Protocolo De Repaso

Dejadme adivinar... en los próximos días nos veremos inundados por maravillosos recopilatorios del año que nos deja. El punto de partida, el 1 de enero de este año que se acaba; el punto final, el mes de diciembre. El origen, televisiones, radios, gente individual, blogs, personas en su intimidad. Desde los medios, del fin de ETA hasta Rajoy; desde las personas, lo bueno y lo malo.

Ya lo decía Mecano, hacemos balance de lo bueno y malo (5 minutos más para la cuenta atrás). Y ahí, las mentes, las "cabezas pensantes", haciendo un esfuerzo sobrehumano para repasar sus filias, fobias, felicidades y tristezas del año. Una actividad que se hunde en lo más protocolario dentro de la época más protocolaria del año. Porque es Navidad (así, con mayúsculas), la natividad, el nacimiento de Cristo, según la religión católica; y, como esta, hay que actuar protocolariamente. Y ahí entra el repaso al año que dejamos.

Sabemos que estas fechas no son más que fiestas paganas que se hicieron coincidir con las cristianas para callar bocas y celebrar todos a la vez algo. Yo, no católico, no cristiano, no creyente y mucho menos practicante, he dicho más de una vez que no celebro nada religioso, sino que coincide que el calendario me ofrece la oportunidad de estar con mi familia. Sobre las fechas en concreto se cierran actos y celebraciones. Alguno me ha dicho que mucho no creer, pero que cuando llegan las Navidades, bien que las aprovecho... Demagogia pura y dura.

Realmente, para mí esta época del año se concentra en el cambio de número. Ahora, seremos 2012. Y como sufrimos un cambio, hay que hacer el manido repaso. En el fondo da igual; el cambio de año no coincide ni con un cambio estacional, solo con algo psicológico que tenemos muy aprendido y muy aprehendido, hasta tal punto que terminamos por creerlo.

"A mí me van mejor los años impares", he llegado a decir. "En los pares suelo suspender asignaturas...". Sí, claro, será por la terminación del número, caradura... Es cierto que lo que nos rodea, en plan galáctico y místico, se ve influenciado por el nuevo año, ya que existen cambios de esos incomprensibles para una mente de letras como la mía que nos afectan, queramos o no. Más allá, por supuesto, de los dictámenes del horóscopo y del destino, esos clavos ardiendo cuando las cosas no nos salen bien.

Perdón, que fallo en el protocolo. Hablaba del repaso general, de la ITV de cuerpo y mente, que hacemos en estas fechas. Todo con el fin, supongo, de fustigarnos si hemos sido malos y felicitarnos a nosotros mismos en un acto de onanismo puro si hemos sido buenos. Y cuando suene la campanada número 12, a brindar porque si hemos sido malos, este año nuevo seremos mejores; y si hemos sido buenos, porque lo seamos más. Mucho más. ¡¡Chin chin!!

Yo, en mi repaso particular, me pasa lo de siempre: este 2011 he ganado dinero y lo he perdido; he sido feliz y he estado triste; he sido buenísima persona y he sido un cabronazo; he amado al prójimo y lo he odiado con toda mi alma; he trabajado mucho y he vagueado como el que más; he hecho sentir bien a gente y he hecho sentir horriblemente mal a otra; he ido al baño por la mañana y alguna vez por la noche; he viajado en tren, avión, coche, metro, bus y a pie; también he estado tirado en el sillón; he tenido tantas veces ganas de levantarme como las he tenido de pasar el día en la cama; me he cortado varias veces el pelo y me lo he dejado crecer sin ton ni son; he hecho muchas cosas y he dejado de hacer otras tantas; he escrito post y he dejado de hacerlo; he mirado bien a algún desdichado de la vida y he mirado con el desprecio del superior a otros iguales; he hablado con gente que me cae como el culo y he obviado la palabra a los mismos; he mentido y he dicho verdades; he dicho verdades para hacer sentir bien y las he dicho para hacer sentir mal; he dicho mentiras para hacer sentir bien y las he dicho para hacer sentir mal.

