Desde hace millones de años, lo que ha marcado casi todas las acciones del hombre ha sido el instinto de supervivencia. Primero, muy al principio, aquel ser primitivo que se aleja tanto de la imagen del ser humano actual (bueno, aún quedan algunos neandertales...) comenzaba a dar sus primeros pasos en su existencia y los enfocaba hacia la mera subsistencia en el presente. Cazaba para alimentarse y vestirse con las pieles de su presa para soportar el frío; para ello, tallaba piedras, construía armas primitivas y agudizaba sus sentidos de buen cazador. Después apareció el fuego, con el que podía iluminar, ver en la oscuridad, secarse...
Con el paso del tiempo, el hombre empezó a entender que el presente se perdía con la memoria de los contemporáneos. Todo lo que hacía, sus hazañas, sus grandes cacerías, se perdían con el paso del tiempo, y empezó a dibujar en las paredes de sus cuevas la representación de todo aquello. Hoy entendemos esos trazos, esos garabatos propios de un niño de preescolar, como la primera manifestación artística del hombre, el momento en el que tuvo consciencia de que alguien podría observarlas años o siglos después. Nació, con ellas, el ego.
Pero no se detuvo ahí; la palabra oral se transcribió en textos que, primero, se perdían al hacerse viejos. De ahí, los amanuenses trasladaban la palabra al papel, y la técnica se fue perfeccionando hasta el punto de reunirlos en libros que eran guardados en bibliotecas y que sólo algunos privilegiados podían leer. La imprenta era otro paso definitivo para dar más consistencia a la palabra escrita, más proyección, más eternidad.
Igual pasó con los pintores, que mejoraron el dibujo de la Prehistoria y se convirtieron en los primeros reporteros gráficos de las sociedades. Las caras más conocidas, los vestidos, los paisajes, las batallas, los momentos históricos... todo quedaba reflejado a través de sus pinceles. Lo reyes, los emperadores, los ricos y toda persona con capacidad económica entendió que era la mejor forma de permanecer en la mente. Más tarde, con la fotografía, las videocámaras o la televisión, la teconología recogía el testigo.
Pero esto no se limita a grandes relatos ni a grandes personajes, sino que tiene su reflejo en actividades cotidianas, como los enamorados que rasgan sus iniciales en la corteza de un árbol con sus llaves para sellar su amor enterno. Eterno de unos meses, quizás, pero eterno cuando lo hicieron. O los candados en los puentes, o las firmas callejeras con spray, una carta o la postal que se envía en pleno viaje a un familiar. Todo lo que se materializa no busca nada más que la perpetuación en la memoria.
Estos últimos meses pensaba por qué hacía determinadas cosas. Por qué escribía en el blog, por ejemplo. Supongo que no va más allá ni se diferencia tanto del garabato del hombre de las cavernas. Decir que estás por aquí, que has hecho algo, que te has sacado una foto con una tía buena al lado de Nancho Novo, que tienes trabajo, que lo dejas, que se te ha ocurrido una historia o que le quieres mandar un mensaje a alguien a través de las líneas. Nada más y nada menos que el instinto de supervivencia en la memoria. Nada más y nada menos que la representación de uno mismo, del ego, del egocentrismo reflejado en las acciones. Nada más y nada menos que buscar un protagonismo autoconcedido en las vidas de otras personas.
Cómo somos, hacemos cada cosa...
Vox Populi
Lo Dice
M€
on viernes, septiembre 25, 2009
Se remontan a los griegos los que hablan de Democracia; allí, en el ágora ateniense, nacía el término bajo unas condiciones muy diferentes a las que ha llegado hasta hoy, y con el término, se ponía en práctica ese poder del pueblo, ese gobierno de la mayoría. Bueno, en aquella época del pueblo y de la mayoría se excluían a las mujeres y a los esclavos, pero los inicios son siempre complicados.
Ahora, en el siglo XXI recién estrenado, las formas de democracia nos llegan desde varios puntos cardinales. En la política, en las leyes, en las manifestaciones... el pueblo, los ciudadanos, se dejan ver y oir. Y los medios de comunicación han tenido gran influencia en el desarrollo de esa democracia, convirtiéndose en el megáfono utilizado para protestar, reivindicar y manifestar las opiniones, mayoritarias o minoritarias, los deseos o las injusticias sociales. Pero los medios han democratizado la sociedad generando un arma de doble filo.
Desde el púlpito en el que se ha convertido la televisión, con la imagen como punto fuerte, han crecido y se han desarrollado personajes extraños para el resto del mundo que han terminado por convertirse en caras conocidas de esas que sentarías a comer en tu mesa (bueno, yo no). Gente que ha encontrado en los platós de televisión la panacea, el maná de la vida eterna y, así, se eternizan delante del piloto rojo que se enciende cuando termina la publicidad. "Estamos en el aire", exclama una voz. Sí, en el aire seguro, porque los pies en la tierra no están, eso seguro.
Haciendo un breve zapping después de comer, me quedé prendado en la cadena amiga, Telecinco. No les llegaba con mantener bajo su ala protectora a una profesional como Ana Rosa Quintana, sino que también decidieron colorear de rosa (o amarillo) la programación. Ese día, con el mando entre las manos, veía la imagen de Kiko, ese Gran Hermano que monta la mandíbula inferior, que desde un atril pedía disculpas por una información incorrecta que había dado. Sus fuentes eran buenas, "alguien muy próximo a la familia", pero pedía excusas por anunciar a través de la tele las miserias no ciertas de una persona. Sonaban extrañas las palabras "información", "fuentes", "investigación", cuando nacían de la boca malformada de un personaje que vive del sudor ajeno pero que huele peor que el que trabaja ocho horas bajo el sol.
Todo esto es una pirámide que tiene a Belén Esteban como vértice superior. Detrás de esa figura desgastada, patética y trazada con el rostro de "El grito" de Münch, con ojeras que desvelan los beneficios nocturnos y el gusto de un perro orinando en una esquina, se esconde, según la propia protagonista, la voz del pueblo. "No soy periodista, soy colaboradora. Soy la voz del pueblo". Forjando su imagen como la chica de barrio como una planta trepadora que se sujeta a un tronco, quiere hacer de su palabra la nuestra.
En un ataque de cordura que nunca llega desde los directivos de las cadenas, el Defensor del Menor ha decidido tomar cartas en el asunto. Al menos ha amenazado con actuar de oficio para proteger a la famosa Andreíta, la que no quería comerse el pollo. Pasamos de taparle la cara con un tomate, porque los padres no querían que sus hijos saliesen en la televisión y que nadie se enriqueciese a costa de la sangre de su sangre, a que sean los mismos los que, de manera indirecta, ganen euros a costa de ellos. No sé hasta qué punto puede y debe actuar el Defensor del Menor, pero que alguien diga algo con más cabeza que lo que dice la voz del pueblo, la representación física del fracaso de la democratización de la vida española, es un alivio.
El problema es que, como es la voz del pueblo, Andreíta es la ahijada del pueblo y la sobrina de los barrios bajos de la capital, y ya hay más de una que ha dicho que saldrá en procesión a la calle como le quiten la custodia a "la Esteban". Será la procesión de la virgen (¿virgen? sí, claro) del pueblo, una mezcla entre la Moreneta, la de las tropecientas llagas, la del Rocío y la de Lourdes. Un cuadro.
Belén, el pueblo está contigo. Yo soy de ciudad.
Ahora, en el siglo XXI recién estrenado, las formas de democracia nos llegan desde varios puntos cardinales. En la política, en las leyes, en las manifestaciones... el pueblo, los ciudadanos, se dejan ver y oir. Y los medios de comunicación han tenido gran influencia en el desarrollo de esa democracia, convirtiéndose en el megáfono utilizado para protestar, reivindicar y manifestar las opiniones, mayoritarias o minoritarias, los deseos o las injusticias sociales. Pero los medios han democratizado la sociedad generando un arma de doble filo.
Desde el púlpito en el que se ha convertido la televisión, con la imagen como punto fuerte, han crecido y se han desarrollado personajes extraños para el resto del mundo que han terminado por convertirse en caras conocidas de esas que sentarías a comer en tu mesa (bueno, yo no). Gente que ha encontrado en los platós de televisión la panacea, el maná de la vida eterna y, así, se eternizan delante del piloto rojo que se enciende cuando termina la publicidad. "Estamos en el aire", exclama una voz. Sí, en el aire seguro, porque los pies en la tierra no están, eso seguro.
Haciendo un breve zapping después de comer, me quedé prendado en la cadena amiga, Telecinco. No les llegaba con mantener bajo su ala protectora a una profesional como Ana Rosa Quintana, sino que también decidieron colorear de rosa (o amarillo) la programación. Ese día, con el mando entre las manos, veía la imagen de Kiko, ese Gran Hermano que monta la mandíbula inferior, que desde un atril pedía disculpas por una información incorrecta que había dado. Sus fuentes eran buenas, "alguien muy próximo a la familia", pero pedía excusas por anunciar a través de la tele las miserias no ciertas de una persona. Sonaban extrañas las palabras "información", "fuentes", "investigación", cuando nacían de la boca malformada de un personaje que vive del sudor ajeno pero que huele peor que el que trabaja ocho horas bajo el sol.
Todo esto es una pirámide que tiene a Belén Esteban como vértice superior. Detrás de esa figura desgastada, patética y trazada con el rostro de "El grito" de Münch, con ojeras que desvelan los beneficios nocturnos y el gusto de un perro orinando en una esquina, se esconde, según la propia protagonista, la voz del pueblo. "No soy periodista, soy colaboradora. Soy la voz del pueblo". Forjando su imagen como la chica de barrio como una planta trepadora que se sujeta a un tronco, quiere hacer de su palabra la nuestra.
En un ataque de cordura que nunca llega desde los directivos de las cadenas, el Defensor del Menor ha decidido tomar cartas en el asunto. Al menos ha amenazado con actuar de oficio para proteger a la famosa Andreíta, la que no quería comerse el pollo. Pasamos de taparle la cara con un tomate, porque los padres no querían que sus hijos saliesen en la televisión y que nadie se enriqueciese a costa de la sangre de su sangre, a que sean los mismos los que, de manera indirecta, ganen euros a costa de ellos. No sé hasta qué punto puede y debe actuar el Defensor del Menor, pero que alguien diga algo con más cabeza que lo que dice la voz del pueblo, la representación física del fracaso de la democratización de la vida española, es un alivio.
El problema es que, como es la voz del pueblo, Andreíta es la ahijada del pueblo y la sobrina de los barrios bajos de la capital, y ya hay más de una que ha dicho que saldrá en procesión a la calle como le quiten la custodia a "la Esteban". Será la procesión de la virgen (¿virgen? sí, claro) del pueblo, una mezcla entre la Moreneta, la de las tropecientas llagas, la del Rocío y la de Lourdes. Un cuadro.
Belén, el pueblo está contigo. Yo soy de ciudad.
Soy Tiempo (Historia De Una Cana)
Lo Dice
M€
on domingo, septiembre 20, 2009
El paso del tiempo. El tiempo, ay, el tiempo; ese enemigo inexorable, ese maldito señor que te va dando palmaditas en la espalda y te va empujando sin que tú puedas hacer nada para evitarlo. Cada día que pasa soy más consciente del paso del tiempo y de que yo mismo lo soy. Soy tiempo.
Desde hace meses noto más la importancia del tiempo, todo el que perdemos y que no podemos recuperar. Si tuviese que explicarlo con palabras, si tuviese que elegir un elemento material para que alguien fuera de mí pudiese entender cómo está pasando el tiempo por encima de mí y lo inevitable que veo ese recorrido, lo haría a través de un pelo. Un simple pelo de los miles que pueblan mi cabeza (de momento, y espero que por muchos años).
Y es que el pelo es uno de esos referentes en el paso del tiempo. A los hombres, su perdida o su crecimiento nos determina mucho. La barba que te crece... en algunos casos, claro; el pelo del sobaco que te dice que vas a empezar a sudar más y que algún sentido tuyo lo va a sentir con más intensidad; el pelo en el pecho o el temido y rebelde pelo de los lugares donde nunca debería de aparecer, como la espalda, las orejas o la nariz. El pelo tiene la cualidad de aparecer con el paso de los años. Eso sí, el pelo especial es el de la cabeza, el que nos da una imagen, el que puede llegar a identificarnos ante otras personas. "¿Te acuerdas de ese tío, el de pelo largo/coleta/rapado/de marica/de modelo...?". Justo ese pelo recorre el camino inverso que el resto que puebla el cuerpo. Con la edad lo vas perdiendo.
Dice una leyenda urbana de esas que no sé si está probada pero que todos nos creemos que si tienes canas pronto es que no te vas a quedar calvo. Es decir, el antídoto contra la calvicie es algo tan externo a nosotros, algo que depende tan poco de uno mismo, que nos agarramos a él en cuanto podemos. Yo, por lo menos, lo hago en esas noches tormentosas en las que, metido en la cama y tapado hasta la nariz, la idea de quedarme calvo por culpa del paso del tiempo se acuesta a mi lado y me desvela.
Hace unos años, mientras me miraba al espejo (no sé qué hacía, supongo que ensayaba caras), me descubrí un pelo blanco en el medio de la mata de la cabeza. Ahí puesto, sin inmutarse, diferenciándose de los demás por el efecto que la luz hacía en él, devolviendo un reflejo de luz blanca y virginal. En el centro geométrico de la cabeza, cerca de la frente, un único poblador blanco en una tierra de castaños. Supongo que habría llegado allí solo para investigar el terreno, para ver cómo están las cosas por ahí para trasladarse y, con él, toda su familia. Las canas son como los gitanos, con familias numerosas, llenas de hijos, primos, primas, abuelos, tíos, amigos de los primos... Como un extraterrestre que se da una vuelta por la tierra para saber si podrán conquistar a los humanos fácilmente.
Ahí fui consciente de que el tiempo pasaba. Un único pelo fue la prueba de que mi pacto con Dios para ser eternamente joven, para que el síndrome de Peter Pan tuviese un reflejo físico, no era tan real como me había parecido durante los años en los que era un simple imberbe de 20 años. El tiempo pasaba incluso sobre mis rasgos aniñados. Maldita sea... ¡Eh! De maldita sea nada, todo tiene un lado positivo. Lo mejor es que, según esa leyenda urbana en la que creo y confío, la aparición de aquella cana significaba que no sería calvo.
Esa cana me enseñó algo tan importante como que el tiempo pasa y que hay que saber aprovecharlo. Desde aquel día, la cuido, la mimo, la peino y la lavo con un champú especial, nada de anticanas. Y mientras pasa el Señor Tiempo, yo visito el espejo de mi baño para ver cómo va la colonización de mi cabeza.
De momento, la cosa va lenta. Seguiremos informando. Pero sí, soy tiempo.
Desde hace meses noto más la importancia del tiempo, todo el que perdemos y que no podemos recuperar. Si tuviese que explicarlo con palabras, si tuviese que elegir un elemento material para que alguien fuera de mí pudiese entender cómo está pasando el tiempo por encima de mí y lo inevitable que veo ese recorrido, lo haría a través de un pelo. Un simple pelo de los miles que pueblan mi cabeza (de momento, y espero que por muchos años).
Y es que el pelo es uno de esos referentes en el paso del tiempo. A los hombres, su perdida o su crecimiento nos determina mucho. La barba que te crece... en algunos casos, claro; el pelo del sobaco que te dice que vas a empezar a sudar más y que algún sentido tuyo lo va a sentir con más intensidad; el pelo en el pecho o el temido y rebelde pelo de los lugares donde nunca debería de aparecer, como la espalda, las orejas o la nariz. El pelo tiene la cualidad de aparecer con el paso de los años. Eso sí, el pelo especial es el de la cabeza, el que nos da una imagen, el que puede llegar a identificarnos ante otras personas. "¿Te acuerdas de ese tío, el de pelo largo/coleta/rapado/de marica/de modelo...?". Justo ese pelo recorre el camino inverso que el resto que puebla el cuerpo. Con la edad lo vas perdiendo.
Dice una leyenda urbana de esas que no sé si está probada pero que todos nos creemos que si tienes canas pronto es que no te vas a quedar calvo. Es decir, el antídoto contra la calvicie es algo tan externo a nosotros, algo que depende tan poco de uno mismo, que nos agarramos a él en cuanto podemos. Yo, por lo menos, lo hago en esas noches tormentosas en las que, metido en la cama y tapado hasta la nariz, la idea de quedarme calvo por culpa del paso del tiempo se acuesta a mi lado y me desvela.
Hace unos años, mientras me miraba al espejo (no sé qué hacía, supongo que ensayaba caras), me descubrí un pelo blanco en el medio de la mata de la cabeza. Ahí puesto, sin inmutarse, diferenciándose de los demás por el efecto que la luz hacía en él, devolviendo un reflejo de luz blanca y virginal. En el centro geométrico de la cabeza, cerca de la frente, un único poblador blanco en una tierra de castaños. Supongo que habría llegado allí solo para investigar el terreno, para ver cómo están las cosas por ahí para trasladarse y, con él, toda su familia. Las canas son como los gitanos, con familias numerosas, llenas de hijos, primos, primas, abuelos, tíos, amigos de los primos... Como un extraterrestre que se da una vuelta por la tierra para saber si podrán conquistar a los humanos fácilmente.
Ahí fui consciente de que el tiempo pasaba. Un único pelo fue la prueba de que mi pacto con Dios para ser eternamente joven, para que el síndrome de Peter Pan tuviese un reflejo físico, no era tan real como me había parecido durante los años en los que era un simple imberbe de 20 años. El tiempo pasaba incluso sobre mis rasgos aniñados. Maldita sea... ¡Eh! De maldita sea nada, todo tiene un lado positivo. Lo mejor es que, según esa leyenda urbana en la que creo y confío, la aparición de aquella cana significaba que no sería calvo.
Esa cana me enseñó algo tan importante como que el tiempo pasa y que hay que saber aprovecharlo. Desde aquel día, la cuido, la mimo, la peino y la lavo con un champú especial, nada de anticanas. Y mientras pasa el Señor Tiempo, yo visito el espejo de mi baño para ver cómo va la colonización de mi cabeza.
