Des·Mayo

"Yo me desmayo con mucha facilidad". En un café sin nombre, a la luz de lámparas que fingían ser velas encendidas que regalaba un ambiente relajado en medio del ajetreo capitalino y enfrentada a una cerveza en copa, me reiteraba su mayor habilidad en la vida. Tenía aquella virtud de desligarse del tiempo, desvirtuar la realidad que le cubría habitualmente y perderse en la inconsciencia del desmayo.

Contaba que, en el aeropuerto de unas islas, el retraso anunciado por las pantallas planas de la terminal había hecho enloquecer al personal. Los viajeros potenciales se llevaban las manos a la cabeza y temían no poder volver ese día a su casa, expectantes por si la nueva hora fijada no se cumplía y se posponía de nuevo proponiéndoles una mayor espera en esos incómodos asientos que nos suelen ofrecer las puertas de embarque de esos crematorios de esperanzas que son los aeropuertos. Algunos se dejaban morir sobre el respaldo; otros se acomodaban en dos butacas y encogían las piernas en modo fetal, dispuestos a conciliar el sueño que habían perdido en cinco días de vacaciones con amaneceres en la playa; algunos exigían responsabilidades en la ventanilla de la compañía aérea; muchos se desesperaban en silencio.

Ella no. Ella automatizaba su cuerpo, avisaba a los órganos vitales encargados de mantenerla con respiración que se iba a tomar una pausa. Las lecciones de anatomía del colegio le permitían conocer el proceso que la llevaba al desmayo, a la privación del sentido. El pistoletazo de salida se traducía en sudores fríos que empapaban la frente y un temblor de segundos en las manos. Seguía la pérdida de fuerza en las articulaciones. Las piernas, diseñadas con escuadra y cartabón, se tornaban de goma y los pies se cubrían de plástico para no dejarle mantener el equilibrio. Y se deslizó por la butaca hasta dar con sus huesos en el reluciente suelo de la terminal.

"No sé cuánto tiempo pasó. Sólo me desperté y me vi rodeada de gente desconocida, de otras caras comunes y de dos personas uniformadas que me daban agua y me secaban la frente". "No lo hago a propósito, supongo que me superan algunas situaciones y la forma que tengo de protegerme es esa, como el erizo que da como cara sus pinchos. Yo, simplemente, dejo de existir, no para los demás, pero sí para mí misma".

Mientras le daba un trago a la cerveza y mojaba sus labios después de hablar durante quince minutos sobre su habilidad, me di cuenta de la envidia que tenía. Muchas veces sería ideal dormirse durante un rato para no pasar determinadas situaciones, para escaparte del tiempo en épocas en las que lo que más cuesta es vivirlo. Ella perdía la referencia obligada del espacio tiempo y esparcía su cuerpo sobre cualquier superficie que quisiera retenerla. Como la silueta de un cadáver pintada con tiza. Sus rizos desentramaban los huecos del suelo, sus brazos perdían consistencia sobre el firme, con sus muñecas contorsionadas como alas de un ave que no sabe volar. El tronco se retorcía entre descargas de tensión y sus piernas, antes de escuadra y cartabón, regalaban formas imposibles para la geometría.

Yo le dije que desmayarse era como morirse durante unos segundos, pero con cobardía, porque volvería a despertar siempre. Un quedarse a medio camino, una cobardía por no querer asumir que, quizás, quería quedarse en ese estado para siempre. "No es una elección, es una realidad". Levanté mi vaso, le di ahora yo un trago a la cerveza para enjuagar mi garganta, y percibí que la realidad en aquel café sin nombre me iba a dar una sorpresa.

En ella empezaban los sudores fríos y la pérdida de consistencia de sus articulaciones, que se traducían en acordes hechos de golpes en aquella mesa redonda y coja. Y era en pleno mes de mayo.

Libertad Para Marwan (En Copropiedad)

El Libertad 8, en la calle Libertad, barrio de Chueca. Ese local que encontré en Internet hace cuatro años, cuando la mesa de mi habitación de Vigo soportaba el peso de los apuntes de Procesal, pero que aguantaba por el aire de Madrid que ya le había anunciado un mensaje de texto. He tardado cuatro años en visitarlo en condiciones. Hasta ayer nos conocíamos de vista; un par de veces, una en un conciertus interruptus y otra un día cualquiera tomando una cerveza.

Marwan, el cantautor que descubrí hace dos años, un día cualquiera, en mi habitación, por esos vínculos que unen a unos cantantes con otros. 'Meninos da rua' creo que fue la primera canción que escuché de él. Lo hice durante cuatro días casi ininterrumpidamente. Después, me puse a buscar más cosas de él. El conciertus interruptus fue de él. Demasiada gente en un sitio demasiado pequeño.

Ayer se unieron los dos, el Libertad 8 y Marwan, fruto de un regalo, de una sorpresa, de una cita del pasado que quedaba pendiente con I.P. El concierto empezaba a las nueve y media, pero se retrasó hasta las diez. Estamos en España y se acepta, sobre todo cuando merece la pena. Los minutos previos, mucho calor, una cerveza que regalaba la entrada que se quedaba caliente y buena compañía y larga conversación. Aquella sala minúscula se iba abarrotando y los grados aumentaban al mismo paso que las gotas de sudor ya bañaban la frente. Pero se atenuaron las luces.

Y empezó el concierto. Una guitarra y poco más. Y fuimos, palabra por palabra, corriendo en chándal hasta el próximo verano que nos esperaba como un adolescente, como ángeles que se preguntaban como decirte que nos quedábamos todos con carita de tontos después de escuchar las canciones. Al final, globos (¿?). En medio de todo, un chavalito que empezaba en ese mundillo y que parece que se va a quedar en poco más que un par de canciones ese día, una chica de ojos hipnotizadores que acompañó en un 'Para siempre' y luego se soltó por su cuenta, un calvo que nos prometía que las personas cambian y dos canarios que parecían salidos de la nueva trova cubana.

Y yo, sentado, rompiéndome la espalda pero con una sonrisa en la cara. Y la pobre I.P. se creía que se sabía todas las canciones del pseudopalestino. Y en los descansos, peticiones de aumento de la paga a su madre, historias de su ex, frases a su psicólogo y algún detalle del porqué de todas esas canciones. Y se fue terminando. Poco a poco. Al mismo ritmo que la cerveza calentorra. Y se acabó. Y me quedé con los restos del paracaídas en la espalda soñando con un viaje a Argentina que él empezaba en una semana. Qué envidia. Y mientras, hoy llueve en Madrid. Otra vez. Maldita Espe.

Y se quedó en el Libertad un concierto de Marwan en copropiedad y me traje a casa un disco blanco y sin la entrada que ya recuperaré. Porque sí, amiguitos, era mi primera vez. Y me gustó.




Memoria Selectiva

Como son las cosas. Empecé a escribir sobre un tema y cuando me he dado cuenta, me había desviado totalmente del origen y ya estaba hablando de otra cosa... Es lo que tiene la memoria, que es capaz de vincular imágenes que no tienen nada que ver. Asociación de ideas que son difíciles de explicar a otra persona porque, por mucho que lo intentes, no lo va a entender.

Y me he dado cuenta de esa llamada memoria selectiva. Se supone que recordamos lo que queremos, lo que nos interesa, lo que nos va a servir algún día... Pues yo no. En serio. Y todo nace por culpa de El canto del Loco. Sí, ese grupo de música para tías esquizofrénicas con la cara pintada con los colores de la guerra; la guerra por a ver quién grita más. Todo por su maldita culpa. "Estados de ánimo". Pensaba en estados de ánimo con el fin de encauzar el post que estaba escribiendo. Lo tuve que dejar. De repente, me vi recordando que "El canto del Loco" tiene un disco que se llama así. No me preguntéis más; ni por qué lo sé ni qué canciones tiene ese disco ni la portada ni de qué año es. Nada, porque no lo sé. Sólo sé que existe y ya está. Me parece suficiente.

Pues bien, me he dado cuenta de lo inútil que es mi memoria. ¿Para qué recordar el nombre de algo que ni conoces? Mira que tengo cosas que recordar y que me gustaría, pero nada. El Canto del Loco (es evidente que ni tengo claro cómo se escribe, cuál es mayúscula y cuál no). Es lo mismo que me pasaba en quinto o sexto de E.G.B. Me sabía algunas canciones de Alejandro Sanz y de Laura Pausini. Soy capaz de recordar mentalmente la de "Se fue" y la de "Se le apagó la luz". La razón, también desconocida. Juro que nunca he escuchado la canción solo; me refiero a en mi habitación, con los cascos. En serio, lo juro, pero me la sé. Más o menos, pero sí.

Y tirando del hilo de mi memoria, me reconocí en cuarto de E.G.B. Y me acordé de la chica que me gustaba y de cómo me armé de valor para decirle que me gustaba. Era mi compañera. Me giré, la miré, dije su nombre, se giró y le dije: "... ¿me dejas la goma de borrar?". Sí, ella nunca lo supo, pero recibió la mejor declaración de amor posible. Por lo menos la única que era posible para mí en ese momento.

Y de la goma de borrar de aquella chica viajo hasta Gijón y su calle Corrida. Yo, en pantalón corto, lloro desconsolado al lado de una alcantarilla. ¿Qué pasaba? Que mi goma de borrar Milán, de esas que te daban ganas de morder (y que mordía) y a la que le había cogido DEMASIADO cariño por lo que intuyo, se había colado entre los barrotes de aquellas malvadas fauces. "¡¡Mi gomita!!", gritaba desconsolado. Y ese chillido me traslada al coche de mis padres, con la ventana abierta, el brazo por fuera y mi mano sujetando una visera. El coche acelera, no puedo retenerla y sale volando. El desconsuelo, el mismo. "¡¡Mi gorrita!!", volvía a vocifear mientras mis padres hacían lo posible por conseguir que me olvidase de tal desgracia.