Vamos, en resumen, una X. Seguramente como todos, solo que por naturaleza tendemos a quedarnos con lo bueno o con lo malo, depende de cada cual. Yo, me empato. Así de chulo soy.

Felices fiestas con Freixenet y aprovechadlo, que en menos de un año empieza el fin del mundo, MUAHAHAHAHAHA (risa maléfica que, por escrito, queda ridícula...).

Gris, Tu P... Madre

"Eres un hombre gris". Me lo soltó como quien desploma un piano desde un quinto piso y se largó por la línea del horizonte de los finales de las películas. Era verano y era en Playa América. Aquella chica desnudaba mis inseguridades con aquellas palabras. El origen: mi afición al fútbol.

Para ella, que me gustase el fútbol me convertía en un infraser, en un despojo humano apartado de la literatura, las películas subtituladas en blanco y negro y la ciencia de apreciar el florecimiento de una hermosa flor en una ladera verde y soleada. Me despojaba de la poesía de la vida, me reducía a un cuarto oscuro en el que tan solo se vislumbraba un televisor encendido con un Borussia Dortmund - Juventus y una portada del Don Balón sobre un colchón. Y allí, alejado del mundo de color, en aquel cuartucho con olor a humedad y a muebles apolillados, me desintegraba en una escala de grises que representaba mi vida como un río putrefacto que moriría en el llanto de una cascada.

Se llamaba Leticia. Casualmente, nombre que nace de la palabra "alegría" en latín. Y era lo que había utilizado para golpearme; su sonrisa profident, su caminar a saltitos y su imagen de rubia de la casa de la pradera. Todo era una fachada, por supuesto. Después de aquel verano, se metamorfoseó en una pi-hippie (mezcla maravillosa de pija burguesa de izquierdas con aires de revolución que muere en la orilla de los 18 años). Pero yo seguía siendo, a todas luces, un gris.

El tiempo pasó, como pasan todas las cosas inevitables. A través de los años, pocas veces más tuve que encontrármela. Alguna ocasión después del colegio, en Santiago. Siempre soltaba alguna perla directa a mi autoestima. Ella, desde un púlpito imaginario, desglosaba con desaire cada una de mis circunstancias vitales. Yo, por suerte, había entendido a lo largo de ese tiempo que no era más que un muro de contención para salvar lo insalvable. Para mí, desde mis 23 años, ya era difícil que aquella chica desnivelase mis medidas creencias y mis valores apuntados a fuego en una libreta que guardaba en el cajón.

En alguna ocasión se encontró a mi madre por la calle. Yo ya estudiaba periodismo y empezaba de becario en algún medio de comunicación deportivo. Al saberlo, le espetaba a mi madre, con aire de condolencia, un ufano "ya se le pasará...", como el que sabe que las cosas pasan: la adolescencia, la pubertad, los tiempos difíciles, las enfermedades, el fútbol... (¿?).

Daba igual una beca en El País, daba igual una acrecentada afición por la escritura, daba igual un interés cultural un poco más arraigado. El gris era el color que nos definía a los enfermos de espectáculos mediocres en los que se reflejaban todas nuestras inseguridades. Ya se nos pasaría; ya un hábil investigador encontraría una solución en los sumideros de su laboratorio, en el que guardaba cerebros lisos en los que se dibujaban estadios con el césped recién regado y botas de tacos; ya, algún día, dispondríamos de lucided suficiente para salir de la caverna, encontrarnos con Platón y tomarnos unos vinos con Hemingway; ya entenderíamos, algún día, que el fútbol es para brutos, para gañanes de sangre caliente.