De momento, la cosa va lenta. Seguiremos informando. Pero sí, soy tiempo.
El Novio De Ana
Lo Dice
M€
on miércoles, septiembre 16, 2009
Es cierto que la vida de escritor es muy mala compañera. La de periodista también. Mala compañera de viaje, digo, porque lo que te sustenta y te levanta cada mañana no es el dinero que tienes en la cartilla, sino la ilusión de encontrar lo que buscas. ¿Qué pasa cuando no encuentras lo que buscas? Pues que te pones a buscar para encontrar algo. Eso mismo me llevó a trabajar detrás de la barra de un bar del centro de Madrid.
Mi horario era ese maldito en el que el sol da los buenos días, la oscuridad se pierde y la calle no es más que un recuerdo de la noche anterior. Yo era el encargado de abrir el bar todas las mañanas (cuasi madrugadas, a eso de las siete de la mañana) de jueves a martes acompañado por Ana, una chica paraguaya cuyos huesos habían llegado a Madrid detrás del amor y se habían roto (los huesos que sostenían su amor) al año y poco de llegar. Levantaba la verja de metal que protegía los cristales, dejaba la puerta abierta y le daba un poco de aire a aquellos focos luminosos y tétricos.
Un día, observé que desde hacía un par de días un móvil nos hacía compañía al lado de la caja registradora, donde guardábamos un pequeño cesto en el que descansaban los objetos perdidos (mi jefe, un remilgado, la llamaba la cesta de los "sin nombre", porque decía que no estaban perdidos, sino que sólo perdían el nombre durante el tiempo que estaban alejados de sus dueños). Yo no me había dado cuenta hasta que fui a recoger la mesa y ya era demasiado tarde para encontrar a su dueño. Actué como hacemos siempre en estos casos: a la cesta. El móvil se quedó allí, "sin nombre" durante todo el día. En mi turno nadie apareció buscándolo; lo raro es que a la mañana siguiente, el móvil seguía ahí.
El día transcurría sin novedades: los mismos clientes, la misma somnolencia, los mismos chistes, las mismas conversaciones... pero a media mañana, un timbre rompió la rutina por la mitad. Era el móvil que, desde el cesto, pedía que alguien contestase. Me acerqué con desconfianza y miré de quién era la llamada. "Andrés", reflejaba la pantalla. Ante la posibilidad de que esa llamada fuese definitiva para devolver el móvil a su dueño, lo cogí y contesté.
"¿Ana? ¿Ana, eres tú?". Yo me quedé en silencio, tan solo podía respirar sobre el teléfono. "Espera... ¿eres tú el cabrón que se está tirando a mi novia?". Seguí en silencio; no, ni era Ana ni era el que se tiraba clandestinamente a Ana, pero la situación, por extraña, era realmente incómoda. Abrí la boca para contestar, sólo tenía que decir que no, que era un camarero que guardaba el móvil hasta la vuelta de su dueño, que ni siquiera sabía quién era Ana y que no se la había tirado nunca. Pero no, no hice eso. "Dirás que soy el que la está haciendo feliz, mejor, ¿no? Mira, quiero que sepas que estoy muy enamorado de ella, que es la mujer de mi vida y que ni tú ni nadie podrá cambiar eso". Colgué y un escalofrío recorrió mi cuerpo, desde el cuello hasta los pies.
Acababa de declarar mi amor como nunca lo había hecho, y la destinataria era alguien de quien sólo conocía su nombre, su móvil y la voz de su novio. ¿La razón? Ni yo lo sé. Fue quizás el síndrome que tenemos algunas personas de la notoriedad, buscar protagonismos autoconcedidos en la vida de los demás, inmiscuirnos sin pedir permiso en historias que no nos pertenecen. Ahora yo era el causante de una más que posible ruptura o discusión entre una pareja que ni me conocía; o, incluso, yo era el empujón para que dos amantes dejasen de lado su anonimato después de la ficticia declaración de amor de él.
El resto del tiempo que estuve trabajando en esa cafetería, busqué a Ana desesperadamente. El móvil seguía ahí, pero no había vuelto a sonar. Me fijaba en las rubias, en las morenas, en las guapas, en las feas, en todas las chicas que entraban y que podían llamarse Ana. Me había enamorado, sin saberlo, de un nombre cualquiera que tan solo estaba atado a la voz de un hombre, a la carcasa azul de un teléfono y a una declaración de amor eterno durante diez segundos.
Ahora, ya con novia, trabajo en un periódico y piso propio, aún busco entre las caras que se cruzan conmigo por la ciudad unos rasgos, unos ojos o una voz que me diga que es Ana. ¿Qué pasará si la encuentro? No lo sé, supongo que esa será la segunda parte de todo esto.
Basado en una historia del recomendable blog Ni libre ni ocupado.
Mi horario era ese maldito en el que el sol da los buenos días, la oscuridad se pierde y la calle no es más que un recuerdo de la noche anterior. Yo era el encargado de abrir el bar todas las mañanas (cuasi madrugadas, a eso de las siete de la mañana) de jueves a martes acompañado por Ana, una chica paraguaya cuyos huesos habían llegado a Madrid detrás del amor y se habían roto (los huesos que sostenían su amor) al año y poco de llegar. Levantaba la verja de metal que protegía los cristales, dejaba la puerta abierta y le daba un poco de aire a aquellos focos luminosos y tétricos.
Un día, observé que desde hacía un par de días un móvil nos hacía compañía al lado de la caja registradora, donde guardábamos un pequeño cesto en el que descansaban los objetos perdidos (mi jefe, un remilgado, la llamaba la cesta de los "sin nombre", porque decía que no estaban perdidos, sino que sólo perdían el nombre durante el tiempo que estaban alejados de sus dueños). Yo no me había dado cuenta hasta que fui a recoger la mesa y ya era demasiado tarde para encontrar a su dueño. Actué como hacemos siempre en estos casos: a la cesta. El móvil se quedó allí, "sin nombre" durante todo el día. En mi turno nadie apareció buscándolo; lo raro es que a la mañana siguiente, el móvil seguía ahí.
El día transcurría sin novedades: los mismos clientes, la misma somnolencia, los mismos chistes, las mismas conversaciones... pero a media mañana, un timbre rompió la rutina por la mitad. Era el móvil que, desde el cesto, pedía que alguien contestase. Me acerqué con desconfianza y miré de quién era la llamada. "Andrés", reflejaba la pantalla. Ante la posibilidad de que esa llamada fuese definitiva para devolver el móvil a su dueño, lo cogí y contesté.
"¿Ana? ¿Ana, eres tú?". Yo me quedé en silencio, tan solo podía respirar sobre el teléfono. "Espera... ¿eres tú el cabrón que se está tirando a mi novia?". Seguí en silencio; no, ni era Ana ni era el que se tiraba clandestinamente a Ana, pero la situación, por extraña, era realmente incómoda. Abrí la boca para contestar, sólo tenía que decir que no, que era un camarero que guardaba el móvil hasta la vuelta de su dueño, que ni siquiera sabía quién era Ana y que no se la había tirado nunca. Pero no, no hice eso. "Dirás que soy el que la está haciendo feliz, mejor, ¿no? Mira, quiero que sepas que estoy muy enamorado de ella, que es la mujer de mi vida y que ni tú ni nadie podrá cambiar eso". Colgué y un escalofrío recorrió mi cuerpo, desde el cuello hasta los pies.
Acababa de declarar mi amor como nunca lo había hecho, y la destinataria era alguien de quien sólo conocía su nombre, su móvil y la voz de su novio. ¿La razón? Ni yo lo sé. Fue quizás el síndrome que tenemos algunas personas de la notoriedad, buscar protagonismos autoconcedidos en la vida de los demás, inmiscuirnos sin pedir permiso en historias que no nos pertenecen. Ahora yo era el causante de una más que posible ruptura o discusión entre una pareja que ni me conocía; o, incluso, yo era el empujón para que dos amantes dejasen de lado su anonimato después de la ficticia declaración de amor de él.
El resto del tiempo que estuve trabajando en esa cafetería, busqué a Ana desesperadamente. El móvil seguía ahí, pero no había vuelto a sonar. Me fijaba en las rubias, en las morenas, en las guapas, en las feas, en todas las chicas que entraban y que podían llamarse Ana. Me había enamorado, sin saberlo, de un nombre cualquiera que tan solo estaba atado a la voz de un hombre, a la carcasa azul de un teléfono y a una declaración de amor eterno durante diez segundos.
Ahora, ya con novia, trabajo en un periódico y piso propio, aún busco entre las caras que se cruzan conmigo por la ciudad unos rasgos, unos ojos o una voz que me diga que es Ana. ¿Qué pasará si la encuentro? No lo sé, supongo que esa será la segunda parte de todo esto.
Basado en una historia del recomendable blog Ni libre ni ocupado.
Zurditorium
Lo Dice
M€
on jueves, septiembre 10, 2009
Quiero ser zurdo. Quiero que la parte derecha de mi cerebro sea la que tenga el mando de mis acciones. Quiero que sea ese hemisferio, el derecho, el de las sensanciones, el de los sentimientos, el de las habilidades especiales como las artísticas y las musicales, el que mande sobre el otro. Quiero que mi parte izquierda, mi parte siniestra, sea la encargada de presentarme ante el mundo, que sea mi mano izquierda la que saluda con un apretón, la que se levanta para llamar un taxi, la que pela las pipas mientras veo un partido y la que golpee en la cara a los que se lo merezcan. Quiero ser de izquierdas por fuera.
Lo malo es que yo nací doble. Me refiero a que, de pequeño, era ambidiestro (mierda de palabra, a lo mejor era ambizurdo). En el colegio Ordás, donde hacíamos cosas que quedan tan lejos como las caligrafías, las hacía con la derecha y, cuando me cansaba, seguía con la izquierda. Esa sensación de no tener un lado fijo me hacía sentirme libre. Lo peor es que tuve que decidir: qué prefieres, seguir la inercia mundial y emplear la mano derecha o vivir en un mundo no hecho para ti y ser zurdo. Era pequeño, tenía la poca lucidez que se tiene con 4 años, y me decidí por lo fácil.
Pero hubo algunas cosas que se quedaron como propiedad de la izquierda; son reflejos del pasado, como cicatrices o heridas de guerra, de lo que fui algún día, hace muchos años, antes de decantarme por una opción que ahora veo errónea. Los ejemplos están a la vista: soy zurdo comiendo (cojo el cuchillo con la izquierda), llevo el reloj en la derecha, abro las latas con la izquierda, fumo con la mano izquierda...
Mis decisiones sobre mi lado izquierdo tuvieron otros capítulos. El que recuerdo ahora es el de la primera vez que cogí una guitarra. Como no, por intuición, por mi naturaleza, la cogí como un zurdo. El sonido era extraño, nada se correspondía con lo que pensaba; era complicado. Mi determinación fue aprender a tocar contra natura, contra mi propio ser: giré el mástil y lo empuñé con la izquierda. Ahora, aquellos acordes dibujados en un papel que me había dado mi tío sí que tenían sentido.
Hay veces que lo hecho de menos. Me arrepiento de haber tomado esa decisión. Si no era posible mantener las dos manos útiles (será como mantener a dos novias sin que se celen entre ellas), tendría que haberme ido con la que me gustaba de verdad, con la que quería vivir, no con la del matrimonio concertado por los productos, los coches, las libretas, los abrelatas...
Tanto me arrepiento que el otro día hice un experimento. Se trataba de potenciar mi lado izquierdo. Igual que hacía uno de los personajes de "Dos mujeres en Praga", amordacé mi lado derecho, el lado que actualmente rige mis acciones, para tratar de recuperar mis sensaciones zurdas. Incluso me puse un parche en el ojo derecho. El día fue complicado. Quería volver atrás en el tiempo pero era imposible, no podía recuperar todo lo que durante 24 años, desde que decidí hacerme diestro, había perdido.
Ese día me di cuenta de que hay cosas que se van y que nunca vuelven. Pero seguiré luchando por ser zurdo, aunque sea de corazón.
Lo malo es que yo nací doble. Me refiero a que, de pequeño, era ambidiestro (mierda de palabra, a lo mejor era ambizurdo). En el colegio Ordás, donde hacíamos cosas que quedan tan lejos como las caligrafías, las hacía con la derecha y, cuando me cansaba, seguía con la izquierda. Esa sensación de no tener un lado fijo me hacía sentirme libre. Lo peor es que tuve que decidir: qué prefieres, seguir la inercia mundial y emplear la mano derecha o vivir en un mundo no hecho para ti y ser zurdo. Era pequeño, tenía la poca lucidez que se tiene con 4 años, y me decidí por lo fácil.
Pero hubo algunas cosas que se quedaron como propiedad de la izquierda; son reflejos del pasado, como cicatrices o heridas de guerra, de lo que fui algún día, hace muchos años, antes de decantarme por una opción que ahora veo errónea. Los ejemplos están a la vista: soy zurdo comiendo (cojo el cuchillo con la izquierda), llevo el reloj en la derecha, abro las latas con la izquierda, fumo con la mano izquierda...
Mis decisiones sobre mi lado izquierdo tuvieron otros capítulos. El que recuerdo ahora es el de la primera vez que cogí una guitarra. Como no, por intuición, por mi naturaleza, la cogí como un zurdo. El sonido era extraño, nada se correspondía con lo que pensaba; era complicado. Mi determinación fue aprender a tocar contra natura, contra mi propio ser: giré el mástil y lo empuñé con la izquierda. Ahora, aquellos acordes dibujados en un papel que me había dado mi tío sí que tenían sentido.
Hay veces que lo hecho de menos. Me arrepiento de haber tomado esa decisión. Si no era posible mantener las dos manos útiles (será como mantener a dos novias sin que se celen entre ellas), tendría que haberme ido con la que me gustaba de verdad, con la que quería vivir, no con la del matrimonio concertado por los productos, los coches, las libretas, los abrelatas...
Tanto me arrepiento que el otro día hice un experimento. Se trataba de potenciar mi lado izquierdo. Igual que hacía uno de los personajes de "Dos mujeres en Praga", amordacé mi lado derecho, el lado que actualmente rige mis acciones, para tratar de recuperar mis sensaciones zurdas. Incluso me puse un parche en el ojo derecho. El día fue complicado. Quería volver atrás en el tiempo pero era imposible, no podía recuperar todo lo que durante 24 años, desde que decidí hacerme diestro, había perdido.
Ese día me di cuenta de que hay cosas que se van y que nunca vuelven. Pero seguiré luchando por ser zurdo, aunque sea de corazón.
Llamadas Perdidas
Lo Dice
M€
on viernes, septiembre 04, 2009
No es una pregunta en plan "¿A qué huelen las nubes?", porque para eso ya están los anuncios de compresas. Por cierto, hay anuncios que no sabes lo que anuncian porque te quedas con él, pero no con qué producto ofrecen; un claro ejemplo es el anuncio de Fa: ¿Qué es Fa? ¿Una nota musical? ¿Una bebida? No sé, pero en el anuncio aparece una tía en tetas. A eso me refiero. Pero ese no es el tema, y tal.
Decía que iba a plantear una pregunta trascendental: ¿A dónde van las llamadas perdidas? Yo parto de la base de que el nombre está mal elegido, porque no están perdidas; otra cosa es que no tengan dueño o que estén vagando por algún lugar desconocido de la geografía, pero no están perdidas. Ellas llegan a su destino, pero allí nadie las recibe. Supongo que es como si mandas a tu hijo con una cesta de bollos a casa de su abuela y ella no está en casa. Llama al timbre pero nadie le abre. Él no está perdido porque sabe dónde está y volverá a su casa, pero las llamadas perdidas no vuelven.
En el teléfono donde mueren suele poner un aviso: "1 llamada perdida". Que diga que la llamada es perdida es que, a lo mejor, has perdido una oportunidad. Te llamaban para un partido de fútbol para el que hacía falta uno y tú eras su única esperanza y te lo has perdido, la llamada ha perdido su sentido desde el momento en el que nadie ha contestado. Pero ella no se ha perdido, habrás perdido tú o el que la hacía.
Supongo que todas estas llamadas perdidas quedarán acumuladas en una especie de estercolero en el que habrá un hombre enano y con bigote que las irá ordenando según vayan llegando. Tendrá varios grupos, las que decían "ya estoy abajo", las de "llámame que no tengo saldo", las de "uuyyyy, que me acuerdo de ti...", las de "coge el puto teléfono que nos falta uno para ser diez y jugar un partido". Arduo trabajo el del enano del bigote. Eso sí, el señor sabrá todas las desgracias, los recuerdos, los pensamientos, las quedadas de todo el mundo, quién llega tarde, quién se acuerda de quién, quien es una de esas personas que carga el móvil con 5 euros...
Esto lo empecé a pensar porque un día mandé un mail y, por obra y gracia del ordenador, la conexión y esas cosas, el mensaje no se llegó a enviar; la pantalla se quedó paralizada y, al recargarla, el espacio dedicado al texto estaba de nuevo en blanco. "Eh, ¿mi mensaje?", pensé. Claro, como soy un chico sensible que llora cuando ve Bambi, empecé a imaginarme a ese mensaje perdido en el limbo de internet, sometido al juicio de un dios electrónico que decidía a dónde se iba a ir: al cielo, una maravillosa bandeja de entrada dorada y con estanques, o a la papelera del infierno, roja y con llamas y un señor con cara de Sadam Hussein que te azota. Todo por culpa de las tecnologías.
En serio, ¿a dónde van a parar las llamadas perdidas?
Decía que iba a plantear una pregunta trascendental: ¿A dónde van las llamadas perdidas? Yo parto de la base de que el nombre está mal elegido, porque no están perdidas; otra cosa es que no tengan dueño o que estén vagando por algún lugar desconocido de la geografía, pero no están perdidas. Ellas llegan a su destino, pero allí nadie las recibe. Supongo que es como si mandas a tu hijo con una cesta de bollos a casa de su abuela y ella no está en casa. Llama al timbre pero nadie le abre. Él no está perdido porque sabe dónde está y volverá a su casa, pero las llamadas perdidas no vuelven.
