Son Solo Niños...

Luismi es uno de los redactores de toda la vida de Canal Plus. Sí, le llamamos Luismi, pero su nombre completo y sus apellidos son una constante en artículos de El País y de otras publicaciones deportivas; si se habla de fútbol italiano, argentino y brasileño en especial, ahí está Luismi. Llegó al Plus de la mano de Jorge Valdano, con el que trabajó como ojeador durante varios años. Valdano llegaba para presentar El Día Después y se lo llevó con él.

Luismi viste habitualmente de negro, es de reducida estatura, y sus paseos por la redacción con cintas y papeles son una estampa habitual del día a día del edificio ahora llamado Prisa TV. Por sus características y su manera de llegar, era conocido como "El espía", pero pronto se hizo un hueco como un redactor más. Durante este año he compartido más de una conversación con él, en las que te habla de mil cosas y anécdotas de fútbol, como que jugó contra el filial del Atlético de Madrid en sus tiempos y que Aguilera era un rapidísimo extremo derecho y que Juanma López, el férreo defensa, era su compañero en la delantera; un eficaz rematador de cabeza.

Hace un par de semanas, con la Copa América en juego, Luismi habló de un reportaje que había grabado hace unos años para emitirlo. Era sobre un joven brasileño que ya despuntaba con 16 años durante la disputa de un Mundial de la categoría. Su nombre, Neymar. Hoy en boca y en titulares de todos los medios, la actualidad llevaba un reportaje de hacía unos años a la emisión del programa de la competición en la que él, Neymar, debería confirmar el porqué de la atención recabada.

Durante el campeonato de la Copa América, solo un par de goles y un partido brillante ante Ecuador. El resto, poca cosa. La explicación, al menos yo, la encontré en esas mismas imágenes que desde Canal Plus se emitieron años después de guardarlas en la caja mágica que tienen las teles, donde se guarda lo que, algún día, puede volver a servir.

Neymar, el mismo que hoy viste y calza Nike, el mismo que destaca en el campo vistiendo la camiseta del Santos, el mismo que despunta hacia el cielo con una llamativa cresta desteñida, corría por unos campos que nada tienen que ver con los estadios que ahora recorre en Brasil y Sudamérica y pronto, dicen, en Europa. La cresta, detalle que lo identifica físicamente, desaparecía en un pelo rapado con maquinilla, que era solo una sombra negra sobre su cabeza. La cara era la misma, pero con la diferencia que marcan tres años. Su figura, reducida con respecto a sus compañeros, y su complexión física enseñaba que aún tenía músculo por desarrollar.

Con él, en aquella selección sub -16, destacaba otro futbolista que ya está en Europa, Coutinho, del Inter. El resto, seguramente, no hayan llegado ni a la mitad de lo que prometían. Brasil ganó aquel Mundial para adolescentes, y Neymar a punto estuvo de perderse la final por una lesión. No se emitieron, pero las imágenes del chico llorando en el banquillo por el golpe recibido desarbolaban la imagen de rebelde que ahora retratan los medios. Era un niño de 16 años jugando al fútbol. Sin más.

Eso es, a veces, lo que no somos capaces de ver. En tres años, uno puede pasar de regatear en campos reducidos a cargarse sobre los hombros a toda una histórica selección. No nos damos cuenta, pero solo son niños. Que viven más rápido, que maduran a marchas forzadas. Pero el DNI sigue diciendo que no has llegado a la veintena. Que eres eso, solo un niño.

"Eiquí Matáronme"

De las imágenes de Vigo que me he llevado desde hace tiempo de vuelta a Madrid, está la inscripción en una pared del centro. Un graffiti simple, color negro, con letra del que escribe rápido sabiendo que no le puede ver nadie. Aquella inscripción se grababa en mi pupila todos los días que pasaba por allí. Es en la Puerta del Sol, a espaldas del Sireno, esa figura deforme que nos colaron una vez contándonos que era la mezcla entre el hombre y el mar, y por eso mira con ansiedad hacia la Ría.

Bajando por Elduayen, antes de entrar en la calle del Príncipe, unas escaleras reinan a la derecha para dirigir una calle estrecha que lleva hacia el Ayuntamiento. Es una calle que he transitado pocas veces y que desde que soy pequeño he oído que la cuesta que la inicia contenía una serie de señoritas de moral distraída que se alojaban noche y día en los portales. Vamos, que era la calle de las putiflainas. La pared que mantiene rectas las escaleras que le dan inicio contenía aquella inscripción.

La primera vez que la vi fue en el verano de 2008. Mi paso por la Puerta del Sol era obligado al pertenecer al recorrido que hacía todas las mañanas de aquel mes de julio para ir a trabajar a la COPE, que tiene la redacción en un sitio privilegiado de Vigo: en la calle del Príncipe, justo enfrente del MARCO, el museo de arte contemporáneo. Cada mañana de ese verano, hacía una mínima parada de diez segundos para leer la inscripción. "Eiquí matáronme", rezaba en color negro sobre el suave marrón de la pared. Y cada mañana, conformaba en el último tramo de mi viaje de 15 minutos hacia la redacción una pequeña historia sobre quién, qué y por qué esas letras se habían quedado ahí grabadas.

La historia más recurrente se vinculaba a mi idea de Vigo como "la ciudad sin ley". Durante años, yo viví la sensación de no tener protección. Los yonkis y la gente de malvivir (qué bonito sería decir la gente de "malviver", como las "cantigas de escarnio e maldiçer") nos sometían a los jóvenes cada día que decidíamos adentrarnos en el centro de la ciudad con mil pesetas para merendar, gastar el tiempo en los recreativos o ir al cine. Yo, con mi cara de "tengo miedo y se me nota", era blanco fácil de aquellos Monchos, Javis, etc. Pensaba yo, como decía, que alguno de esos ladrones de ilusiones, spray en mano, no había soportado la presión y la moral, si es que la tenían, había caído sobre ellos en forma de figuras oscuras y sombrías que se tomaban la ley de su mano. Se abalanzaron sobre él y lo aniquilaron; sin fuerzas, solo tuvo tiempo de escribir antes de despedirse del mundo "Eiquí matáronme" ("Aquí me mataron", vamos).

Otra idea más romántica, más Franpereica, era la de un joven que había sufrido una derrota amorosa justo en esas escaleras. En esos peldaños, alguna chica de sus sueños eternos, de esos que duran pocos meses, le había dicho que ya no le quería. Él decidió, desde ese día, morir; y dejó a modo de epitafio inscrita en la pared la frase que resumía su sentir. Él moría, ella lo mataba, y todo sucedía allí, en el comienzo de aquella calle. Con su spray, antes de abandonar el mundo terrenal en busca de otro amor, dejaba sellado el final de la historia con la frase lapidaria, por si algún policía del CSI se interesaba por estudiar el caso del chico que había muerto en las escaleras porque le habían roto el corazón.

La última vez que pasé por allí, el "Eiquí matáronme" estaba borrado. Alguien, inquietado seguramente por la frase y desesperado por no conocer su origen, había decidido borrarla de la ciudad. Pero las letras aún se leían, borrosas, como si un simple producto de limpieza no pudiese acabar con la vida de un asesinato, amoroso o justiciero.

Protesta Expandida

El pasado domingo se puso fin a la famosa Acampada Sol. Desde el suelo, y con un calor asfixiante, las manos se alzaban en la lectura del trabajo de cada comisión; era la lectura del epílogo de un movimiento. Se ponía, así, punto final a días de dormir al ras, de vivir en la calle y de pretender, con un gesto prolongado en el tiempo, dar un volantazo a la vida actual.

Mi asistencia a la Puerta del Sol decreció desde el primer día. Como es normal, también hay que decir. Desde esa imagen de la plaza llena hasta rebosar donde no cabía un alfiler, desde las portadas de los grandes medios extranjeros, desde los gritos que se convertían en himnos por momentos, se pasó al trabajo de alcantarilla. Los focos, poco a poco, dejaban de apuntar a los llamados "indignados"; no solo los de los medios, sino también los de los demás ciudadanos. Parecía normal que todo el impulso inicial entrase en letargo a falta de proposiciones materiales que iban más allá del cartel o la cartulina con una ingeniosa frase (la pasta que se gastan los políticos en eslóganes para que allí, gratuitamente, pudieses disfrutar de ocurrencias geniales...).