Supongo que aquella chica rubia que nos decía un verano que estaba leyendo sobre la meditación y que había alcanzado el Nirvana, llegando a levitar hacia su ventana con la sensación de volar por encima de las casas, no había reparado en que algún Premio Nobel, como Camus, Günter Grass o Cela, hablaba de fútbol; o que Javier Marías, Eduardo Galeano, Vázquez Montalban o Benedetti hacían lo mismo, inyectando sobre el papel la pluma con tinta del llamado deporte rey. Seguro que no conocía "Caldera de pasiones", de Carlos Toro; o "Fiebre en las gradas", de Nick Hornby; seguro que no se ha parado a echarle un vistazo a "Informe Robinson". Seguro que le resta importancia a un hecho más allá del mero deporte.

No solo el fútbol, sino todo el mundo del deporte está lleno de historias que se resarrollan con él de fondo, y donde lo importante no es que "un portugués, hijo puta es" ni que Cristiano Ronaldo tiene botas nuevas ni que Messi noséqué ni que Maradona es el amo de la metadona. Para bien o para mal, es necesario hablar del deporte como reflejo de la sociedad y como epicentro, muchas veces, de filias y fobias, de análisis psicológicos, de estudios sociales. Sin darle importancia vital, pero sin restarle la que tiene.

Mi padre siempre fotografiaba una realidad como un templo. "Si dicen que dan trabajo a todos los parados del mundo, seguro que la gente no sale a la calle a celebrarlo como hacen en el fútbol". Seguramente no. O sí, vete tú a saber. Y de esta verdad nacen otras. Como la de quien es capaz de sentir como propio algo que es tan ajeno. Por qué, como dice Hornby, sientes cercanos a los jugadores de tu equipo o te sientes dueño de las derrotas y de los triunfos. Si Barcelona 92 supuso una muestra al mundo de España a través del deporte, por qué rechazarlo. Si la filosofía es preguntarse cosas que pasan, algo significará el "¿Por qué?" del mediático Mourinho...

No quedaría completo esto sin hablar de los cazurros que se desfogan en los estadios. Lo siento, pero la demagogia me lleva a contestar que el que es cazurro, lo es en cualquier lugar, y la masa es peligrosa allí donde se reúna (vamos, un "el que es gilipollas español, es gilipollas español", de Del Bosque). A mí, personalmente, me da mucho miedo un concierto del chaval este del flequillo (Justin Bieber, coño, que no me salía el nombre) con adolescentes desatadas en gritos y lágrimas. Prefiero otras aficiones, la verdad.

El fútbol es una cosa más de la vida. Es un hecho. Podemos apartar la mirada o seguir con atención cómo ha evolucionado ese opio del pueblo en el último siglo. Desde una mirada crítica o desde un análisis favorable. Da igual, pero se puede hacer y no por eso ser gris. Cada uno lleva una historia en la mochila que para él es importante. Si tiene que ver con el deporte, ¿importa? No se paró a pensar aquella nieta de escritor en la labor social, en la reinserción, en la posibilidad de apartar una vida que no te gusta centrándola en otra actividad.

A mí, la próxima vez que alguien me insinúe mi color por mis aficiones le diré: "¿Gris? Gris, tu puta madre".

Mudanzando

Una danza mu. Una vaca expresándose con una danza. Un cambio silencioso. Un número de movimientos que se hacen al compás. La mudanza, esa cosa tan incómoda, pero a veces tan imprescindible por la obligación de cambiar. Una obligación que nace de la necesidad, de la que sea.

Mis mudanzas nunca han sido un estrés en mi vida; más que nada, porque las que he hecho solo conllevaban modificar de lugar un máximo de un año de vida. La dos primeras que recuerdo tienen lugar en Vigo, aunque yo estaba exento, por edad, de participar activamente. Vamos, que se las comieron mis padres. Estas no alteraban mi tiempo, no tenía suficiente consciencia para saber qué se modificaba ni cuánto. En esos años que se incluían en el debe de la mudanza tenían que responder mis padres. La primera fue nada más llegar a la ciudad.

