Dicen que tan importante es saber perder como saber ganar. Incluso si sabes y ganas, mejor, porque puedes ir a "Saber y ganar" y golpear fuerte contra la cara de Jordi Hurtado por ser tan sonrisitas al formular sus preguntas guays. Las victorias suelen conllevar un aumento del ego, de la autoconfianza, de la autoestima; en resumen, ganar es honor. Y hoy en día, las derrotas se ven desde la pérdida de todo. Vamos, que no sabemos perder.
Cristina Villanueva, periodista de la Sexta, escribía el otro día en el Sport (ya véis, uno que se culturiza en Sogecable) sobre este mismo tema. Hacía referencia (bastante manida ya) al rugby. Ese juego que, como dicen, es un deporte de villanos jugado por caballeros, al contrario que el futbol, que es un deporte de caballeros jugado por villanos. Y es que en el rugby, donde dentro del campo es condición indispensable derribar al contrario, placarlo, quitarle los dientes al impactar tu hombro contra su boca, derramar la sangre del rival por el cesped y evitar a toda costa que el balón/melón pase sin dificultades la línea de gol, una vez que se acaba el partido, el derrotado le hace el pasillo al vencedor y luego todos se van a tomar unas cervezas (pintas) en la disputa de lo que se llama "el tercer tiempo".
Se habla del honor del derrotado. Del saber reconocer quién ha sido mejor y felicitarle por haberte vencido en el campo de batalla. Villanueva pedía lo mismo en política. Que en campaña electoral valiese el empujón, el placaje, el marcaje férreo a la estrella mediática de turno, pero siempre desde el juego limpio y el honor. Ejemplos como el de Baltar u otras lindezas que se han podido ver en la campaña electoral gallega sólo resta credibilidad no al que pierde o al que recibe los golpes, sino también al que los ejecuta desde su atril.
Con el resultado de ayer se ha demostrado que el BNG no estaba preparado para gobernar. Quiso dibujar con una tiza de color blanco impoluto una línea que separase lo que era Galicia con lo que ellos querían que fuese. Y el PSOE poco pudo hacer. Bueno, o poco hizo. Parece mentira que en lugar de alinearse contra el eterno poder de la derecha gallega (muy rural, caciquista y poco social), se dedicaron a remover las tripas del electorado proponiendo cambios recién llegados al Gobierno que sólo les hacían perder votos. Abuso de poder, en algunos casos. Cambios forzados lejos de una realidad que no es la de otras Comunidades. Errores de bulto que hoy nos traen a Feijoó a la Xunta con la mayoría absoluta debajo del brazo. Bien les está.
Yo admito que estoy a favor de los cambios de ideologías en los Gobiernos. Un poco de derecha, un poco de izquierda, un poco de centro... pero parece que en la práctica esos cambios sólo se producen para peor. Pero es lo que hay.
Y ese honor en la derrota seguro que no lo vamos a ver. Los que se van no harán pasillo, no reconocerán sus errores y no se irán a degustar un tercer tiempo, pero ni siquiera entre ellos.
Lo mismo en el fútbol. La absurda guerra abierta norte/centro entre dos tipos de prensa que monopolizan la información termina por aburrir y desesperar a cualquiera. Muchas veces rezo porque me toque cubrir la información de otra cosa que no sea Barcelona o Real Madrid. Aburren a la gente normal. A los que lo ven divertido y nada machacón les sirve para jugar a hacer vídeos ocurrentes con frases superoriginales que nacen de mentes perturbadas y alejadas, en muchos casos, de la ética periodística y de la mera información, que es lo que debería interesar.
Yo, desde hace años, aprendí a perder. Si de pequeño no soportaba no ganar al parchís o a las cartas y tiraba las piezas de la mesa, el paso de los años y las graves derrotas del equipo del colegio en el que yo era portero me hicieron ver las cosas de manera diferente. Sigo sin poder aprender a perder, pero trato de ver la parte positiva de la derrota. Hoy por hoy, en varios frentes, tengo varios partidos en los que puedo perder. Trataré, en el caso de hacerlo, de hacer un pasillo digno al vencedor y de tomarme unas cañas con él si hace falta.
Fuerza y honor, amigos.
M.A.R.C.O.