La opinión ha estado entre dos aguas. Los del "qué bien, ya era hora de hacer algo" y los del "solo son perroflautas". De la primera, se quedaba corto, en principio, el después, que era nada más que un ente en la memoria. Vamos, que sin acciones materiales, la idea quedaría en el gesto, en la fotografía y en el recuerdo. De la segunda, el perroflautismo creció con el paso de los días. Faltaban elementos de juicio, por supuesto, porque la mayoría que opinaba eso con desprecio, no se habían ni molestado en pasar por allí; pero es cierto que ese último día, el de recogida, la imagen que desvelaban las tiendas de campaña y las carpas improvisadas acercaban un poco a esa idea. Pero no estaría bien quedarse ahí.

Ese último día, el de esa Asamblea con la que se ponía fin oficial a la Acampada, despertaron cosas buenas y cosas malas. Las buenas, la idea de permanencia, aunque no sea física, en la Puerta del Sol. Sí que habrá un puesto de información (en una construcción de madera que estaban rematando los acampados con sus propias manos) y se seguirán celebrando asambleas, se tratará de expandir el movimiento a través de internet, con blogs y páginas webs, aceptando nuevas ideas y la llegada de aires y personas nuevas. Las malas, la idea de los que se habían aprovechado de una protesta digna y válida para sobrevivir agarrándose al pertenecer a algo como único y último fin de su vida. Pero era un precio que había que pagar.

Supongo que la causa no termina aquí. Hay otra manifestación el domingo 19 de junio. La idea es no acallar las voces de protesta, no aceptar y dejarse vencer por los que piensan que esto no sirve para nada. No lo sé, quizás no sirve ahora, pero solo con que alguien se plantee un cambio y un "no puede ser", algo se habrá ganado seguro.

La Segunda

El nacimiento de las aficiones estoy seguro de que dependen de la primera vez. Por ejemplo: la primera vez que fui a un concierto de música clásica, unos amigos de mis padres me regalaron una bolsa de caramelos; durante el concierto, yo intentaba abrirlos para degustarlos, pero las miradas inquisidoras de mis padres, de los que me habían regalado los caramelos y del resto de la gente que intentaba escuchar en silencio el concierto, me hicieron sentir fatal. Fue mi primera y última vez.

Con el fútbol, en cambio, no me pasó eso. Era el año 91 y el Celta jugaba en Segunda División. Un amigo de mi padre me ofreció acompañarles a él y a su hijo, de mi misma edad, al fútbol. Acepté. Antes de entrar, nos compramos caramelos y golosinas ("purquirías"-del español "porquerías"-, como decía el chico que me acompañaba) y yo me temí que los mismos ojos inquisidores que aún me perseguían desde el concierto, iban a seguir allí. Pero no.

Recuerdo la primera vez que me asomé por una de las bocas de la grada de Balaídos; era como en "Campeones". Nunca había ido a un campo de fútbol, así que pensaba que las cosas pasaban como en Oliver y Benji: había un comentarista que se oía en todo el estadio, los niños animaban a su equipo soltando los puños al aire y el campo era de kilométricas dimensiones. De eso, nada era real, pero sí lo fue la sensación de asomarse a la grada. Subías las escaleras mientras empezabas a reconocer el bullicio, y una luz cegadora te dejaba la imagen del césped y las butacas para unos segundos después de recuperar la visión. Los caramelos se podían comer perfectamente, porque el ruido del papel quedaba enmudecido por los gritos de los hombres insultando al árbitro, a los jugadores rivales y, en ocasiones, a sus propios futbolistas.

No recuerdo el primer partido al que fui. Quiero creer que fue un Celta-Rayo Vallecano, en el que ganamos 1-0 con gol de Paco Salillas. Y digo "quiero creer" por poner una fecha a esa primera vez en la que decidí que esa afición me encantaba y decirles algún día a mis hijos "Niños, la primera vez que fui a un campo de fútbol fue en un..." y ellos, con los ojos iluminados, me dirán "Ya, papá, ya, un Celta-Rayo que ganamos con gol de un tal Salillas". Y dirán de "un tal Salillas" porque estoy seguro de que aquel delantero aragonés chaparrito y cabezudo no quedará en el imaginario particular del fútbol dentro de unos años; de hecho, ya nadie se acodará de él.

Esa temporada, ir a Balaídos se convirtió en una rutina de domingo. Tuvo dos momentos malos. El primero, cuando el Celta sumó una increíble mala racha de empates que parecía que les torcía la temporada y el posible ascenso a Primera; el segundo, la muerte de un niño en la grada de Sarriá (antiguo campo del Espanyol - que se llamaba Español en aquella época) por culpa de una bengala. Este segundo hecho me acongojó de tal manera que dejé de ir por unas semanas. Entre la mala suerte que parecía que le daba al Celta y la posibilidad de morir, las ganas de repetir se esfumaron rápido.

Recuperé el valor y las ganas de ir al fútbol. Lo hice con mi tío y con un primo segundo. Fuimos al Celta-Compostela. Ganamos 4-0 y me compraron una de esas trompetas molestas, precursoras de las mortales vuvuzelas. Y se volvió a convertir en afición y en rutina.

Ese año, el Celta ascendió. Supongo que llegar en ese momento al fútbol, en pleno apogeo de un pre-celtismo que explotaría años después con el Celta que jugaba como los ángeles y encandilaba en Europa, fue determinante para hacerme más aficionado.

Hoy, el Celta juega el playoff de ascenso contra el Granada, después de años malos y duros sumidos en las alcantarillas de la Segunda División (Liga Adelante, como se llama ahora gracias al patrocinio del banco BBVA... cómo cambian las cosas, qué glamour...). Y hoy mismo he sentido las mismas sensaciones. El partido lo veré en casa, con la ilusión del 92 (aunque desde ese año, el Celta ha ascendido una vez más), y si no se consigue, quedará la siguiente temporada.

Lo mejor de que ascienda no es solo lo que cubre el ámbito deportivo, sino también que dejaré de escuchar a mi madre preguntarme "Y qué, ¿el Celta sube o no?". Echo de menos cuando el equipo estaba en Primera y me decía "Creo que el Celta va bien" o "Me han dicho que este año el Celta mal, ¿no?". No lo sé, mamá, no lo sé, pero espero que este año, el Celta, bien.

Tomando (El) Sol

Los hechos se desencadenaron casi sin que diese tiempo a reaccionar. Desde una masiva manifestación el domingo, cayeron rodando hasta la Puerta del Sol miles de personas de las cuales, unos cientos decidieron quedarse ahí a vivir. Por lo menos, hasta el domingo. Y todo, casi sin tiempo para reaccionar.

Los políticos decidieron echarse la culpa los unos a los otros; para los de la derecha, era un claro signo de protesta contra el mal gobierno de la izquierda; para la izquierda, un signo de hartazgo de la mala política de oposición de la derecha. Se marcaron, como siempre en la mediocridad, los buenos y los malos. Esa maldad alternativa del "para mí lo eres tú y para ti lo soy yo". Y salieron voces que decían que los jóvenes de izquierdas iban a hacer perder las elecciones a su partido. Pero los de derechas decidieron ver una orquesta que tocaba al ritmo de Rubalcaba. Y en medio, la gente.

Desorganizada, descentralizada, deslavazada. Jóvenes, señores, mujeres, viejos y algún niño de teta. Pancartas con sentido, con maldad, con ingenuidad y con agresividad. Toldos contra la lluvia. La Puerta del Sol, el mismo sitio donde regenta Esperanza Aguirre su Comunidad, el mismo lugar donde la gente celebra el nuevo año, se ha convertido en un reducto libre de la ciudad de Madrid.