En el teléfono donde mueren suele poner un aviso: "1 llamada perdida". Que diga que la llamada es perdida es que, a lo mejor, has perdido una oportunidad. Te llamaban para un partido de fútbol para el que hacía falta uno y tú eras su única esperanza y te lo has perdido, la llamada ha perdido su sentido desde el momento en el que nadie ha contestado. Pero ella no se ha perdido, habrás perdido tú o el que la hacía.
Supongo que todas estas llamadas perdidas quedarán acumuladas en una especie de estercolero en el que habrá un hombre enano y con bigote que las irá ordenando según vayan llegando. Tendrá varios grupos, las que decían "ya estoy abajo", las de "llámame que no tengo saldo", las de "uuyyyy, que me acuerdo de ti...", las de "coge el puto teléfono que nos falta uno para ser diez y jugar un partido". Arduo trabajo el del enano del bigote. Eso sí, el señor sabrá todas las desgracias, los recuerdos, los pensamientos, las quedadas de todo el mundo, quién llega tarde, quién se acuerda de quién, quien es una de esas personas que carga el móvil con 5 euros...
Esto lo empecé a pensar porque un día mandé un mail y, por obra y gracia del ordenador, la conexión y esas cosas, el mensaje no se llegó a enviar; la pantalla se quedó paralizada y, al recargarla, el espacio dedicado al texto estaba de nuevo en blanco. "Eh, ¿mi mensaje?", pensé. Claro, como soy un chico sensible que llora cuando ve Bambi, empecé a imaginarme a ese mensaje perdido en el limbo de internet, sometido al juicio de un dios electrónico que decidía a dónde se iba a ir: al cielo, una maravillosa bandeja de entrada dorada y con estanques, o a la papelera del infierno, roja y con llamas y un señor con cara de Sadam Hussein que te azota. Todo por culpa de las tecnologías.
En serio, ¿a dónde van a parar las llamadas perdidas?
Obituario
Lo Dice
M€
on sábado, agosto 29, 2009
M.P.B. nació un 13 de abril de 1981. Era lunes, las 7 de la madrugada, después del domingo de ramos.
En sus primeros años, M vivió en pueblos de la geografía gallega como Lalín y Ponteareas hasta que, a los 3 años y medio, las circunstancias le llevaron hasta Asturias, concretamente a Gijón. En la ciudad asturiana vivió sus primeros recuerdos, esos que eran los más antiguos que es capaz de traer a su memoria, en los que se incluían imágenes, olores y sonidos de la playa, la lluvia, el viento aquel día de temporal que arrancaba las tejas de los techos de los edificios, el parque de Begoña y el árbol donde con su hermana y un amigo escondían el “secreto” que no duraría más de unas horas allí, el verde de Isabel La Católica (o, como él lo llamaba, Isabelacatólica), el día en el que un perro le ladró por tocarle una herida o el instante en el que un coche, con su malvada rueda trasera, le rasgó el labio, con el consiguiente chorreo de sangre.
Sus pasos fueron a dar hasta Vigo, ciudad originaria de su madre, cuando a penas había cumplido los cinco años. Los primeros meses, en casa de su abuela y con lluvias torrenciales que caían sobre su ropa veraniega, le dificultaron la adaptación a la nueva vida. Entró en un nuevo colegio, el Rosalía de Castro, que nada tenía que ver con su Ordás querido y en el que ninguna Merchi le cogía al cuellín ni le castigaba mirando a la pared. Sin mandilón pasó un tiempo en el que no le dejaban jugar con los demás, pero todo eso fueron tiempos malos de los inicios, que siempre cuestan.
Al final, completó allí su etapa colegial y se llenó la mochila de recuerdos, sensaciones, odios, amores, filias y fobias y amigos que aún perduraron hasta sus últimos días. Fue un momento duro cuando tuvo que abandonarlo, al igual que su ciudad (Vigo, con los años, se convirtió en su ciudad), para viajar hasta Santiago de Compostela para estudiar la carrera de Derecho. Nada más y nada menos que siete años prolongó su estancia en la capital gallega, una etapa en la que conoció y experimentó vivencias como nunca antes lo había hecho. De esos años también se guardó en la maleta que trasladaba en tren, coche o autobús amigos, actuaciones en escenarios, salidas nocturnas, habitaciones de colegio mayor y un nombre femenino que le duraría algunos años en la cabeza.
El destino le llevó a Madrid para completar (o cambiar) su formación. Estudió periodismo en la Universidad Carlos III y realizó prácticas en varios medios de comunicación, cumpliendo algunos de sus sueños como trabajar en la radio y en Canal Plus. Su vida en la capital española se tiñó del número 33 y de nombres que pasarían a su historia particular y que le devolvían la sonrisa en sus últimos días cada vez que los recordaba; nombres de origen vasco, toledano, canario o madrileño que fueron su santo y seña esos tres años.
El verano del 2009, en pleno agosto y con 40 grados a la sombra, M fallecía en su cama un martes por la tarde en la penumbra de su habitación. Con el ordenador sobre sus piernas y la página del As en la pantalla, M daba sus últimas exhalaciones de aire para dejar este mundo para siempre.
Un vez muerto, M salió a la calle a recibir la brisa en su cara mientras una Reconstrucción se escapaba por los cascos de su mp3; se compró lentillas nuevas y buscó un libro que no fue capaz de encontrar en ninguna librería antes de abandonar su cuerpo y girar al oeste para llegar hasta el mar, donde ahora, al lado de los guardianes de la ría, descansan sus restos para siempre. O hasta que decida volver a la sombra de los árboles de la Plaza de España.
Disfruta en paz, M.P.B.
En sus primeros años, M vivió en pueblos de la geografía gallega como Lalín y Ponteareas hasta que, a los 3 años y medio, las circunstancias le llevaron hasta Asturias, concretamente a Gijón. En la ciudad asturiana vivió sus primeros recuerdos, esos que eran los más antiguos que es capaz de traer a su memoria, en los que se incluían imágenes, olores y sonidos de la playa, la lluvia, el viento aquel día de temporal que arrancaba las tejas de los techos de los edificios, el parque de Begoña y el árbol donde con su hermana y un amigo escondían el “secreto” que no duraría más de unas horas allí, el verde de Isabel La Católica (o, como él lo llamaba, Isabelacatólica), el día en el que un perro le ladró por tocarle una herida o el instante en el que un coche, con su malvada rueda trasera, le rasgó el labio, con el consiguiente chorreo de sangre.
Sus pasos fueron a dar hasta Vigo, ciudad originaria de su madre, cuando a penas había cumplido los cinco años. Los primeros meses, en casa de su abuela y con lluvias torrenciales que caían sobre su ropa veraniega, le dificultaron la adaptación a la nueva vida. Entró en un nuevo colegio, el Rosalía de Castro, que nada tenía que ver con su Ordás querido y en el que ninguna Merchi le cogía al cuellín ni le castigaba mirando a la pared. Sin mandilón pasó un tiempo en el que no le dejaban jugar con los demás, pero todo eso fueron tiempos malos de los inicios, que siempre cuestan.
Al final, completó allí su etapa colegial y se llenó la mochila de recuerdos, sensaciones, odios, amores, filias y fobias y amigos que aún perduraron hasta sus últimos días. Fue un momento duro cuando tuvo que abandonarlo, al igual que su ciudad (Vigo, con los años, se convirtió en su ciudad), para viajar hasta Santiago de Compostela para estudiar la carrera de Derecho. Nada más y nada menos que siete años prolongó su estancia en la capital gallega, una etapa en la que conoció y experimentó vivencias como nunca antes lo había hecho. De esos años también se guardó en la maleta que trasladaba en tren, coche o autobús amigos, actuaciones en escenarios, salidas nocturnas, habitaciones de colegio mayor y un nombre femenino que le duraría algunos años en la cabeza.
El destino le llevó a Madrid para completar (o cambiar) su formación. Estudió periodismo en la Universidad Carlos III y realizó prácticas en varios medios de comunicación, cumpliendo algunos de sus sueños como trabajar en la radio y en Canal Plus. Su vida en la capital española se tiñó del número 33 y de nombres que pasarían a su historia particular y que le devolvían la sonrisa en sus últimos días cada vez que los recordaba; nombres de origen vasco, toledano, canario o madrileño que fueron su santo y seña esos tres años.
El verano del 2009, en pleno agosto y con 40 grados a la sombra, M fallecía en su cama un martes por la tarde en la penumbra de su habitación. Con el ordenador sobre sus piernas y la página del As en la pantalla, M daba sus últimas exhalaciones de aire para dejar este mundo para siempre.
Un vez muerto, M salió a la calle a recibir la brisa en su cara mientras una Reconstrucción se escapaba por los cascos de su mp3; se compró lentillas nuevas y buscó un libro que no fue capaz de encontrar en ninguna librería antes de abandonar su cuerpo y girar al oeste para llegar hasta el mar, donde ahora, al lado de los guardianes de la ría, descansan sus restos para siempre. O hasta que decida volver a la sombra de los árboles de la Plaza de España.
Disfruta en paz, M.P.B.
Pasa Un Verano En Madrid...
Lo Dice
M€
on lunes, agosto 10, 2009
Hoy ha llovido. Es la segunda vez que pasa desde que estoy aquí; la primera me cogió desprevenido pero me vino bien porque tenía el coche muy sucio y le lavó las penas que tenía el pobre por estar en una ciudad desconocida. El cielo no anunciaba cambios, sólo dejaba intuir que a lo mejor se oscurecía un poco el día, pero nada más. Y, de pronto, Galicia se posó sobre la meseta.
Como no, la gente aquí estaba como loca. Cuatro gotas pueden llegar a desquiciar al más madrileño. Si tuviésemos que conquistar esta tierra por lo que sea, propondría lloverles encima; saldrían derrotados. Bueno, ya ni saldrían. Se quedarían en casa viendo como invadimos sus tierras y violamos a sus mujeres (y a sus hombres, claro).
Pero esta lluvia es una excepción, es una tormenta de verano, un segundo de un invierno entero que nos da un respiro. Y es que Madrid es un horno. Literalmente. Un horno con fogones de asfalto y fuego de colores oscuros que arde al ritmo de coches, autobuses y cercanías que en agosto pasan cada más tiempo. Es el otro extremo del invierno; si el frío de diciembre te corta los labios, el sol de agosto te los reseca, y con ellos la piel, las lágrimas, las lentillas y las palmas de las manos.
Primero me resistí a ese calor. Lo combatía con mis armas, con las armas de un gallego que no comprende cifras que superan el 30. Un día, una voz me echó en cara mi cabezonería norteña. "Aquí las cosas no funcionan así, Mauro. Hazme caso". Tuve que hacer caso a la voz. Cerré la persiana durante el día y abrí las ventanas por la noche. Era reticente por el ruido y la creencia de que en algún momento refrescaría tanto que me despertaría criogenizado. Pero eso no pasaba, sólo pasaban los días con la voz detrás de mis oídos que insistía en que le hiciese caso.
El calor no es lo peor. En invierno estoy acostumbrado a no ver el mar y lo llevo lo mejor que puedo. Pero las vistas de una playa llena de domingueros, algo que siempre me repateó, se cruza en mi camino de vez en cuando, sobre todo en los momentos en que mi camiseta me da el primer aviso de que va a tener que pasar por la lavadora. Y la frente igual; las gotas de sudor que luchan por llegar primero hasta mi barbilla son la señal inequívoca de que no llegará la brisa marina para refrescarme y decirme que no puedo olvidarme de coger un jersey para la noche.
Y así, entre hornos, hornillos y lluvias escasas pasan los días. Los primeros días de estos meses que paso fuera de Vigo. Los primeros pero ¿los últimos? Yo qué sé, Messi dirá (Maradona dice poco ya).
Como no, la gente aquí estaba como loca. Cuatro gotas pueden llegar a desquiciar al más madrileño. Si tuviésemos que conquistar esta tierra por lo que sea, propondría lloverles encima; saldrían derrotados. Bueno, ya ni saldrían. Se quedarían en casa viendo como invadimos sus tierras y violamos a sus mujeres (y a sus hombres, claro).
Pero esta lluvia es una excepción, es una tormenta de verano, un segundo de un invierno entero que nos da un respiro. Y es que Madrid es un horno. Literalmente. Un horno con fogones de asfalto y fuego de colores oscuros que arde al ritmo de coches, autobuses y cercanías que en agosto pasan cada más tiempo. Es el otro extremo del invierno; si el frío de diciembre te corta los labios, el sol de agosto te los reseca, y con ellos la piel, las lágrimas, las lentillas y las palmas de las manos.
Primero me resistí a ese calor. Lo combatía con mis armas, con las armas de un gallego que no comprende cifras que superan el 30. Un día, una voz me echó en cara mi cabezonería norteña. "Aquí las cosas no funcionan así, Mauro. Hazme caso". Tuve que hacer caso a la voz. Cerré la persiana durante el día y abrí las ventanas por la noche. Era reticente por el ruido y la creencia de que en algún momento refrescaría tanto que me despertaría criogenizado. Pero eso no pasaba, sólo pasaban los días con la voz detrás de mis oídos que insistía en que le hiciese caso.
El calor no es lo peor. En invierno estoy acostumbrado a no ver el mar y lo llevo lo mejor que puedo. Pero las vistas de una playa llena de domingueros, algo que siempre me repateó, se cruza en mi camino de vez en cuando, sobre todo en los momentos en que mi camiseta me da el primer aviso de que va a tener que pasar por la lavadora. Y la frente igual; las gotas de sudor que luchan por llegar primero hasta mi barbilla son la señal inequívoca de que no llegará la brisa marina para refrescarme y decirme que no puedo olvidarme de coger un jersey para la noche.
Y así, entre hornos, hornillos y lluvias escasas pasan los días. Los primeros días de estos meses que paso fuera de Vigo. Los primeros pero ¿los últimos? Yo qué sé, Messi dirá (Maradona dice poco ya).
Declaración De Amor
Lo Dice
M€
on lunes, agosto 03, 2009
"Somos muy diferentes", me decía siempre. A veces era yo el que le decía que no teníamos nada que ver. "Si no fuese por las circunstancias... yo creo que, en otra vida, ni seríamos amigos". Sí, somos muy diferentes. Y sí, por circunstancias nos hemos unido. Pero eso no quita que seamos muy diferentes. Algo bueno tendrá, supongo.
"Nunca más", me dijo más de una vez. Y yo no era ni capaz de aguantarle la mirada. Ella, en cambio, mantenía su mirada, siempre verde y ovalada (mucho más que la mía, que se esconde rasgandose entre los párpados), siempre desafiante. Aunque cuando me decía esas palabras, en lo más hondo de la pupila se desgarraba una figura de decepción, algo parecido al hombre que se electrocutaba en aquellos llaveros de "Unión Penosa". Cuando aquellas palabras se disparaban hacia mi cara, no podía casi ni reaccionar. ¿Qué iba yo a hacer sin ella?
Por suerte, la suerte que tenemos los imbéciles, todo acababa calmándose. Incluso después de que me lo dijese en aquel aeropuerto. Su voz se mezclaba con palabras incomprensibles que anunciaban el retraso de nuestro vuelo. Tan incomprensibles como mi vida sin ella.
Ella siempre habla del amor, es una de las máximas de su vida. Pero el amor entendido como un todo. Y siempre me habla del amor. Ella dice que el amor siempre es el mismo, pero se manifiesta de diferente manera dependiendo de la persona. Es algo así como dios (sí, sin mayúsculas); todas las religiones hablan de lo mismo, pero cada una lo representa de manera diferente. Pues con el amor, lo mismo.
En este caso, yo creo que soy afortunado, porque el nuestro es de los de verdad, del puro, del que nunca se terminará. Por lo menos por mi parte. Bueno, yo creo (y espero) que por el de ella tampoco. Y mira que ha estado a punto de pasar. Muchas veces, entre alguna que otra discusión y algún pájaro negro lanzado al aire, se ha resquebrajado un poco. Por suerte, ha cicatrizado siempre bien, con reposo, con palabras, con paseos eternos entre cuestas y paisajes industriales.
Y la verdad es que siempre me ha costado decirle eso de "te quiero". No sé por qué. Quizás tiene que ver con la introversión, con la inseguridad, con el no mostrar demasiado los sentimientos para no caer en la cursilería. Pero sí, claro que la quiero. Como no la voy a querer. Si mi vida nació con sus sentidos, nació con sus manos sujetándome la cabeza, con su aliento cerca de mí y con su sonrisa cegándome en una playa llena de nubes y con el oleaje más bravo que había visto jamás.
Y a veces me siento un mendigo, un pobre sin nada que ofrecer a cambio de lo que ella me da. Tendríais que ver los regalos que hace. Pero no esos regalos materiales que a los dos días los cambias en el Corte Inglés, o los que guardas en el armario y sacas de vez en cuando para, sin motivación, hacer que te ha gustado. Son mucho más que eso, con más valor. Y a veces no vienen ni a cuento. Ella los mima, los prepara, los envuelve de cariño y de papeles de esos que compraríamos en Líneas, si aún existiese. Y siempre llevan algún verbo, algún sustantivo, alguna letra de esas que araña el corazón, como le gusta a Sabina que hagan los adjetivos que se escriben y que se regalan.
No creía en nada, la verdad. Hace unos años no creía en nada, ni en ella ni en mí. No creía que esto pudiese salir adelante, no nos veía capacitados. Es que aún tenía la marca de la herida que me dejó cuando se marchó. Sentado en la cama de mi habitación, más oscura que de costumbre, la vi pasar por el pasillo como un fantasma con maleta. Me sirvió para entender las cosas mejor. Y creo que ya no se va a ir nunca más. Si se va alguien, creo que seré yo. Y si me voy supongo que moriré un poco.
Pero eso es bueno porque, como dice Joaquín, amores que matan nunca mueren. Y me moriré con ella cuando la maten, y me mataré con ella cuando muera. Y siempre compartiremos algo más que dos letras escritas en un papel. Para siempre.
