amigos, sí. Así me sentí. Desnudo, en la gran ciudad, en la Gran Vía, entre rostros de gente que me aniquilaba con sus miradas de desprecio e incomprensión. Me explico:


Era la madrugada del sábado, las 5 de la mañana, aproximadamente. Las tenues luces de la discoteca-pub o lo que fuese aquello me estaban dando sueño. Era como si la música que rebotaba en las paredes me golpease con la fuerza de un puñetazo bien dado. Era mi momento; era el momento de huir de aquel lugar y hacer caso a lo que decía Siniestro Total en una de sus célebres canciones: "Camino de la cama es el mejor camino".


Así que me fui, cogí mis cosas y me puse a navegar...a andar, quiero decir. Aparté a la gente que me salía al paso en el local y me hice hueco para llegar hasta la puerta. Salí del local desubicado, sin saber dónde me encontraba, sin entender por qué había malgastado tres horas de mi vida en un local donde un pseudohombre calvo y con camisa naranja chillona bailaba como Michael Stipe. Giré a la derecha y me adentré en la Gran Vía.


A esas horas, la Gran Vía sigue siendo un mar de gente que atraviesa las aceras en todas las direcciones. Tratando de no ahogarme con cualquiera de sus oleadas, comencé a bajar hacia la Plaza de España, ya que pensé que lo mejor era ir andando a casa en lugar de coger un taxi o un bus nocturno.


Mientras bajaba, un hombrecillo (rumano, para más señas) se puso a mi altura y comenzó a caminar a mi lado. A los pocos metros se giró y me dijo: "Desnudate, cabrón". No, no me dijo eso. Realmente me empezó a contar una extraña historia que terminaba con que necesitaba una moneda de un euro y que si se la podía cambiar. Yo, que soy muy caballeroso y el típico imbécil que no cree en la maldad humana, saqué mi cartera y le intercambié sus monedas (que parecían muchas) por una moneda de un euro. Cuando conté las monedas que me había dado, vi que sólo me había dado 60 céntimos, que, como podréis entender, es menos de un euro.


"Eh, me has dado 60 céntimos, y eso es menos de un euro...espera...uno más tres, me llevo cinco, por el éste te la tal...sí, creo que sí", dije con una seriedad impropia en mi. "No, te he dado el euro, ¿me estás llamando ladrón?", tuvo los huevos de decir el hombre (rumano, repito, rumano). "No te estoy llamando nada, sólo te digo que me has dado menos de un euro. ¿Sabes una cosa? Me da igual, quédatelo, pero me has dado menos de un euro", concluí pensando que había ganado la partida con esa pose de burgués digno.


El rumano (hombre, repito, hombre) desapareció en breves segundos sumergido en la marea humana. Mientras, yo, con la cabeza muy alta por ser tan chulo, continué mi bajada, eso sí, con 40 céntimos menos en la cartera. Bah, sólo 40 céntimos...¿sólo? No, sólo, no.


Llegando ya a la plaza de España me toqué el bolsillo izquierdo (Explico: siempre llevo el móvil en el bolsillo izquierdo y la cartera y las llaves en el derecho. Sí, es una gilipollez como otra cualquiera, de esas que haces para que la gente pienses que eres superguay. Yo lo consigo, amigos). Cuál fue mi sorpresa (¿Cuál? Ésta) cuando en mi bolsillo izquierdo no había nada. Absolutamente nada. Bueno, sí, mi abono de transporte y un vacío sideral que hacía que mi mano se perdiese entre tanto espacio. Me sentí desnudo. Ahora entendía mejor a Malena Gracia. Mis pechos rebotaban en el frío de la madrugada y mi terso trasero se erizaba al paso de un autobús urbano. Puede que recupere mi móvil, puede que me compre otro, pero jamás olvidaré aquel frío. Mi cabeza empezó a segregar pensamientos impuros: otras manos estaban palmando mi móvil, su carcasa, su pantalla, sus botoncitos. A saber qué cosas tendría que ver mi móvil antes de perderse en cualquier tienda de segunda mano, en cualquier mercado negro, en cualquier rincón oscuro de una casa desangelada.