Bajando desde Preciados no intuyes la verdad; solo cuando desembocas en la plaza traspasas la frontera y te adentras en un lugar nuevo, una autocracia en medio del Sol. Bajo una carpa formada por varios toldos, centros de información, recogida de firmas, un almacén de comida, un trozo de cartón mojado en descomposición, cámaras de televisión, cámaras de fotos, un cartel que pide por favor que no se saquen las caras de las personas, un saco que esconde una siesta a las 12.30 del mediodía. Y gente. Mucha gente. Gente que pregunta de todo; que solicita información; que muestra apoyo; que cierra filas; que abre brazos; que presenta hartazgo; que ofrece comida.

A escasos metros, la entrada del metro y cercanías que se ha construido hace poco, después de las obras que peatonalizaron la mayor parte de la plaza, con forma de caparazón, se muestra recubierta de más mensajes, de pancartas, de peticiones, de reivindicaciones. Sobre los bordes, personas de pie atentos a la Asamblea que se lleva a cabo. El foro es el suelo de Sol; muchos sentados, otros tantos de pie. Todos atendiendo a los puntos del día, que los nombra un chico, micrófono en mano. Buscan orden y concierto. Buscan organizar a la multitud. Piden turnos de palabra y la levantan más de diez personas. Cada opinión es reforzada con una ovación, parte sonora, parte muda. Unos, baten palmas; otros, por no dar opciones a la disculpa del ruido para expulsarlos, las alzan y agitan, como los sordomudos.

Mientras, la vida de la Puerta del Sol es la misma. Confluyen los que duermen, los que visitan, los guiris que se hacen fotos y los que quieren saber qué es todo aquello que ven en la televisión. De alguna manera, todos tratan de formar parte de algo que no se sabe aún lo que es. Será una página más de la historia, de esas que pasas sin mirar o será el principio de algo. Lo único que se puede afirmar es que no es algo político ni interesado. No por lo menos para la mayoría. Es algo social, una lucha contra una clase, la política, que ha desfondado los cuerpos del pueblo hasta llevarlos a pedir otra democracia.

Mucho afán de protagonismo; muchas ganas de pasar a la historia como el que hizo algo en tal momento; mucho grito trasnochado desde el micrófono. Pero muchas, demasiadas, razones para hacerlo y aceptarlo.

Es probable que vuelva. A ver qué pasa. Y más, después del 22-M...

Saludos Mudos

El pasado lunes, cuando abandonaba la redacción con la satisfacción del trabajo bien hecho (así nos lo dice uno de nuestros jefes, "podéis marcharos a casa con la satisfacción del trabajo bien hecho"; otras veces, nos suelta un escueto "sí, podéis iros a tomar por el culo...". En plan bien, claro), me crucé con la redactora jefe (o jefa) del Plus. Ella fue la primera persona con la que contacté ante de entrar como becario hace ya algo así como tres años; primero, por teléfono. Después, en persona. Me hizo una corta entrevista, una prueba escrita y poco más.

Aquella vez fue agradable, cercana pero sin pasarse, risueña pero sin estridencias, y acompañaba mis respuestas con la cabeza en movimiento afirmativo. Después, supe poco más de ella. En mi periodo como becario, la saludábamos fugazmente cuando nos la cruzábamos. No nos preguntaba cómo nos iba, qué tal nos sentíamos; no nos señalaba nuestros fallos ni nuestros aciertos. Realmente, éramos becarios de segunda. Para ser importante, tenías que haber hecho el master de El País o el del CES. Si eras de esos, te presentaba a los jefazos y te hablaba más. Si eras, como yo, un becario llegado de una Universidad cualquiera, su trato era correcto, pero sin más.

De hecho, la bautizamos como "La Marrones". De vez en cuando, se acercaba a ti cuando estabas en las cabinas de montaje. Venía por detrás, te daba un toque en la espalda acompañado de un "Hola...". Ahí sí que te preguntaba cómo te iba todo, si estabas contento, si tal, si cual... luego te soltaba el enmarronamiento: "¿Puedes venir el domingo por la mañana a hacer una sustitución (sin cobrar más por hacerlo, pero, claro, eso no te lo digo)?". Tú, becario con ansias de ser más y de quedar bien, le respondías con los ojos iluminados por la fuerza del cariño (y por un foco que te impactaba en la cara): "Sí, claro, por supuesto, a sus pies, soy lo que tú quieras que sea". Y te enmarronaba.

Antes de terminar la beca, se acercó otra vez a nosotros. Esta vez no era para enmarronarnos, sino para decirnos que no había posibilidad de contratarnos, que antes se hacían así las cosas, pero que la situación de la empresa no era la mejor y que tal y que cual. Después, mi último día me despedí con un par de besos y una charla sobre las posibilidades de volver algún día, además de preguntarle por un master que ella misma dirigía. Las sensaciones finales fueron buenas.

A principios de septiembre, a una semana de terminar mi contrato con Cuatro, me la encontré por el pasillo. "¡Mauro! ¿Qué tal?", me dijo con alegría. "No sabía que andabas por aquí". Todo quedó en un "qué haces de tu vida" y un "qué harás después". Dos días antes de terminar, me ofreció el contrato que tengo ahora y que expira el 20 de junio. Desde ese día, poco más.

El lunes, como decía, me la volví a cruzar. Era la primera vez que nos cruzábamos a solas, en la intimidad de una redacción llena de personas. Y yo inicié una medio sonrisa; ella, me acompañó. Levanté la mirada y la clavé en sus ojos; ella, igual. Y en ese breve pero intenso momento en el que nuestros cuerpos quedaron en diagonal, ella gesticuló un saludo mudo. "¿Qué tal?", entendí leer en sus labios. Yo musité un carraspeado "Hola, grnmiengarjerrsirr". Y pasó.

Esos saludos extraños, esos momentos de no saber qué contestar. Esas incomodidades del qué hacer. Me pasan constantemente en la redacción.

A lo mejor, vuelvo a hablar con ella antes del 20 de junio. Quizás, escuche su voz dentro de unos meses, cuando vuelva la temporada y me recontraten para los mismos programas. O, quizás, este saludo en 'mute' sea lo último que hayamos cruzado sobre la moqueta gris de la redacción.

De (Im)Pares

Soy un número par. No sé en qué momento fui consciente de ello, pero la vida me ha retratado como un número par, sin remisión. Todo empezó, quizás, por causa de los dorsales que escogíamos en el equipo del colegio. Solo fui dos veces contra mi naturaleza. Un año con el '15' y otro con el '11'. En esos momentos, respondía a las fuerzas de los pares. Cosas de la edad, supongo; me refiero a que sería un pequeño acto revolucionario de la preadolescencia. Después, volví al redil. El resto se basaron en '6' y '8'.

Y es raro que sea un número par, la verdad. Más que nada, porque nací un 13 y eso marca. Marca en muchos sentidos que creo que ya conté. Pero cuando algo es inevitable no se puede parar. Así que me he visto envuelto en número pares el resto del tiempo. Y se refleja en las estúpidas manías del día a día, en el hecho de tener que comer cosas pares, de repetir dos veces las cosas, de viajar en líneas de metro pares y en autobuses que terminan en el '2'.

El mundo, realmente, está hecho para pares. Es cierto que, últimamente, la modernidad trata de dar importancia al impar, al rollo 'single', pero no es más que una oscura forma de llevar a esos impares a que compartan, a que se conviertan en pares, como el resto del mundo. El mundo que describe el signo de victoria con dos dedos, que nos cede dos ojos y nos dice que mejor ir en pareja a algunos sitios. Muchos impares están mal vistos, como el que sale por la noche solo. No es lo mismo estar 3 personas, pero eso no es más que una forma de esconder que el impar necesita a 2 más.

El problema que le llega al par es cuando tiene que convivir con un impar. Ahí estoy yo, en esa situación. "No somos nada empáticos entre nosotros", me dice el impar. "Pues claro", respondo rápidamente. Es que es muy complicado unificar realidades tan distintas, planos de la vida tan opuestos que generan el sempiterno duelo par/impar.