La memoria selectiva me cubre y yo, delante del ordenador, soy incapaz de entender por qué sólo me lleva a episodios ridículos de mi vida en orden descendiente. Así que me sabía canciones de la Pausini y del señor Sanz, me declaraba a las chicas pidiendo utensilios de clase y gritaba cosas en diminutivo a las que les daba un valor claramente excesivo y fuera de lugar.

Odio mi memoria selectiva. Y más al Canto del Loco, que todo esto es por su culpa.

Pause

Coger el mando a distancia y darle al pause. Creo que no hay un invento mejor dentro de otro invento. El pause. Te estás meando y un hombre está a punto de resolver la trama, está a punto de devolverte el tiempo que has invertido en observar su vida de aproximadamente 90 minutos, está a punto de desvelarte el misterio. Pero tú te meas. Y es con intensidad. Con esa intensidad que no te permite despistes, porque un segundo de más significa algo así como vergonzoso.

Recuerdo la vez que con más intensidad me he meado en mi vida. Me enfrentaba a cuatro largas y duras horas de examen de Derecho Romano. Llegué a la facultad con la sensación de tripa rota que suele acompañar a esos momentos, los malditos previos del examen, que más de un profesor se empeña en alargar durante segundos que se hacen eternos. Como soy precavido, lo primero que hice, con el programa de la asignatura en la mano como compañero, fue ir al baño. "No vaya a ser que luego...", pensé.

El aula magna estaba repleta de cándidas almas que se enfrentaban al gran hueso de Derecho, a esa asignatura sin la que, se decía, no podías pasar un verano. Un taco de folios en blanco, sólo manchados por mi letra con las diez preguntas a desarrollar en esas eternas cuatro horas. El tiempo pasaba y la tinta de mi pilot se iba impregnando en el papel a la vez que yo expulsaba todos los conocimientos adquiridos (y ya olvidados) en tres meses y medio de vida monacal y opositoril.

Habían pasado casi tres horas y mis tremendas ganas de mear llamaban a la puerta de mi vejiga para preguntar si podían materializarse. Llevaba más de cuarenta minutos retorciéndome en el asiento de madera, cambiando de postura, buscando una que apretase poco esa maldita zona; llegué, incluso, a desabrocharme el pantalón en un último gesto de desesperación. Cuando las ganas ya habían formado ejército y se acumulaban ante la puerta del castillo con antorchas y gritos de "Te vas a mear, te vas a mear", cedí ante la presión.

Me levanté. El profesor (¡¡de Romano!! Repito: ¡¡de Romano!!) me miraba fijamente; admiraba mi caminar retorcido, mis piernas a lo Lina Morgan y mi botón que asomaba desabrochado en la bragueta. Su estupor se tradujo en un "¿qué quiere? Para responder a las preguntas ya me acerco yo a su sitio". "No, mire... sé que le va a parecer raro... necesito URGENTEMENTE ir al baño". Ante mis mayúsculas asintió con la cabeza. Yo, no contento con eso, le hice una proposición indecente: "Puede venir conmigo para ver que no copio...". Gracias, Mauro, eres más gilipollas de lo que pensabas.

En fin, que meé. Pensé que me torturaría, porque era el profesor ¡¡de Romano!! Repito: ¡¡de Romano!! Pero fue bueno, fue mejor que Cayo con Ticio (chiste de romano. Repito, de romano).

Como decía, que te estás meando y le puedes dar al pause. El hombre se queda congelado y espera gentilmente a que tú te tranquilices. Y sin pedirte nada a cambio. Luego retomas la posición, vuelves a tomar el mando, y permites al amable caballero que prosiga con sus avatares. Y quien dice mearse, dice recibir llamada de teléfono, sufrir una caída grave mientras intentas imitar la patada voladora que él acaba de hacer o recoger las palomitas que se te han caído por hacer el imbécil con ellas lanzándolas al aire a ver cuántas caen en tu boca.

Pero el botón de pause sólo existe en los vídeos (bueno, DVD, Blue ray, televisiones molonas de nueva generación o lo que sea). En la vida no tenemos ese botón de pause. Nos mintieron en el anuncio de Kit-Kat, es cierto, porque no existe un botón de pause.

Yo, si no os importa, voy a probar a darle al mío, que no tengo ganas de aguantaros ahora.

Yeva.

Oportunismo

"Estaba en el lugar adecuado en el momento preciso". Frase que resume el oportunismo. Pero el oportunismo en el buen sentido de la palabra, claro. Yo llevo tiempo pensando que llego tarde a los sitios, que aparezco en ellos cuando ya no es oportuno, cuando se han ido las oportunidades a otro local. Carezco, pues, del oportunismo tan apreciado en los delanteros centro. El balón sale rechazado de mala manera y ellos, que se encontraban allí por una extraña mezcla de suerte, inercia de la carrera e intuición, se topan con el balón a sus pies para marcar. Por eso, los que tienen ese llamado "olfato de gol" cobran lo que cobran y cuestan lo que cuestan.

Yo sería un segundo punta que se abre espacios entre las defensas, tira buenos desmarques e incluso remata algún centro complicado de manera espectacular. Pero no tengo mucho gol, esa es la verdad. Cuando llego al área, estoy a veces tan fatigado de los esfuerzos previos (físicos y mentales) que o no llego al balón o llego pero lo remato con escasa fuerza ("más flojo que el pedo de un marica", que decía mi entrenador). Supongo que soy más de asistencias, de jugar para el equipo.

Y todo lo que tiene de virtud el oportunismo, lo tiene de defecto. Si bien "oportunismo" es aprovechar las oportunidades, también puede significar hacer mal uso de esa virtud. El aparecer en el lugar no ya porque estaba allí por casualidad, no, sino con la intención de hacerlo, conociendo que la oportunidad estaba ahí. Y claro, el oportunismo como defecto borra el toque de magia del delantero centro; el que ya sabía porque se lo habían dicho que el balón rebotaría en la pierna del defensa, saldría despedido hacia el punto de penalti y allí botaría de manera irregular, por lo que había que rematar con el empeine hacia abajo para que no se fuese alto el disparo no tiene el don especial.

Y las oportunidades no se pueden dejar pasar. "Que se hace o sucede en tiempo a propósito y cuando conviene", dice la RAE del adjetivo "oportuno" en su primera acepción. Y eso es lo que caracteriza a la oportunidad: que, cuando conviene por el tiempo en el que sucede, hay que aprovecharla.

Hace unos días me enteraba de que al final seguiré en Madrid. Lo de Galicia no salió. Se cerraba una oportunidad, pero se abren otras en la capital. Quizás no era oportuno que me fuese ahora, quizás no era esa mi oportunidad. A lo mejor, el oportunismo del ariete que remata en boca de gol esté reflejado en Madrid, en seis meses más en El País y en seguir exprimiendo la vida lejos de casa.

Quién sabe. Lo importante es que no hubo oportunidad. Quizás me la robó un oportunista de los malos, pero a lo mejor lo oportuno esté aquí, y no allí.

Los "Me Da Que Sí"

El conocimiento del mundo que tenemos alrededor se compone de varios elementos de juicio (bufff, vaya frasecita asquerosa para empezar...). Por lo general, atendemos a los sentidos para conocer lo que nos rodea. Con los ojos vemos qué tenemos alrededor, lo fea que es esa persona que te mira fijamente pensando que tú también eres extremadamente feo, nos guiamos por las calles, los utilizamos como cámara para retener imágenes en eso que se llama "memoria visual". Los ojos, imprescindibles.

Luego, los oídos, para escuchar, para conocer quién nos habla o lo que nos dice, comunicarnos después reproduciendo esas palabras que alguien ha decidido inventar y llamar al conjunto idioma por la boca; el tacto, con las manos para saber si algo es suave, rugoso, pringoso... y poder descartar las cosas por el mero hecho del asco que da tocarlas (prefiero no poner ejemplo de esto). Y luego las piernas, para trasladarnos y dejarse guiar por los ojos. Vamos, todo muy material y muy corporal.

Lo que pasa es que al juego este de la vida se le suman elementos que no se ven, que no se tocan, que no puedes agarrar. Siempre se ha hablado de "alma", como símbolo religioso o filosófico, aquel elemento "espiritual" (también, con significado religioso y sin él; hasta el derecho habla de un elemento espiritual en muchos casos) que, seguramente, sea lo que nos convierte definitivamente en seres humanos, por encima de los animales (bueno, conozco a bastantes autoproclamados seres humanos que estarían por debajo, pero bueno...).

Entramos dentro del terreno de lo que no se ve, de lo que se siente. Odio bastante, lo admito, a los que hablan de sí mismos como "intuitivos"; esa gente que se cree que por refrendar una vez un pensamiento sobre alguien ya tienen la verdad absoluta ganada para el resto de las veces. Pero, que carallo, es cierto que el campo de la intuición existe y es amplio. Yo no soy intuitivo, ni mucho menos, de hecho es probable que sea todo lo contrario: hasta que me la pego no intuyo ná. Pero esto tiene excepciones, y muchas de ellas se han dado en Madrid.