"Nunca más", me dijo más de una vez. Y yo no era ni capaz de aguantarle la mirada. Ella, en cambio, mantenía su mirada, siempre verde y ovalada (mucho más que la mía, que se esconde rasgandose entre los párpados), siempre desafiante. Aunque cuando me decía esas palabras, en lo más hondo de la pupila se desgarraba una figura de decepción, algo parecido al hombre que se electrocutaba en aquellos llaveros de "Unión Penosa". Cuando aquellas palabras se disparaban hacia mi cara, no podía casi ni reaccionar. ¿Qué iba yo a hacer sin ella?
Por suerte, la suerte que tenemos los imbéciles, todo acababa calmándose. Incluso después de que me lo dijese en aquel aeropuerto. Su voz se mezclaba con palabras incomprensibles que anunciaban el retraso de nuestro vuelo. Tan incomprensibles como mi vida sin ella.
Ella siempre habla del amor, es una de las máximas de su vida. Pero el amor entendido como un todo. Y siempre me habla del amor. Ella dice que el amor siempre es el mismo, pero se manifiesta de diferente manera dependiendo de la persona. Es algo así como dios (sí, sin mayúsculas); todas las religiones hablan de lo mismo, pero cada una lo representa de manera diferente. Pues con el amor, lo mismo.
En este caso, yo creo que soy afortunado, porque el nuestro es de los de verdad, del puro, del que nunca se terminará. Por lo menos por mi parte. Bueno, yo creo (y espero) que por el de ella tampoco. Y mira que ha estado a punto de pasar. Muchas veces, entre alguna que otra discusión y algún pájaro negro lanzado al aire, se ha resquebrajado un poco. Por suerte, ha cicatrizado siempre bien, con reposo, con palabras, con paseos eternos entre cuestas y paisajes industriales.
Y la verdad es que siempre me ha costado decirle eso de "te quiero". No sé por qué. Quizás tiene que ver con la introversión, con la inseguridad, con el no mostrar demasiado los sentimientos para no caer en la cursilería. Pero sí, claro que la quiero. Como no la voy a querer. Si mi vida nació con sus sentidos, nació con sus manos sujetándome la cabeza, con su aliento cerca de mí y con su sonrisa cegándome en una playa llena de nubes y con el oleaje más bravo que había visto jamás.
Y a veces me siento un mendigo, un pobre sin nada que ofrecer a cambio de lo que ella me da. Tendríais que ver los regalos que hace. Pero no esos regalos materiales que a los dos días los cambias en el Corte Inglés, o los que guardas en el armario y sacas de vez en cuando para, sin motivación, hacer que te ha gustado. Son mucho más que eso, con más valor. Y a veces no vienen ni a cuento. Ella los mima, los prepara, los envuelve de cariño y de papeles de esos que compraríamos en Líneas, si aún existiese. Y siempre llevan algún verbo, algún sustantivo, alguna letra de esas que araña el corazón, como le gusta a Sabina que hagan los adjetivos que se escriben y que se regalan.
No creía en nada, la verdad. Hace unos años no creía en nada, ni en ella ni en mí. No creía que esto pudiese salir adelante, no nos veía capacitados. Es que aún tenía la marca de la herida que me dejó cuando se marchó. Sentado en la cama de mi habitación, más oscura que de costumbre, la vi pasar por el pasillo como un fantasma con maleta. Me sirvió para entender las cosas mejor. Y creo que ya no se va a ir nunca más. Si se va alguien, creo que seré yo. Y si me voy supongo que moriré un poco.
Pero eso es bueno porque, como dice Joaquín, amores que matan nunca mueren. Y me moriré con ella cuando la maten, y me mataré con ella cuando muera. Y siempre compartiremos algo más que dos letras escritas en un papel. Para siempre.
La Felicidad Ah Ah Ah Ah
Lo Dice
M€
on sábado, julio 25, 2009
La felicidad, ese término tan repetido por todos. Un día, en una comida cualquiera, mis padres me preguntaron que qué quería ser de mayor. Yo, ingenuo, les dije que mayor; sonreí y les afirmé que quería ser feliz. Pero ¿qué significaba se feliz? Y llevo preguntándomelo durante varios años.
Hay mucha gente que es feliz con el tiempo libre. Tener tiempo para su ocio es tener la felicidad en sus manos. La agarran y no la sueltan hasta que se despiden de ella definitivamente, cuando sus vidas no dan para más (si son famosos, pasan a la regla de las tres muertes de famosos).
Otras disfrutan con su trabajo. Su tiempo de ocio es limitado, pero el trabajo que han elegido les compensa para ser lo suficientemente felices para no pensar en ello. A lo mejor llegan a las mil a casa, no conocen a sus hijos e ignoran a su mujer, pero la felicidad está en ellos siempre.
Otros, en cambio, nunca conocerán la felicidad. Se pasan el día lamentándose por el ayer, por lo que no pudo ser, por lo que no fue y nunca será. Sus vidas se tiñen de colores grises y aceptan su destino fatal sin luchar. Mueren antes de alcanzar la orilla después de nadar entre corrientes y mares inexpugnables. Su felicidad se basa en la idea de que nunca la alcanzarán, y así sobreviven al tiempo.
Hay algunos que temen a la felicidad, por eso luchan contra ella. Se agarran al ego, al yo y al superyo para librarse de responsabilidades que no son capaces de asumir. No afrontan los riesgos que toda vida supone y prefieren esconderse entre las sombras para que la luz no le dé directamente en los ojos y no quedarse ciegos. Una cegatura que, a lo mejor, les hacen perder años de eso que otros, no ellos, llaman felicidad. El “y si...” se desvanece como la niebla entre las rocas... lástima.
Luego están los que piensan que el amor es la verdadera felicidad. Si no hay amor no puedes hablar de ser feliz. Rompen diques que soportan los mares y los sobrepasan con sus andares. Si los superan, a lo mejor se sienten felices, pero si no los derriban, caen fulminados en el asfalto de la ciudad más triste, la de la soledad.
Al contrario, hay algunos que confunden el amor con otras cosas. “Estoy enamorado”, dicen sin pensar en las consecuencias. Se arrodillan ante el engaño y son incapaces de ver más allá. Su felicidad se termina cuando ese supuesto amor no se convierte en nada real. Sólo son sensaciones desconocidas que se parecen a lo que piensan que es el amor, nada más. Eso sí, la visión en blanco y negro de una irrealidad les lleva a contradecirse y a actuar como quinceañeros en plena pubertad.
Algunos creen que la felicidad no existe en el presente, sólo en el pasado, en lo que ya vivieron y nunca podrán recuperar. Se lamentan de tiempos pasados que siempre fueron mejores y no son capaces de aprovechar el presente, ese término tan desvalido para ellos y que no tiene un reflejo en nuestra realidad. Todo lo que pasó es pasado, lo que pasará es futuro y lo que pasa no vale, porque ya pasó...
Hay algunos que para ser feliz quieren un camión, o una escoba para barrer, o un coche deportivo que corra mucho y que haga ruido de motor malote, o tener mucho dinero, o tener un millón amigos, o salir en programas del corazón, o estar en la yet set, o viajar a Ibiza a pagar 50 euros en una discoteca, o probar todas las drogas que hay, o vivir intensamente, o morir joven, o llegar a viejo, o tener muchos hijos, o tener un piso en propiedad, o la mejor moto del mercado, o viajar 500 kilómetros par comer un buen cochinillo, o perderse en una selva, o trabajar para una ONG, o ganar una medalla de oro en las olimpiadas, o ser el mejor en su profesión, o tener bigote...
Yo me niego a rendirme a estas posibilidades. Prefiero pensar que la felicidad está dentro de tu casa, detrás de una cortina esperando a que entres en el salón para decirte: “Sorpresa” y regalarte una tarta con una stripper dentro de ella. Prefiero pensar que la seguridad en las cosas en las que crees te lleva a la felicidad, y que si haces las cosas bien hechas (qué mal nos ha hecho la religión...) lograrás vencer al tedio y a las malas sensaciones y recrearte de por vida en eso que tú llamas felicidad.
Felicidad, es un kinder sorpresa naironanairo, la felicidad...
Hay mucha gente que es feliz con el tiempo libre. Tener tiempo para su ocio es tener la felicidad en sus manos. La agarran y no la sueltan hasta que se despiden de ella definitivamente, cuando sus vidas no dan para más (si son famosos, pasan a la regla de las tres muertes de famosos).
Otras disfrutan con su trabajo. Su tiempo de ocio es limitado, pero el trabajo que han elegido les compensa para ser lo suficientemente felices para no pensar en ello. A lo mejor llegan a las mil a casa, no conocen a sus hijos e ignoran a su mujer, pero la felicidad está en ellos siempre.
Otros, en cambio, nunca conocerán la felicidad. Se pasan el día lamentándose por el ayer, por lo que no pudo ser, por lo que no fue y nunca será. Sus vidas se tiñen de colores grises y aceptan su destino fatal sin luchar. Mueren antes de alcanzar la orilla después de nadar entre corrientes y mares inexpugnables. Su felicidad se basa en la idea de que nunca la alcanzarán, y así sobreviven al tiempo.
Hay algunos que temen a la felicidad, por eso luchan contra ella. Se agarran al ego, al yo y al superyo para librarse de responsabilidades que no son capaces de asumir. No afrontan los riesgos que toda vida supone y prefieren esconderse entre las sombras para que la luz no le dé directamente en los ojos y no quedarse ciegos. Una cegatura que, a lo mejor, les hacen perder años de eso que otros, no ellos, llaman felicidad. El “y si...” se desvanece como la niebla entre las rocas... lástima.
Luego están los que piensan que el amor es la verdadera felicidad. Si no hay amor no puedes hablar de ser feliz. Rompen diques que soportan los mares y los sobrepasan con sus andares. Si los superan, a lo mejor se sienten felices, pero si no los derriban, caen fulminados en el asfalto de la ciudad más triste, la de la soledad.
Al contrario, hay algunos que confunden el amor con otras cosas. “Estoy enamorado”, dicen sin pensar en las consecuencias. Se arrodillan ante el engaño y son incapaces de ver más allá. Su felicidad se termina cuando ese supuesto amor no se convierte en nada real. Sólo son sensaciones desconocidas que se parecen a lo que piensan que es el amor, nada más. Eso sí, la visión en blanco y negro de una irrealidad les lleva a contradecirse y a actuar como quinceañeros en plena pubertad.
Algunos creen que la felicidad no existe en el presente, sólo en el pasado, en lo que ya vivieron y nunca podrán recuperar. Se lamentan de tiempos pasados que siempre fueron mejores y no son capaces de aprovechar el presente, ese término tan desvalido para ellos y que no tiene un reflejo en nuestra realidad. Todo lo que pasó es pasado, lo que pasará es futuro y lo que pasa no vale, porque ya pasó...
Hay algunos que para ser feliz quieren un camión, o una escoba para barrer, o un coche deportivo que corra mucho y que haga ruido de motor malote, o tener mucho dinero, o tener un millón amigos, o salir en programas del corazón, o estar en la yet set, o viajar a Ibiza a pagar 50 euros en una discoteca, o probar todas las drogas que hay, o vivir intensamente, o morir joven, o llegar a viejo, o tener muchos hijos, o tener un piso en propiedad, o la mejor moto del mercado, o viajar 500 kilómetros par comer un buen cochinillo, o perderse en una selva, o trabajar para una ONG, o ganar una medalla de oro en las olimpiadas, o ser el mejor en su profesión, o tener bigote...
Yo me niego a rendirme a estas posibilidades. Prefiero pensar que la felicidad está dentro de tu casa, detrás de una cortina esperando a que entres en el salón para decirte: “Sorpresa” y regalarte una tarta con una stripper dentro de ella. Prefiero pensar que la seguridad en las cosas en las que crees te lleva a la felicidad, y que si haces las cosas bien hechas (qué mal nos ha hecho la religión...) lograrás vencer al tedio y a las malas sensaciones y recrearte de por vida en eso que tú llamas felicidad.
Felicidad, es un kinder sorpresa naironanairo, la felicidad...
Razones Para Volver
Lo Dice
M€
on lunes, julio 13, 2009
Ya, ya. Ya lo sé. Sé que hace mucho que no escribo nada aquí, pero ya sabes cómo son estas cosas. Que si el verano, que si el calor, que ahora nadie se dedica a visitar los blogs porque estamos en vacaciones... bueno, lo de siempre. Pero yo tengo disculpa, en serio. Tengo dos:
La primera es que ahora éste es mi trabajo. Lo de los blogs, digo. Escribo en tres temáticos (Real Madrid, viajes y cine) y llevo la coordinación de una red de blogs... y claro, en casa del herrero... patada en los cojones (Es así, ¿no?). Es como un tío que está todo el día viendo a gente enferma. Un médico, eso, sí. Pues eso, un médico llega a su casa y si su hijo está enfermo dirá: "Coño, que te cure tu padre. Ah, bueno, pues que te cure un amigo de tu padre".
Y eso, así estoy. Todo el día o escribiendo, o revisando textos, o colgándolos, u organizando quién tiene que hacer qué... y así no se puede. Más que nada porque el tiempo libre que me queda prefiero aprovecharlo para morirme de calor en Madrid, que siempre es divertido. Ah, y eso no es lo peor. Es que en dos días, mi horario pasará de 9 a 14 a ser de 9 a 18. Ahí va a ser peor, porque yo sin siesta soy menos hombre de lo que soy habitualmente.
La segunda excusa (mucho mejor, por cierto) es que el otro día me vino a visitar la Muerte.Sí, hombre, la Muerte. Claro que la conoces. Es un esqueleto que va tapado con una casaca negra con capucha. Y con un chisme de cortar el cesped en la mano. Ay, pero ¿cómo que no caes? Bueno, da igual. Digamos que es como si viene a verte Tamara Falcó vestida de repartidora de pizzas a tu casa, que te lo crees después de un rato. O sea, que sí, que piensas que puede ser, pero que hasta que no te enseña el DNI no te quedas tranquilo.
Pues la muerte igual. Estaba el otro día en mi habitación (no sé, debían ser las once y media, más o menos) recogiendo un poco la ropa que tenía acumulada en la silla para acostarme pronto y apaerció. Pero no por la puerta. La tía apareció ahí, sin más. La verdad es que me asusté.
Muerte: Soy la muerte.
Mauro: ¿No deberías decirme que eres La Muerte? No sé, con minúscula podrías ser cualquiera (uno que es así de respondón).
Muerte: No me toques ese tema que tengo un mal rollo con la parienta por eso... ejem, a lo que iba. Soy La Muerte.
Mauro: ¿Ves? Mucho mejor, tío.
Muerte: Mira, imbécil. Te puedo llamar imbécil, ¿no?
Mauro: Claro, claro. Es lo que me suele llamar la gente. Bueno, guapo no estaría mal...
Muerte: Vale, imbécil. Mira, que ha llegado a mis oídos...
Mauro: Perdona, pero tú no tienes oídos...
Muerte: Joder, qué tiquismiquis... es una forma de hablar.
Mauro: Ah, has dicho joder. Qué decepción.
Muerte: ¡¡¡CÁLLATE!!! (esto, acompañado por varios rayos, acojona un rato) Te decía que ha llegado a mis oídos que vas diciendo por ahí que me tienes calada. Que si mueren tres famosos en un breve espacio de tiempo, que si soy previsible, que si huelo a Pachuli... Me estás tocando las narices...
Mauro: Pero si no tienes nar...
Muerte: Ahórrate la tontería, imbécil. Te dejo una cosa muy clara, amiguito. Soy impredecible, soy como Boris Izaguirre, que nunca sabes si va a salir en plan intelectual o en plan "Soy supermarica y me bajo los pantalones". Esa teoría tuya es una mierda. Y una falacia. Y una farsa. Y la gente... ay, la gente, que te sigue, que te jalea, que te dice "sí, es cierto". ¡¡Pues no!!
Mauro: A ver, Muerte. No te lo tomes así de mal. A lo mejor lo que digo no es verdad, pero me parece que a veces es demasiada casualidad, ¿no?
Muerte: Mira, las casualidades, y tú deberías de saberlo, existen. Pero son eso, casualidades. Y en este caso estás dando sólo una parte de la realidad. Maldita sea, si nunca te acuerdas del tercero en discordia. Siempre dices: "Murió fulano, mengano y... bueno, un tercero que no me acuerdo". Se nota que has aprovechado bien tus estudios periodísticos, don cuentolarealidadquemedalagana...
Mauro: Vale, perdona. Mira, para resarcirme escribiré esto en el blog para que todo el mundo sepa lo mala, mortífera y poco predecible que es la muerte, ¿vale?
Muerte: Vale. Ah, por cierto, le gustas a mi hermana.
Y se fue. Desapareció tal y como había llegado. Sin más. Me dejó en paños menores y un billete de cinco euros en la mesilla de noche. Cuando se iba entendí algo de no sé qué puta que era... bueno, el caso es que escribo esto aquí para que lo sepáis. La muerte no tiene un plan. Es puro azar, casualidad... vamos, una chapuza.
Cosas.
La primera es que ahora éste es mi trabajo. Lo de los blogs, digo. Escribo en tres temáticos (Real Madrid, viajes y cine) y llevo la coordinación de una red de blogs... y claro, en casa del herrero... patada en los cojones (Es así, ¿no?). Es como un tío que está todo el día viendo a gente enferma. Un médico, eso, sí. Pues eso, un médico llega a su casa y si su hijo está enfermo dirá: "Coño, que te cure tu padre. Ah, bueno, pues que te cure un amigo de tu padre".
Y eso, así estoy. Todo el día o escribiendo, o revisando textos, o colgándolos, u organizando quién tiene que hacer qué... y así no se puede. Más que nada porque el tiempo libre que me queda prefiero aprovecharlo para morirme de calor en Madrid, que siempre es divertido. Ah, y eso no es lo peor. Es que en dos días, mi horario pasará de 9 a 14 a ser de 9 a 18. Ahí va a ser peor, porque yo sin siesta soy menos hombre de lo que soy habitualmente.
La segunda excusa (mucho mejor, por cierto) es que el otro día me vino a visitar la Muerte.Sí, hombre, la Muerte. Claro que la conoces. Es un esqueleto que va tapado con una casaca negra con capucha. Y con un chisme de cortar el cesped en la mano. Ay, pero ¿cómo que no caes? Bueno, da igual. Digamos que es como si viene a verte Tamara Falcó vestida de repartidora de pizzas a tu casa, que te lo crees después de un rato. O sea, que sí, que piensas que puede ser, pero que hasta que no te enseña el DNI no te quedas tranquilo.