Al principio fue complicado, la verdad. Mi impar no era capaz de centrarse con otros pares; le salía un sarpullido en la piel y se declaraba alérgico a los que eran como yo. Y lo había intentado varias veces. Había llegado a la conclusión de que sería un impar que compartiría con los pares lo necesario, lo imprescindible y en los momentos en los que los necesitase realmente. El problema que le generaban aquellos pares era que trataban de convertirlo en uno más del rebaño. Pero el impar, como parte de su naturaleza, reaccionaba con extrañeza y abandonaba la paridad en cuanto podía. Lo hacía poco a poco, a veces torpemente y terminaba demasiado cansado. "Quizás esto no sea para mí".

Y un día cualquiera nos encontramos. "Vaya... eres par. Lo siento, no tengo entre mis planes volver a un par". Y lo intentó con otros impares, pero tampoco funcionaba con ellos. Estaban en la misma realidad, pero no por ser impares significaban que compartiesen números. Además, algunos de esos impares buscaban ser pares, por ser como los demás.

Y nos volvimos a encontrar. "Sigo siendo impar, pero...". El 'pero' se convirtió en un 'quizás', en la prueba de que aquel impar decidía olvidar la naturaleza del número y centrarse en la realidad de que los números no siempre dicen la verdad. Y yo, par de toda la vida, acepté el reto de reflejarme en otro número y cambiar un poco de dirección.

Ahora convivimos en la misma realidad, sin tener en cuenta la terminación del número. Se presentan dificultades, entre el '9' y el '8', por ejemplo, pero tiramos de calculadora y sumamos un nuevo número.

Ya iré contando cómo se vive siendo un par impar.

Un Soplido

Quién de pequeño no se cayó brutalmente contra el suelo y se rasgó los codos o las rodillas. Quién, después de la caída, no se levantó con el gesto torcido embadurnado en lágrimas. Quién, en pleno desastre natural, no gritó el nombre de sus padres pidiendo auxilio. Quién, ya en brazos protectores, no recibió la cura milagrosa: un simple soplido; una ráfaga de aire conocido que sanaba, como el culito de rana, el escozor propio de la herida mortal de la infancia.

Antes, hace años, aquel simple soplido solucionaba los problemas. Te entregaba a la calma y te dejaba mecerse entre sus brazos hasta que el próximo juego salía a la palestra y tú brotabas otra vez de un salto para acompañarlo. Ahora es más difícil que un soplido cure las heridas.

No me quiero perder en la demagogia, pero leyendo los periódicos diariamente, me doy cuenta de lo fácil que es hoy en día causar el desgarro de la piel y los pocos soplidos auxiliadores que llegan hasta ellas. Sin ir más lejos, el manido tema en el último día y pico de los eurodiputados y los vuelos en primera clase. En cuanto lo supe, mi primera reacción fue cabrearme con todo. Cabrearme porque, mientras se hacen malabarismos propios del circo para sanar sin soplidos las economías (por quedar ya no nos queda ni Portugal), la élite política, la que se supone que nos debe mecer en los brazos y lanzar soplidos, se carga de razones para que, de una vez, el voto en blanco sea el mal menor.

Desde que se empezó a hablar de esa recién nacida crisis (negada por ZP hasta la saciedad), pensé que, esos padres nuestros, bien podrían ajustarse los cinturones; dejarse de memeces, de coches oficiales, de comidas copiosas con el objetivo de sacar más dinero del mantel, de cobros en negro, de pagos en metálico. En cambio, la solución estaba en empujar a los niños para que se rozasen la piel contra el asfalto y luego no atenderles, esgrimiendo el "lo hago por tu bien. Ya verás como se te pasa, ¿o es que no eres un hombrecito, ya?".

Y ya no digo nada del resto de la actualidad que riega las páginas. Ni de la desestructuración civil y mental. Ni de las noticias de sociedad que tanto gustan en Gente. Ni de la ola de cambios en los países árabes. Ni de las marchas en contra de la violencia en México (por fin, coño). Parece que todos están esperando el soplido en el codo que les permita descansar unos minutos para reincorporarse al juego. Un soplido que no llega.

Yo, para curar las heridas, he decidido que, en una semanita, me marcho a Vigo. He llamado a mis padres y les he dicho que cojan aire, que lo guarden en botes bien tapados, que los quiero traer a Madrid para, desde lo que se supone un punto central de la geografía (o eso dicen los mapas que estudié) lanzarlos al vuelo. Quedarme, eso sí, algunos para mí y para la gente que los necesita de primera mano, pero que el resto recorran todo el papel y dejen de caer, una y otra vez, sobre el suelo que rompe mangas y raspa codos. Yo qué sé, es que los soplidos de mis padres siempre han sido muy efectivos.

Yo lo he intentado con mis soplidos, pero entiendo que a veces no es suficiente, porque los míos no tienen experiencia, no han terminado por aprender a curar heridas. Como mucho, son infectantes recién levantado...

Ah, por cierto, este es mi post número 200... ¡¡¡Cajón'tal!!!

Enfermedades Ajenas

Hay dolores que duelen más que otros. También hay dolores que afectan más que otros. Es como las lesiones, las enfermedades; siempre las hay algunas más graves. El otro día, por ejemplo, esperando el autobús en Plaza de Castilla, una señora mayor lloraba desconsoladamente. Se llevaba la mano a la cara para tapársela, pero sus lamentos en forma de llanto se le escapaban entre las grietas que formaban los dedos cerrados.

Los que esperábamos con ella, hacíamos caso omiso a la llantina de la mujer. En esos casos, piensas hasta tres cosas diferentes. Primero, que será una loca más de esas que abundan en las ciudades, que llora por que sí, porque le dio la tolemia y ya está; sin más. La segunda, es que algo muy grave le acaban de comunicar. La noticia es tan grave, que la señora no puede reprimir el llanto y se desconsuela en directo para los de la cola del bus porque no le queda otro remedio. En este caso, sientes cierta pena. "Qué cosa tan grave le habrán dicho para que llore así", pensaba. Vamos, que esos llantos no son de "me he dado con el canto de la mesa en la rodilla", sino más de "se ha muerto mi único hijo que iba para notario". La tercera cosa que piensas es que es ella la que está mal y que se acaba de dar cuenta de que, seguramente, esa sea la última vez que espere el autobús haciendo cola. Lo que nosotros hacemos mecánicamente, ella acaba de descubrir que no lo va a hacer más.

La señora subió en el autobús y se bajó a medio camino, al lado de una residencia que nunca llego a descubrir de qué es exactamente. Bajó acompañada de sus lamentos y se perdió mientras el bus continuaba su camino. Los pasajeros giramos la cabeza y la acompañamos hasta que la perdimos de vista a modo de despedida.

Al final del trayecto, me encontré mal. Y es que hace tiempo que me pongo enfermo pero por males ajenos. Antes de ayer, como último ejemplo, me levanté con un dolor insoportable de garganta. La cuestión es que podía hablar y tragar con facilidad, pero me dolía constantemente. Y era un dolor que no se asemejaba al mío. Vamos, que era como si estuviese sufriendo el dolor de otra persona que se acaba de poner enferma pero que como no tiene tiempo para eso, ha expulsado sus gérmenes que han decidido instalarse en mi cuerpo de manera provisional mientras no consigan volver a su hogar.

Con la mujer me pasaba algo parecido; el dolor en el pecho era una presión insoportable, y la mano derecha se lanzaba contra mi boca como si fuese a detener un llanto que nunca llegaba. Y todo empezó hace unas semanas, cuando me dolía la cabeza, pero no la mía. Cuando me duele la cabeza, tengo que cerrar los ojos y la frente se hace un muro de hormigón pesado que empuja los párpados contra el suelo; en este caso no era así. Me dolía de perfil, como si no hubiese completado la descarga del dolor y sólo se hubiese instalado la mitad. Además, me afectaba a la mandíbula, no a la frente. Estaba claro que era un dolor ajeno, no me pertenecía, y como tal lo traté. Me tomé unas pastillas que no me tomaría para mi dolor habitual. También me bebí un té, porque a mí no me gustan, pero pensé que a la persona del medio dolor de perfil es posible que le gustase y que, en todo caso, una infusión así no le vendría mal seguro.