Habíamos estado viviendo los primeros días de curso en casa de mi abuela y, progresivamente, cambiamos nuestra vida desde Asturias hasta Galicia, de Gijón a Vigo. En aquella primera casa, recuerdo el movimiento de los operarios encargados de hacerla y yo perdiéndome entre los pasillo y las habitaciones de aquel nuevo hogar. No era inmensa, pero a mí me parecía desmesurada, quizás por el desconocimiento; ya se sabe que si haces un camino de ida a un sitio que no sabes bien dónde está, se te hace mil veces más largo que cuando ya lo conoces. Recuerdo cajas, alboroto, movimiento, gente desconocida y vecinos nuevos que nos recibían en la comunidad.

La segunda fue al cambiarnos a la casa en la que ahora vivimos. Tengo menos imágenes, seguramente porque no era mi primera vez y ya sabía en qué consistía, así que la escasez de novedad ha impedido a mi memoria retener el momento, como si necesitase espacio para otros acontecimientos que tenía ese plus de la novedad.

En Santiago y Madrid he tenido otras cuantas mudanzas. En Santiago nunca viví más de un año en el mismo sitio, si contamos que en el colegio mayor cambiaba de habitación, así que cada año gozaba de nuevas vistas, nuevos vecinos y nuevas experiencias.

En Madrid, más de lo mismo; hasta que llegó Tutor. Entré en ese piso en septiembre de 2008. He vivido algo más de 3 años allí, así que la mudanza a mi nuevo piso ha consistido en reunirlos en bolsas, maletas y cajas. Más de mil días envueltos y dispuestos a levantar el vuelo. Ha sido, como mínimo, estresante, sobre todo por mi enfermedad, mi síndrome de Diógenes que me ha llevado a guardar desde papeles de publicidad hasta entradas de cine, pasando por notas escritas a mano y objetos sin valor aparente.

El desembarco en el nuevo mundo lo hice con ayuda. Es lo que tienen las mudanzas, que te rodeas de amigos para que vivan la "maravillosa" experiencia del cambio contigo. Les ofreces, a cambio, una cerveza y que se mezclen desde el principio con tu nueva vida en tu nuevo piso, en tu nuevo barrio. Es un cambio injusto: cansancio de brazos y piernas, sudor y polvo por una Mahou, patatas fritas y queso de aperitivo.

En fin, que terminó. Se hizo en dos viajes y la nueva casa se llenó de los tres años anteriores. Sé que, por lo menos, hasta dentro de un año no tendré que volver a danzar con las vacas, ni con los coches ajenos ni con los tres años a cuestas. Un alivio, la verdad. Y no solo para mí, sino también para los pobres involucrados en la ardua tarea del movimiento que se hace al compás de las maletas, las bolsas y los recuerdos.

Nueva Vida

Parece que todo se confirma. Mi vida en Madrid era un caos cogido con pinzas en una cuerda de tender en una tarde de viento y lluvia que se extendía a lo largo de meses, pero parece que ha recuperado la esencia del primer día.

Lo primero para enderezar las cosas era conseguir un piso en el que vivir yo solo; conseguido. Ha sido un largo trámite en el que he sumergido a mi padre, a I.P. y a todo el que se ha integrado en mi vida en estas últimas semanas. Pero el 1 de noviembre, día de Todos los santos, será recordado como el día en el que hice una mudanza preciosa para empezar una nueva vida en un piso, algo que no me ocurría en los últimos 3 años y pico.

En Tutor, mi antigua casa, he vivido mi mejor versión de Madrid. Por lo completo de todo, me refiero. Amores y desamores, fiestas, entierros, trabajos horribles, trabajos maravillosos, amigos, compañeros de piso que no limpian, compañeros de piso mutados en amigos... La virtud del piso compartido ha estado en esta habitación y en este salón, y en esta cocina, y en este pasillo en forma de "u", y en este baño pequeño y en esta cocina que le costó tener una pinta decente. Pero estaba claro que mi vida se había acabado; una etapa más que había terminado.