Pues la muerte igual. Estaba el otro día en mi habitación (no sé, debían ser las once y media, más o menos) recogiendo un poco la ropa que tenía acumulada en la silla para acostarme pronto y apaerció. Pero no por la puerta. La tía apareció ahí, sin más. La verdad es que me asusté.
Muerte: Soy la muerte.
Mauro: ¿No deberías decirme que eres La Muerte? No sé, con minúscula podrías ser cualquiera (uno que es así de respondón).
Muerte: No me toques ese tema que tengo un mal rollo con la parienta por eso... ejem, a lo que iba. Soy La Muerte.
Mauro: ¿Ves? Mucho mejor, tío.
Muerte: Mira, imbécil. Te puedo llamar imbécil, ¿no?
Mauro: Claro, claro. Es lo que me suele llamar la gente. Bueno, guapo no estaría mal...
Muerte: Vale, imbécil. Mira, que ha llegado a mis oídos...
Mauro: Perdona, pero tú no tienes oídos...
Muerte: Joder, qué tiquismiquis... es una forma de hablar.
Mauro: Ah, has dicho joder. Qué decepción.
Muerte: ¡¡¡CÁLLATE!!! (esto, acompañado por varios rayos, acojona un rato) Te decía que ha llegado a mis oídos que vas diciendo por ahí que me tienes calada. Que si mueren tres famosos en un breve espacio de tiempo, que si soy previsible, que si huelo a Pachuli... Me estás tocando las narices...
Mauro: Pero si no tienes nar...
Muerte: Ahórrate la tontería, imbécil. Te dejo una cosa muy clara, amiguito. Soy impredecible, soy como Boris Izaguirre, que nunca sabes si va a salir en plan intelectual o en plan "Soy supermarica y me bajo los pantalones". Esa teoría tuya es una mierda. Y una falacia. Y una farsa. Y la gente... ay, la gente, que te sigue, que te jalea, que te dice "sí, es cierto". ¡¡Pues no!!
Mauro: A ver, Muerte. No te lo tomes así de mal. A lo mejor lo que digo no es verdad, pero me parece que a veces es demasiada casualidad, ¿no?
Muerte: Mira, las casualidades, y tú deberías de saberlo, existen. Pero son eso, casualidades. Y en este caso estás dando sólo una parte de la realidad. Maldita sea, si nunca te acuerdas del tercero en discordia. Siempre dices: "Murió fulano, mengano y... bueno, un tercero que no me acuerdo". Se nota que has aprovechado bien tus estudios periodísticos, don cuentolarealidadquemedalagana...
Mauro: Vale, perdona. Mira, para resarcirme escribiré esto en el blog para que todo el mundo sepa lo mala, mortífera y poco predecible que es la muerte, ¿vale?
Muerte: Vale. Ah, por cierto, le gustas a mi hermana.
Y se fue. Desapareció tal y como había llegado. Sin más. Me dejó en paños menores y un billete de cinco euros en la mesilla de noche. Cuando se iba entendí algo de no sé qué puta que era... bueno, el caso es que escribo esto aquí para que lo sepáis. La muerte no tiene un plan. Es puro azar, casualidad... vamos, una chapuza.
Cosas.
Conspiración En La Sombra
Lo Dice
M€
on viernes, junio 26, 2009
A lo largo de la historia mucho se ha hablado de las conspiraciones; las judeo-masónicas, la muerte de Kennedy, la de Lady Di, las que pueblan la vida de la Iglesia Católica. Todas ellas sin pruebas que las confirmen y que crecen en el ideario popular como leyendas urbanas. Pero las mentes pensantes han obviado la peor conspiración: la de la muerte.
La muerte es, hoy por hoy, lo único real en el mundo. Podemos creer en Dios, podemos creer en nosotros mismos o en John Lennon, pero siempre nos acompañará una parte de duda junto a esa fe o a esa creencia. En cambio, desde que nacemos sabemos que, tarde o temprano, vamos a morir (bueno, yo no porque soy inmortal, claro). No sabemos si seremos altos o bajos, si nos operaremos los pechos o los pómulos o si seremos médicos o barrenderos. Lo único cierto es que, más tarde o más temprano, moriremos.
La muerte no tiene imagen fija; se ha representado de variadas maneras a lo largo de los siglos; incluso Brad Pitt fue su imagen física en el cine. A pesar de no tener imagen que podamos afirmar con contundencia que es la de la muerte (bueno, en mi colegio mayor había un tío al que llamábamos La Muerte, y estoy seguro de que un día vendrá a buscarme él...), sí que podemos descifrar manifestaciones en nuestro mundo. Yo os voy a contar una. La he llamado "La muerte tenía un número".
Es una de mis múltiples teorías, muchas de las cuales podéis conocer en mi libro "Teorías en teoría que lo son porque sí. O no". Como bien dice el nombre de la teoría en sí, hay un número que la muerte prefiere. Un número que representa a la muerte: el tres. Es que desde hace años he ido comprobando que las muertes van de tres en tres. No he recogido los datos en ningún lado, pero como toda teoría la he iniciado de manera oral. Me acercaba a un grupo de ineptos y les abría los ojos.
Pasó cuando murió Lola Flores; cuando murió Rocío Jurado. Moría un personaje conocido y, a continuación, en un plazo de unos meses como máximo, dos personajes más desaparecían de este mundo. En una primera intentona de creación teórica, acepté que incluso a ese trío macabro se pudiese unir una persona cercana, de nuestra vida habitual. Eso lo descarté con el tiempo.
La última prueba de que mi teoría es cierta se ha dado con creces estos días. La reciente muerte de Farah Fawcett y de Michael Jackson me hizo desempolvar mis pensamientos sobre mi teoría. Me faltaba un tercero para corroborarla.
Mi primera idea fue la de darle el tercer puesto a Daniel El-Kum, odioso personaje escuálido y patético de Supermodelo, que se suicidó hace unos días lanzándose desnudo con su perro desde la ventana de su casa. La poca trascendencia del personaje y su patetismo (iba de hombre con estilo vistiendo a Ana Obregón y diciéndole a chicas de 17 años que estaban gordas), me hacía pensar que mi teoría sólo funcionaba cogiéndola con pinzas. Esto me hizo despedirme de un posible premio de investigación esotérica o de tonterías (que es lo mismo).
Pero recordé que un personaje con peso había fallecido recientemente. Vicente Ferrer se convertía en el tercer elemento, en el pilar para sustentar, de nuevo, mi teoría. La conspiración en la sombra de la muerte contra los famosos.
Es una pena que no recuerde más casos (el último fue Antonio Vega, Benedetti... y no me acuerdo del tercero, que alguien me ayude), pero son ciertos. Y si no, hacedlo vosotros mismos en vuestra casa, siempre bajo supervisión paterna (si tu padre no tiene supervisión, vale visión normal o con infrarrojos... lo siento). Los que lo han hecho, lo han flipado. Si no mandas este correo a todos tus contactos, te conviertes en amante de Marujita Díaz.
Avisados estáis. La muerte y su conspiración están ahí, como quien no quiere la cosa.
La muerte es, hoy por hoy, lo único real en el mundo. Podemos creer en Dios, podemos creer en nosotros mismos o en John Lennon, pero siempre nos acompañará una parte de duda junto a esa fe o a esa creencia. En cambio, desde que nacemos sabemos que, tarde o temprano, vamos a morir (bueno, yo no porque soy inmortal, claro). No sabemos si seremos altos o bajos, si nos operaremos los pechos o los pómulos o si seremos médicos o barrenderos. Lo único cierto es que, más tarde o más temprano, moriremos.
La muerte no tiene imagen fija; se ha representado de variadas maneras a lo largo de los siglos; incluso Brad Pitt fue su imagen física en el cine. A pesar de no tener imagen que podamos afirmar con contundencia que es la de la muerte (bueno, en mi colegio mayor había un tío al que llamábamos La Muerte, y estoy seguro de que un día vendrá a buscarme él...), sí que podemos descifrar manifestaciones en nuestro mundo. Yo os voy a contar una. La he llamado "La muerte tenía un número".
Es una de mis múltiples teorías, muchas de las cuales podéis conocer en mi libro "Teorías en teoría que lo son porque sí. O no". Como bien dice el nombre de la teoría en sí, hay un número que la muerte prefiere. Un número que representa a la muerte: el tres. Es que desde hace años he ido comprobando que las muertes van de tres en tres. No he recogido los datos en ningún lado, pero como toda teoría la he iniciado de manera oral. Me acercaba a un grupo de ineptos y les abría los ojos.
Pasó cuando murió Lola Flores; cuando murió Rocío Jurado. Moría un personaje conocido y, a continuación, en un plazo de unos meses como máximo, dos personajes más desaparecían de este mundo. En una primera intentona de creación teórica, acepté que incluso a ese trío macabro se pudiese unir una persona cercana, de nuestra vida habitual. Eso lo descarté con el tiempo.
La última prueba de que mi teoría es cierta se ha dado con creces estos días. La reciente muerte de Farah Fawcett y de Michael Jackson me hizo desempolvar mis pensamientos sobre mi teoría. Me faltaba un tercero para corroborarla.
Mi primera idea fue la de darle el tercer puesto a Daniel El-Kum, odioso personaje escuálido y patético de Supermodelo, que se suicidó hace unos días lanzándose desnudo con su perro desde la ventana de su casa. La poca trascendencia del personaje y su patetismo (iba de hombre con estilo vistiendo a Ana Obregón y diciéndole a chicas de 17 años que estaban gordas), me hacía pensar que mi teoría sólo funcionaba cogiéndola con pinzas. Esto me hizo despedirme de un posible premio de investigación esotérica o de tonterías (que es lo mismo).
Pero recordé que un personaje con peso había fallecido recientemente. Vicente Ferrer se convertía en el tercer elemento, en el pilar para sustentar, de nuevo, mi teoría. La conspiración en la sombra de la muerte contra los famosos.
Es una pena que no recuerde más casos (el último fue Antonio Vega, Benedetti... y no me acuerdo del tercero, que alguien me ayude), pero son ciertos. Y si no, hacedlo vosotros mismos en vuestra casa, siempre bajo supervisión paterna (si tu padre no tiene supervisión, vale visión normal o con infrarrojos... lo siento). Los que lo han hecho, lo han flipado. Si no mandas este correo a todos tus contactos, te conviertes en amante de Marujita Díaz.
Avisados estáis. La muerte y su conspiración están ahí, como quien no quiere la cosa.
Decálogos
Lo Dice
M€
on lunes, junio 22, 2009
Dice la RAE (cojunto de señores pasados de fecha que deciden qué y cómo es cada palabra) que un decálogo es el conjunto de los diez mandamientos de la ley de Dios. Vale; todos sabemos que los mandamientos eran veinte pero que al amigo Moisés se le cayó una de las tablas y se quedaron en diez. Esa es su primera acepción. La segunda, un conjunto de normas o consejos que, aunque no sean diez, son básicos para el desarrollo de cualquier actividad.
De diez palabras se pasó a diez normas, a diez mandamientos. Y siempre con un fin, el de ordenarnos un poco la habitación, que la solemos tener hecha un desastre, con montañas de ropa sobre la silla y los zapatos debajo de la cama.
El último decálogo al que he tenido acceso (después de los del buen estudiante o los del buen periodista, por ejemplo) me lo encontré encima de la mesa de Varadero. Varadero es un local con su terraza veraniega en Montero Ríos, al lado del puerto de Vigo. Allí, sobre la madera, un plato negro sostenía un pequeño cartón doblado; dentro, un papel con la cuenta a pagar: dos cervezas. Al recoger la cuenta, el cartón guardaba un texto que decía:
"VARADERO te dá 10 claves para disfrutar un poco más de la vida".
A continuación, el decálogo que desde ese local hacían llegar a sus clientes para eso, para disfrutar un poco más de la vida. Comencé a leerlo pensando quién habría sido el que se había decidido a aconsejar al mundo (o a los afortunados clientes que habían elegido entre otras tantas su terraza). Ahí van:
-Date un capricho, por pequeño que sea. Vale, vale, vale. Vamos a ver: entiendo que se lo están diciendo a los que están pagando la consumición, que nos estamos ya dando el capricho de invertir un euro ochenta en la caña, así que es obvio que este consejo sobra, porque está incorporado casi a los números que contenían la cuenta.
-Comparte tu vida con alguien que te quiera. Bueno, este tampoco es que sea un gran descubrimiento. Se supone que te recomiendan una obviedad, porque compartir tu vida con un cabrón/a que te amargue la vida (aunque diga que te quiere, que lo hará seguro) no te da la felicidad. Nada, tampoco aporta mucho porque está asumido desde que empiezas a maquillarte con 15 años (o menos) para ligar. Las chicas, lo mismo.
-Acepta a las personas como son. Este no me gusta demasiado. Que sí, que es de buenas personas aceptar a la gente como es, pero nunca he estado de acuerdo con el típico "déjalo, es así y hay que aceptarlo". No, no y no. Si es un gilipollas, pues no lo aceptas; no lo matas, pero no tienes por qué aceptarlo. Este punto me parece que lo escribió para que aceptásemos al que lo hizo por ser así.
-Haz el amor regularmente. Este se sale de la línea de los anteriores. Si dependiese de uno mismo, pues vale, lo acepto, pero no es así. Salvo que haya dinero por medio no puedes utilizar esto como una regla para ser más feliz porque depende de segundas (o terceras...) personas. Vale, tachado también.
-Dedica tiempo al descanso. Demasiado fácil. Que me lo digan a mí, genial, porque yo lo hago, demasiado, incluso. Pero esto lo lee una persona que trabaja catorce horas diarias para cobrar un sueldo mínimo y le escupe la cerveza al autor de la guía de referencia para ser super feliz (como Belén Esteban ebria en un aeropuerto).
-Que la música te acompañe. Estaría de acuerdo si no me pareciese una copia de la frase manida de la Guerra de las galaxias, "Que la fuerza te acompañe". Además, ¿qué música? Si te acompaña el 'No cambié' de Tamara, yo creo que feliz, feliz, no vas a ser. Y alguien dirá: "Pero eso no es música". Mmmm, vaya, touché.
-Disfruta de las pequeñas cosas. Otra frase manida que diría cualquier persona que haya estado al borde de la muerte. "Sí, ahora valoro las pequeñas cosas de la vida: el canto de un pájaro, el vuelo de una mariposa, un caniche...". Vaya, que hace falta haber estado muy cerca de morir para decir esa frase, y eso no creo que te haga muy feliz.
-Celebra todas tus fechas especiales. Perdona, pero eso no hace falta que lo recomiendes, porque para cumpleaños, navidades o cosas así, todos están al loro para recibir un regalo. Así que impulsando al materialismo, ¿no? Sí, además lo celebraré en Varadero... Yo, a partir de leer esto, celebraré el día que Ramoncín se operó la nariz. Fue super especial para mí.
-Comparte tu cariño, y da besos, abrazos... Que no se pasen, que el sobeteo puede ser incómodo. No sé, no me imagino a alguien por la calle dando abrazos con un cartel que ponga "Abrazos gratis". O sí...
-Sal con los amigos, pasea por la ciudad, el campo, o tómate algo con nosotros. Ahí está, el número diez, el de Dios, el de Maradona. Ahí aparece la base de este truco, el fin mercantil de esta pérdida de tiempo. Incluye tres planes que no le cabían o que le sobraban, pero lo cierra, como quien no quiere la cosa, con el tópico del bar: eh, tómate algo que serás más feliz.
Eché en falta más tópicos, como "sonríe", "baila hasta el amanecer", "sé buena persona". A mí, por lo menos, no tienen que darme diez claves para disfrutar de mi vida, o por lo menos que no me los dé un negociante al que no conozco y al que le importo poco; un euro ochenta, más o menos.
El cartoncito terminaba con esto: Ahora puedes, (esta coma viene tal cual, no la he puesto yo...) guardar esto para recordar estas sencillas cosas que a veces se nos olvidan, hacer dibujos mientras los demás pagan, o por último, tirarlo a la basura... Y recuerda, gracias por vuestra visita. hasta la próxima! (la minúscula después del punto y la exclamación únicamente final también viene así).
Al terminar de leer no sé si era más feliz o más consciente de qué hacer para serlo. No hice dibujos, no lo tiré a la basura. Lo guardé, pero no para recordar nada, sino para tenerlo delante al escribir esto.
Para eso, me quedo con las palabras. Y para palabras, me quedo con esta canción de Marwan, "Palabra por palabra".
Suerte.
De diez palabras se pasó a diez normas, a diez mandamientos. Y siempre con un fin, el de ordenarnos un poco la habitación, que la solemos tener hecha un desastre, con montañas de ropa sobre la silla y los zapatos debajo de la cama.
El último decálogo al que he tenido acceso (después de los del buen estudiante o los del buen periodista, por ejemplo) me lo encontré encima de la mesa de Varadero. Varadero es un local con su terraza veraniega en Montero Ríos, al lado del puerto de Vigo. Allí, sobre la madera, un plato negro sostenía un pequeño cartón doblado; dentro, un papel con la cuenta a pagar: dos cervezas. Al recoger la cuenta, el cartón guardaba un texto que decía:
"VARADERO te dá 10 claves para disfrutar un poco más de la vida".
A continuación, el decálogo que desde ese local hacían llegar a sus clientes para eso, para disfrutar un poco más de la vida. Comencé a leerlo pensando quién habría sido el que se había decidido a aconsejar al mundo (o a los afortunados clientes que habían elegido entre otras tantas su terraza). Ahí van:
-Date un capricho, por pequeño que sea. Vale, vale, vale. Vamos a ver: entiendo que se lo están diciendo a los que están pagando la consumición, que nos estamos ya dando el capricho de invertir un euro ochenta en la caña, así que es obvio que este consejo sobra, porque está incorporado casi a los números que contenían la cuenta.