Con todos estos dolores ajenos estoy pensando que, quizás, lo que pasa es que estoy desarrollando, por fin, esa cosa llamada "empatía". O que no duermo bien por culpa de los obreros que martillean de sol a sol el piso de arriba. Pensándolo bien, tiene que ser lo segundo. Seguro.

Periodismo Muerto

Llevo más de un mes sin actualizar el blog. Las razones, muchas, supongo. Cada vez me cuesta más publicar lo que escribo y cada vez me cuesta más pensar que lo que se escribe significa algo. Y entre estos vaivenes, lo tengo claro: el periodismo ha muerto.

Hace unos meses, comiendo con mis padres en mi casa de Vigo, me retraté. Puse palabras a los sentimientos que llevaba tiempo acumulando en el estómago. "No soy periodista. Ni lo soy ni lo quiero ser". La estupefacción de mis padres desembocó en una pregunta: "Entonces, ¿qué quieres ser?". Era normal la reacción, por supuesto. Más que nada, porque siempre he dicho que mi sueño era ser periodista deportivo. Ahora que lo soy, o que juego a serlo y me pagan por ello, resulta que no lo soy. Más allá del trabalenguas confuso, está la realidad. Y no, no soy periodista.

Me dí cuenta en El País. ¿Información? ¿Actualidad? ¿Veracidad? ¿Instantaneidad? Esas palabras me sonaban a chino. Llevaban tiempo haciéndolo y cada día su significado se perdía más entre las caras de la redacción. Sinceramente, ser los primeros en dar una noticia, y más las que llegan desde las agencias (para los que no lo sepan, los medios tienen una emisión directa de noticias de agencia que hay que vigilar por si suena la liebre y hay más cosas para rellenar una página. Vamos, que es algo común y que está, en la profesión, fuera de toda sorpresa), me parecía una chorrada absoluta. Incluso, una razón onanista para darse palmaditas en la espada por parte de los grandes editores. Así que, importándome una mierda eso, mi perfil periodístico se venía abajo.

Si yo moría a lo largo de estos años era porque el periodismo estaba, para mí, muerto. Queda el rastro de lo que algún día fue. Pero ya no es. Vamos, que es, sí, claro que es, pero es otra cosa. Y el ser, como el estar, tienen la facilidad de mutar dependiendo del momento y el lugar. El periodismo es algo, pero es otra cosa que nada tiene que ver con lo que era antes. No voy a hablar del origen del periodismo porque es evidente: gente que quería contar cosas. Normalmente, de denuncia. Otras, de información; de ahí, las agencias de noticias. A partir de ahí, con el camino recién empezado, ya comenzó la cuesta abajo.

Y el periodismo como tal huele a podrido. Es el cadáver de un burro, ya putrefacto, que devoran los buitres. Es, como tantas otras cosas, una manera de ganar dinero. Vendrán los puristas a decir que no, que es tal y que es cual. Me parece genial, pero a mí no me la cuelan. Ni Gabilondo ni el otro, con todo el respeto profesional que le tengo a los Gabilondos y a los otros. Y en plena mortalidad acentuada, fallecía CNN+, uno de los resquicios lo más parecido a lo que yo entendía como periodismo.

Y en el deportivo, pues más de lo mismo. He llegado al hastío absoluto, al cansancio mental, al agotamiento psíquico. Hoy es, nada más y nada menos, un agujero para mandar granadas de mano de un lado al otro, encabronar a la gente y vender. Eso es lo que es. Nada más. Y me refiero al periodismo como tal. Es cierto que de ahí nacen grandes cosas, como historias, libros, artículos de opinión, programas de televisión. Pero el periodismo, en puridad, tiene el tufo del que no se limpia el culo desde hace siglos.

Ya casi ni me da pena. Sólo presencio ojiplático los desvaríos de la profesión, los nombres manchados y las manos ensangrentadas de tinta. Pero de tinta china, de la que desaparece al cabo de un rato. Porque digo esto, pero mañana no, y no pasa nada. Porque digo tonterías, pero mi excelso curriculum me hace invisible a las balas. Y eso cansa.

Está muerto. No mal enterrado, muerto. Por mucho que nos queramos engañar. Hay artículos maravillosos, escritores geniales, pero gran parte pertenecen a caras que insinúan gestos cadavéricos.

Por suerte, quedan sitios, como limbos, que desahogan la frustración de los que intentamos ser algo algún día. Incluso, sin conocer a las personas que se esconden detrás de los nombres, parece que quedan algunos cerebros con partes intactas, suficientes para darle cuerda a la realidad y mostrarla sin importar, de una vez, intereses empresariales espurios (toma epíteto que te crió).

De momento, no estoy enfangado. Creo que estoy fuera de ese círculo, gracias a Dios, por el trabajo que yo hago. De todas formas, si me llega el barro, si me da de comer, lo haré, para qué ser hipócrita. Pero, de todas formas, si no me llena la boca algún día, el mismísimo Maradona (o Messi, que es ahora el nuevo Dios; o el megamusculado CR7, por no herir sensibilidades) sabe que no pasará nada. Nada de nada.

Descanse en paz, si le dejan.

De Niño

Con los años he perdido parte de lo que era hace años, bastantes ya, cuando era un niño. Siempre me recuerdan como impaciente, revoltoso, ilusionado y con gran capacidad para la sorpresa. También risueño, que estallaba en carcajadas sonoras, pero con tendencia a la otra dirección, a la de esconderme en el regazo de mi madre buscando una siesta con el chupete. Eso sí, hasta que llegaba mi hermana para proponerme otro juego.

No es nada especial, la verdad. Siempre se habla de la capacidad constante para sorprenderse que tienen los niños. Recuerdo la imagen de mi primo viendo cómo nuestro periquito extendía las alas en aquella jaula diminuta, cómo le mutaba la expresión de la sorpresa al miedo y desembocaba en la risa mientras nos miraba a mi hermana y a mí. Él estaba sorprendido viendo una novedad que para nosotros no era más que una rutina de aquel pájaro. Petra, se llamaba (el periquito, no mi primo. Por cierto, él decía "Peta"...).

Y estos días he recordado lo que era de niño porque quizás necesito volver a serlo. Sentado en el salón de mi casa con la televisión encendida he emprendido un viaje hasta Vigo, hasta los años 90, hasta mi habitación un miércoles cualquiera. Con la televisión encendida y un balón de tela (para no romper las cosas) zigzagueando entre mis piernas. De fondo, la 2 (ese canal que todos vemos mucho) retransmitiendo un partido de la Liga de Campeones. Jugaba el Mónaco, eso lo recuerdo; pero no sé contra quién. Aquel equipo de Scifo, Klinsmann, Djorkaeff... Ese es, seguramente, el germen de mi afición al fútbol como espectador. Aquellos partidos de equipos europeos que desconocía pero que me generaban un interés inusitado a mis 13 años.

Recordé, justo, los domingos por la noche, después de la jornada de Liga. "Estudio Estadio" o "En Xogo", con los resúmenes de todos los partidos. Incluso grababa los programas para verlos completos al día siguiente; y en esa época (o antes, ya no recuerdo tanto), "En Xogo" daba la Segunda B y la Tercera División. Y revisaba los partidos, las revistas, los diarios, ávido de información, de datos, de nombres, de curiosidades, de equipos, de países, de ciudades.