Como llegué nuevo y solo a una ciudad desconocida, a empezar una carrera nueva y después de una experiencia de odio intenso en la facultad de Derecho de Santiago, me propuse a mí mismo no ceder ante las intuiciones malas. Yo soy así, de primeras sensaciones, de primeras impresiones; por suerte, sé cambiar, claro. En este caso, Madrid me ha regalado muchas cosas en el plano de lo que no se puede palpar con las manos, de lo que no recoge los sentidos. Desde personas que han aparecido en mi vida a lo largo de este tiempo (amores a primera vista con hombres vascos) hasta sensaciones de "esto lo voy a hacer porque me da que sí" que antes experimentaba poco. Dirán, los listos, que eso se llama madurar. No sé cómo se llama, pero Madrid me lo ha dado. Un grupo de acciones que se encuadran en ese ámbito de lo espiritual, donde caben casualidades (con causa o sin ella), la suerte, el destino y las carreteras que se van formando a tu paso (como los juegos de coches de antes, donde el horizonte no existía, sino que se iba "creando" cuando llegabas a él... ¿me explico?).

Y cuatro años después, con sensaciones así en la mochila, se presenta una bifurcación en el camino. Sabía que iba a llegar, pero pensé que lo haría más tarde y de otra manera, la verdad, cuando las circunstancias fuesen otras. Ahora, caba la posibilidad de que cambie de ciudad para aceptar un trabajo y volver a Galicia. Es una posibilidad que está ahí. La de volver... Volver, con la frente marchita las nieves del tiempo platearon mi sien...

Eso sí, si me voy, que no lo sé, que no depende de mí (bueno, o sí), le puedo agradecer a Madrid muchas cosas, sobre todo las que no se atan a lo corporal y se quedan en lo espiritual. Las veces que las intuiciones me guiaron, los amores homosexuales (joder, quien lea esto...), las veces que no me guiaba con los ojos ni con la cabeza, los "me da que sí..." que me llevaron a navegar por Puertos en medio de una ciudad sin mar pero que respiraba un río. Y, si me marcho, que no lo sé, que no depende de mí (bueno, o sí), guardaré en una de las muchas cajas que me lleve todo eso y lo guardaré para no perderlo, por si no vuelvo, o por si vuelvo, para que sigan conmigo.

Unha aperta.

Fantasmas Del Pasado

Enfiló la cuesta. Detrás quedaba la plaza de Cervantes. No había yonkis, ya no. Tampoco aquel kiosko en el que le preguntabas al señor: "Eh, ¿qué prefiere? ¿A Bustamante o a la Pataky?" y él contestaba "Mmmmmm... al Bustamante". La cuesta le dirigía los pasos y podía observar las huellas que él mismo había dejado años atrás. Huellas marcadas en la piedra. Se encontró, de frente, con la puerta. Asomó la cabeza al cristal y le abrieron.
Allí, sin más, una antigua damisela de pelo corto y reflejos lentos le reconocía con una sonrisa en la cara. "Ayyyyyy... hola, ¿qué tal te va la vida?". El cuerno sonó. Bajó de las escaleras un fantasma del pasado. "Creo que la última vez que nos vimos fue en la obra de teatro de mi primer año. Desde aquella vez te sigo de lejos". "Yo también a ti", pensó. Pero no lo dijo. Los fantasmas impresionan a las primeras de cambio. "Por aquí todo sigue igual, más o menos. Yo me iré y, en el futuro, ningún fantasma del pasado te recibirá con los brazos abiertos". A él se le abrió un hueco en el pecho. "Ya... seré yo el que vuelva como el fantasma que nunca nadie conoció".

Observó los sillones, la sala, los pasillos, las nuevas fotos de todos los fantasmas con rostros que algún día habían posado para el objetivo. Ya ninguno de ellos vagaba por allí. Había cosas nuevas en el edificio, con el aire de siempre pero cambiado, con nuevos vientos de modernidad: pantallas planas, proyectores, mujeres... ay, omá.

"Me voy, tengo más citas con más fantasmas". Abandonó el edificio al mismo tiempo que la puerta se cerraba tras de él. Su camino prosiguió por las mismas piedras embaladas con papel de recuerdos. Ese día el sol había decidido salir y apartar todas las nubes para regalar una luz especial a la ciudad. En pleno Obradoiro, lanzaba sus rayos contra la Catedral, que se levantaba más majestuosa que nunca. Más, quizás, que en los años anteriores. Hacía tiempo que no pasaba por el pasado, que no lo paseaba y lo recorría con aires melancólicos sin libros y códigos odiosos debajo del brazo. La luz era la misma, pero distinta. El Franco le guió. Pasaba por Dakar y por la biblioteca, llena de caras desconocidas que le habían sustituído en angustias vitales y académicas. La calle se hacía estrecha a su paso por las tiendas de souvenirs y los cuerpos le cerraban el paso como si fuese un extranjero. Se paraba en los portales, en los soportales, en las columnas, en los edificios y en las piedras. Foto. Foto. Miradas de gente que no entendía el porqué de esas fotos. La entrada de la Alameda era una fauce enorme que se quería batir en duelo con él. Pero pasó. Prefería enfrentarse con la calle Senra, el McDonal's y las tiendas de la zona nueva.
Todo era lo mismo pero distinto. Ya no era igual. Pero las calles se reconocían por los edificios y por el aroma que desprendían las hojas de los manuales académicos, de las colonias de las chicas que iban a clase, de las que venían de la facultad y de las que ni pisaban las aulas pero habían quedado en la cafetería. A la izquierda, la cuesta del coño le hacía suspirar. "Coño, como costaba subir la puta cuesta". En la orilla, la plaza roja, que había perdido el color con el tiempo. Hoy el sol la teñía de un amarillo rancio. Tan rancio como la cafetería que hacía esquina o el taller de coches de la calle contigua. Por la Rúa Nova de Abaixo el tiempo pasaba delante de su cara y una ventana le decía adiós; con el gesto fruncido, le miraba a su paso. Una ventana que conocía por dentro.
Las galerías, el Gasteiz, el Acme, la Academia de Rita, la antigua y la nueva. Y el Frankfurt. "¿Frankfurteamos?", le preguntaba un fantasma del pasado. "No, no tengo hambre ni tiempo, que he quedado". "Ah, eso antes no era una excusa, amigo". Y el fantasma se escapaba dejando un rastro fino de mostaza. A sólo unos metros escasos, la plaza de Vigo le recordaba dónde había vivido por primera vez. Santiago de Chile. La calle que nunca recorrió solo. Y el Callejón de Derecho le devolvía los minutos que había perdido en él. Otro fantasma. "¿Tienes apuntes de Administrativo de este año?". "Lo siento pero no. Ahora tengo que ir a la fotocopiadora".

La facultad, edificio de sinuosas y horribles formas, le esperaba como siempre. Atenta a sus pasos. Se había pasado la vida juzgándolo pero ahora no tenía que rendirle cuentas. Ya no. Con un papel en una carpeta oficial que le decía que era libre, que las esposas les correspondían a otros y que los barrotes se limaban más fácilmente. Otro fantasma del pasado. "Quedamos en la biblioteca. Me vienes a buscar y nos vamos a casa, ¿vale?". "¿Y qué hacemos?". "Nos vamos a cenar".

Un café después volvía tras sus pasos. La luz de antes había desaparecido. Las nubes habían recobrado el poder y ya no causaban el mismo efecto. Ya no había amarillo, sólo gris. Y otro fantasma del pasado.

El Estanco

"¿Dónde estará?". El cristal que separaba el mostrador de los clientes reflejaba la figura de Marina, que golpeaba con las llaves del estanco el cajón de las facturas que estaba medio abierto. Eran las doce del mediodía y la mañana había transcurrido tranquila. Como siempre, habían pasado ya Don Manuel ("Dos cartones de Ducados y uno de Chester, para la niña"), la señora que siempre apagaba su cigarro contra la cerradura de la puerta ("Una cajetilla de Coronas, por favor") y los jóvenes del colegio de al lado, que recurrían a la cajetilla de Marlboro cuando ningún alma caritativa les invitaba a un "pito".

"Ya han pasado dos semanas". Marina fumaba dentro de su cubículo. Pensaba que era absurdo aplicar la ley anti tabaco en un estanco. Era como prohibir el consumo de calorías en una pastelería, o igual de irracional que prohibir la entrada de las ratas o los perros en el McDonal's. Desde las 7 de la mañana hasta las 12 se había terminado la media cajetilla que le quedaba del día siguiente. Atendía con desidia a los clientes, con un seco "¿Si?" y un "Tres veinte" y un "De ná". Luego seguía fumando mientras golpeaba con las llaves del estanco el cajón medio abierto de las facturas.

"A lo mejor le ha pasado algo". A Marina siempre la visitaba a las 12:30 Gloria, su amiga y antigua vecina. Gloria era dueña de una mercería que había cerrado por la competencia y los pocos ingresos que generaba desde la apertura de un "chino" en la calle paralela. Ahora era asistenta por las mañanas y limpiaba una oficina a última hora de la tarde, unos trabajos que la habían sacado de un paro de casi un año y medio. Como trabajaba cerca y salía a esa hora, siempre se acercaba por el estanco para fumarse un par de cigarros con Marina y después se iba a casa a preparar la comida.

"¿No te parece raro que no venga?". Gloria y Marina se pasaban cerca de una hora hablando de sus desgracias, de sus hijos, de lo cafres que eran y de lo hartas que estaban de sus maridos, "esos sinvergüenzas", como les llamaban entre risas cómplices. Mientras, Marina atendía con más desdén aún a los clientes, a los que ya ni miraba a la cara, atenta a las palabras de Marina.