-Comparte tu vida con alguien que te quiera. Bueno, este tampoco es que sea un gran descubrimiento. Se supone que te recomiendan una obviedad, porque compartir tu vida con un cabrón/a que te amargue la vida (aunque diga que te quiere, que lo hará seguro) no te da la felicidad. Nada, tampoco aporta mucho porque está asumido desde que empiezas a maquillarte con 15 años (o menos) para ligar. Las chicas, lo mismo.
-Acepta a las personas como son. Este no me gusta demasiado. Que sí, que es de buenas personas aceptar a la gente como es, pero nunca he estado de acuerdo con el típico "déjalo, es así y hay que aceptarlo". No, no y no. Si es un gilipollas, pues no lo aceptas; no lo matas, pero no tienes por qué aceptarlo. Este punto me parece que lo escribió para que aceptásemos al que lo hizo por ser así.
-Haz el amor regularmente. Este se sale de la línea de los anteriores. Si dependiese de uno mismo, pues vale, lo acepto, pero no es así. Salvo que haya dinero por medio no puedes utilizar esto como una regla para ser más feliz porque depende de segundas (o terceras...) personas. Vale, tachado también.
-Dedica tiempo al descanso. Demasiado fácil. Que me lo digan a mí, genial, porque yo lo hago, demasiado, incluso. Pero esto lo lee una persona que trabaja catorce horas diarias para cobrar un sueldo mínimo y le escupe la cerveza al autor de la guía de referencia para ser super feliz (como Belén Esteban ebria en un aeropuerto).
-Que la música te acompañe. Estaría de acuerdo si no me pareciese una copia de la frase manida de la Guerra de las galaxias, "Que la fuerza te acompañe". Además, ¿qué música? Si te acompaña el 'No cambié' de Tamara, yo creo que feliz, feliz, no vas a ser. Y alguien dirá: "Pero eso no es música". Mmmm, vaya, touché.
-Disfruta de las pequeñas cosas. Otra frase manida que diría cualquier persona que haya estado al borde de la muerte. "Sí, ahora valoro las pequeñas cosas de la vida: el canto de un pájaro, el vuelo de una mariposa, un caniche...". Vaya, que hace falta haber estado muy cerca de morir para decir esa frase, y eso no creo que te haga muy feliz.
-Celebra todas tus fechas especiales. Perdona, pero eso no hace falta que lo recomiendes, porque para cumpleaños, navidades o cosas así, todos están al loro para recibir un regalo. Así que impulsando al materialismo, ¿no? Sí, además lo celebraré en Varadero... Yo, a partir de leer esto, celebraré el día que Ramoncín se operó la nariz. Fue super especial para mí.
-Comparte tu cariño, y da besos, abrazos... Que no se pasen, que el sobeteo puede ser incómodo. No sé, no me imagino a alguien por la calle dando abrazos con un cartel que ponga "Abrazos gratis". O sí...
-Sal con los amigos, pasea por la ciudad, el campo, o tómate algo con nosotros. Ahí está, el número diez, el de Dios, el de Maradona. Ahí aparece la base de este truco, el fin mercantil de esta pérdida de tiempo. Incluye tres planes que no le cabían o que le sobraban, pero lo cierra, como quien no quiere la cosa, con el tópico del bar: eh, tómate algo que serás más feliz.
Eché en falta más tópicos, como "sonríe", "baila hasta el amanecer", "sé buena persona". A mí, por lo menos, no tienen que darme diez claves para disfrutar de mi vida, o por lo menos que no me los dé un negociante al que no conozco y al que le importo poco; un euro ochenta, más o menos.
El cartoncito terminaba con esto: Ahora puedes, (esta coma viene tal cual, no la he puesto yo...) guardar esto para recordar estas sencillas cosas que a veces se nos olvidan, hacer dibujos mientras los demás pagan, o por último, tirarlo a la basura... Y recuerda, gracias por vuestra visita. hasta la próxima! (la minúscula después del punto y la exclamación únicamente final también viene así).
Al terminar de leer no sé si era más feliz o más consciente de qué hacer para serlo. No hice dibujos, no lo tiré a la basura. Lo guardé, pero no para recordar nada, sino para tenerlo delante al escribir esto.
Para eso, me quedo con las palabras. Y para palabras, me quedo con esta canción de Marwan, "Palabra por palabra".
Suerte.
ReEncuentros
Lo Dice
M€
on martes, junio 16, 2009
Dicen que el hombre es un ser social; que lo que lo diferencia del resto de animales es su capacidad y su necesidad para relacionarse con sus iguales y mantenerse activo dentro de un grupo. Somos, en fin, yonkis de los demás y necesitamos estar acompañados y vivir y compartir nuestro tiempo con otras personas para realizarnos por completo. Bueno, y si no es por completo, sí al menos en parte.
Y para entablar relaciones sociales no hay nada mejor que los reencuentros. Cuando llevas tiempo sin compartir mesa y mantel con los que han formado parte de tu vida, una comida puede convertirse en el escenario perfecto para desarrollar la actividad del volverse a ver. Un volverse a ver que hace renacer de sus cenizas a todos y cada uno de los presentes, que los sienta en una silla, les abre la boca y les invita a mover sus fauces al ritmo que impone la carne en su punto.
El sol se hace testigo del acto, y se sube a lo más alto de las escaleras escapando de las nubes más altas, esas a las que dañan los rascacielos sin entender que nunca las podrán deshacer del todo. Desde allí arriba, enfoca su luz directamente en la cara de los comensales para que sus cabezas rieguen todos los jardines de la risa. Y entre la comida, aparecen como dos desconocidos que se acaban de encontrar las anécdotas de años y las historias nuevas, las que acaban de ocurrir y no habían encontrado una carcajada que las convirtiese en algo más, en una nueva historia que quedará. Son reecuentros.
Seguramente, no haya nada mejor que los reencuentros. Después de meses sin detenerse, se hace una parada técnica en el arcén para darle al pause en el mando del tiempo y tratar de recogerlo en un ovillo para luego ir recuperando lo que hemos dejado atrás pero necesitamos que vuelva al presente durante unos minutos, que dé tiempo a que el reencontrado pueda resituarse en la acción y vivirla cómo si fuese testigo directo, como si estuviese interpretando el papel de secundario de un guión ya pasado.
Reencuentros. Seguro que este post tendrá muchas más partes. Pero no hoy. Adiós.
Y para entablar relaciones sociales no hay nada mejor que los reencuentros. Cuando llevas tiempo sin compartir mesa y mantel con los que han formado parte de tu vida, una comida puede convertirse en el escenario perfecto para desarrollar la actividad del volverse a ver. Un volverse a ver que hace renacer de sus cenizas a todos y cada uno de los presentes, que los sienta en una silla, les abre la boca y les invita a mover sus fauces al ritmo que impone la carne en su punto.
El sol se hace testigo del acto, y se sube a lo más alto de las escaleras escapando de las nubes más altas, esas a las que dañan los rascacielos sin entender que nunca las podrán deshacer del todo. Desde allí arriba, enfoca su luz directamente en la cara de los comensales para que sus cabezas rieguen todos los jardines de la risa. Y entre la comida, aparecen como dos desconocidos que se acaban de encontrar las anécdotas de años y las historias nuevas, las que acaban de ocurrir y no habían encontrado una carcajada que las convirtiese en algo más, en una nueva historia que quedará. Son reecuentros.
Seguramente, no haya nada mejor que los reencuentros. Después de meses sin detenerse, se hace una parada técnica en el arcén para darle al pause en el mando del tiempo y tratar de recogerlo en un ovillo para luego ir recuperando lo que hemos dejado atrás pero necesitamos que vuelva al presente durante unos minutos, que dé tiempo a que el reencontrado pueda resituarse en la acción y vivirla cómo si fuese testigo directo, como si estuviese interpretando el papel de secundario de un guión ya pasado.
Reencuentros. Seguro que este post tendrá muchas más partes. Pero no hoy. Adiós.
Nada
Lo Dice
M€
on miércoles, junio 10, 2009
Ser nada. No hay peor cosa en la vida que eso, ser nada. Nada de nada. Se puede ser alguien pero ser nada a la vez; se puede ser nadie y no por eso eres nada. Hay muchas nadas, pero lo peor es que no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta, cuando somos nada. Buscamos siempre ser algo para uno mismo, para alguien, para otro algo; pero a veces no podemos evitar ser nada. O sentirse así. Nada.
Uno de los personajes que más me inquietaban de pequeño era aquella Nada de 'La historia interminable'. Recuerdo ver la película y ser incapaz de comprender qué pasaba cuando la Nada aparecía. ¿Qué quedaba en su lugar? ¿Nada? Pero, ¿qué era nada? Pensé que cuando creciese un poco sabría entenderlo, que era una parte de la película que yo no entendía porque no había llegado a la edad necesaria, a la que ya estás preparado para saber cosas que de pequeño son inabarcables.
Ahora, la verdad, sigo sin ser capaz de entenderlo. ¿Qué era aquella Nada? Primero el viento soplaba huracanado y se convertía en una fuerza que arrasaba con todo; la tierra se deshacía a su paso y el cielo se cubría de nubes de tormenta. ¿Y después? La nada provocada por la Nada. Ni el afeminado de Atreyu, ni Fújur eran capaces de escapar de las garras de la Nada. Sólo la petarda de la Emperatriz Infantil, repeinada como si le hubiese lamido la cabeza una vaca, sobrevivía. Eso sí, le pedía ayuda al cagón de Bastian para salvar su mundo. Todo por culpa de la Nada.
Y ahora, años después, nos encontramos todos luchando para no ser nada. Para que la Nada no nos alcance. Nos da igual encontrarnos al girar la esquina con la suerte, con la mala suerte, con la casualidad o con el destino, pero nada de encontrarnos con la Nada. De eso nada. Eso sí que no lo permitimos. Y para eso nos armamos de algos, nos vestimos con ellos, nos protegemos a través de la armadura que forman debajo de nuestras costillas para que, en caso de que llegue la Nada, no nos coja desprevenidos. Y si nos coge, pues que la cornada sea lo de menos y estemos deseando volver a salir al ruedo. A lo que sea. A vernos las caras con la Nada o a buscar más algos.
Y es que lo que está claro es que para nadas, algos hay.
Uno de los personajes que más me inquietaban de pequeño era aquella Nada de 'La historia interminable'. Recuerdo ver la película y ser incapaz de comprender qué pasaba cuando la Nada aparecía. ¿Qué quedaba en su lugar? ¿Nada? Pero, ¿qué era nada? Pensé que cuando creciese un poco sabría entenderlo, que era una parte de la película que yo no entendía porque no había llegado a la edad necesaria, a la que ya estás preparado para saber cosas que de pequeño son inabarcables.
Ahora, la verdad, sigo sin ser capaz de entenderlo. ¿Qué era aquella Nada? Primero el viento soplaba huracanado y se convertía en una fuerza que arrasaba con todo; la tierra se deshacía a su paso y el cielo se cubría de nubes de tormenta. ¿Y después? La nada provocada por la Nada. Ni el afeminado de Atreyu, ni Fújur eran capaces de escapar de las garras de la Nada. Sólo la petarda de la Emperatriz Infantil, repeinada como si le hubiese lamido la cabeza una vaca, sobrevivía. Eso sí, le pedía ayuda al cagón de Bastian para salvar su mundo. Todo por culpa de la Nada.
Y ahora, años después, nos encontramos todos luchando para no ser nada. Para que la Nada no nos alcance. Nos da igual encontrarnos al girar la esquina con la suerte, con la mala suerte, con la casualidad o con el destino, pero nada de encontrarnos con la Nada. De eso nada. Eso sí que no lo permitimos. Y para eso nos armamos de algos, nos vestimos con ellos, nos protegemos a través de la armadura que forman debajo de nuestras costillas para que, en caso de que llegue la Nada, no nos coja desprevenidos. Y si nos coge, pues que la cornada sea lo de menos y estemos deseando volver a salir al ruedo. A lo que sea. A vernos las caras con la Nada o a buscar más algos.
Y es que lo que está claro es que para nadas, algos hay.
El Tonillo
Lo Dice
M€
on sábado, junio 06, 2009
Lo admito. Me gustan los tonillos. También es cierto que me gustan los acentos. De hecho, me molesta cuando alguien me dice: "Eh, ya no tienes acento gallego". ¿Cómo que no tengo acento gallego? Será... La verdad es que me llaman la atención mucho los acentos de todas las Comunidades Autónomas. Eso de "ejqueeee", o "ños, chacho", o el particular asturiano... ay, me gustan sí; me gustan.
Pero a lo que iba: el tonillo. Empiezo por uno que no me gusta especialmente. Ese es el tonillo del reportero; ese de enviado especial, con el gran Enrique Zimmerman a la cabeza y seguido por miles y miles de voces anónimas que adquirieron ese tonillo para contarnos desde el cambio de divisas en Rusia, pasando por la llegada de las rebajas de verano, hasta las celebraciones en India porque una vaca molaba mucho. Lo malo es que es un tonillo pegadizo. Un día le pregunté a un profesor de una asignatura de televisión si pertenecía a un libro de estilo, si ese tonillo era algo obligado, si cuando llegabas a una redacción te decían: "Vale, amigo. Ya sé que no hablas así normalmente, pero en cuanto veas un micro tendrás que entonar de esta manera". Él me dijo que no, que era algo que hizo alguien una vez y que otros le siguieron; después, otros más; más tarde, aquel tonillo era una especie de peste que se había extendido por todas las piezas televisivas de España.
Tampoco me gusta mucho el tonillo del profesor colega. Es que hay películas que han hecho mucho mal. Una, Pretty Woman, que hizo creer a las mujeres de medio mundo que había un principe azul detrás de cada ramo de rosas por muy puta que fueses y a todos los hombres que encontrarían a la mujer perfecta detrás de la barra de un bar o, en su defecto, en un sórdido burdel. Otra, El club de los poetas muertos. Aquel Robin Williams recitando el "Oh capitán, mi capitán" y ese compadreo cuasi paternal con sus alumnos sólo consiguió generar un personaje abominable: el profesor colega. Y éste tiene también su tonillo; el tonillo cándido del que trata de ser tu amigo pero que sabes que te la va a meter doblada como le toques mucho las narices. Piadoso y condescendiente...
Más arriba decía que me gustaban los tonillos, ¿no? Y es verdad. El tonillo que ya conoces, cuando alguien que tienes calado te va a pedir un favor, o que hagas algo por él/ella. O el tonillo que te sale cuando el pecho se te hicha momentos algo de soltar una gran frase que revela que tienes mucha razón en lo que vas a decir. No sé, hay muchos tonillos. Pero tengo que destacar uno.
Imaginaros que estáis en la playa. El sol quema vuestro cuerpo y sólo la humedad acumulada en el pelo después de un buen baño te separa del infierno. Recostado en la toalla, como pantalla tienes el mar y un par de islas y gente, mucha gente que camina de una punta a otra de la playa mojando sus pies por la orilla. En ese trance, sólo una voz es capaz de devolverte a la vida. Un grito que alcanza tus oídos y se desliza a lo largo de tu cabeza. Sus ondas sonoras rebotan en su interior y abres los ojos. Pero no hay nadie; no divisas el origen de la voz. Piensas que lo has soñado, pero cuando vas a volver al relax, lo vuelves a escuchar. Te incorporas rápido pero sigues sin divisar nada. Esperas. Un poco más. Sabes que va a volver a pasar. Y ahí está: "Parisién y patatilla, barquillitooooi".
Entre toallas y sombrillas, entre pies y cabezas, una mujer de pequeña estatura y orondo cuerpo lucha contra el calor mientras lanza ese grito desesperado. En su brazo, como un bolso, porta una neverita en la que lleva bebidas; en la otra, un plástico transparente en el que guarda sus barquillos, aun frescos a pesar del calor. Una heroína de la modernidad, una mujer luchadora, que bajo su gorra de publicidad barata guarda litros de sudor. Pero siempre le quedan fuerzas para lanzar ese grito: "Parisién y patatilla, barquillitoooooi". Eso sí, lo hace con su tonillo. Gracias.
P.D: Algunos ya saben a qué grito y a qué tonillo me refiero. Si tú, maldito ignorante, lo desconoces, no lo dudes. Llámame, pregúntame, encuéntrame en donde sea y pídeme que te lo reproduzca. Yo, por caridad y porque eso no se extinga, lo haré encantado. Y lo haré con el tonillo, por supuesto.
Pero a lo que iba: el tonillo. Empiezo por uno que no me gusta especialmente. Ese es el tonillo del reportero; ese de enviado especial, con el gran Enrique Zimmerman a la cabeza y seguido por miles y miles de voces anónimas que adquirieron ese tonillo para contarnos desde el cambio de divisas en Rusia, pasando por la llegada de las rebajas de verano, hasta las celebraciones en India porque una vaca molaba mucho. Lo malo es que es un tonillo pegadizo. Un día le pregunté a un profesor de una asignatura de televisión si pertenecía a un libro de estilo, si ese tonillo era algo obligado, si cuando llegabas a una redacción te decían: "Vale, amigo. Ya sé que no hablas así normalmente, pero en cuanto veas un micro tendrás que entonar de esta manera". Él me dijo que no, que era algo que hizo alguien una vez y que otros le siguieron; después, otros más; más tarde, aquel tonillo era una especie de peste que se había extendido por todas las piezas televisivas de España.
Tampoco me gusta mucho el tonillo del profesor colega. Es que hay películas que han hecho mucho mal. Una, Pretty Woman, que hizo creer a las mujeres de medio mundo que había un principe azul detrás de cada ramo de rosas por muy puta que fueses y a todos los hombres que encontrarían a la mujer perfecta detrás de la barra de un bar o, en su defecto, en un sórdido burdel. Otra, El club de los poetas muertos. Aquel Robin Williams recitando el "Oh capitán, mi capitán" y ese compadreo cuasi paternal con sus alumnos sólo consiguió generar un personaje abominable: el profesor colega. Y éste tiene también su tonillo; el tonillo cándido del que trata de ser tu amigo pero que sabes que te la va a meter doblada como le toques mucho las narices. Piadoso y condescendiente...