Lo Dice
M€
on domingo, febrero 22, 2009
¿Quién hubiera hecho lo mismo en su lugar? ¿Quién, con ocho años, se hubiese lanzado hacia el mundo a buscar a la que se había ido? Seguramente nadie. Viajó, durante años, en su búsqueda. Cada país, cada ciudad, cada minuto era una nueva decepción. Ella ya no estaba, se había ido. Luchaba contra los elementos, que le devolvían imágenes de recuerdo en blanco y negro. Cuando lo logró era demasiado tarde.
Hace dos días, se ha encontrado en Rosario, Argentina, un diario del mismo que partió desde los Apeninos a los Andes. Un cuaderno gastado, viejo, con las hojas desubicadas que se han podido ordenar gracias a que cada día desde que la encontró ha fechado cada acontecimiento dia a dia en su vida. A falta de estudios grafológicos, se sospecha que son de él, del mismo que vivía en un pueblo italiano. Su nombre y sus constantes referencias a su madre han hecho creer a la policía científica que él podría ser su autor. Un diario de su vida, una vida que ha terminado aniquilada por las drogas y por el alcohol, dicen. Sólo era una cara anónima en las calles de Rosario. Sólo era un alcohólico que vivía en pensiones de mala muerte y que se vendía al mejor postor para cualquier tipo de trabajo, por innoble que fuese.
Hasta mí han llegado algunos fragmentos, breves anotaciones o, simplemente, frases que escribía recostado en aquel colchón de gomaespuma sobre un catre de madera en el que le encontraron ya sin vida hace unos días. Sólo tenía 37 años.
"Oh, madre, cuánta es la pena que me produce estar sin ti. Mis piernas aun están doloridas a pesar de que ya han pasado más de 25 años desde que me recorrí medio mundo para encontrarte. ¿Por qué te escapabas de mí, cabrona?"
"Oro parece, plátano es. Si quieres que te lo diga es-pera. El mundo es una eterna adivinanza para mí"
"Me odio a mí mismo. Me odio con mucha intensidad. Me desgarraría la piel a tiras por haber hecho lo que hice. Pero tenía frío, llevaba días sin comer. Bueno, medio día sin comer. Y él lo estaba pasando mal. Se movía de manera extraña, danzaba diabólicamente mientras tarareaba esa maldita canción. Ya no era el momento, ya no éramos los mismos. Nuestra relación se había enfriado. Me arrepiento de todo, era demasiado pequeño y no me llenó nada. Tenía que haberme comido a aquel perro, pero estaba tan simpático con aquel jersey de punto..."
Una personalidad alterada por lo duro de su vida. Una vida llena de altibajos. Del estrellato, de las portadas de periódicos de medio mundo que le regalaban los oídos al más absoluto de los olvidos.
"Mi representante tenía razón, hice mal al cambiar los derechos de la canción por aquellos sellos. Juro que ví el futuro de mi vida en aquellos sellos. Maldito Fórum Filatélico"
"Sólo me queda medio cartón de vino y hace frío. Estoy incómodo, esta falda que he robado me hace las piernas gordas y este corte de pelo que me he hecho yo mismo no me favorece nada, teniendo en cuenta la redondez de mi cara"
Sólo son anotaciones, pero se puede intuir que quería salir del bache. Gente de su entorno nos ha dicho que realmente lo que le pasaba es que era un imbécil y que le faltaban tres hervores.
"Ánimo, Marco, eres el mejor. Recuerda que fuiste una estrella y que la gente lloró más por tus desgracias que por la loca de Heidi y que por la cursi de Candy Candy"
"Nota mental: son las cuatro y media de la tarde. Soy guay"
"Nota mental: son las cinco menos cuarto de la tarde. Me doy asco"
"Nota mental: son las cinco y tres. Me quiero mucho"
"Nota mental: son las cinco y media. Comprar calcetines o robarlos. Estos tienen agujero"
No tenemos más datos, de momento, pero seguiremos informando según nos lleguen a la redacción.
Gracias por su atención en este boletín especial de "¿Qué fue de ellos?".