Gloria: Seguro que me ha cambiado por otra. A veces soy demasiado desagradable, creo, y eso debe molestar, sobre todo a la gente joven.
Marina: No sé, a lo mejor se ha mudado.
Gloria: ¿A estas alturas del año? Eso no es normal. ¿Que se ha ido de Madrid? Eso sí que puede ser, pero a otro barrio, lo dudo.
Marina: Pues será lo más probable. Bueno, o...
Gloria: O... qué.
Marina: Que a lo mejor se ha unido a esos. Vamos, que ya no es de los nuestros.
Gloria: ¿A qué esos? ¿De qué nuestros?
Marina: Que a lo mejor es un acojonado. Ha empezado a hacer caso a eso de los pulmones, del cáncer, de las enfermedades, de las prohibiciones... y no ha sido capaz de seguir. En resumen, que se ha rajado.
Gloria: No me parece uno de los que se raje así, por ná. Me decepcionaría mucho, la verdad.
Marina: Ese chico tenía pinta de eso, de que podía flaquear en cualquier momento. Lo ha dejado.
Gloria: ¿Estás segura?
Marina: Segurísima.
Gloria: Cabrón.

Tormenta De Verano

Dice Quique González en una canción que una tormenta de verano es un segundo de un invierno entero. Supongo que será por la intensidad con la que cae durante ese tiempo, como si el mismísimo invierno le hubiese ganado la partida al verano y exigiese su derecho a mostrarse en su estación más opuesta. Esas tormentas siempre me han impresionado. Recuerdo algún verano que pasaba en la playa, en una casa a pocos metros del mar; a lo largo del mes de agosto siempre había un par de días en los que te levantabas con las nubes sobre la cabeza y el ambiente, gris y cargado, anunciaba que ese día era para estar en casa.

Desde las ventanas, a las pocas horas, veías como las nubes se contraían y se removían como unas tripas enfermas para soltar aquel aguacero que entristecía el paisaje que, habitualmente, lo llenaban sombrillas y niños corriendo con toallas mojadas puestas como capas. Pero a mí me gustaba. Recuerdo estar en el salón de aquella casa alquilada viendo la tele, con la cabeza reposada sobre el regazo de mi madre, que me acariciaba el pelo mientras casi me quedaba dormido. Cuando miraba hacia la ventana, veía aquel chaparrón repentino, violento, que golpeaba los cristales y azotaba los tejados. Lo veía desde dentro, protegido del frío y el agua, y recuerdo una sensación increíble de serenidad, de calma.
Es cierto que, otras veces, ese mismo aguacero me cogía en plena playa, sentado, húmedo pero con la camiseta puesta porque empezaba a refrescar.

Un día, incluso, me cogió bañándome; es curioso, pero nunca disfruté tanto de un baño, ni del mar, y nunca el Atlántico estuvo a una temperatura tan cómoda como aquel día que llovió sobre el mar durante veinte eternos segundos. Solía dejar que me mojase aquella lluvia, porque era como llevarle la contraria al mundo, como decir que quieres ver nubes en verano y sol en invierno, que no estás de acuerdo con los órdenes establecidos. Quería mojarme, empaparme, sentir que me estaba dando un baño vestido en plena calle, y saltar en los charcos hundiendo las suelas de las sandalias.

Cuando lo hacía, retomaba la tranquilidad cuando volvía a casa, de nuevo en el sofá, en el regazo de mi padre, que me acariciaba la espalda y me decía "Mauro, estás temblando... debes haber cogido frío". No sé, yo creo que temblaba porque se acababan las vacaciones, las tormentas de verano y la playa diaria, pero nunca lo dije.


Y siempre me he preguntado por qué. ¿Qué pasa para que llueva así en verano? Supongo que el cielo tiene demasiadas cosas que aguantar, mucho en lo que pensar y muchas decisiones que tomar. Cada nube será un brote de estrés, un símbolo de sus dudas, de sus disconformidades, de sus contrariedades, y eso puede pasar también en verano. Es cierto que en otoño, esa época rara, y en invierno, con cierto aire desolador, parece más fácil acumular nubes; la primavera, época por excelencia de lluvias, supone una acumulación de todo el estrés pasado, el de el otoño, el del invierno y el del próximo verano, que supone muchos preparativos.

Así, de vez en cuando, el cielo tiene que soltar lastre, y cuando pasa en verano se convierte en ese fenómeno natural que nos demuestra que, muchas veces, la realidad supera la ficción. Yo, para la próxima, ya tengo preparado una ventana, un sofá y un regazo.

La Fealdad De Imposible (El Origen)

Imposible es una palabra horrible. Absolutamente devastadora. Es curiosa la fuerza que tienen los prefijos; este "in", que se adapta con una "m" como un camaleón ante la vecindad de la "p", trastoca los mejores planes para llevarlos al ámbito de lo irrealizable. Es, seguramente, la palabra más fea del diccionario, de nuestro idioma, y a pesar de su aspecto desagradable, está siempre muy presente en nuestro vocabulario. Quién no ha oído cómo alguien le decía que no lo intentase, que era "imposible", o que se olvidase porque era "imposible", o que era "imposible" que aprobara. Imposible. La más fea, pero la más presente.

"Imposible" es como la amiga fea de la tía buena. Siempre está ahí, molestando, haciendo de cordón de seguridad de su amiga, de la que tiene las cosas atractivas. Ella, conociendo su papel secundario, asume el rol y se dedica a espantar moscones y borrachos, a poner la cara de borde y a ser el poli malo de la película. "Imposible" hace lo mismo. A sabiendas de que es horrible, se coloca al lado de las mejores ideas para malgastarlas, para protegerlas de la diversión, para cubrirlas de demasiada realidad, que no siempre es real, por supuesto. Y es, también, desagradable, fea y arisca. Es una palabra con malos sentimientos.

No me explico cómo accedió "-posible" a unirse tan fríamente con "in". Es como esas parejas que ves desde fuera que son de conveniencia; típica relación de dos personas en la que sólo una pone de su parte y es tan evidente que da pena. O esos grupos de amigos en los que hay alguien de prestado, ese típico miembro del grupo que nadie entiende por qué, pero siempre está ahí, y todos se miran pensando "oye, yo no lo he llamado, ¿y tú?". Pues el prefijo con la raiz, igual. Supongo que "in" le prometería cosas increíbles: "Conmigo a tu lado serás más fuerte; yo te protegeré de los males y de los idealistas, que suelen ser gentuza de pelo largo y guitarras al hombro". Claro, seguramente, "-posible" estaba pasando una mala época, lo acababa de dejar con su anterior prefijo, "a", pero no encajaban y la gente no aceptaba que existiese algo aposible.

Leía ayer en El País Digital (ejem...) que las personas que no están seguras de sí mismas son menos selectivas a la hora de escoger pareja. Es decir, que les vale todo o casi todo, no aspiran a mucho. A "posible" le pasó igual. Pensó que sin un prefijo con fuerza y carisma se resfriaría con más facilidad, la gente le podría abordar por la calle y obtener de ella todo lo que quisiesen, porque sin prefijo no tendría una buena defensa con la que defenderse negativamente. Además, "in" ya estaba en la vida de otras palabras compañeras: "mortal" se había vuelto "inmortal" y lo que tenía fin se había transformado en "interminable", "salvable" se había hecho "insalvable" y "correcto" había ganado fama de "incorrecto". Así que, impulsado por la envidia, esa cualidad que tienen todas las palabras y raices, por el instinto de reproducción, de supervivencia y de autocomplacencia, se juntó con el prefijo para ganar en notoriedad.

Con el paso del tiempo se dio cuenta de su error. Advirtió que había cerrado muchas posibilidades a la gente. Es cierto que tenía más presencia en el vocabulario, que había ganado peso porque, hasta no tener el prefijo, su significado se acercaba demasiado a la duda, a lo inquietante del no saber. "Es posible que lo haga...". Ahora, vestido con unos ropajes más fuertes, negaba las acciones a todo el mundo, ganándose la enemistad del resto de palabras, que ahora la veían como alguien cerrada a las demás, complicada en el trato y demasiado vehemente en sus formas. Se le endurecieron los rasgos y se le afeó el gesto.

Se convirtió en la palabra más fea del diccionario.

Chaíto

Harto de todo, enfilé mi calle. Desde el portal comencé, con paso firme, el camino que me llevaba a enfrentarme a él. Tenía en mente todo lo que tenía que decirle, todo lo que me había parecido mal, lo que había incumplido y lo que me debía por haber sido tan injusto. Las frases se agolpaban debajo de la lengua como un ácido y me generaban un estado de éxtasis total que se reflejaba en mis ojos y, sobre todo, en mis cejas, que expresaban la rabia que guardaba cada una de las palabras que dispararía.

Llegué hasta la Plaza de los cubos, a la cervecería (casi) nueva que habían montado hace meses y en la que se adaptaban perfectamente al invierno madrileño construyendo una carpa con calefacción para combinar el término terraza con el de invierno, con el de lluvia y con el de frío. Él me esperaba sentado con una caña en la mesa y un plato con los restos de la piel del chorizo con pan que se había tomado. Con gafas de sol, aire desinteresado y una cazadora con la capucha bordeada con pelos de vete tú a saber qué animal sintético muerto. De piernas cruzadas, cigarro en el cenicero y los brazos posados sobre la mesa. Así me recibió.