Me empecé a agobiar (diría que incluso a llorar, pero quiero mantener un status en la sociedad que no me permite decir esas cosas). Mi pecho se contrajo y la respiración me empezó a fallar. Comencé a jadear, tratando de recordar las clases pre-parto a las que había acompañado a aquella chica que había dejado embarazada en el verano del 89. Como una niña a la que le han tirado de las coletas, comencé a correr Gran Vía abajo preguntándole a la gente si me podían dejar un móvil. Evidentemente, nadie lo hizo. Todos miraban a otro lado y se reían en plan: "Sí, claro, te dejo mi móvil tuneado y te lo llevas, maldito rumano".


Pensé rápido otra alternativa...¡los taxistas! Claro, esos hombres puros, de corazón amplio donde caben miles de historias y anécdotas sobre la temperatura atmosférica. Me acerqué a una parada y traté de comunicarme con aquellos seres. Ellos, como si no entendiesen mi angustia, negaban con la cabeza y me decían: "No podemos hacer nada. No podemos hacer nada". Pero uno de ellos me dio un buen consejo: "Lo mejor es que te vayas a tu casa y allí llames a Movistar". ¡Claro! Que mentes prodigiosas son. Es imposible, si no, aprenderte tantas calles y los recorridos.


Llegué a mi casa, desperté a una de mis compañeras de piso y cancelé el número. Ya estaba solucionado todo, pero seguía sintiendo el mismo frío, el del desnudo en una calle llena de gente, el de una mano rumana que había usurpado uno de mis bienes más amados: el móvil.

Segunda Mano

El otro día, en el cuarto de baño, mientras asistía a la transformación de la materia en directo, leía el libro de Juan José Millás ‘El mundo’. Ese fue uno de los regalos de la Navidad, uno de esos que te esperas porque lo has pedido y sabes que no es imposible que te lo regalen (nada que ver con la vez en que pedí un acordeón a los Reyes Magos…). Quería ese libro, lo necesitaba, y no porque hubiese ganado el Premio Planeta, no, sino porque durante el año pasado devoré (así, literalmente) bastantes libros del mismo autor y me había quedado una sensación de vacío tremendo; entendía, los días que viví sin leer nada de él, lo que siente el que se está desenganchando de la droga. De hecho, yo también sustituía sus historias con otras o escribía esas cosas raras en este mismo blog para tratar de tapar el hueco que su extraña realidad había dejado en mí, como el que se inyecta metadona.

Pero es cierto que no es lo mismo. No es lo mismo tomarte un ‘Griego’ de Danone, que ha sido premiado por los catadores de yogures (excelente profesión esa, a la par que ridícula) que tomarte uno natural del Día. Igualmente no es lo mismo leer un autor para sustituir a otro, ni siquiera tratar de acercarte a él escribiendo tú lo que te pasa desde la perspectiva que él lo haría, o que tú crees que lo haría…

El caso, amigos, es que estaba leyendo cuando, una vez más, el señor Millás lo consiguió. Contaba que él había sido un niño de segunda mano: siempre vestido con la ropa heredada de sus hermanos, con chaquetas viejas, pantalones cortos que le quedaban largos y abrigos remendados. En ese instante, aunque yo seguía leyendo, pasando los ojos sobre las letras, empecé a darle vueltas a qué es eso de la ropa de segunda mano. Primero me remonté al curso pasado, al mes de marzo, cuando en el Rastro me compré un chaquetón azul. Olía raro, y seguro que otras personas ya lo habían llevado, ya habían vivido sus propias historias con él, ya le habían dado un tipo de vida. Ahora llegaba yo, me lo compraba por unos míseros m€´s y él empezaba otra vida nueva. No sé si tendrá memoria, no sé si recordará lo que ya había vivido en las manos anteriores (seguramente lo de ‘segunda mano’ es una forma de hablar), pero ahora tendría que empezar desde cero. Otro detergente, otro suavizante, otro armario, otra vida.

Después de esto, logré ir más hacia atrás en el tiempo y llegué hasta mi infancia. Recordé como yo nunca fui un niño de esos de ‘segunda mano’, más que nada porque la ropa de mi hermana no sería muy normal que yo la llevase (aunque es cierto que me vestía de niña para hacer la gracia…supongo y espero que fuese por eso). Pero aunque no era de esos niños, yo generaba que otros lo fuesen. Tenía un amigo en Gijón (sí, de pequeño viví allí) que heredó algunas cosas mías cuando yo me trasladé a Vigo. A mí no me gustaba que diesen mi ropa, no me gustaba pensar que alguien iría vestido como yo por ahí, haciéndose el ‘Mauro’, robándome los pasos o haciendo las mismas cosas que yo. Que no, que no me gustaba.