Hace dos días, se ha encontrado en Rosario, Argentina, un diario del mismo que partió desde los Apeninos a los Andes. Un cuaderno gastado, viejo, con las hojas desubicadas que se han podido ordenar gracias a que cada día desde que la encontró ha fechado cada acontecimiento dia a dia en su vida. A falta de estudios grafológicos, se sospecha que son de él, del mismo que vivía en un pueblo italiano. Su nombre y sus constantes referencias a su madre han hecho creer a la policía científica que él podría ser su autor. Un diario de su vida, una vida que ha terminado aniquilada por las drogas y por el alcohol, dicen. Sólo era una cara anónima en las calles de Rosario. Sólo era un alcohólico que vivía en pensiones de mala muerte y que se vendía al mejor postor para cualquier tipo de trabajo, por innoble que fuese.
Hasta mí han llegado algunos fragmentos, breves anotaciones o, simplemente, frases que escribía recostado en aquel colchón de gomaespuma sobre un catre de madera en el que le encontraron ya sin vida hace unos días. Sólo tenía 37 años.
"Oh, madre, cuánta es la pena que me produce estar sin ti. Mis piernas aun están doloridas a pesar de que ya han pasado más de 25 años desde que me recorrí medio mundo para encontrarte. ¿Por qué te escapabas de mí, cabrona?"
"Oro parece, plátano es. Si quieres que te lo diga es-pera. El mundo es una eterna adivinanza para mí"
"Me odio a mí mismo. Me odio con mucha intensidad. Me desgarraría la piel a tiras por haber hecho lo que hice. Pero tenía frío, llevaba días sin comer. Bueno, medio día sin comer. Y él lo estaba pasando mal. Se movía de manera extraña, danzaba diabólicamente mientras tarareaba esa maldita canción. Ya no era el momento, ya no éramos los mismos. Nuestra relación se había enfriado. Me arrepiento de todo, era demasiado pequeño y no me llenó nada. Tenía que haberme comido a aquel perro, pero estaba tan simpático con aquel jersey de punto..."
Una personalidad alterada por lo duro de su vida. Una vida llena de altibajos. Del estrellato, de las portadas de periódicos de medio mundo que le regalaban los oídos al más absoluto de los olvidos.
"Mi representante tenía razón, hice mal al cambiar los derechos de la canción por aquellos sellos. Juro que ví el futuro de mi vida en aquellos sellos. Maldito Fórum Filatélico"
"Sólo me queda medio cartón de vino y hace frío. Estoy incómodo, esta falda que he robado me hace las piernas gordas y este corte de pelo que me he hecho yo mismo no me favorece nada, teniendo en cuenta la redondez de mi cara"
Sólo son anotaciones, pero se puede intuir que quería salir del bache. Gente de su entorno nos ha dicho que realmente lo que le pasaba es que era un imbécil y que le faltaban tres hervores.
"Ánimo, Marco, eres el mejor. Recuerda que fuiste una estrella y que la gente lloró más por tus desgracias que por la loca de Heidi y que por la cursi de Candy Candy"
"Nota mental: son las cuatro y media de la tarde. Soy guay"
"Nota mental: son las cinco menos cuarto de la tarde. Me doy asco"
"Nota mental: son las cinco y tres. Me quiero mucho"
"Nota mental: son las cinco y media. Comprar calcetines o robarlos. Estos tienen agujero"
No tenemos más datos, de momento, pero seguiremos informando según nos lleguen a la redacción.
Gracias por su atención en este boletín especial de "¿Qué fue de ellos?".
El Señor Tiempo
Lo Dice
M€
on lunes, febrero 16, 2009
El tiempo, dicen, es oro; da y quita razones; pone a cada uno en su lugar; es un bien muy preciado. El viernes me vi las caras con el Tiempo, con el Señor Tiempo. Hablamos, negociamos y cedió a mis peticiones.
Eran las 6:20 de la madrugada. Yo había puesto el despertador para levantarme a esa hora porque tenía que coger un vuelo a Barcelona. Me iba de fin de semana relámpago a la ciudad condal para ver a mi hermana y pasearme por esas calles modernistas y tal que siempre me han gustado tanto. A esa misma hora, las 6:20, se activó el despertador de mi móvil.
El teléfono empezó a vibrar sobre la mesilla, generando un ruido estremecedor para alguien que está totalmente sumergido en otros mundos, como era mi caso. Estiré el brazo, apreté a oscuras y por intuición un botón y el ruido cesó. El móvil se quedó iluminado y pude entrever, entre las luces y las sombras de mi habitación, una figura. Enfoqué el móvil hacia ella y me encontré con el Señor Tiempo.