Y llegamos a los lunes. Y llegamos a "El Día Después", un programa que me marcó. Mis primeros recuerdos son de Nacho Lewin con varios relojes por muñeca y un tal Robin, un inglés de acento británico que hacía las veces de co-presentador. Aquellos vídeos, aquella forma especial de ver el fútbol, aquel pasar por encima de lo meramente deportivo para hacer hincapié en lo que rodeaba al circo, aquel moverse fuera del rectángulo para buscar la noticia en otro punto de mira, dar otro enfoque a la pasión que nos retrataba, aquel primer plano de la boca de un futbolista despejando las dudas sobre sus palabras; unas palabras antes nunca vistas en televisión. Si me dicen en esa época que algún día estaría en ese mismo programa no sé qué hubiese hecho, cómo hubiese reaccionado.

Ahora que lo estoy, mi reacción ha sido extraña, la verdad. Apática, supongo. Desprendida, a ratos. Desenfocada, en ocasiones. Y me veo en la necesidad de recoger mis 29 años, doblarlos y convertirlos en 18, y volver a plegar el papel para dejarlos en 9. Y renovar ilusiones y jugar a lo que llevo unos años jugando; a ser periodista deportivo. Un juego que quizás se termine, pero que debería ser eterno mientras dure, no vaya a ser que dentro de otros 20 años me descubra en mi salón recordando cómo viví en aquella redacción sin la ilusión que tenía a los 13 y jugaba en mi habitación al fútbol mientras Scifo metía el balón en profundidad a un joven Djorakeff, que centraba a la cabeza de Klinsmann para que anotase el segundo gol del Mónaco en la fase de grupos de la Champions.

P.D: Todo viene de este artículo de Nico Abad que me ha hecho pensar...

La Importancia De La Electricidad

Solemos escapar, como tontos, de las obviedades de la vida. Si alguien, por la calle, un desconocido, se acerca a ti y te dice: "Eh, amigo, la electricidad es la pera limonera, ¿qué haríamos sin ella? Sería un retraso importante, volver a la edad de piedra". Tú, homo sapiens erguido de los cojones, chasquearías la lengua, desviarías la mirada lanzándola en un semicírculo y pensarías que menuda obviedad, que vaya un pensador contemporáneo es este payaso que se te acaba de cruzar por el camino. Bien, yo haría lo mismo. O eso era antes.

Una vez, hace años, conté lo doloroso que es romperse una uña. Igual que ante la obviedad de la electricidad como motor de nuestra vida, pensaba que era una mariconada. Literalmente. A mí se me puso en 90 grados, y eso duele. Mucho. Muchísimo. Y no lo sabes hasta que no te pasa. Lo mismo ocurre con las modernidades a las que estamos ya hechos. Que si el móvil, el ordenador, la televisión, la TDT, el iPhone (¡¡tengo uno!! ¡¡Yuuujjuuuu!!), el DVD, el CD, la cadena de música, el iPod, el Mp4, el no sé qué, el no sé cuántos... Todo, absolutamente todo, dependiente de la electricidad.

La mala sombra me llegó en la redacción. Era lunes, mediodía, cuatro horas antes de que empezase el programa. Suena la alarma de mensaje en mi móvil. Y aparece la cara de alarma en mi rostro: "Nos han cortado la luz por impago". El mensaje era claro, pero necesitaba más datos. Llamo por teléfono (gratis desde la redacción, claro). "Con el cambio de cuentas y de domiciliaciones se nos ha pasado, y tardarán en reponerla hasta el miércoles por la tarde...". Mi gesto se fundió como la bombilla que fallece. "¿Te pasa algo?". "Sí, que me he quedado a oscuras".

Llegué a casa a las 12 de la noche y allí estaba: la oscuridad. Sobre la mesa que te encuentras en la entrada, varias velas y una bombilla comprada en un chino con un interruptor de cuerda. Tiro de él y surge una mínima iluminación. La electricidad que nace de las pilas no tiene tanta fuerza... "Menuda mierda", pensé. Y así me escabullí por el pasillo, llegué al baño, me quité las lentillas, me puse las gafas, rastreé el cajón buscando un clinex, hice pis (sí, soy de esos). Y me acerqué a la cocina. Me di cuenta de algo horrible: la nevera funciona gracias a la electricidad. Vamos, que la comida que había corría el tremendo riesgo de pudrirse en ese día y medio que faltaba. Por suerte, el agua caliente pertenecía a la caldera central del edificio, igual que la calefacción. En la oscuridad de la habitación, consumí un 37% de batería del ordenador viendo un capítulo de los Soprano y me dormí.

El martes tenía el día libre... pero sin televisión, internet u ordenador, las cosas son distintas en un día libre. Qué hice... leer. Sí, como un intelectual, me pasé toda la mañana leyendo. Comí fuera, porque la vitrocerámica es muy suya y también degusta electricidad, y centré mis esfuerzos en entender que esto no era más que un mensaje de la modernidad. "Mauro", decía, "las cosas importantes en la vida son otras, las pequeñas, las imperceptibles, como los recién nacidos, los pajarillos o los supositorios". "Tu p**a madre...".

Viví como un mendigo de lo moderno. Que quería cargar el móvil, a la cafetería a consumir cerca de un enchufe; que quería cargar el ordenador... lo mismo; que necesitaba un café... también a la cafetería; que necesitaba internet, pues no iba a la cafetería, sino al locutorio. Pedía en una esquina que, por caridad, alguien me cediese un poco de electricidad. "Una ayudita para un pobre desconectado... Señora, mire lo mal que lo paso". "¡¡Trabaja y déjate de tonterías!!", me gritaban las señoras que iban a la compra. Y me lo planteé: ir a la redacción a pasar las horas, a alimentarme de su luz, a enchufar algo, a notar el calor de los vatios, a sentir el cariño de la lucecita del móvil...

Mientras pensaba esto, el miércoles llegó. Eran las 12 del mediodía y la luz seguía escaqueada. Me acerqué al cuadro de luces y tomé una decisión: iba a levantar los fusibles. Es cierto que faltaban horas para lo que Fenosa entiende por "tarde" pero, qué cojones, era un hombre, un machote. Y así lo hice. Levanté uno por uno aquellos fríos fusibles. Con el último, una luz se encendió a mis espaldas. Era pequeña, tenue, huidiza, pero era una luz. El interruptor de la luz del salón me llamó: "¡Apriétame!". Lo apreté. Y sí, era cierto, la luz había vuelto a mi vida.

Y nunca, repito: NUNCA, volveré a pasar hambre de electricidad. Y cada paso que dé, será siendo consciente de que hay algo mejor y más importante que la vida, que la muerte, que la paz o que la cura de las enfermedades. Y eso es... LA ELECTRICIDAD.

Jardín Secreto

Llevaba unos años pasando por ahí. El "Jardín Secreto". Guardaba la memoria de las aceras de aquella calle miles de historias, de pasos solitarios o acompañados. Era un referente en mi vuelta desde Malasaña a mi casa. "Ah, ya estoy en el Jardín Secreto; estoy al lado de casa...". Desde la cuesta que daba acceso a sus ventanas, veía, desde lejos, la gente dentro, disfrutando de un café, un té, una tarta o un plato de comida.

La puerta siempre estaba cerrada, y el lugar, repleto. Para mí, el Jardín Secreto era un desconocido. Una pareja de paredes inertes que formaban una esquina, la misma que doblaba al pasar por aquella calle. No reconocía nada más que su fachada exterior, su cartel, que se levantaba sobre la puerta, y sus ventanas, que desvelaban en el claroscuro los perfiles de dos personas hablando.

Me engañé varias veces. Pasaba de largo y me iba al Café sin Nombre. También tenía ventanas, y asientos parecidos a los que pensaba que tendría el Jardín Secreto; y exposiciones de cuadros que alguien, algún dislocado, decidiría comprar en un arranque de amor al arte desconocido hasta ese momento. Y me engañaba pensando que el Café sin Nombre era más público que el Jardín Secreto, más cómodo, menos transitado y, por tanto, mejor y más accesible. Por eso acababa ahí. No tomaba riesgos. Si el Jardín Secreto estaba lleno, pasaba de largo, avanzaba unos metros y abría la puerta del Café sin Nombre, donde siempre me recibía aquel camarero calvo o la chica de pelo corto.