De hecho, otros niños vestían también la ropa que me quedaba pequeña o que me quedaba vieja. Recuerdo a un chico al que mi madre, por la amistad que le unía con la suya (supongo que sería esa la razón), le había regalado un chubasquero azul que a mí me encantaba. La madre del chico, en agradecimiento o no sé por qué, nos mandó un foto del chavalito en un parque vestido con MI chubasquero. Esa foto estuvo colgada en el corcho de mi habitación durante bastante tiempo, demasiado, en el que me dedicaba a mirarla con ira, con rabia, con odio. Menuda desfachatez, aun encima me lo restregaba por la cara, el muy asqueroso.

Después de pensar en esto, como si fuera Forest Gump, pensé: “Y si he pensado esto, ¿por qué no voy a seguir pensando cosas?”. Así que seguí pensando y recordando. Y me encontré a mí mismo en el Colegio Mayor. Alguien me pedía mi polo blanco de Inglaterra. Me veía a mí sacándolo del armario con cuidado y entregándoselo a otro. Era la misma sensación que la de una madre dando a su hijito a los servicios sociales. Mientras hacíamos la transacción, en la que yo no recibía nada a cambio, más que ganas de llorar, trataba de hablar con mi ropa. Le decía: “Tranquila, mañana estarás aquí otra vez, no te preocupes”. Además estaba dejando aquella prenda a una persona que pensaba salir por la noche vestido con ella. Era como si tu novia sale con un tío por la noche sola y sabes que algo malo va a pasar, o como cuando te decían que ibas al Corte Inglés pero realmente tú sabías que ibas al médico a que te pinchase o algo así. La sensación de no querer prestar mi ropa que nació en Gijón se volvía a presentar con la misma intensidad que aquella vez.

Al volver a la realidad del baño me di cuenta de que había estado pasando páginas como un imbécil sin leer lo que decían. Volví a la parte en la que hablaba del ‘niño de segunda mano’, dejé una marca en la esquina superior de la página y cerré el libro.

Ahora voy a recoger toda la ropa que tengo tirada por la habitación. Tengo un nuevo y extraño respeto por ella desde que recordé todo esto.

Venga, hasta luego.

La parte de atrás

¿No os ha pasado nunca? En serio, ¿no os ha pasado nunca? A mí me pasó hace menos de una semana.



Era domingo; el día anterior había sido el de Reyes, el de la noche de Reyes, más bien. Esa mañana me levanté un poco raro; eran las primeras Navidades que no pasaba completas en Vigo y llevaba desde el día 3 en Madrid. Trabajaba por las tardes y por las mañanas me dedicaba a ordenar y limpiar la casa, que al llevar varios días deshabitada estaba hecha un desastre. Tuve la suerte de salir ese viernes a tomarme unas cañas con gente de mi clase por Lavapiés; nos tomamos unas 'zapatillas' (bocadillo enorme que hacen en un bar, gallego según uno de mis compañeros, de lomo y queso de tetilla) y estuvimos de tertulia con dos ex de clase que este año están en otras tierras haciendo Erasmuses y Sénecas. Ese fue el único contacto humano de más de dos minutos que había tenido en Madrid esos días.


Como decía, me levanté el domingo por la mañana un poco raro. Tenía miedo de abrir la puerta de mi habitación, entrar en el salón y encontrarme con regalos que mágicamente los Reyes habían dejado para mí. Si me llego a encontrar varios paquetes con mi nombre seguramente me hubiese orinado encima...y no os digo nada si lo que me encuentro es a un hombre con un paquete, no sé si me entendéis. Con una taza de café en la mano me adentré en el salón y no había rastro de regalo alguno, por fortuna. Vacié todo el aire que había retenido en los pulmones (es algo ridículo que hago cuando pienso que me puedo encontrar una sorpresa, retengo el aire) y me senté en mi sofá a ver la tele mientras desayunaba.