Ahora viviré en la calle Hernán Cortés, entre Fuencarral y Hortaleza. Malasaña y Chueca, dos de los espacios madrileños en pleno centro de Madrid que me regalarán, espero, nuevas vivencias. La calle es pequeña, con solo un carril para el tráfico, justo el último en el que se puede circular en Fuencarral antes de convertirse en peatonal. Cerca tengo Malasaña, el mercado de Fuencarral, la Gran Vía, Bilbao, Alonso Martínez... Dejo atrás la Plaza de España y Princesa, pero ya las había vivido y recorrido demasiado. La casa también es pequeña, sobre todo la cocina, pero es tan cómodamente habitable que no sé qué voy a hacer estos últimos cuatro días en Tutor, sino echarla de menos hasta que me traslade.

En lo laboral, he firmado un contrato hasta el 1 de noviembre, pero el siguiente, parece ser que será hasta el 31 de marzo. Luego, Dios (Maradona o Messi) dirá. Lo importante es sentir la sensación de la continuidad en un lugar, la tranquilidad de trabajar donde te gusta y dejar atrás la eventualidad que ha regado mi vida últimamente. En el Plus todo está en ebullición; la mala situación económica ha desestructurado muchas cosas por ahí; gente que se ha ido, gente que no ha llegado, un programa nuevo y los de siempre.

En lo deportivo, tengo un equipo de fútbol. Lo echaba de menos, la verdad. Ahora formo parte de la plantilla del equipo de Canal Plus Liga de la liga de medios. Nos enfrentaremos a otros compañeros de profesión en Futbol 7. Lo necesitaba; necesitaba una razón para volver a hacer deporte, y no me valía con las palabras como "buena vida", "vida sana" o "deporte para ser mejor persona". Quiero competir. Solo eso. Noté el cambio en mí y en mi vida el día que empecé a competir.

Creo que le pondría una fecha más o menos al día que empecé a competir. Fue en COU, después de empezar a jugar regularmente en el equipo de Rosalía. Después, el equipo del colegio mayor y el que formamos cuando nos fuimos, me acrecentó esa obsesión por jugar compitiendo. Y lo echaba de menos. Mucho. Madrid no me había dado oportunidades para hacerlo, pero por fin sí.

Nueva vida. Nuevas cosas. Mejores que lo de antes, espero...

¿Qué Hacías...?

Es muy recurrente en las efemérides recordar qué pasaba alrededor. Se han hecho programas, sobre todo en la 1, que giraban en torno a lo que rodeaba un suceso. "En 1975, Franco moría. En ese preciso instante, María hacía la comida". Bien, pues me he puesto a recordar qué hacía yo en alguna fecha señalada. Y todo viene por lo siguiente...

Ayer, en la redacción, pululaba entre las cabinas de montaje (parece que trabajo en una fábrica de coches al escribir estas palabras...), uno de los espacios con poca luz. Se supone que esa penumbra, de la que se quejan muchos (incluso un becario me dijo hace un mes que si no era posible hablar con alguien para que encendiesen completamente las luces. Iluso...), es para facilitar al realizador la apreciación de la imagen, del color... en fin, una patraña. Pues ahí estaba yo buscando una cabina libre para adelantar trabajo. Después de encontrarla y marcar el territorio (allí lo hacemos abriendo la sesión del programa para el que estamos trabajando y conectamos los cascos), me dirigí a la mesa en la que estaba sentado.

Me la habían robado, algo habitual, pero perdoné a ese malhechor y me quedé de pie hablando con dos compañeros. "¿Te has enterado de la noticia del año?". Yo, ignorante y cateto, pero con los deberes hechos, ya que había seguido la información de la muerte de Gadafi, respondí: "¿La muerte de Gadafi?". "No, coño", me respondió uno de ellos con los ojos directamente posados en mi cara de listo. "Que ETA ha declarado el cese definitivo de la actividad armada". Antes de reaccionar, me di cuenta de que esas palabras tan bien enlazadas no eran casualidad, sino que las acababa de leer en algún medio digital. "¿Cómorrr?", espeté raudo dándole ese tonillo chiquitista a la palabra. Así era, ETA anunciaba que dejaba de matar.