"Ganas tenía de verte", le solté así, de primeras. "Vergüenza debería de darte, traidor. Sólo quiero que me escuches, nada más. Que te quedes ahí calladito y me atiendas bien, porque no te lo voy a repetir". Me senté, pedí una caña y encendí un cigarro, para estar empatado con él. "Mira, esto no es lo que habíamos acordado; no por lo menos lo que yo esperaba que pasase según estaba todo. Y la culpa es tuya, yo a penas tengo responsabilidad de lo que ha pasado, ¿entiendes? Ya sé que los negocios son los negocios, pero tendrías que haber estado un poco más pendiente de mí, maldita sea. ¿Qué te crees? ¿Que puedes hacer lo que te venga en gana sin ningún tipo de responsabilidad?". Él ni se inmutaba, mis palabras parecían no afectarle.

"No has sido un buen compañero, tío. Te has llenado de promesas incumplidas los bolsillos, de buenas palabras y de imágenes que guardabas en mi mente. Pero al final todo ha sido mucho más complicado. Parecía que enero y febrero empezaban bien, pero ya en marzo me encontré con la primera contrariedad. Me enteraba de que no seguiría en el trabajo; vale que era algo que tenía en mente, pero me adelantaban mi salida un mes... Es cierto que en abril me lo solucionaste un poco y pude estar de vacaciones en mi casa, e incluso viajé al extranjero hasta principios de mayo, pero después... después qué, ¿eh?". Él seguía sin inmutarse.

"El resto de meses han sido complicados, joder. Me dejaste tirado durante dos meses en los que me estaba jugando mucho, pero tú ni te molestabas en darme una señal, una llamada, una palabra tranquilizadora. Y el negocio ese en el que me metiste durante dos meses... eso sí que fue una mierda. Yo no fui ahí para eso, esa no era mi misión, y tú lo sabías perfectamente, sabías que no iba para lo que me habían contratado. Por eso me fui antes, me retiré, a mí no me toma el pelo nadie, ¿de acuerdo? Joder, me he quedado sin tabaco, ¿me das uno?". Echó mano de la cajetilla, me ofreció uno y, acto seguido, prendió una cerilla y me lo encendió. Todo sin soltar una sola palabra.

"Lo que te decía, después de dejar el negocio aquel me volví a ver en la misma situación. Me hice un par de viajes para olvidarme de todo y que dejasen de perseguirme, pero no fue suficiente, volvía a estar sin nada entre las manos, sin nada que llevarme a la boca. En lo último que me has metido no está mal, estoy contento, pero necesito estabilidad. Por eso paso de ti. Hice mal en dejar al anterior; me lo encontré vestido de mendigo en una esquina y me dijo que había caído en el olvido, que sólo le recordaba de vez en cuando por el tema de las apuestas deportivas, pero que nadie le llamaba ya nunca. Yo sí que lo echo de menos, aunque sé que ahora es imposible que vuelva. Así que he econtrado uno nuevo con el que espero tener esa estabilidad en los negocios que tú me has negado. Has sido un mal agente, así que adiós".

Me levanté de la silla, me terminé de pie la cerveza y le solté un billete de 5 euros para las dos cañas y, con desprecio, le dije que se quedase la vuelta. Me giré y volví sobre mis pasos. Había dicho todo lo que quería decir, quizás había desordenado el guión que tenía preparado desde hacía un par de horas, cuando duchándome había estructurado mi perorata con orden y concierto, pero daba igual.

Ahí te quedas: "Chaíto".

Justicia Poética

Siempre recuerdo como una chica (la que ha sido la única) me respondía "porque me lo merezco". Fuese lo que fuese, sin importar si en la pregunta se incorporaba un elemento subjetivo o de azar. Daba igual, siempre apelaba al "me lo merezco". "¿Qué tal el examen?" "Bien, creo, pero tengo que aprobar, estudié mucho... me lo merezco". Es decir, no buscaba basar sus posibilidades de aprobar en el estudio, en la calidad del mismo, en su buen hacer ante el folio en blanco entre fórmulas farmacéuticas, sino que se apoyaba en el merecimiento, en los méritos previos.

Con el tiempo entendí que esa era la famosa justicia poética. Si no puedes acudir a la justicia como elemento real de la sociedad, que se materializa en un conjunto de leyes y órganos que disponen qué es justo y qué no, puedes hacerlo a la otra. Es decir, yo me merezco que el 2010 sea bueno, me traiga buenas cosas, sea el año de recoger frutos sembrados en años anteriores. No puedo acudir delante de un juez a solicitar justicia en el caso de que no se cumpla porque no hay ley que me proteja, así que sólo puedo invocar a la justicia poética para que me guarde. "Me lo merezco".

Y es cierto; me he pasado los úlitmos años cediendo tiempo y dinero (porque cobro poco) por las redacciones por las que he pasado, y ahora entiendo que me merezco, después del buen trabajo realizado, que me den la oportunidad para quedarme en un sitio en forma de contrato. Me parece justo que, en esta época de crisis, la justicia poetica me pague lo que me debe, porque muchas veces no ha hecho acto de presencia cuando la esperaba, la muy...

Me he informado (en Google, tampoco me herniado) sobre la justicia poética, y he encontrado esto:
Thomas Rymer acuñó la expresión “poetic justice” en su “The tragedies of the last age considered” (1678) para describir cómo una obra debería inspirar el comportamiento moral por medio del triunfo del bien sobre el mal. De manera que, aunque en la vida real no siempre se hace efectiva la verdadera justicia, en la literatura es posible conseguirla.
El triunfo del bien sobre el mal. El triunfo del merecimiento por los méritos. El triunfo de la mirada comprensiva que se diga a sí misma "sí, se lo merecía". El triunfo de la justicia poética sobre la injusticia vital. Como siempre, nos vienen reminicencias cristianas (incluso a los que nunca hemos sido partícipes de ellas...) sobre la recompensa de ser bueno, de hacer buenas acciones, de poner la otra mejilla y de no hacer a otro lo que no nos gustaría que nos hiciesen. Ser justos poéticamente con los demás, también, que nuestra mejor cara sea la que les mostremos. Pero siempre, casi sin excepción, con el fondo de la recompensa. "Me lo merezco, no me quejé nunca y ellos lo saben".

Y hoy, hace unas horas, Guardiola no pudo más, se derrumbó. Supongo que se dio cuenta de que la justicia poética había actuado. Y derramó las lágrimas y, con ellas, su imagen de impenetrable por el éxito.

Así que me he quedado esta tarde, desde la redacción, entre televisiones que retransmiten al Real Madrid, buscando razones por las que me pueda fallar la justicia poética... y no las encuentro.

"Sí, me lo merezco...".

Dígalo Otra Vez, 33...

Siempre se dice eso de "segundas partes nunca fueron buenas", pero nunca lo creí. Me gustó, por ejemplo, "Ace Ventura 2", la de África, y siempre defendí la segunda parte de "Grease" (¿realmente estoy diciendo esto en serio? Fatal, Michelle Pfeiffer). Ayer por la noche tuve un reencuentro con el pasado, una de esas segundas partes que siempre son buenas. Quizás lo son por voluntad propia, más que por la realidad, pero son buenas y ya está.

Hay con gente, con grupos, con personas, que la fuerza te acompaña, te lleva y te arrastra como la resaca del mar en la orilla los días de viento. Es gente, grupos o personas que tienen un toque característico, que unidos por las circunstancias deciden juntarse por y para una misma idea. A mí me pasó eso con el 33, con mis compañeros de Universidad en Madrid. Después de una carrera que no me gustaba y unos compañeros de clase que se caracterizaban por el patetismo y el esperpento (mi primera imagen de la facultad de Santiago es mi entrada en el aula el primer día y ver como dos sinvergüenzas se dicen "Eh, tío, que estamos en la Uni" y se chocan las manos como simples americanos) me encontré con gente que, con excepciones, claro, se adaptaban más a mí, a mi forma de ser, de entender y de hablar. Por suerte, los he mantenido en el tiempo y en la distancia.

Dice la canción que la distancia es el olvido, pero en algunos casos la distancia es el recuerdo y si hay afinidad, pues la hay. Ayer, después de algún tiempo sin ver a muchos de ellos, todo volvió a ser lo mismo, lo de siempre. El color era desgastado, como si se tratase de una película antigua coloreada, y las voces, los abrazos y los besos tenían la intensidad de cuando eres pequeño. Faltaban algunos, unos que deberían estar y otros que mejor que no estuviesen (el caballero, por ejemplo), pero la imagen me llevaba a completar los huecos que dejaban en los corrillos que formábamos en los locales con un par de cervezas. Faltaba alguna brasileña, algunos canarios, algún madrileño biólogo y alguno que le gusta a Perro Muchacho, que soportaban estoicamente la imagen en el recuerdo, seguramente, sin saberlo, mientras se dedicaban a sus respectivas vidas. Pero yo, por lo menos, les eché de menos. El 33 es todos, y sin todos no hay 33.

Y fue una noche más, normal, sin nada destacable. Un local sin cobertura, un karaoke sórdido, un par de canciones corales y un desayuno en San Ginés. Nada más, sólo eso. Así, en color de peli antigua coloreada. Pero de esas películas que ves una y otra vez y no te cansas. Y alguno se nos va, como la de las gafas rojas, que nos abandona por una Suramérica que le ofrece una oportunidad. Y yo, mientras, me quedaré sentado en la silla de la redacción pensando en qué hará en ese momento, como nos lo hizo pensar la brasileña que quería ver mundo o el canario que se fue a su isla para convertirse en un ídolo de masas. A esa, a la de las gafas rojas, a la que me roba en tabaco y me pide fuego, la veré en mi cabeza de vez en cuando si no está aquí. Pero ayer estaba y no se fue hasta que el reloj le obligó a huir. Y al japonés también.