"Regáleme diez minutos, por favor", le dije. "No, no puedo regalarte el tiempo. Eso es algo que avanza sin compasión y ni yo puedo ir por ahí regalándolo como si tal cosa". Me volví a tumbar sobre la cama, apoyé mi cabeza en la almohada y resoplé. "Lo siento, sé que te gustaría poder manejarme, pero no hay ninguna posibilidad de que lo hagas. Ni tú ni nadie". El Señor Tiempo se sentó a mi lado y comenzó a hacerme gestos para que me levantase de una vez y me fuese al baño a darme una ducha para salir al aeropuerto. Yo me puse en plan negociador.
"Vale, entiendo que no me regale esos diez minutos. Lo entiendo, en serio. Pero tenga en cuenta que yo soy muy respetuoso con usted. Siempre lo trato con coherencia, soy amable y muy precavido con usted. De hecho, suelo llegar antes de la hora a las citas para que no se malgaste". "En eso tienes razón, pequeño", asintió. "Mire, vamos a hacer un trato: por los servicios prestados a su causa, no me regale esos diez minutos, pero detenga el tiempo. Deténgalo diez minutos y no pasará nada. De hecho, no se lo contaré a nadie (sólo lo escribiré en el blog como algo que nunca ha pasado)". El Señor Tiempo accedió. El tiempo se detuvo y comenzó una vibrante cuenta atrás.
En esos minutos lo fui todo. Traté de aprovecharlos como si fueran los últimos de mi vida. Los agarré, los acaricié, los retorcí, los abracé con fuerza, incluso traté de no soltarlos por si el Señor Tiempo me concedía otros diez. Desenmarañé los secretos que se escondían entre mis sábanas mientras se agitaban como pájaros que alzan un vuelo de varios meses. Sabía que era lo que había. Sólo tenía diez minutos y ninguno más y quizás fuera la única vez que el Señor Tiempo me concediese aquel privilegio de poder soñar con el tiempo parado.
Fueron diez minutos, pero fueron los más intensos. Y nunca me podré arrepentir de haberlos aprovechado y exprimido hasta el último segundo de aquella cuenta atrás.
A dormir todos ya, hombre.
Eran las 6:20 de la madrugada. Yo había puesto el despertador para levantarme a esa hora porque tenía que coger un vuelo a Barcelona. Me iba de fin de semana relámpago a la ciudad condal para ver a mi hermana y pasearme por esas calles modernistas y tal que siempre me han gustado tanto. A esa misma hora, las 6:20, se activó el despertador de mi móvil.
El teléfono empezó a vibrar sobre la mesilla, generando un ruido estremecedor para alguien que está totalmente sumergido en otros mundos, como era mi caso. Estiré el brazo, apreté a oscuras y por intuición un botón y el ruido cesó. El móvil se quedó iluminado y pude entrever, entre las luces y las sombras de mi habitación, una figura. Enfoqué el móvil hacia ella y me encontré con el Señor Tiempo.
"Regáleme diez minutos, por favor", le dije. "No, no puedo regalarte el tiempo. Eso es algo que avanza sin compasión y ni yo puedo ir por ahí regalándolo como si tal cosa". Me volví a tumbar sobre la cama, apoyé mi cabeza en la almohada y resoplé. "Lo siento, sé que te gustaría poder manejarme, pero no hay ninguna posibilidad de que lo hagas. Ni tú ni nadie". El Señor Tiempo se sentó a mi lado y comenzó a hacerme gestos para que me levantase de una vez y me fuese al baño a darme una ducha para salir al aeropuerto. Yo me puse en plan negociador.
"Vale, entiendo que no me regale esos diez minutos. Lo entiendo, en serio. Pero tenga en cuenta que yo soy muy respetuoso con usted. Siempre lo trato con coherencia, soy amable y muy precavido con usted. De hecho, suelo llegar antes de la hora a las citas para que no se malgaste". "En eso tienes razón, pequeño", asintió. "Mire, vamos a hacer un trato: por los servicios prestados a su causa, no me regale esos diez minutos, pero detenga el tiempo. Deténgalo diez minutos y no pasará nada. De hecho, no se lo contaré a nadie (sólo lo escribiré en el blog como algo que nunca ha pasado)". El Señor Tiempo accedió. El tiempo se detuvo y comenzó una vibrante cuenta atrás.