Algún día contaré que en el momento en el que ETA se "rendía" yo estaba más pendiente de la Copa de la UEFA, de los partidos que tenía que ver y de encontrar una cabina. Esa fue la reacción general. "Vaya, ETA nos regala un momento histórico y nosotros con la puta UEFA", soltó alguien desde una mesa cercana. "Cuando recuerde este día, diré que estaba minutando partidos de UEFA...", dijo otro. Y ahí se encendió la mecha.

El 11 de septiembre de 2001, el primer hecho con repercusión histórica que he vivido (creo), lo tengo más o menos controlado. Resulta que había acabado los exámenes de septiembre el día anterior, o algo así, y estaba tan contento en mi habitación de Vigo. Al encender la tele, me quedé flipado al ver aquella torre incendiada. Ese día estuve bastante atento, pero en mi cabeza solo hay hueco para mi absoluta insensibilidad. Se rumoreaba que la jornada de la Champions League se iba a cancelar. Yo, indignado e inconsciente, hacía lo que es habitual en los egocéntricos como yo: quejarme de la mala suerte de no poder disfrutar del fútbol por no sé qué cosa que ha pasado al otro lado del océano.

Se jugó un partido, el Roma-Madrid. Lo vi. Pero también recuerdo la sensación de incomodidad por mi estúpida queja solo unas horas antes. Evidentemente, se cancelaron el resto de partidos. Ahora me avergüenzo de ser tan imbécil...

Dos hechos históricos relacionados con el fútbol. Si es que es lo que tiene el destino...

Piso Compartido

Haciendo el otro día cuentas, me sorprendí cuando fui consciente de que llevaba cinco años en Madrid. Llegué en 2006 y compartí piso; en 2007, cambié y me fui a compartir otro piso; en 2008, de nuevo, otro piso a compartir. En este último, en el ínclito Tutor, he pasado los últimos 3 años conviviendo con varias personas, en un carrusel de gente que iba apareciendo y desapareciendo, desde amigos a compañeros, gente con la que es fácil vivir y gente con la que te entran ganas de morir (o de matarlos).

En el desquicie absoluto que reflejan los años de convivencia, hace unos meses que exploté. Las manías se acentúan con la edad y la resistencia ante el diferente; la buena cara al extraño y el compartir hasta tu imagen recién levantado en gayumbos se derrumbaron de golpe y porrazo. En el mismo momento que el grito sordo del hartazgo rebotaba en las paredes y despedía un halo de luz que cegaba al más pintado, decidí que mis horas en el piso compartido habían terminado.

Pero, claro, un hándicap se mostraba temeroso detrás de la puerta de la cocina: para dejar un piso te tienes que ir a otro, y volver a buscar gente con la que compartir es un trance propio del enano de Frodo portando desesperadamente el anillo. La solución estaba clara: vivir solo.

Siempre que se habla de vivir solo, las voces te llenan la cabeza de monstruos: "Uf, puede ser duro", "¿con quién hablarás cuando estés harto de estar solo?", "la soledad en una gran ciudad te puede volver loco"... para mí, no; no más, al menos, que la locura que conlleva compartirte con gente con la que intimidad queda atrapada en los metros cuadrados de tu habitación, porque fuera examinan todos y cada uno de tus movimientos, hábitos alimenticios y vitales, entradas y salidas...

Del hándicap imaginario, ese que se asomaba detrás de la puerta de la cocina, pasé al hándicap real. Madrid, ciudad capital, es el reflejo de la locura y los aires desencajados de la sociedad; por tanto, se presenta como un reflejo al alza de las burbujas (la inmobiliaria, sin ir más lejos) que significa que un piso de 30 metros cuadrados en el centro cuesta lo que uno con dos habitaciones, espacio y ventanas en otra ciudad, llámese Vigo u otra de lo que aquí tienden a llamar "provincias". Lo de las ventanas lo digo porque, en esta ciudad, tan maravillosa para unas cosas y tan desquiciante para otras, las ventanas son un bien infravalorado.