Por el ventanal del salón se apreciaba poco movimiento en la calle y el cielo estaba totalmente despejado, lo que hacía de mi calle un lugar extraño, un desierto lleno de árboles y cemento. Viendo la tele decidí salir a dar un paseo. Qué mejor que salir a caminar por un Madrid vacío en el que me podía encontrar, como mucho, a niños estrenando y presumiendo de los regalos que los hombres mágicos que beben coñac les habían dejado al lado de los calcetines. Así que me duché, me vestí y salí a caminar un rato.


Me dirigí hacia la plaza de Colón, esa que está decorada con una bandera española horteramente grande, pasando por las vacías calles con todo cerrado. Me planté en la calle Génova, la que me lleva directamente a la plaza y donde habita la sede del PP, en poco menos de 20 minutos. Cuando llegué a Colón, fui bordeando por el lado derecho (por eso del PP y tal) la plaza hasta llegar al edificio de la Biblioteca Nacional del Mundo Mundial. Me quedé parado un rato admirándola, apreciando sus columnas dóricas, también las corintias, incluso me percaté de alguna influencia de Picasso y Cañita Brava en aquella brava estructura de piedra. Me di cuenta de que no tenía ni puñetera idea de arte, por lo que lo único que hacía era mirar un edificio que me parecía bastante impresionante, pero nada más.


Comencé a bajar por Recoletos, dejé atás la Cibeles y me encaminé por el Paseo del Prado. Y ahí fue.


A escasos metro de mí, una figura esbelta adornaba la imagen desoladora de la carretera sin tráfico con sus finos andares. Caminaba por delante de mí, y lo hacía a un buen ritmo. Por unos instantes pensé que si caminaba rápido y la adelantaba ella se enamoraría de mí, pero luego pensé que eso sólo funciona cuando esquías. Al movimiento de cadera lo acompañaba una coleta que dejaba su nuca semidesnuda y que se movía como el péndulo de un reloj. De su pelo, negro como Eto'o, salían disparados cortos chispazos de luz, fruto del choque de los rayos del sol contra su cabello recién lavado, y uno de sus brazos se escondía entre el cuero de un bolso grande y marrón. Mientras escrutaba aquellos andares, ella decidió cruzar de acera. Con el poco disimulo que me caracteriza, apuré el paso para coger el semáforo en verde (recordad lo que decía Seguriño) y crucé detrás de ella, siempre manteniendo una distancia prudencial: lo suficientemente lejos para que no se sienta perseguida y lo suficientemente cerca para pensar que soy un psicópata.


Aquel paso decidido me estaba hipnotizando. Aquella parte de atrás, formada por espalda y hombros me estaba enganchando como una rata a la melodía del flautista. De vez en cuando, cuando no me daba cuenta de que me estaba acercando demasiado, una suave fragancia invadía todos mis sentidos y cegaba mi paso, que se dejaba llevar por la intuición. Aquel olor era un placer, pero también una alarma: estaba demasiado cerca.


Al llegar a la plaza de Neptuno se dirigió hacia la derecha, dirección Sol. Un semáforo detuvo su camino; esa era mi oportunidad para descubrir qué belleza escondía la parte de atrás...pero no me atreví. Reduje mi paso y me quedé detrás de ella. Al cruzar el semáforo mi ilusión se desvaneció. Dejé, en dos segundos, de soñar con los dos atando nuestras sabanas para buscar la eternidad escapándonos de la soledad.


Al cruzar la acera se fundió en un abrazo-beso con un pintas. Ese pintas había acabado con el potencial amor de mi vida. Pensé en ir hacia ella, decirle que se había equivocado y que sólo dos minutos conmigo le harían ver lo equivocada que estaba, pero no lo hice. Me limité a pasar de largo mientras descubría el rostro que me pudo tener...


"¡DIOS!" Exclamé. Era la mujer más fea que veía desde hacía tiempo. Nuestros hijos hubiesen sido unos truños importantísimos. Lo peor es que luego la escuché hablar. No pude decir nada. Sólo derramé una lágrima por lo que pudo ser y, afortunadamente, no fue.


¿No os ha pasado nunca? En serio, ¿no os ha pasado nunca? A mí me pasó hace menos de una semana.
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