En esos minutos lo fui todo. Traté de aprovecharlos como si fueran los últimos de mi vida. Los agarré, los acaricié, los retorcí, los abracé con fuerza, incluso traté de no soltarlos por si el Señor Tiempo me concedía otros diez. Desenmarañé los secretos que se escondían entre mis sábanas mientras se agitaban como pájaros que alzan un vuelo de varios meses. Sabía que era lo que había. Sólo tenía diez minutos y ninguno más y quizás fuera la única vez que el Señor Tiempo me concediese aquel privilegio de poder soñar con el tiempo parado.
Fueron diez minutos, pero fueron los más intensos. Y nunca me podré arrepentir de haberlos aprovechado y exprimido hasta el último segundo de aquella cuenta atrás.
A dormir todos ya, hombre.
Y El Mejor Papel Es Para...
Lo Dice
M€
on jueves, febrero 12, 2009
Una maravillosa mujer se preguntaba hace poco en su blog (al que le debo un rincóncito en esta 'Vida de un...') qué se le daba mejor. "A mí se me da mejor reir que llorar...", decía. Vaya, que la chica se proponía la semana pasada hacer lo que mejor se le daba. Yo no me he propuesto nada de eso, ni mucho menos. Al contrario, suelo tirar más por hacer lo que no se me da bien y luego decir que no lo hice yo. Pero sí que me ha dado qué pensar. Me he parado a pensar en qué papel tenemos que jugar cada uno en su vida (y en la de los demás) y qué juegan el resto en su vida (y en la de ellos mismos).
El otro día, hablando con otra maravillosa mujer y con un maravilloso hombre (aquí todos son maravillosos, claro), les decía una verdad como un templo: si hubiese nacido en Estados Unidos, sólo hubiese aceptado ser el quarterback del equipo de fútbol americano. Bueno, acepté ser el suplente que sale al campo cuando el titular se rompe el brazo y se convierte en un tío muy cool que mola mazo como Camilo Sesto. Lo decía por mi gran habilidad para lanzar la cosa esa con forma de melón hasta los brazos de otro. Mi segunda opción, en caso de que el Dios americano (Tom Hanks o Will Smith, supongo que será. Ah, no, Obama) me lo permitiese, era la de ser jefa de animadoras. Es curioso querer ser dos personajes que suelen ser novios, será que me quiero mucho a mí mismo o que estoy enfermo.
Pero como no es posible (no porque no sea capaz de ser titular de un equipo de fútbol americano o de liderar a unas quinceañeras pedorras con animosos pompones), me pregunté qué papel era el que me había tocado interpretar a mí.
Empecé por uno que me gustaba bastante: el del perdedor. Influenciado por la obra gonzaguesca, el personaje del perdedor me ha terminado por atraer hasta límites insospechados. Hombres solitarios y abandonados a la suerte del destino, con un trabajo que está bien pero que es como Portugal, es decir, decadente. Suelen perder al principio, pero con su carisma dan la vuelta a esa mala suerte para transformarla en algo bueno. Él se queda con la chica, le condecoran con la medalla al valor y no sé qué chorradas más. No me vi muy reflejado en él, la verdad. Ni pierdo mucho, ni estoy abandonado a la suerte del destino y, sobre todo, dudo que me den una medalla al valor porque soy un gallina.
Luego me fui a otro extremo. ¿Seré un galán? Sí, esos tipos elegantes, de buen porte, siempre repeinados y que conquistan mujeres como el que no quiere la cosa. Bien trajeados, triunfadores y con un halo especial. Su belleza es tan extrema que suelen encontrarse en situaciones en las que ella le mira fijamente, le dije "Vete y déjame", le abofetean, pero él, cual gato panza arriba, le planta un besaco de esos de película en blanco y negro (ahora son mucho más obscenos) y ella cae rendida a sus pies. Mmmmmm, pues va a ser que no. Primero, no conquisto a mujeres como el que no quiere la cosa y no tengo una belleza extrema (de hecho, a lo mejor ni la tengo). Ah, y si una mujer me abofetea lo más probable es que o se la devuelva (¿no quieren igualdad?) o huya llorando. Sí, soy un gallina (y se nota que no soy un McFly...).