Mi experiencia se basa en las webs que he visitado en busca de pisos y en los que he visto in situ. En Madrid, las ventanas no son necesarias. Existen habitaciones sin ventanas, salones sin ventanas, pisos enteros sin ventanas. Supongo que sirven de islas paradisiacas alejadas del murmullo estruendoso del tráfico, pero también de cajas de zapatos en los que vivían los gusanos de seda (al menos a ellos se les regalan unos agujeritos hechos con tijeras en la tapa...).

Y luego está el vocabulario, que sufre una metamorfosis al escribirse en un anuncio. "Coqueto" significa extremadamente reducido; "curioso", mal distribuido y poco habitable; "dúplex" es un bajo de techos altos en el que han habilitado un altillo para que quepa una cama, pero no tu cabeza; "ático", antiguo trastero con techos de 1,30 en el que puedes caminar si eres chepudo.

Con esta ristra de maravillosos desencuentros con el vocabulario que pensabas conocer, te estrellas una y otra vez con la realidad de que, en casi todos los casos, el precio no se corresponde con un valor real o normal, sino que se consigue a través de un cálculo tan simple como: la zona de Madrid + el tamaño no importa + la antigua burbuja inmobiliaria por la cual pedías mucha pasta + lo que me sale a mí de las pelotas porque para eso soy el dueño. Además, claro está, de unas complicadas garantías, como avales bancarios que superan los 4.000 euros (a veces por bastante) o trabajos "estables" con los que rendir cuentas.

Sumido en este desasosiego y en el de estar a la espera de firmar definitivamente un contrato con el que poder responder a las exigencias dislocadas de esta ciudad, más compañeros siguen rotando por mi actual piso. Ayer, después de una serie de entrevistas, cerramos la tarde-noche con un americano profesor de inglés, mezcla entre Fraiser y Paul Giamatti, de unos 40 años, pantalón de pescador, camiseta blanca, pendiente de aro y anillo en el dedo pulgar, que fumaba puros por las noches en el salón, que no sabía hablar español (porque no le salía de sus imperialistas y estadounidenses pelotas) y que le hizo a uno de mis compañeros de piso un test de nivel de inglés. Vamos, un personaje que, si nos hizo perder media hora, nos regaló un par de anécdotas. Y es que no hay mal que por bien no venga.

¿No hay mal que por bien no venga? La persona que dijo esa frase no estaba hasta las pelotas de vivir en un piso compartido. Seguro.

Juro que me iré...

El Pequeño Saltamontes

Arreciaba el calor almeriense en aquel camping de segunda categoría, como así rezaba un cartel azul en la entrada. La visita a Cabo de Gata, parque natural sumido en el desierto, se acompañaba al paso de naturaleza muerta del desierto, de la sierra cabogateña y de esos compañeros minúsculos (y no tan minúsculos) que tratan de repoblar las zonas verdes, hoy que el gris aumenta a lo largo de la península.

Era domingo; el Real Madrid y el Barcelona se jugaban en un primer asalto la conquista de la Supercopa, título que, por mucho que dé sentido superlativo al recipiente, es como una cola eterna para una mala película; si consigues verla, pues bien; si no lo consigues, no pasa naaaaada de nada. La Supercopa, la competición de los políticos, la del todos ganan y ninguno pierde. En fin, que me lío, que era domingo con fútbol. De los que gustan. Y después de una jornada larga de playa, el camping sirvió de boxes: ducha, ropa limpia y olor a colonia para visitar San José, uno de los principales pueblos de la zona, con el objetivo de cenar viendo el fútbol.

Salimos del camping. Conducía I.P. porque le hacía ilusión, a la pobre. Se levantó la valla de seguridad del camping, la que diferenciaba a los habitantes de los merodeadores al tiempo que se bajaban las ventanillas del Peugeot 206. Mi preciada bala plateada es uno de esos coches con caché, sin lujos, sin aspiraciones de nada... vamos, sin aire acondicionado. Así que la forma de acondicionarte es abrir las ventanas al fresco.