Y así, entre gafas rojas, japoneses, actrices vestidas para la ocasión, sabios de barbas eternas, mostoleños con corbata, directores de cine homosexual, malavescos toreros fuamadores de puros, productores de televisión, canarias con alma de escritora, madrileñas documentadas y fauna variopinta pasó la noche. Una noche más. Al final, ya acostado, el médico me lo dijo claramente: "Dígalo otra vez: 33". Tosí, lo dije y me dormí.

El grupo 33, lo que le importa a las gentes...

Otra Vez

Otra vez hace frío en Madrid. Pero mucho. Bueno, bastante. Desde hace dos semanas, más o menos, el tiempo ha empezado a cambiar e incluso a veces se atreve con amenazar con lluvia. Y caen dos gotas y para. Vamos, que no sabe llover bien Madrid. Y otra vez empieza a ser de noche muy pronto. A las seis ya necesitas andarte con ojo para no comerte una bolsa de basura mal apoyada en el suelo, un contenedor que te espera detrás de una esquina o un resto de post alimentación canina (manera fina, cursi, pedante y estúpida de decir una cagada).

Otra vez se puede llevar jersey, dos camisetas, un abrigo y una bufanda. Más que "se puede" es "se debe". Pero la ventaja de este frío castellano es que no te cala si te cubres. No es ese ambiente húmedo al que le da igual que lleves cinco capas de ropa; ese es mortal y, sobre todo, muy incómodo. Y otra vez la gente sale pertrechada con paraguas a la calle, como si les fuese a coger un chaparrón inesperado de unos... ¿cuatro segundos? Y otra vez más, el metro se llena de gente cuando las nubes amenazan un poco o cuando el frío incomoda el paseo.

Y otra vez la Gran Vía se ilumina antes de tiempo. ¡Es 1 de diciembre! Que no, que estamos a 30 de noviembre y los niños no han tenido tiempo de ver bien los anuncios de la tele para saber qué muñeca choni o qué mierda rapera se van a pedir. Porque, otra vez, los juguetes tratan de inculcar una cultura barriobajera de "juanis" de instituto, con uñas pintadas de morado, pendientes en el labio y tatuajes en el omóplato. Que está bien si tienes una edad, pero predestinar a las niñas desde los 10 años debería ser delito. Y el rollo "hiphopero", lo mismo. Muy bien si te gusta esa música y si te crees que eres del Bronx por llevar una gorra ladeada, pero espera a tener al menos pelos en los sobacos (por los niños, lo digo, aunque hay mucha chica moderna que se deja pelos. O no).

Y otra vez amenazan con regar las calles de villancicos por altavoces sin preguntar a la gente si les hace más feliz que sea Navidad dentro de un mes sólo por oir esos maquiavélicos sonidos. ¿Qué niños cantan esas canciones? Supongo que algunos alienados, de esos a los que sus padres llevan a castings para que salgan en la tele y terminen con la vida arruinada (tremendo el caso de Aarón Guerrero, el inefable Chechuuuuuuu, que aún le puteaban en la Universidad. Si eres un repollo con patas, mejor en la intimidad, y no en el supercombo "Médico de familia"- "Ana y los siete". Descanse en paz, pequeño príncipe).

Y otra vez, aunque esto lleva un tiempo, nos señalan el otoño vendiendo castañas por la calle. Otra vez ese olor te recuerda que tienes hambre y que no tienes un horno guay ni tiempo suficiente para hacerlas tú, en tu casa, con tu gente (odio esa expresión de "tu/mi gente". La gente es la gente, el resto es o familia, o amigos o lo que sea, pero no mi gente, malditos). Y otra vez me tengo que tragar 23 días de diciembre hasta irme a Vigo. ¿Alguien sabe para qué sirven los días de diciembre que vienen antes del 21 o el 22? Para nada, llegas cansado a las fiestas. Propongo un mes de 30 noviembre seguido de un 2o de diciembre, para prepararte y que no te pillen las fiestas en bolas.

Vamos, que otra vez lo de siempre.

(No) Estoy Enfermo

Esa es la verdad: (no) estoy enfermo. Claro, tengo que entrecomillar la negación, porque nunca se sabe. Puedo estarlo y no saberlo, no sentir aún la enfermedad claramente pero hay síntomas que me dicen que sí, que lo estoy. Frío, dolor de cabeza, pereza... pero eso lo puedo sentir otro día en el que, simplemente, estoy cansado. Pero no sé, hay algo que me dice que (no) estoy enfermo.

Siempre hay que partir de la base de que soy hipocondríaco. Enfermedad que veo, enfermedad que quiero. Recuerdo en el colegio que escuché que había mucha gente infectada con paperas. Yo enseguida me preocupé; me notaba la garganta inflamada y veía que mi cabeza se parecía cada vez más a una pera (qué queréis, era pequeño y poco sabía de aquella enfermedad). Peor fue con la varicela. Mi hermana la tuvo y yo, irremediáblemente, comencé a sentir picores por todo el cuerpo, a ver granitos donde no los había y a notarme con la temperatura alta. Caí, es cierto, pero tiempo después de mis síntomas, que no eran más que reflejos de mi hipocondría (o de mis pocas ganas de ir al colegio o de celos por ver como mi hermana era la que no iba y se quedaba en casa).

Ahora la cosa ha empeorado porque ronda por el aire la temida (y glamourosa, que cojones) Gripe A. Tiene nivel, parece. Es la A; ni la B ni la C ni la D, no. Es la A, la primera, la más alta del ránking, la chula, la jefa de las gripes. Y yo, entre tanto infectado, no puedo hacerme a la idea de que no me haya seleccionado a mí para ser uno de sus portadores. ¿Qué le pasa conmigo? ¿Acaso no le gusto? Mira, Gripe A, tengo una mente para los negocios y un cuerpo para las enfermedades. Sé llevarlas bien, suelen estar cómodas en mí. Pregúntale al asma, nos conocemos desde que nací. Además, ese punto chic de que todos los futbolistas la tienen le da un toque de arrogancia. Se va contra los que tienen pasta, contra los millonetis, es una enfermedad bolchevique. Vale, es cierto que personas de otros estratos sociales también la han padecido (cobrándose algunas muertes, también es verdad...), pero es que en toda revolución hay los llamados "daños colaterales": víctimas de unas ideas que deben sufrir para obtener un fin.

Pero me da, sinceramente, que (no) estoy enfermo. (No) mucho, por lo menos, y (no) de Gripe A. Será cualquier cosa producto de mis extraños horarios, de mi habitual insomnio, de mi manía de madrugar aunque duerma mal y no tenga nada importante que hacer. Esas cosas se aglutinan en el cuerpo y luego te dejan un poco cansado, pero (no) enfermo.

Y lamento todo esto porque mi relación con las enfermedades es genial. De pequeño, por culpa del asma, faltaba mucho a clase. Siempre cogía un resfriado si me mojaba, tenía fiebre si dormía mal... no sé, cosas guays. Pero mi cuerpo debe haberse cansado de estas tonterías o al fin se habrá adaptado al medio, 28 años después. También es posible que, al fin, sea un hombretón duro al que no le afectan las enfermedades, ni siquiera las de moda que molan.

Pues eso, que (no), que (no) estoy enfermo, no se preocupar. Eso sí, me voy a tomar una pastillita pero ya, por si las moscas.

Historias De Metro (Y Medio)

Si hay algo característico de las grandes ciudades es el metro, ese gusano de acero que recorre el subsuelo para dejarte en la otra punta de la ciudad en un tiempo que por el exterior sería inimaginable. Dicen que Madrid tiene una de las mejores redes de metro del mundo (o de Europa, no sé), pero para mí ese maldito gusano tiene algo que destaca por encima de todo: las historias. La verdad es que te pueden pasar mil cosas en él y puedes ver a otras tantas personas extrañas que lo habitan.

Aquí ya he escrito algunas de ellas, algunas más oníricas, otras más "metafóricas", pero que poco tenían que ver con la realidad del día a día. Borrachos, yonkis, mendigos, sordomudos disfrazados u hombres de negro. Todos ellos conviven en un universo paralelo bajo el asfalto, cerca de las profundidades. Gente que sólo te puedes encontrar en el metro.

Negra sombra por compasión

Son muchos los que piden por los vagones. Alternan su paso por ellos según el número de paradas. Invierten los segundos que dura el viaje de una parada a otra para tratar de recaudar dinero, ya sea mediante música, pena o silencio. Yo no suelo dar dinero a la gente que pide en el metro. Sí más a los que tocan en los pasillos, pero no a los que se dedican a convertir el vagón en su escenario particular. No lo hago por dos razones: la primera, casi siempre me molestan, ya sea cuando leo o cuando escojo la música que quiero escuchar, no la que me imponen ellos con sus pequeños amplificadores; la segunda, a veces me escondo detrás de ese cinismo barato del "es que si le doy a uno, le tengo que dar a todos".

Cuando simplemente piden me lo pienso más. Me refiero a que soy más reacio a sacar mis monedas de la cartera. No sé por qué, quizás es que lo de ser buena persona no se me da bien. Pero a todo esto hay una excepción.

Fue hace un año como mínimo. Yo estaba apoyado sobre la puerta (la del lado que no se abre) mirando hacia el resto del vagón mientras escuchaba música. El metro se paró, abrió sus fauces, y por ellas entró un personaje diminuto, pequeño, débil, ínfimo. Iba mal vestido y algo sucio, con la ropa deshilachada y desprendiendo un olor a llevar horas recorriendo el subsuelo o las propias calles.