Más arriba decía que me gustaban los tonillos, ¿no? Y es verdad. El tonillo que ya conoces, cuando alguien que tienes calado te va a pedir un favor, o que hagas algo por él/ella. O el tonillo que te sale cuando el pecho se te hicha momentos algo de soltar una gran frase que revela que tienes mucha razón en lo que vas a decir. No sé, hay muchos tonillos. Pero tengo que destacar uno.
Imaginaros que estáis en la playa. El sol quema vuestro cuerpo y sólo la humedad acumulada en el pelo después de un buen baño te separa del infierno. Recostado en la toalla, como pantalla tienes el mar y un par de islas y gente, mucha gente que camina de una punta a otra de la playa mojando sus pies por la orilla. En ese trance, sólo una voz es capaz de devolverte a la vida. Un grito que alcanza tus oídos y se desliza a lo largo de tu cabeza. Sus ondas sonoras rebotan en su interior y abres los ojos. Pero no hay nadie; no divisas el origen de la voz. Piensas que lo has soñado, pero cuando vas a volver al relax, lo vuelves a escuchar. Te incorporas rápido pero sigues sin divisar nada. Esperas. Un poco más. Sabes que va a volver a pasar. Y ahí está: "Parisién y patatilla, barquillitooooi".
Entre toallas y sombrillas, entre pies y cabezas, una mujer de pequeña estatura y orondo cuerpo lucha contra el calor mientras lanza ese grito desesperado. En su brazo, como un bolso, porta una neverita en la que lleva bebidas; en la otra, un plástico transparente en el que guarda sus barquillos, aun frescos a pesar del calor. Una heroína de la modernidad, una mujer luchadora, que bajo su gorra de publicidad barata guarda litros de sudor. Pero siempre le quedan fuerzas para lanzar ese grito: "Parisién y patatilla, barquillitoooooi". Eso sí, lo hace con su tonillo. Gracias.
P.D: Algunos ya saben a qué grito y a qué tonillo me refiero. Si tú, maldito ignorante, lo desconoces, no lo dudes. Llámame, pregúntame, encuéntrame en donde sea y pídeme que te lo reproduzca. Yo, por caridad y porque eso no se extinga, lo haré encantado. Y lo haré con el tonillo, por supuesto.
Kamikaze
Lo Dice
M€
on lunes, junio 01, 2009
Justo se despertaba el sol entre los edificios y él se había quedado inmóvil desde hacía unos diez minutos. Como si con la llegada de las primeras horas del día (las últimas del anterior para él) sus huesos se hubiesen convertido en rocas que le impedían caminar a lo largo de la calle. El frío impactaba contra los cristales de una sucursal bancaria y salía disparado hacia su cara; la nariz enrojecida y las manos sin alcanzar el tacto del aire. Su estatua de sal se derretía en la salida del metro, allí donde sus pasos habían terminado después de una larga noche.
Miró el reloj y le restaban pocas horas de sueño, teniendo en cuenta que a las doce tendría que levantarse otra vez para ir a recoger a su amigo al aeropuerto. El trayecto hasta su casa era muy corto, tanto que no le daba tiempo a encenderse un cigarro y terminarlo antes de llegar al portal de su casa, así que decidió activar sus músculos y alargar su estancia en el pedestal imaginario que le mantenía en pie mientras el aire y sus pulmones consumían la nicotina a la vez, como una pareja de enamorados que comparten cuchara enfrente de una copa de helado.
El tiempo que invirtió en fumar lo aprovechó para reubicarse un poco en el mundo después de aquella noche. En las horas que había estado de local en local, alternando conversaciones con largas estancias solitarias en medio de la nada, su vida había dado un vuelco. Se empezó a preguntar sobre su futuro en el lugar menos indicado: el centro de un pub oscuro y lleno de humo. Su contrato a punto de expirar y con él su independencia. Volver a la protección paternal le asustaba casi más que no tener sitio en los huecos que se había buscado en su profesión. “Pero si eres brillante, algo te saldrá”, le habían dicho hacía unas horas las voces que olían a cerveza. Pero nada le hacía pensar en positivo.
Además, se había dado cuenta de que sus últimas semanas eran más propias de un kamikaze que de un prometedor obrero del mundo del cine. Esa misma noche se había estampado contra su propio espejo en forma de cuerpo femenino como colofón a un sinfín de acciones incoherentes para un racionalista integral como él. Ella, la misma que había saltado las barreras más sólidas que él mismo había edificado sobre su cuerpo, se lo había insinuado.
“Como un kamikaze”. En un viaje de reconocimiento por su rostro, ella se había acercado para decírselo al oído. “No sé si te das cuenta, pero estás actuando como un kamikaze”. La palabra no le era familiar. Sí la había escuchado, la conocía, pero no estaba dentro de su vocabulario, ni siquiera el que contenía las respuestas a sus acciones. Sorprendido, comenzó a desgranar la palabra. Kamikaze. Un suicida que ponía en riesgo su propia vida por un fin determinado, por algo en lo que creía.
Lo curioso es que, autoanalizándose, a penas encontraba un paralelismo, una similitud entre él y un kamikaze. Se veía como alguien reflexivo, poco impulsivo, que actuaba después de recorrer exhaustivamente cada uno de los rincones de todas sus acciones. Pero esa noche, sin darse cuenta, ella le había comparado con un ser irreflexivo que no pensaba en las consecuencias de sus actos. Lo peor es que no sabía quién tenía la razón.
Comenzó el camino a casa con el filtro ardiendo entre sus dedos y la palabra grabada a fuego en la mente. En el breve trayecto, sintió mil emociones: miedo, pavor, tranquilidad, confianza, arrepentimiento, seguridad. Todas contrarias, pero todas relacionadas con una noche que, a pesar de las contradicciones, no quería que terminase. Hacía menos de media hora que se había despedido de ella en el mismo metro en el que se había quedado petrificado y donde había desmenuzado sus rasgos a tientas, como un ciego que acaba de recuperar la vista. Y la palabra en el aire. Kamikaze.
Antes de que la ciudad recuperase su ritmo frenético de vidas con horario de oficina, apagó el cigarro, subió a su casa y se metió en la cama acompañado de su nueva definición. “Mañana comienza mi nueva vida como kamikaze”.
Miró el reloj y le restaban pocas horas de sueño, teniendo en cuenta que a las doce tendría que levantarse otra vez para ir a recoger a su amigo al aeropuerto. El trayecto hasta su casa era muy corto, tanto que no le daba tiempo a encenderse un cigarro y terminarlo antes de llegar al portal de su casa, así que decidió activar sus músculos y alargar su estancia en el pedestal imaginario que le mantenía en pie mientras el aire y sus pulmones consumían la nicotina a la vez, como una pareja de enamorados que comparten cuchara enfrente de una copa de helado.
El tiempo que invirtió en fumar lo aprovechó para reubicarse un poco en el mundo después de aquella noche. En las horas que había estado de local en local, alternando conversaciones con largas estancias solitarias en medio de la nada, su vida había dado un vuelco. Se empezó a preguntar sobre su futuro en el lugar menos indicado: el centro de un pub oscuro y lleno de humo. Su contrato a punto de expirar y con él su independencia. Volver a la protección paternal le asustaba casi más que no tener sitio en los huecos que se había buscado en su profesión. “Pero si eres brillante, algo te saldrá”, le habían dicho hacía unas horas las voces que olían a cerveza. Pero nada le hacía pensar en positivo.
Además, se había dado cuenta de que sus últimas semanas eran más propias de un kamikaze que de un prometedor obrero del mundo del cine. Esa misma noche se había estampado contra su propio espejo en forma de cuerpo femenino como colofón a un sinfín de acciones incoherentes para un racionalista integral como él. Ella, la misma que había saltado las barreras más sólidas que él mismo había edificado sobre su cuerpo, se lo había insinuado.
“Como un kamikaze”. En un viaje de reconocimiento por su rostro, ella se había acercado para decírselo al oído. “No sé si te das cuenta, pero estás actuando como un kamikaze”. La palabra no le era familiar. Sí la había escuchado, la conocía, pero no estaba dentro de su vocabulario, ni siquiera el que contenía las respuestas a sus acciones. Sorprendido, comenzó a desgranar la palabra. Kamikaze. Un suicida que ponía en riesgo su propia vida por un fin determinado, por algo en lo que creía.
Lo curioso es que, autoanalizándose, a penas encontraba un paralelismo, una similitud entre él y un kamikaze. Se veía como alguien reflexivo, poco impulsivo, que actuaba después de recorrer exhaustivamente cada uno de los rincones de todas sus acciones. Pero esa noche, sin darse cuenta, ella le había comparado con un ser irreflexivo que no pensaba en las consecuencias de sus actos. Lo peor es que no sabía quién tenía la razón.
Comenzó el camino a casa con el filtro ardiendo entre sus dedos y la palabra grabada a fuego en la mente. En el breve trayecto, sintió mil emociones: miedo, pavor, tranquilidad, confianza, arrepentimiento, seguridad. Todas contrarias, pero todas relacionadas con una noche que, a pesar de las contradicciones, no quería que terminase. Hacía menos de media hora que se había despedido de ella en el mismo metro en el que se había quedado petrificado y donde había desmenuzado sus rasgos a tientas, como un ciego que acaba de recuperar la vista. Y la palabra en el aire. Kamikaze.
Antes de que la ciudad recuperase su ritmo frenético de vidas con horario de oficina, apagó el cigarro, subió a su casa y se metió en la cama acompañado de su nueva definición. “Mañana comienza mi nueva vida como kamikaze”.
Vivos Muertos
Lo Dice
M€
on jueves, mayo 28, 2009
Estaba muerto. Llevaba tanto tiempo con esa sensación que no se había percatado de su estado. Muerto. Como un brazo sin manos, como una mano sin dedos, como un dedo sin sentido del tacto en las yemas. Y no sabía desde cuando; no recordaba haber tenido un accidente de coche, una caída desde un octavo piso o un ataque con arma blanca en una esquina oscura e inhóspita de la ciudad.
Tumbado en el sofá y con la tele encendida de fondo empezó a atar cabos. Se remontó hasta dos meses antes. Aquel día había tenido la primera señal de que ya no estaba vivo. Había sido una tarde soleada, en pleno mes de marzo y con un sol que había decidido hacer acto de presencia temporal antes de su definitiva estancia veraniega. Se había levantado de la toalla sobre la que estaba recostado y había caminado por la arena hasta la orilla, donde las olas llegaban exhaustas, convertidas en espuma. Al entrar en contacto con el mar, sus pies no se inmutaron; el agua los cubrió hasta el tobillo, los golpeó casi sin fuerza y se retiró dejando como rastro la mojadura. Pero él no sintió nada, ninguna sensación especial recorrió su cuerpo. Le solía recordar a su infancia, cuando bañarse era condición sine qua non para pasar la tarde. Pero no, ese día el roce del mar no había despertado ni el más mínimo recuerdo, la más mínima sensación.
Otra señal, el día que su novia le había dejado. Ella era la razón de todo hasta el día que le dijo que no aguantaba más, que no podía seguir con aquella farsa. Que él no estaba haciendo nada porque aquello siguiese adelante, que tenía que haber un par para ser dos. Ella se había levantado de su silla y le había dejado sentado en la cafetería con la cuenta sin pagar y sin poder reaccionar. En una situación en la que cualquiera se hubiese levantado, hubiese pedido explicaciones o hubiese ido tras ella, él no se movió. Ni un solo músculo de su cuerpo se inmutó ante aquellas desgarradoras palabras. Es decir, que a ella no le había demostrado que estaba vivo, y el abandono no le había producido más que un ligero pitido en el oído. Como a un cadáver al que no le afectan las cosas porque carece ya de sentimientos.
Pero el lance definitivo que le había hecho ver que estaba muerto había sucedido hacía unas horas. De un día para otro, todo en lo que creía y lo que pensaba había cambiado. Se había acostado y, al levantarse, todo en su cabeza era distinto. Necesitaba huir, escaparse de la realidad, perderse en un pueblo trabajando en la recolecta de fruta y cobrando una miseria, quería saber qué vida podría llevar alejado de todo lo que conocía. Este cambio era un claro reflejo de la putrefacción; su cuerpo llevaba tanto tiempo en descomposición que había comenzado a pudrirse por dentro. Los signos externos eran evidentes: su piel estaba seca, su pelo se escapaba por las tuberías del baño y sus ojos se escondían cada día más entre las profundidades de sus ojeras.
Definitivamente estaba muerto. Ahora debería empezar a pensar cómo actuar hasta que no quedase nada de él, cómo pasar desapercibido entre la gente, entre los vivos. Ensayaba muecas en el espejo para tratar de esconder las miserias que muestran las facciones de los cadáveres, entonaba a viva voz frases de recurso, saludos afables y fuertes apretones de manos que no mostrasen la debilidad que había hecho mella en sus huesos.
Salió a la calle y se dedicó a buscar más gente como él, más muertos que apuraban sus minutos en el mundo de los vivos, más cuerpos en estado de descomposición que, o bien desconocían que lo eran, o bien lo acababan de descubrir, como él, y aún no tenían el raciocinio suficiente para asumir su nueva condición. Y vio a muchos, algunos de los que ya sospechaba. Pasó al lado de una anciana que estaba acompañada por su hija. Ésta conversaba con una amiga:
Amiga: ¿Qué tal está tu madre? Para su edad tiene muy buen aspecto.
Hija: Ya la ves, a lo suyo. De cabeza aún está bien. Mira, te digo la verdad, creo que está muerta pero no lo sabe, y sigue aquí, tan tranquila.
Ambas soltaron una carcajada por la ocurrencia, pero él miró a la anciana y se reconocieron al instante como de la misma especie. Ella había aguantado, había escondido sus circunstancias durante años, pero él no estaba seguro de ser capaz de hacerlo durante más tiempo.
Compró el periódico y se volvió a su casa a decidir si estaba dispuesto a vivir como un muerto o a morir antes de que alguien le descubriese, como aquella hija con su madre, y soltase una carcajada.
Tumbado en el sofá y con la tele encendida de fondo empezó a atar cabos. Se remontó hasta dos meses antes. Aquel día había tenido la primera señal de que ya no estaba vivo. Había sido una tarde soleada, en pleno mes de marzo y con un sol que había decidido hacer acto de presencia temporal antes de su definitiva estancia veraniega. Se había levantado de la toalla sobre la que estaba recostado y había caminado por la arena hasta la orilla, donde las olas llegaban exhaustas, convertidas en espuma. Al entrar en contacto con el mar, sus pies no se inmutaron; el agua los cubrió hasta el tobillo, los golpeó casi sin fuerza y se retiró dejando como rastro la mojadura. Pero él no sintió nada, ninguna sensación especial recorrió su cuerpo. Le solía recordar a su infancia, cuando bañarse era condición sine qua non para pasar la tarde. Pero no, ese día el roce del mar no había despertado ni el más mínimo recuerdo, la más mínima sensación.
Otra señal, el día que su novia le había dejado. Ella era la razón de todo hasta el día que le dijo que no aguantaba más, que no podía seguir con aquella farsa. Que él no estaba haciendo nada porque aquello siguiese adelante, que tenía que haber un par para ser dos. Ella se había levantado de su silla y le había dejado sentado en la cafetería con la cuenta sin pagar y sin poder reaccionar. En una situación en la que cualquiera se hubiese levantado, hubiese pedido explicaciones o hubiese ido tras ella, él no se movió. Ni un solo músculo de su cuerpo se inmutó ante aquellas desgarradoras palabras. Es decir, que a ella no le había demostrado que estaba vivo, y el abandono no le había producido más que un ligero pitido en el oído. Como a un cadáver al que no le afectan las cosas porque carece ya de sentimientos.
Pero el lance definitivo que le había hecho ver que estaba muerto había sucedido hacía unas horas. De un día para otro, todo en lo que creía y lo que pensaba había cambiado. Se había acostado y, al levantarse, todo en su cabeza era distinto. Necesitaba huir, escaparse de la realidad, perderse en un pueblo trabajando en la recolecta de fruta y cobrando una miseria, quería saber qué vida podría llevar alejado de todo lo que conocía. Este cambio era un claro reflejo de la putrefacción; su cuerpo llevaba tanto tiempo en descomposición que había comenzado a pudrirse por dentro. Los signos externos eran evidentes: su piel estaba seca, su pelo se escapaba por las tuberías del baño y sus ojos se escondían cada día más entre las profundidades de sus ojeras.
Definitivamente estaba muerto. Ahora debería empezar a pensar cómo actuar hasta que no quedase nada de él, cómo pasar desapercibido entre la gente, entre los vivos. Ensayaba muecas en el espejo para tratar de esconder las miserias que muestran las facciones de los cadáveres, entonaba a viva voz frases de recurso, saludos afables y fuertes apretones de manos que no mostrasen la debilidad que había hecho mella en sus huesos.
Salió a la calle y se dedicó a buscar más gente como él, más muertos que apuraban sus minutos en el mundo de los vivos, más cuerpos en estado de descomposición que, o bien desconocían que lo eran, o bien lo acababan de descubrir, como él, y aún no tenían el raciocinio suficiente para asumir su nueva condición. Y vio a muchos, algunos de los que ya sospechaba. Pasó al lado de una anciana que estaba acompañada por su hija. Ésta conversaba con una amiga:
Amiga: ¿Qué tal está tu madre? Para su edad tiene muy buen aspecto.
Hija: Ya la ves, a lo suyo. De cabeza aún está bien. Mira, te digo la verdad, creo que está muerta pero no lo sabe, y sigue aquí, tan tranquila.
Ambas soltaron una carcajada por la ocurrencia, pero él miró a la anciana y se reconocieron al instante como de la misma especie. Ella había aguantado, había escondido sus circunstancias durante años, pero él no estaba seguro de ser capaz de hacerlo durante más tiempo.
Compró el periódico y se volvió a su casa a decidir si estaba dispuesto a vivir como un muerto o a morir antes de que alguien le descubriese, como aquella hija con su madre, y soltase una carcajada.