Me quedaba un tercer personaje típico: el malo. Ese que es malo malo, muy malo. En la vida real se les llama "cabrones" y las mujeres dicen de ellos que son eso, unos cabrones. Pero eso de ser malo les da un morbo especial, dicen. "Morbo", otra de las palabras incomprensibles que justifican miles de acciones ("Maté a mi gato por morbo"). Suelen ser sucios, no en lo higiénico, rastreros, engañosos y gente de la que no te puedes fiar. Además, su cara está marcada por una cicatriz o por unos rasgos que denotan la maldad (o la cabrondad) que llevan dentro. Tampoco me pude subir a ese barco. Ni tengo cara de malo ni lo soy. A ver, no soy la mejor persona del mundo (ni lo pretendo), pero no cumplía tampoco esas cualidades necesarias.
Me restaba un personaje más adaptado a mí: el secundario gracioso. Es el típico que saca segundas sonrisas, algunas carcajadas y que suele aparecer solo en los bailes o acompañado de alguna chica que no ha tenido ningún tipo de relevancia en la película. La gente no es que le tenga un especial respeto, pero siempre le aceptan con un "eh, mirad lo que hace Timmy". Bien es cierto que el secundario gracioso, más de una vez, le roba el sitio al propio protagonista. Son muchos los ejemplos. Ahora se me ocurre el personaje de Jason Lee en 'Persiguiendo a Amy', que deja por los suelos al amigo Affleck (cosa no muy complicada, es verdad). Pero no puedo aceptar ser secundario de mi propia vida, hombre. Quizás sea un buen papel para jugar en las del resto, pero no para la mía.
Así que me quedé vacío. Sin papel que interpretar. Como un personaje sin actor que lo represente. O como un actor sin papel que representar.
Después de mucho pensar (cinco minutos), decidí que el papel que iba a jugar sería el de Mauro. Es el que mejor sé hacer y, seguramente, el único. Tanto pensar para acabar con esta tontería. La vida es así.
Veeeeeeeeeeeeeeeenga.
El otro día, hablando con otra maravillosa mujer y con un maravilloso hombre (aquí todos son maravillosos, claro), les decía una verdad como un templo: si hubiese nacido en Estados Unidos, sólo hubiese aceptado ser el quarterback del equipo de fútbol americano. Bueno, acepté ser el suplente que sale al campo cuando el titular se rompe el brazo y se convierte en un tío muy cool que mola mazo como Camilo Sesto. Lo decía por mi gran habilidad para lanzar la cosa esa con forma de melón hasta los brazos de otro. Mi segunda opción, en caso de que el Dios americano (Tom Hanks o Will Smith, supongo que será. Ah, no, Obama) me lo permitiese, era la de ser jefa de animadoras. Es curioso querer ser dos personajes que suelen ser novios, será que me quiero mucho a mí mismo o que estoy enfermo.
Pero como no es posible (no porque no sea capaz de ser titular de un equipo de fútbol americano o de liderar a unas quinceañeras pedorras con animosos pompones), me pregunté qué papel era el que me había tocado interpretar a mí.
Empecé por uno que me gustaba bastante: el del perdedor. Influenciado por la obra gonzaguesca, el personaje del perdedor me ha terminado por atraer hasta límites insospechados. Hombres solitarios y abandonados a la suerte del destino, con un trabajo que está bien pero que es como Portugal, es decir, decadente. Suelen perder al principio, pero con su carisma dan la vuelta a esa mala suerte para transformarla en algo bueno. Él se queda con la chica, le condecoran con la medalla al valor y no sé qué chorradas más. No me vi muy reflejado en él, la verdad. Ni pierdo mucho, ni estoy abandonado a la suerte del destino y, sobre todo, dudo que me den una medalla al valor porque soy un gallina.
Luego me fui a otro extremo. ¿Seré un galán? Sí, esos tipos elegantes, de buen porte, siempre repeinados y que conquistan mujeres como el que no quiere la cosa. Bien trajeados, triunfadores y con un halo especial. Su belleza es tan extrema que suelen encontrarse en situaciones en las que ella le mira fijamente, le dije "Vete y déjame", le abofetean, pero él, cual gato panza arriba, le planta un besaco de esos de película en blanco y negro (ahora son mucho más obscenos) y ella cae rendida a sus pies. Mmmmmm, pues va a ser que no. Primero, no conquisto a mujeres como el que no quiere la cosa y no tengo una belleza extrema (de hecho, a lo mejor ni la tengo). Ah, y si una mujer me abofetea lo más probable es que o se la devuelva (¿no quieren igualdad?) o huya llorando. Sí, soy un gallina (y se nota que no soy un McFly...).