Las puertas se cerraron y, en cuanto empezó el movimiento, aquel hombrecillo pidió un minuto de nuestra atención:

"Señores, señoras, no querría molestarles, pero voy a recitar un poema". Ante esta declaración de intenciones, le di al stop y le presté atención. ¿Con qué nos deleitaría? ¿Un Bécquer cursi y manido? ¿Apostaría por algo más moderno? ¿Se arriesgaría con un extranjero? Antes de empezar, hizo una breve presentación: "Bueno, el poema es uno que me gusta mucho, y es de Rosalía de Castro". ¡Claro! Aquel acento le había delatado; era gallego y, buscando entre sus raíces, pensó que qué mejor manera de obtener un poco de dinero que recitando a la poeta compostelana. Y, sin más, empezó a recitar. Lo hacía en bajito, mirando al suelo, como un niño que se levanta delante de toda la clase para dar la lección ante la atónita mirada de sus compañeros. Y, así, empezó:

Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.

Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.

Mi alma gallega se resquebrajó, no podía ser inmune a aquello, a aquel ser ínfimo con voz de pito que recitaba por completo el poema de Rosalía. La negra sombra me asombró. Saqué mi cartera y, nada más terminar, me acerqué a él, le di las gracias por el poema y unas monedas. Ay, ese día me sentí gallego, amigos.

Halloween en mute

Una de las últimas historias me pasó hace muy poco, el 1 de noviembre, con la celebración de Halloween en pleno metro. Era la una y media de la mañana de un sábado y yo salía de trabajar con el diario de El País del día siguiente bajo el brazo. En el metro conseguí un asiento y, entre el alboroto de los disfraces, me puse a leer en plan intelectual la edición de un periódico que no había salido aún a la luz.

En cada estación, mientras nos acercábamos a Gran Vía, se subían más y más gente disfrazada y medio borracha gritando, cantando y comunicándose con los otros enmascarados mediante sonidos guturales (dos cosas sobre esto: en Madrid está prohibido beber en la calle; en el metro, te puedes llevar un bar montado que no pasa nada. La otra, que Halloween, además de una americanada, es una fiesta en el que los tíos se disfrazan para ser más feos y las tías para enseñar el máximo escote que puedan. De vampiresa, sí, pero que cobro por ello...). Sólo había un grupo cuyos sonidos guturales eran más constantes. Alcé la vista y empecé a fijarme en ellos. Era un grupo de mudos (sordos también, supongo), jóvenes y disfrazados para la ocasión. Vasos de plástico en la mano con licores espirituales y haciéndose coñas entre ellos. Pero todo en un medio silencio.

Una de las jóvenes (porque eran muuuuy jóvenes) me miró. Me llamó con gestos y con garganteos y al final decidió echar su mano, maquillada de blanco, sobre mi periódico. Ahí empezó una conversación por signos. Ella me decía que le parecía muy bien que, mientras los demás bebían y se lo pasaban bien, yo me hiciese el intelectual con cara de gilipollas leyendo el periódico. Yo, por señas, le contesté que estaba cansado y que me iba a casa a dormir. Ella, pizpireta, me contestó que se iban de fiesta, que iban a beber y que lo de dormir no lo contemplaban. Yo le sonreí y le dije, de nuevo por señas (soy mejor de lo que creía) que me parecía muy bien, pero que yo estaba taaaan cansado que sólo quería dormir.

Llegó Gran Vía y nos bajamos todos. Los sordos, los mudos, el que va de intelectual, los gañanes maquillados y las vampiresas a sueldo rollo Montera.

15 Minutos

15 fueron los minutos de fama que Warhol decidió concedernos. Un cuarto de hora en el que nos correspondería el reconocimiento o el conocimiento, en el que los focos las cámaras y los mirones se centrarían en nosotros; 15 minutos en los que seríamos el centro de atención.

Ayer, a la hora de comer, los informativos correspondían las palabras de Warhol con imágenes de los jugadores del Alcorcón recorriendo el paseo que les llevaba a los campos de entrenamiento, su carreras continuas por una pista de atletismo al lado de los estudiantes de un instituto. Es cierto que hace dos semanas ocurrió algo similar.

Primero, en la previa del partido, la actualidad se desplazó hasta la ciudad dormitorio del sur de Madrid para entrevistar a algunos de los miembros anónimos de aquella plantilla; de ellos, sólo Borja, un delantero acostumbrado a meterle goles al Real Madrid en este tipo de lances, y Juanma, ex portero de Atlético de Madrid y Numancia, habían copado ya su derecho a que sus nombres fuesen algo más que un común. El resto, con las sonrisas de los que se saben vistos por sus familias, enseñaban las instalaciones del club, los vestuarios, el campo y el aparcamiento.

"Aquí es donde firmamos todos los autógrafos", decía uno irónicamente. "Bueno, a lo mejor a partir de esta noche, sí". Y la predicción se hizo realidad; horas después, un equipo menor, semi profesional, vapuleaba a otro que había invertido meses atrás más de 200 millones en contratar a jugadores menos, mucho menos, anónimos. Un 4-0 que quedaba, pasase lo que pasase, en los anales de la historia, gloriosa del Alcorcón, vergonzante del Real Madrid.

Durante las dos semanas que siguieron hasta el partido de vuelta, las portadas que coparon se convirtieron en breves, en pequeñas informaciones que se sujetaban como podían entre las páginas de los diarios deportivos. Ellos sabían que su hazaña inicial se había comido, más o menos, la mitad del tiempo que les correspondía como dueños de la fama. El resto, los otros 7 minutos y medio, esperaban un martes a las 8 de la tarde en el Santiago Bernabeu delante de 80.000 personas y miles de millones en fichas, presupuesto e inversiones varias.

En el mismo informativo en el que aparecían los del Alcorcón caminando hacia su entrenamiento, decían: "...recibiendo la atención que quizás nunca vuelvan a recibir". Vamos, que se sentenciaba ya que el cupón de los minutos de fama se invertirían en su totalidad esa misma tarde, en el cesped del estadio del Real Madrid.

Y llegó la hora del partido. Y los minutos pasaron a distintas velocidades; para la afición blanca, con una rapidez desmesurada, como una máquina que devora esperanzas; para los de Alcorcón (los de allí y los que lo apoyaban), despacio y con las apreturas del que no ve llegar el fin de mes. El silbato del árbitro se disparaba entre las gradas transformado en la señal de que el final del partido había llegado. Un final que significaba el aterrizaje de los jugadores del Alcorcón hasta la meta, exhaustos pero con un derecho a renovar el ticket de la fama, al menos otros quince minutos.

Leía hace poco que el Alcorcón era como Beckham; el inglés, decían, no era rápido ni fuerte ni regateaba ni defendía, pero con trabajo y confianza en sus posibilidades había llegado hasta donde pocos lo han conseguido. El Alcorcón, en 120 minutos de fútbol, se había convertido en uno más de esos que consiguen una hazaña que se recuperará con el tiempo y los nombres de muchos de ellos quedarán guardados con honores entre páginas de periódicos muertos.

También decían que eso, por suerte, sólo puede pasar en el fútbol. Es inimaginable ver a la selección de España de rugby dándole una paliza a la de Nueva Zelanda y es difícil pensar que Federer o Nadal pudiesen salir derrotados ante un semi profesional. Pero en el fútbol, por suerte, todo es posible, incluso que un equipo dos categorías inferior y de régimen no profesional le pinte la cara a un histórico repleto de estrellas.

En fin, que Warhol debió pensar que hay algunos que, después de los 15 minutos dichosos, amplía su estatus unos cuantos más, y a saber cuántos. Quizás los amplíen en el Camp Nou, vaya usted a saber, señor Andy.

Tuve Un Flash (Y Era Forward)

Delante de la carnicería. Sí, allí mismo, sin entender ni cómo ni por qué, me desmayé. Sé que no es el mejor sitio para desmayarse, delante de la puerta de esa orgía cárnica, de trozos de cerdo y vaca degollados y con la piel arrancada al son del ruido de las máquinas, pero uno no elige dónde se desmaya, amigos. Delante justo de la puerta, al subir el escalón que divide la propiedad pública de la privada, me desparramé. Primero, mi cuerpo se ladeó y se estrelló contra la pared y después descendí pegado a ella, frotándola como si la limpiase de impurezas.

Sólo recuerdo posar el pie en aquel escalón. A partir de ahí, oscuridad durante unos segundos. Después, una imagen borrosa que ganaba claridad y se enfocaba poco a poco. Me veía a mí en mi habitación. Era de día y las ventanas del colegio que tengo enfrente con cristales traslúcidos dejaban entrever las figuras de niños con mandilones que pedían el turno de palabra levantando la mano (podía identificar, incluso, como uno de ellos mantenía el brazo en alto sujetándolo por el codo con la mano del otro brazo mientras su cabeza reposaba en el pequeño y poco desarrollado bíceps). El sonido era el de una mañana cualquiera; las voces de esos mismos niños y los de la clase de al lado, los motores lejanos de motos y coches que circulaban por los alrededores y que, de vez en cuando, se hacían estremecedores al paso por Tutor.

La cama, deshecha y con la ropa del día anterior encima de la cama, guardaba entre las arrugas de las sábanas las huellas de la noche anterior. La mesa, casi vacía, soportaba en un lateral el flexo, inclinado para realizar su función de "luz de mesilla", un par de papeles con mi número de cuenta, un libro aún por terminar y la carpeta llena de apuntes de otros años. Además, más centrados, el móvil, el reloj y el cable USB del Mp3 al lado de la taza de café del desayuno daban a la mesa un aire de desorden mañanero.