Foto De Un Beso
Lo Dice
M€
on sábado, mayo 23, 2009
El suelo de la habitación estaba lleno de cajas. El desorden campaba a sus anchas entre las cuatro paredes que sujetaban su nueva vida. Siete meses después, se trasladaba a una nueva habitación. Una ventana grande le enseñaba la calle y, en frente, las ventanas de un colegio le hacían recordar las clases de EGB, cuando todo era fácil y lo más complicado se convertía en una aventura nueva cada día.
Lo primero para recuperarse era ordenar aquel caos. Fue sacando cada una de las cajas al pasillo y amontonándolas junto al resto de trastos inútiles que se habían quedado inmóviles después de la mudanza. En uno de los traslados, una de las cajas se vertió y con el movimiento se desparramó todo su contenido. Sobre la cama quedaron dos fotografías. Una de ellas, artística, enigmática, propia de un aprendiz de fotografía que busca impactar con una de sus primeras obras.
Pero la que le llamó más la atención fue la otra. Era una foto más normal, más corriente, sin los filtros del artista que trata de mostrar una realidad desde su punto de vista. En ella se retrataba a una chica en una playa que lanzaba un beso hacia el objetivo. Detrás, escrito a mano, "Para cuando no esté".
Con la foto en la mano, se sentó en la cama y la observó con paciencia. Quitó el polvo que cubría parte del color azul del cielo y empezó a analizar aquella imagen de postal veraniega. Ella aparecía con el pelo recogido y se inclinaba sobre sus manos, que formaban una plataforma desde la que despegaría el beso que se había congelado en el mismo momento que se activó el disparador de la cámara. El vestido, de colores, se impulsaba por el leve viento que abombaba su falda y desviaba dos mechones del flequillo sobre su frente. Se quedó embobado por el dibujo que formaba su cuello y sus hombros.
Empezó a pensar en esa imagen. ¿A quién le mandaría aquel beso? En esa habitación habían vivido tres personas antes que él y con la cantidad de cosas que había desperdigadas por los cajones era muy complicado atribuírselas a uno en concreto. Y lo peor era que aquella fotografía se había quedado olvidada junto a otros mil trastos inútiles. Perdida, suponía; era imposible que alguien dejase abandonada aquella foto a propósito, una foto de la que no podía apartar la mirada.
Las olas del mar rompían en la orilla y varias piedras se distribuían por la arena de forma casi estratégica. Las nubes a penas eran leves manchas grises y blancas en un cielo azul y preparado para acoger todos los recuerdos de aquella chica. La misma que lanzaba un beso a nadie, a alguien que la había olvidado en una caja de cartón junto a dos revistas viejas, un cuaderno con apuntes incomprensibles y papeles arrugados. Ella, la misma que había escrito por detrás "Para cuando no esté", era ahora parte de la vida de otra persona. Seguramente, de alguien que nunca recibió una foto suya y que seguro que tampoco se la hubiese olvidado en una caja.
Terminó de sacar todas las cajas al pasillo y volvió a la habitación. Se sentó delante de la mesa y apoyó la fotografía. Con la cara sobre sus manos respiró profundamente. Se imaginó que aquel beso era para él. Que aquella chica le había dejado como único recuerdo aquella imagen de un beso congelado para cuando ella no estuviese. "Yo nunca la hubiese perdido".
Se había deshecho de todos los trastos, de las cajas, de las vidas y olores de los demás, pero se guardó para él aquella foto. Abrió el cajón de la mesa y la escondió como quien oculta un recuerdo. Ese recuerdo grabado en una fotografía, en un beso que nunca llegaría a recibir. Antes de cerrar el cajón, decidió que se convertiría en un ladrón de besos que no eran para él, pero que se habían perdido por el camino. Les daría cobijo y los trataría como si él fuera el destinatario, para que no perdiesen el sentido, para que muriesen en alguien.
"La guardo, por si nunca me mandan uno..."
Lo primero para recuperarse era ordenar aquel caos. Fue sacando cada una de las cajas al pasillo y amontonándolas junto al resto de trastos inútiles que se habían quedado inmóviles después de la mudanza. En uno de los traslados, una de las cajas se vertió y con el movimiento se desparramó todo su contenido. Sobre la cama quedaron dos fotografías. Una de ellas, artística, enigmática, propia de un aprendiz de fotografía que busca impactar con una de sus primeras obras.
Pero la que le llamó más la atención fue la otra. Era una foto más normal, más corriente, sin los filtros del artista que trata de mostrar una realidad desde su punto de vista. En ella se retrataba a una chica en una playa que lanzaba un beso hacia el objetivo. Detrás, escrito a mano, "Para cuando no esté".
Con la foto en la mano, se sentó en la cama y la observó con paciencia. Quitó el polvo que cubría parte del color azul del cielo y empezó a analizar aquella imagen de postal veraniega. Ella aparecía con el pelo recogido y se inclinaba sobre sus manos, que formaban una plataforma desde la que despegaría el beso que se había congelado en el mismo momento que se activó el disparador de la cámara. El vestido, de colores, se impulsaba por el leve viento que abombaba su falda y desviaba dos mechones del flequillo sobre su frente. Se quedó embobado por el dibujo que formaba su cuello y sus hombros.
Empezó a pensar en esa imagen. ¿A quién le mandaría aquel beso? En esa habitación habían vivido tres personas antes que él y con la cantidad de cosas que había desperdigadas por los cajones era muy complicado atribuírselas a uno en concreto. Y lo peor era que aquella fotografía se había quedado olvidada junto a otros mil trastos inútiles. Perdida, suponía; era imposible que alguien dejase abandonada aquella foto a propósito, una foto de la que no podía apartar la mirada.
Las olas del mar rompían en la orilla y varias piedras se distribuían por la arena de forma casi estratégica. Las nubes a penas eran leves manchas grises y blancas en un cielo azul y preparado para acoger todos los recuerdos de aquella chica. La misma que lanzaba un beso a nadie, a alguien que la había olvidado en una caja de cartón junto a dos revistas viejas, un cuaderno con apuntes incomprensibles y papeles arrugados. Ella, la misma que había escrito por detrás "Para cuando no esté", era ahora parte de la vida de otra persona. Seguramente, de alguien que nunca recibió una foto suya y que seguro que tampoco se la hubiese olvidado en una caja.
Terminó de sacar todas las cajas al pasillo y volvió a la habitación. Se sentó delante de la mesa y apoyó la fotografía. Con la cara sobre sus manos respiró profundamente. Se imaginó que aquel beso era para él. Que aquella chica le había dejado como único recuerdo aquella imagen de un beso congelado para cuando ella no estuviese. "Yo nunca la hubiese perdido".
Se había deshecho de todos los trastos, de las cajas, de las vidas y olores de los demás, pero se guardó para él aquella foto. Abrió el cajón de la mesa y la escondió como quien oculta un recuerdo. Ese recuerdo grabado en una fotografía, en un beso que nunca llegaría a recibir. Antes de cerrar el cajón, decidió que se convertiría en un ladrón de besos que no eran para él, pero que se habían perdido por el camino. Les daría cobijo y los trataría como si él fuera el destinatario, para que no perdiesen el sentido, para que muriesen en alguien.
"La guardo, por si nunca me mandan uno..."
Almost Famous (Casi Famosos)
Lo Dice
M€
on martes, mayo 19, 2009
No sé si alguien me puede explicar qué halo extraño rodea a los famosos. No me generan ningún respeto especial los que salen por la tele. No me parecen ni mejores, ni más guapos (pfff) ni más inteligentes que yo. Por tanto, no creo que les deba un especial respeto.
Ese respeto que sí se les tributa en la calle. Es pasar un famoso (por no decir “conocidillo”) por tu lado y se forma un revuelo; quizás no se para el tráfico, pero ves como la gente a tu alrededor se lanza miraditas, coditos y chorradas por el estilo. Y eso sólo porque salen por la tele. Estoy seguro de que si pasara a su lado un buen escritor o un Nobel de física, ni le mirarían.
El caso es que nos encontrábamos una representación del Grupo 33 paseando por la pradera de San Isidro; entre bocatas y cervezas, sentados en una mesa y unas sillas de plástico puestas para la ocasión, divisamos en la lejanía a tres hombres y una dama. Los tres hombres eran Nancho Novo, Povedilla el de "Los hombres de Paco" y un tío grueso de canas en su poco pelo y en la barba al que conocíamos pero no reconocíamos. La dama, una venus digna de admirar; un cuerpo que se meneaba entre chulapos y gitanos, entre calamares y chinchones, entre la noche y los focos que alumbraban aquella fiesta capitalina.
Morena (así la reconocimos a ella: “Joder, mira la morena esa”), acompañaba el paso de los tres famosos desprendiendo más luces de la que ellos jamás recibieron sobre un escenario. Pasaron cerca de nosotros y se sentaron a unas tres mesas de nosotros (en la pradera las distancias se miden por mesas).
En ese momento, surgió el reto. “Eh, ¿nos acercamos y les decimos algo a los famosos?”. “Yo voy, si queréis, porque a Nancho Novo le puedo rallar con que es del Depor, yo del Celta y convertirme en un personaje pesado y odioso”, espeté. “¿Más pesado y odioso de lo habitual?”, inquirió una femenina voz. “Más, incluso, si eso es posible”, agregué seguro de no mentir. Pero ahí apareció la inspiración de un joven muchacho. El cielo, ya ennegrecido, soltó un rayo de lucidez que se abrió paso entre el humo de los extractores de los puestos que reinaban a nuestro alrededor e impactó en la cabeza del joven.
Aquel joven era Carlos Pozuelo, la Voz. “Lo que estaría genial sería acercarse a los famosos y decirles: ‘¿Os importa que me saque una foto?’, y cuando te dijesen que sí, decir: ‘Vale, ¿pues me podéis sacar una con ella?’, y ponerse al lado de la morena para que ellos te saquen la foto”. Ante el reconocimiento general de que esa sería la gran escena de humor, yo, que soy una persona necesitada del afecto ajeno (por eso me acuesto con todos los chicos que de dicen que tengo unos ojos preciosos), me ofrecí voluntario para llevar a cabo tal hazaña humorística.
Hubo dudas. Nadie confiaba en mí. Se reían. Decían: “No eres capaz”. En ese momento, me levanté y me encaminé hacia los famosos y la morena. Y esto fue lo que pasó:
Mauro: Hola, perdonad. Bueno, nada, quería saludaros y tal. Nancho, ¿qué tal? Soy gallego, como tú, pero de Vigo y del Celta…
Nancho Novo: (Mientras aprieta mi mano varonilmente) Qué tal, no pasa nada, hombre, nadie es perfecto.
Mauro: Povedilla, eres un crack.
Povedilla: (Mientras no aprieta varonilmente mi mano) Mmmmm, sí, gracias.
Mauro: (Dirigiéndose al hombre famoso grueso) Bueno, y tú estábamos hablando de que te conocíamos, pero no estamos seguros de qué.
Grueso: (Mientras aprieta varonilmente mi mano) No, yo no soy nadie.
Nancho Novo: Él no es famoso, sólo hace tonterías, jajajaja.
Grueso: Sí, jajajaja, sólo tonterías.
Mauro: Pues nada, era para saber si me podía sacar una foto…
Todos: Claro, hombre, claro.
Mauro: Vale, ¿pues me la sacáis con ella?
Todos: Claro, claro, (algarabía, júbilo y alegría por una coña tan buena), jajajaja.
Nancho Novo: Estos de Vigo, cómo son…
Así que acudí hasta ella. Su cabello me rozó por un instante la mano y pensé que me había enamorado. Luego me di cuenta que lo que me había rozado era Povedilla y me desenamoré al momento. Me senté a su lado. “¿Te importa?”, le pregunté mientras mi brazo prácticamente rodeaba ya su espalda. “No, claro, estás muy bueno”, dijo ella. Vale, sólo dijo lo de “No, claro”. Le di a Nancho mi móvil para hacer la foto pero… válgame Dios, ¡no funcionaba!
Cuando mi sueño se esfumaba, cuando mi corazón empezaba a romperse en mil pedazos y mis esperanzas de que ella fuese la madre de mis hijos desaparecían detrás de un gordo que vendía salchichas, Carlos apareció presto con su I-Phone (o I-Stone) gritando: “¡Yo tengo una cámara! ¡Yo tengo una cámara!”. Y ahí sí, me enfundé un gorro de vaquero que le pertenecía a ella para tener más sexappeal (si cabe) y por fin mi sueño se hizo realidad. No sólo completaba un excelente gag delante de los que lo suelen hacer y, además, les pagan por ello, sino que también grababa de alguna manera, en mi mente y en un I-Phone, la noche en la que me enamoré de una morena.
Ay, qué tendrán las morenas…
A continuación, un documento gráfico que atestigua la hazaña aquí narrada más o menos según ocurrió. Ay, omá.

P.D: Gracias, Carlos, sin tu privilegiada cabeza y sin tu privilegiado móvil, esto no hubiese sido posible.
Ese respeto que sí se les tributa en la calle. Es pasar un famoso (por no decir “conocidillo”) por tu lado y se forma un revuelo; quizás no se para el tráfico, pero ves como la gente a tu alrededor se lanza miraditas, coditos y chorradas por el estilo. Y eso sólo porque salen por la tele. Estoy seguro de que si pasara a su lado un buen escritor o un Nobel de física, ni le mirarían.
El caso es que nos encontrábamos una representación del Grupo 33 paseando por la pradera de San Isidro; entre bocatas y cervezas, sentados en una mesa y unas sillas de plástico puestas para la ocasión, divisamos en la lejanía a tres hombres y una dama. Los tres hombres eran Nancho Novo, Povedilla el de "Los hombres de Paco" y un tío grueso de canas en su poco pelo y en la barba al que conocíamos pero no reconocíamos. La dama, una venus digna de admirar; un cuerpo que se meneaba entre chulapos y gitanos, entre calamares y chinchones, entre la noche y los focos que alumbraban aquella fiesta capitalina.
Morena (así la reconocimos a ella: “Joder, mira la morena esa”), acompañaba el paso de los tres famosos desprendiendo más luces de la que ellos jamás recibieron sobre un escenario. Pasaron cerca de nosotros y se sentaron a unas tres mesas de nosotros (en la pradera las distancias se miden por mesas).
En ese momento, surgió el reto. “Eh, ¿nos acercamos y les decimos algo a los famosos?”. “Yo voy, si queréis, porque a Nancho Novo le puedo rallar con que es del Depor, yo del Celta y convertirme en un personaje pesado y odioso”, espeté. “¿Más pesado y odioso de lo habitual?”, inquirió una femenina voz. “Más, incluso, si eso es posible”, agregué seguro de no mentir. Pero ahí apareció la inspiración de un joven muchacho. El cielo, ya ennegrecido, soltó un rayo de lucidez que se abrió paso entre el humo de los extractores de los puestos que reinaban a nuestro alrededor e impactó en la cabeza del joven.
Aquel joven era Carlos Pozuelo, la Voz. “Lo que estaría genial sería acercarse a los famosos y decirles: ‘¿Os importa que me saque una foto?’, y cuando te dijesen que sí, decir: ‘Vale, ¿pues me podéis sacar una con ella?’, y ponerse al lado de la morena para que ellos te saquen la foto”. Ante el reconocimiento general de que esa sería la gran escena de humor, yo, que soy una persona necesitada del afecto ajeno (por eso me acuesto con todos los chicos que de dicen que tengo unos ojos preciosos), me ofrecí voluntario para llevar a cabo tal hazaña humorística.
Hubo dudas. Nadie confiaba en mí. Se reían. Decían: “No eres capaz”. En ese momento, me levanté y me encaminé hacia los famosos y la morena. Y esto fue lo que pasó:
Mauro: Hola, perdonad. Bueno, nada, quería saludaros y tal. Nancho, ¿qué tal? Soy gallego, como tú, pero de Vigo y del Celta…
Nancho Novo: (Mientras aprieta mi mano varonilmente) Qué tal, no pasa nada, hombre, nadie es perfecto.
Mauro: Povedilla, eres un crack.
Povedilla: (Mientras no aprieta varonilmente mi mano) Mmmmm, sí, gracias.
Mauro: (Dirigiéndose al hombre famoso grueso) Bueno, y tú estábamos hablando de que te conocíamos, pero no estamos seguros de qué.
Grueso: (Mientras aprieta varonilmente mi mano) No, yo no soy nadie.
Nancho Novo: Él no es famoso, sólo hace tonterías, jajajaja.
Grueso: Sí, jajajaja, sólo tonterías.
Mauro: Pues nada, era para saber si me podía sacar una foto…
Todos: Claro, hombre, claro.
Mauro: Vale, ¿pues me la sacáis con ella?
Todos: Claro, claro, (algarabía, júbilo y alegría por una coña tan buena), jajajaja.
Nancho Novo: Estos de Vigo, cómo son…
Así que acudí hasta ella. Su cabello me rozó por un instante la mano y pensé que me había enamorado. Luego me di cuenta que lo que me había rozado era Povedilla y me desenamoré al momento. Me senté a su lado. “¿Te importa?”, le pregunté mientras mi brazo prácticamente rodeaba ya su espalda. “No, claro, estás muy bueno”, dijo ella. Vale, sólo dijo lo de “No, claro”. Le di a Nancho mi móvil para hacer la foto pero… válgame Dios, ¡no funcionaba!
Cuando mi sueño se esfumaba, cuando mi corazón empezaba a romperse en mil pedazos y mis esperanzas de que ella fuese la madre de mis hijos desaparecían detrás de un gordo que vendía salchichas, Carlos apareció presto con su I-Phone (o I-Stone) gritando: “¡Yo tengo una cámara! ¡Yo tengo una cámara!”. Y ahí sí, me enfundé un gorro de vaquero que le pertenecía a ella para tener más sexappeal (si cabe) y por fin mi sueño se hizo realidad. No sólo completaba un excelente gag delante de los que lo suelen hacer y, además, les pagan por ello, sino que también grababa de alguna manera, en mi mente y en un I-Phone, la noche en la que me enamoré de una morena.
Ay, qué tendrán las morenas…
A continuación, un documento gráfico que atestigua la hazaña aquí narrada más o menos según ocurrió. Ay, omá.
P.D: Gracias, Carlos, sin tu privilegiada cabeza y sin tu privilegiado móvil, esto no hubiese sido posible.