Hoy he entrado en el Jardín Secreto. Es diferente. Por lo menos, lo es del Café sin Nombre. Las paredes están repletas de adornos que parece que sobraban de otros lugares. Es una decoración sin ton ni son, pero acorde entre sí. Las paredes combinan fotos en blanco y negro de actores antiguos, una escena de "Desayuno con diamantes", una casa forrada con papel de periódico o un carro que vuela hacia la luna con la cabeza de un reno que sobre sale por uno de los ventanucos. "Yo tengo ese reno". El carro parece que escapa de los que le persiguen, como Elliot en bicicleta, teledirigido por E.T. "Te pareces a Elliot". Y yo no puedo evitar esbozar una sonrisa; siempre me identifiqué más con el marciano del cuello que se estira.

Y la mesa tiene un reloj debajo del cristal que impide que el té y el capuccino se derramen en el aire. El reloj está parado. Justo, hace unos días, hablaba de las cosas que son capaces de parar el tiempo, y ese reloj seguro que había sufrido cualquier tipo de percance que lo había detenido en las 9 de cualquier día, de una mañana o una noche cualquiera de un año desconocido. Y quizás por una de esas razones que consigue que se pare el tiempo. A lo mejor, se paró desde mi entrada en el Jardín Secreto, como si supiese que, a veces, paro el tiempo.

Los camareros no van a juego con la decoración, rococó, sobrecargada y extravagante por espacios; visten un polo color azul. Y atienden con la virulencia del estrés del encargo apresurado. Poco afectivos para estar en un café dentro de un Jardín Secreto.

Y es por momentos, pero el tiempo recobra la capacidad de pararse. Siempre había pensado que tenía que entrar allí. Será que no encontraba la razón ni el momento.

Gijón En Menos De Tres Horas

El martes por la noche descolgué el teléfono y me lo comunicaron: "Mauro, viajas a Gijón el domingo". "De puta madre", dije; luego recordé que a mis padres no les gusta que diga tacos, así que rectifiqué. "Chachi, qué guay". Volvía a Gijón, donde viví durante un año y medio en mi más tierna infancia. En ese momento estaba en Lisboa (ya contaré, supongo, en otra ocasión), pero mi cabeza se trasladó hasta Asturias, hasta Gijón, hasta El Molinón.

Resulta que uno de mis nuevos cometidos es viajar como ENG. Era mi segunda vez, porque somos varios nuevos y nos van rotando. Casualmente, han decidido mandarme de ENG el fin de semana posterior a un viaje de placer. El primero fue en Barcelona, en Cornellá, estadio del Espanyol; cuando me lo comunicaron estaba en Granada (supongo que también lo contaré en otro post). Lo malo de eso es que los días que te restan de viaje los pasas dándole vueltas a lo que vas a hacer el domingo.

Para Gijón tuve una idea clara: Preciado, su entrenador. Estaba en la cuerda floja, el equipo iba mal y una derrota del Sporting ante el Levante podría ser fatal. Le seguiría durante todo el partido, escondería un micro, y tendría la imagen con sonido perfecta. Esa idea se fue diluyendo entre el jueves y el viernes, y el sábado tenía menos fuerza que un puñetazo mío (soy extremadamente débil). Así que me puse a buscar otro tema, algo con lo que cubrirme las espaldas. Casualmente, los diarios asturianos le habían dado mucha bola a Cundi, ex futbolista del histórico Sporting de principios de los 80; resulta que su hijo, Rubén Suárez, jugaba en el Levante y regresaba al Molinón en Primera División por vez primera (valga la ridodoncia).

Tenía tema: ver el partido con Cundi, grabar sus reacciones y, al final, juntarlos a los dos. Conseguí su teléfono, después hablé con el Sporting para que me dejasen grabarlo en un palco privado... vamos, tenía tema. Así, el sábado lo cerré con una sonrisa en la cara. Al día siguiente iba a grabar y estaba convencido de que podría convertirlo en un vídeo de El Día Después. Qué pasó... Lo siguiente:

1.- Llego al aeropuerto de Barajas, saco mi tarjeta de embarque y me llama Jon, uno de mis compañeros que viajaba a Alicante. "Mauro, se están retrasando y cancelando vuelos. Ven a las pantallas que están después del control de metales". Allí estaba él, Jon. Me dijo que José, otro de los que viajaba, él a Bilbao, se había cogido un coche. Yo vi en la pantalla que todo estaba correcto, así que embarqué sin problema.

2.- El autobús que nos llevaba al avión se paró delante del pájaro ese de metal. Estuvo cinco minutos parado y dio la vuelta. Volvíamos a la terminal. La gente empezó a ponerse histérica. Me llamaron desde Producción (los que gestionan los viajes y los gastos). "Si no sale, coge tu coche y vete YA a Gijón; son 4 horas". Y así lo hice.

Aclaración: hay que estar con el cámara en el estadio dos horas antes de la hora del partido, las cinco, en este caso.

3.- Regresé a la Plaza de España y partí hacia Asturias. En el camino pensé: "¿Por qué no me han alquilado un coche ya en el aeropuerto?". Respuesta: porque soy tonto.

4.- Llegué, entre pitos y flautas, a Gijón a las 16.50. Entre que aparqué y que conseguí mi acreditación y el peto para estar a pie de campo, eran las 17.20. Grabamos sólo el juego, y quedé con Cundi para verle en el descanso.

5.- La historia de Cundi no salió. No pudimos grabar bien en su palco VIP de ex jugadores del Sporting porque era pequeñísimo y le tapábamos la visión al resto de la gente y su hijo fue sustituido al poco de comenzar la segunda parte. Al final del partido los junté, pero ya sabía que no tenía historia, así que mi ilusión esfumada me hizo entender que no iba a salir nada.

6.- Regresé a Madrid. A las 00.50 estaba en la redacción para dejar las tarjetas. Al día siguiente, me planté tres horas antes en la redacción para ver el bruto. Compacté 6 minutos de las más de dos horas de grabación y me presenté en la reunión con el tema de Cundi y otro que salió del visionado de las imágenes: la tensión que se vivió. Y el vídeo fue ese: tensión en el Molinón. Eso, más dos imágenes para "Lo que el ojo no ve" y unas imágenes de un sportinguista cabreado con su portero con el que se retó para después del partido fue el resultado de mi viaje.

No estuvo mal, la verdad. Podría haber sido peor. Este es el resultado:



Y así recorrí más de 900 kilómetros para estar menos de tres horas en Gijón...

Fetichismo

La vida me ha sentado, habitualmente, a esperar a los demás. Si existe la impuntualidad es porque hay otras personas, como yo, que marcamos las citas en rojo y aparecemos a la hora exacta que se acordó. Es más, yo me considero prepuntual. Me he inventado esa palabra para definirme, después de revivir constantemente la experiencia de llegar no a la hora, sino unos minutos antes. Eso sólo conlleva que la espera al impuntual abarque más allá de los minutos que van desde la hora de la cita hasta la llegada del tardío. Se convierte, en fin, en un suplicio.

En Madrid, mi primera experiencia prepuntual fue el día que quedé por primera vez con mis compañeros de clase para salir por la noche. Aún no los conocía bien y habíamos quedado a las 23.00. Yo, temeroso de llegar tarde y hacerles esperar, aparecí en el metro de Tribunal a las 22.45. Al no reconocer ninguna cara conocida, me metí en un bar a tomar una caña, sin perder de vista el lugar de la reunión. A la hora exacta sólo estábamos dos personas; diez minutos después, aparecieron otras dos; más tarde, otras tantas. Así constantemente, se sucedieron los minutos y las personas. "Con estos no vuelvo a ser prepuntual en mi vida". Mentí.

Con el tiempo, he tenido que inventar técnicas para pasar el rato mientras espero solo. Y me he dado cuenta de que soy un fetichista. La primera vez que me percaté de mi enfermedad fue en la entrada del Retiro. La espera era una incógnita, porque habíamos quedado allí "en lo que tardemos en llegar". Yo, evidentemente, no tardé más que los demás. Y ante la duda de los minutos de espera, que se podrían contar por decenas, empecé a fijarme en una prenda particular de los que pasaban a mi lado: los zapatos.