La siguiente imagen me mostraba a mí delante del ordenador. Yo, con un pantalón de chándal Umbro del equipo del colegio y una camiseta de manga corta. En el cuerpo, una extraña sensación de frío agradable, un frío que avisaba que, por fin, llegaba el otoño a Madrid. Mi cara se reflejaba sobre la pantalla del ordenador; se podían intuír las ojeras, los labios secos y el pelo alborotado (como una chica yeyé o un loco transtornado con ganas de matar, imagen a elegir).

Mis manos pulsaban compulsivamente el teclado del ordenador. Impreso en la pantalla, el editor de textos del blog y un título: "Tuve Un Flash (Y Era Forward)". Los cascos conectados al pc y música sonando.

Después me desperté y me vi rodeado de gente. Sus cabezas se inclinaban sobre mí: "¿Estás bien?", preguntaban. Yo me levanté como avergonzado, como cuando te tropiezas por la calle y estás a punto de destrozarte la cara contra la acera. Erguido y recuperando la poca dignidad y la compostura, les miré directamente a los ojos a todos aquellos que se habían reunido a mí alrededor y grité: "¿Os ha pasado, verdad? Dios mío, os ha pasado fijo". "A ti, y a ti, y a ti...", sentenciaba con mi dedo índice y acusador a los transehuntes atónitos. "Acabo de ver el futuro. ¿Cuánto tiempo he estado desmayado?". "Unos dos minutos", contestó una voz. "Joder, esto es increíble. Está bien, vamos a hacer una cosa: vamos a contar lo que hemos visto cada uno de nosotros en ese desmayo colectivo y conseguiremos descifrar este misterioso misterio".

"Eeeeeeeh, chaval, que tú has sido el único que se ha desmayado. Falta de azucar, demasiadas drogas, afeminamiento... vete tú a saber la razón, pero eres tú el único que se ha desmayado", me dijo un tío con pinta de tendero. El carnicero, mi carnicero habitual, el que me vende la "ternerita de buena calidad" y las "hamburguesas buenas, buenas y caseras", esas que "no encuentras en los supermercados", saltó en mi defensa: "Falta de nutrición no es, que el chico viene por aquí y compra carne de la buena, buena". "Y mucho embutido, del bueno, bueno, también", aseguraba su compañero, el que sirve los quesos, jamones, chorizos y demás.

"¿Y qué futuro has visto?", preguntó una anciana con un carro de la compra al lado. "No sé, señora. Estaba en mi habitación, escribiendo algo, creo que iba sobre que había visto el futuro". "Ah... ¿seguro que no tomas drogas?", respondió la cotilla de la señora. "No puedo ser el único del mundo que haya sufrido esto. Estoy seguro que en algún lugar, miles de personas han perdido el conocimiento y ahora están igual de perdidas que yo". "Muy perdido se te ve, muy, pero que muy perdido, chico...", inquirió un hombre con vello que le poblaba las fosas nasales y los oídos.

"¡¡Déjenme en paz!!". Aparté a la masa cotilla que se había acumulado y me fui medio cojeando y con ganas de llegar a mi casa. El camino fue eterno, recordando, recortando y pegando las imágenes. Cuando llegué a mi habitación, abrí el ordenador y me puse a escribir en el blog. El título: "
Tuve Un Flash (Y Era Forward)".

Verbos Copulativos

Él se dio cuenta de que los verbos copulativos se habían apoderado de su vida. El primer día que se percató fue cuando escuchó a un extranjero decir: "Yo soy muy contento aquí". Acto seguido, después de lo chirriante que le resultó aquella construcción, se paró a analizarla durante algunos minutos. Aquel personajillo pelirrojo y de mejillas sonrosadas que degustaba una pinta en aquel irlandés le había abierto una nueva dimensión.

Se preguntó: "¿Estoy contento? Y lo más importante, ¿soy contento?". A su pregunta no encontró respuesta, más que nada porque la había formulado mentalmente mientras apuraba un cigarro al son de las conversaciones de sus amigos; el problema era que él tampoco era capaz de contestarse a sí mismo. Para facilitarse las cosas (él era así, se hacía trampas a él mismo para caer en la autocomplacencia), modificó la frase. "¿Estoy feliz? ¿Soy feliz?".

A ambas preguntas respondió que sí: estaba feliz en ese momento, reunido con sus mejores amigos viendo pasar a chicas Erasmus disfrazadas para aquella noche; y era feliz, en general, tenía todo lo que podía querer, por lo menos de momento. Así que, resuelto el segundo dilema, volvió con el primero. "¿Soy contento?". Que estaba contento era evidente, porque existía una vinculación directa entre la felicidad en la que estaba y lo contento. Pero, ¿lo era? ¿Qué significaba ser contento? Nada, se respondió a sí mismo para integrarse de nuevo en el grupo y dejar de pensar tonterías.

Pero no paró ahí. Algo le decía que no era contento. Que lo estaba, pero que no lo era. Y surgió, desde algún lugar profundo y oscuro, la convicción de que tampoco era feliz. Y la razón la encontró en aquellos verbos. Se dio cuenta de la gran diferencia entre "ser" y "estar". Rápidamente le vino a la cabeza el nombre de aquella chica.

Cuatro meses habían pasado desde que la conoció; cuatro meses en los que habían estado "juntos". Sí, él entrecomillaba aquel estado. Cuando alguien le preguntaba por ella, él respondía con evasivas, como si hablase de una extraña, ni siquiera de una amiga. No le apetecía definir absolutamente nada: novios, pareja, salir con, estar con... En ese instante cayó en la cuenta: quería estar. Simple y llanamente, estar. Nada más y nada menos que estar. Pero ella quería ser. Ser todo y serlo para todo. Ser.

La disyuntiva verbal que se le presentaba le aclaraba el panorama. Los verbos se separaban y definían más aquella indecisión. El "estar" no conllevaba gran cosa en ese caso, simplemente el actuar en determinados momentos. El "ser" sí que tenía repercusiones más profundas, anhelos de algo, pretensiones que a él se le escapaban de las manos. En ese momento, recordó que esos verbos se llamaban verbos copulativos. Copulativos.

De latín "copula", que significaba "unión", "lazo". Él veía la unión, qué remedio le quedaba, pero le agobiaba el lazo. Y que existiese cópula no tenía por qué significar que se tuviesen que unir sus sintagmas nominales y verbales a través de aquel lazo. Simplemente quería buscar oraciones sin sentido, sin mucho significado, que no tuviesen peso específico de por sí, sino juntándolas todas.

Más verbos copulativos que se vinculaban en su memoria. "Recordad, niños, los verbos copulativos son: ser, estar, parecer y semejar", retumaba la voz de su profesora del colegio, con olor a tiza y mandilón. "Parecer" y "semejar". En su vida copulativa estaba harto de parecer algo, no quería estar forzado a parecer o a semejar sus sentimientos. Casualmente, estaba pareciendo y semejando, pero no era lo que parecía ni lo que semejaba.

Le dio un trago a su cerveza, se sacudió la cabeza como el que acaba de saturar su cerebro con demasiada información y, al paso de una danesa, gritó: "Eeeeeeh, mirad a esa chica. Eh, ¿te tomas una cerveza con nosotros?". "Estás un gañán", dijo ella en su mal español.

Parez

La crisis está ahí. Está; no tiene un físico determinado ni cara ni mucho menos sentimientos. Y la crisis esta nos tiene a varios parados en el mercado pseudo laboral (también a los que aspiramos a ser becarios); parados por lo del poco movimiento que hay, salvo en el torno de salida. Ese sí que se mueve y no para de moverse. El de entrada, en cambio, no se inmuta, por lo menos para los contratos que supongan más de seis meses de trabajo en la empresa.

Desde mediados de septiembre, cuando terminé mi último examen de la carrera, me situé en una imaginaria cola del paro. Imaginaria porque nunca he cotizado y entre esos números que nos abruman del INEM (a todos menos al Gobierno, claro) yo no me encuentro reflejado, como tantos otros que, unidos de la mano, seguro que haríamos tambalear la redonda cifra de los 4 millones.

A lo largo de este mes y poco, aproximadamente, he estado buscando algo que me apeteciese. Una beca, me daba igual, en un medio de comunicación, y por un sueldo de mierda, tampoco importaba. Lo sé, soy lo más parecido a una prosituta de esas que te encuentras en la Gran Vía y que te piden un euro mientras te agarran de la manga. Durante este tiempo, he estado nadando en el maravilloso mundo del ocio. Pero el ocio, si es del 100%, aburre, y mucho.

Pero esto ha terminado con una llamada. "¿Sigues interesado en trabajar con nosotros?". Claro que sigo y seguiré interesado. Así que este lunes, a las 3 de la tarde, empieza mi nueva vida como becario en la sección de deportes de El País Digital. Trabajaré los domingos, algún sábado, pero así es la vida de los periodistas deportivos, amigos. Así de dura.

La verdad es que soy polifacético. Después de la Cope, me fui a Canal Plus, y esto supone seguir con la vía Prisa, y estaría bien seguir un poquiiiiito más y probar en la SER, ¿no? Así que, si esto termina en unos 5/6 meses, ya saben los de la radio que estoy dispuesto a dar el último paso por la empresa. En serio, lo haré, y gratis. Bueno, gratis no, que ya como licenciado no se puede estar con estas tonterías...

Venga, suerte y cosas para todos.
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