El trayecto por el campo abierto que separaba el camping de la carretera principal era un camino de tierra bordeado por esa naturaleza almeriense. Con la luna observándonos desde arriba, el tacto de un desconocido conmocionó el viaje. ""¿Ha entrado algún bicho?", preguntó rauda I.P. "Sí, algo me ha rozado la pierna, pero creo que se ha ido". Durante el resto del camino, no dije nada más. Quise pasar por alto que, quizás, un horrible insecto se había adueñado de mi coche, que las ventanas habían sido su puerta de entrada a mi mundo particular. No dije nada, repito, pero mis manos bajaban constantemente a mis tobillos para rascarme y acabar con unos picores que no sabía de donde venían. Fácil es recordar, para mí, el horror que me hacen sentir los pequeños animalillos de la naturaleza, y más en la oscuridad.

La entrada en San José me hizo olvidarme de todo. Serpenteamos por el pueblo sin rumbo fijo, buscando aparcamiento, y acabamos perdidos en la noche almeriense. Era momento de parar y preguntar. Nos bajamos del coche y acudimos al auxilio de unas mujeres que, si no oriundas, parecían conocedoras de los inescrutables caminos del pueblo. "Perdón, ¿para volver al centro del pueblo?". Con el mapa virtual en la cabeza, retomamos la acción. Entramos de nuevo en el coche. Una luz auxiliadora iluminó la tapicería y nos sentamos. Yo, como copiloto, alcé la mano en la dirección adecuada. Abrí la boca, y cuando iba a entonar el camino como el mejor Luis Moya ("derecha, rasssss"), noté un impacto en mi rodilla. Bajé la mirada y grité. (Fundido a negro).

"¡¡¡¡Uuuuaaaaaaaaahhhhhhhhhh!!!!". Un alarido irrepetible partió del estómago, recorrió la faringe, la laringe, la chupinge (¿?), volteó las cuerdas vocales y desembocó entre mis dientes escupiendo contra el cristal un aterrador berrido que, lo sé, será irrepetible por los días de los días. Postrado sobre mi rodilla, un pequeño saltamontes escrutaba, sorprendido a la par que despistado, mi rostro convertido en el sinónimo del horror. Como una bailarina con su tutú rosa, salté apoyando mi mano en el asiento al tiempo que abría la puerta. El grito se convertía en una repetición del susto anterior. Me autoexpulsé del coche y un escalofrío recorrió mis piernas. La cara del pequeño saltamontes se repetía en espiral en mi mente. "¡¡Sácalo!!", le gritaba a I.P. con la frente empapada de sudor desde el exterior de mi infectado coche.

Le entregué mi zapatilla (tenis, bamba, o como sea que se quiera llamar) y ella, como el caballero medieval, se lanzó a una encarnizada lucha contra la naturaleza. "Fissssh, fissssh". El ruido de la zapatilla recordaba al de una Tizona contra un dragón. Yo, a la pata coja en la fría acera, observé a mi derecha como un nuevo inquilino hacía acto de presencia. Una cucaracha de dimensiones estratosféricas rondaba mis saltitos a una pierna. "¡¡Rápido, sácalo del coche, ponlo en marcha y salgamos de este nido de infectos animales!!", grité con voz de mujer de película de acción. El saltamontes salió del coche y vislumbré cómo un corte de mangas se esbozaba entre sus patas. "Marica...", me dijo. Se montó sobre la cucaracha y comenzaron a cabalgar. Al minuto, sobre una pequeña montaña de mierda, vimos su figura en negativo como la de un cowboy con su cucaracha/caballo relinchando. Y huyó.

"Como los coja un día...", protesté al entrar en el coche. "Qué, ¿te meas encima? ¿Les regalas tu casa?", contestó I.P. mientras ponía en marcha el coche. "Ya, es muy fácil reírse. Se nota que no conoces al Pequeño Saltamontes...".
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