Mi padre siempre me insiste mucho en que los lleve limpios, que por los zapatos se puede reconocer a una persona, cómo es, cómo actúa y qué enseña a los demás. Yo, con los zapatos sucios, supongo que enseñaré que soy un poco descuidado, que me meto por caminos farragosos y enseñaré uno de mis grandes (y múltiples) defectos: la vagancia. Así que empecé a escrutar el calzado ajeno para tratar de poner cara a los pies que se cruzaban durante unos segundos por delante de mi cara.

Y me la empecé a jugar: "Zapatos de cordón negros con algo de suciedad... chaval joven que trabaja de abogadillo y se compra trajes baratos para ir al despecho... acerté; zapatillas Nike de deporte, de cross, acompañadas de unos vaqueros... este lleva una mochila y algo de acné en la cara... acerté; botas de 'chúpame la punta'... esta lleva falda corta y el pelo suelto... acerté". Y así, los minutos pasaron rápidamente, entre análisis 'socio-psicológicos' de los transeúntes y victorias personales por ser tan avispado.

Luego, el análisis se hizo extensivo a sus vidas. "Este hombre habrá salido de trabajar e irá a su casa a descansar; sus hijos pequeños, ya en casa, estarán jugando tranquilamente esperando su llegada"; "esta tía tiene una cita con un chico que le gusta. O eso o es que le gusta hacer sufrir a sus pies"; "este no tiene novia, por lo menos de esas que le dicen que se compre otro calzado".

Y me reconocí como un enfermo de los pies, de los zapatos. Yo siempre he odiado mis pies. En la playa, envidiaba los de los demás. Algunos bien dibujados, con una diagonal perfecta que iba desde el dedo gordo hasta el meñique, con las uñas perfectamente perfiladas, con aspecto suave y sedoso, o peludo y masculino. Yo me cubría los míos con la arena, para que nadie me analizase por la imagen que daban los míos. Justamente lo que estaba haciendo yo por primera y no última vez.

Ante el descubrimiento de mi obsesión fetichista que se dio inicio aquel día, bajé la cabeza y analicé mi propio calzado. La conclusión fue clara: "Joder, me tengo que comprar otros tenis ya...".

El Karma

Hace tiempo escribí sobre un enemigo íntimo de mi vida: la Inercia. Ahora, años después, me veo obligado a escribir sobre un aliado para hacer el bien. Si la Inercia te mataba poco a poco, te marcaba un camino del que sólo podías salir si te esforzabas y te dabas cuenta de que te había atrapado, este nuevo aliado te ayuda a vivir mejor, a complacer tus expectativas y te devuelve lo que la malvada Inercia te había quitado sin tú ser consciente.

Corría el año 1998 y en boca de todos estaba aquella horrible expresión con la que se definía un estado de ánimo o una actitud: el "buen rollo". Las cosas se hacían "de buen rollo", te daban "buen rollo" o se decían "de buen rollo". Ante esa moda, yo, que soy un hortera pero tengo mis límites, marqué otra expresión en mi vocabulario; las cosas me daban "buen Karma". Esa tontería la trasladé a mi círculo cercano, aunque sólo trascendió y fue determinante en la vida de una persona: el gran Dani C.M. Él expandió la palabra por Santiago hasta el inquietante punto de definir a sus amigos de Física como "Los Karmáticos" y componer una canción a capella que hablaba de los chakras, de cómo se abrían y de cómo el Karma era guay.

A lo largo de estos años, 'Me llamo Earl' ha sido otro punto clave en el conocimiento de algo tan etéreo como el Karma. Antes de la serie, yo ya creía en él, en la 'Justicia Poética' y toda clase de tonterías que me ayudase a salir de la rutina y me explicase la razón de mi desazón por la vida. Pero, a veces, no es suficiente con creer. Como la protagonista de 'Dogma', hasta que no se me apareció el mensajero del Karma, no fui consciente de la realidad.

Fue una mañana de abril. Salía de la ducha y me asaltó en el pasillo. Tomó forma humana (originariamente era una mota de polvo) y soltó un berrido que me dejó tieso (además de acojonado y cagado literalmente).

Voz del Karma: No te asustes; soy la voz del Karma. Me ha enviado aquí porque te vemos con poca fe últimamente. Tío, vamos a ver, ¿qué te pasa? ¿No te das cuenta de que nuestro archienemigo la Inercia (cuando nombraba al Innombrable, una música de tensión sonaba en el ambiente) te vuelve a ganar la partida? Tienes que reaccionar.

Mauro: Ya, ¿pero cómo? No sé si el Karma, tú y toda vuestra panda de frikis sois conscientes de que voy a cumplir 29 años y mi vida no es precisamente como yo pensaba. Todo cuesta mucho más de lo que debería, y no es justo, coño. Además, he rezado a la Justicia Poética y tampoco me ha hecho mucho caso...

VdK: Quejica... Vamos a ver, chaval. Estás quejándote todo el día y no haces nada para que actuemos. El Karma es un friki, peor que yo, que soy una mota de polvo que se convierte en hombre en medio del pasillo delante de un tío recién salido de la ducha (por cierto, tápate que se te ve el pajarito), así que deberás realizar algún tipo de sacrificio extraño, un ritual absurdo para que se ponga en acción. Es cierto que has acumulado méritos, pero tienes que hacer una señal. ¿Tú te crees que esas bengalas horteras que lanzan los barcos cuando se pierden son para llamar la atención de un humano? ¡¡Nooooooooooo!! Es que el Karma flipa con esas cosas.

M: Ah... pues justamente estaba pensado mientras me duchaba que no me apetecía hacer nada especial por mi cumpleaños por mi situación. De hecho, estaba pensando en hacer un funeral.

VdK: Mira, esa es una buena idea. Hazlo, muérete y vuelve a nacer. Resurge de tus cenizas como el Ave Fénix (muy colega del Karma, por cierto, que juegan al paddle todas las semanas). En serio, actúa, amigo, y serás recompensado. Eso sí, todo lo bueno que te pase a partir de ahí deberás agradecérselo al Karma.

M: Vale lo haré. Por cierto, a ti también se te ve el pajarito. Es muy bonito, ¿un periquito Spangle? Maravill...

Y desapareció. Yo me puse manos a la obra. Decidí que para vivir como vivía, era mejor fallecer. Qué mejor que elegir uno el momento de su muerte y ver, por ejemplo, quiénes vienen a tu funeral... Es cierto que vino demasiada poca gente; que si me coincide con otro cumpleaños (¡¡que lo mío es un funeral!!), que si no estoy en Madrid, que si soy retrasado... en fin. Poca gente me quiso. Pero fallecí. Y me desperté distinto. Destrozado porque morir cuesta lo suyo y es un trabajo digno de admiración, pero con una sonrisa en la cara, como si supiese que aquel era el momento de un cambio.

Tardé un mes, más o menos, en actuar. No quería forzar demasiado al Karma, así que me lo tomé con relativa calma (ya lo dicen por ahí: "Las cosas de palacio van despacio, y las del Karma, con calma"). Pero surtió efecto. Al mes de aquello, dejé mi trabajo de becario y emprendí un viaje a Barcelona. Fuero dos cambios sutiles. El primero, porque podría parecer una mala decisión; el segundo, porque un traslado a otra ciudad por unos cuatro días no es muy drástico. Pero regresé a Madrid con las esperanzas renovadas. Y me llamaron de un trabajo (trabajo trabajo, no beca-mierda).

Me resguardé en Vigo de los peligros de la capital, España fue campeona del mundo, empecé en Cuatro como paso previo a Canal Plus y conseguí que una maravillosa mujer me aguantase. Todo gracias al Karma. Como pago por los servicios, de vez en cuando tengo que hacer algún trabajillo para él, pero compensa.

Así que ya sabéis, amigos: amad al Karma, que él os lo recompensará.
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