Me quedaba un tercer personaje típico: el malo. Ese que es malo malo, muy malo. En la vida real se les llama "cabrones" y las mujeres dicen de ellos que son eso, unos cabrones. Pero eso de ser malo les da un morbo especial, dicen. "Morbo", otra de las palabras incomprensibles que justifican miles de acciones ("Maté a mi gato por morbo"). Suelen ser sucios, no en lo higiénico, rastreros, engañosos y gente de la que no te puedes fiar. Además, su cara está marcada por una cicatriz o por unos rasgos que denotan la maldad (o la cabrondad) que llevan dentro. Tampoco me pude subir a ese barco. Ni tengo cara de malo ni lo soy. A ver, no soy la mejor persona del mundo (ni lo pretendo), pero no cumplía tampoco esas cualidades necesarias.
Me restaba un personaje más adaptado a mí: el secundario gracioso. Es el típico que saca segundas sonrisas, algunas carcajadas y que suele aparecer solo en los bailes o acompañado de alguna chica que no ha tenido ningún tipo de relevancia en la película. La gente no es que le tenga un especial respeto, pero siempre le aceptan con un "eh, mirad lo que hace Timmy". Bien es cierto que el secundario gracioso, más de una vez, le roba el sitio al propio protagonista. Son muchos los ejemplos. Ahora se me ocurre el personaje de Jason Lee en 'Persiguiendo a Amy', que deja por los suelos al amigo Affleck (cosa no muy complicada, es verdad). Pero no puedo aceptar ser secundario de mi propia vida, hombre. Quizás sea un buen papel para jugar en las del resto, pero no para la mía.
Así que me quedé vacío. Sin papel que interpretar. Como un personaje sin actor que lo represente. O como un actor sin papel que representar.
Después de mucho pensar (cinco minutos), decidí que el papel que iba a jugar sería el de Mauro. Es el que mejor sé hacer y, seguramente, el único. Tanto pensar para acabar con esta tontería. La vida es así.
Veeeeeeeeeeeeeeeenga.
Toletvm
Lo Dice
M€
on lunes, febrero 02, 2009
Desde hacía meses, teníamos pendiente una visita a Toledo, esa ciudad. Era el año pasado, en el mes de marzo o abril, cuando habíamos previsto un fin de semana allí, conociendo la que fuera capital de este país llamado Baviera. Pero el destino tenía otros planes para nosotros. Aquellos fatídicos días, un par de nubes se hicieron colegas de otras tantas (o más) y decidieron convertir Castilla en un aguacero. Claro, la reacción de los que iban a realizar la visita fue: "¡¡Va a llover!! Maldita sea, quedémonos en casa calentitos y sin movernos, como estatuas". Mi furia (paranoica) gallega se desarrolló en mi interior y me quedé sin ir.
Lo sé, lo sé, que si llueve es muy incómodo pasear, ver cosas, no mojarte... pero es que en algunos sitios de la geografía, si dependes de que llueva para hacer o dejar de hacer cosas, ya te puedes plantear el morirte en tu casa lentamente viendo la televisión. Es como si estás en Finlandia y dices: "Uy, hace frío, mejor no salgo". Pues me parece, amigo, que no vas a salir en tu vida, ¿no? Pues eso.
Después de posponer el plan, pasaron meses en los que Toledo, esa ciudad, era una palabra prohibida. La gente hablaba de 'talegos', 'tolemias', 'tulipanes'... pero de Toledo, no.
Hace algo así como una semana y media, Isa, la habitante toledana que nos había intentado acercar a su ciudad antes de derrotarse por la lluvia, retomó el tema. Claro, acuciada porque se iba a Brasil, el plan de visitar su ciudad retomó una importancia inconcebible hasta hacía poco tiempo. "Tenéis que venir, que luego me voy y es posible que la ciudad desaparezca del mapa". Y claro, allí fuimos.
Ahora puedo decir que Toledo respira un aire diferente al de otras ciudades. La zona amurallada, la histórica, se convierte en una maraña de calles y cuestas que te acercan a los laberintos de espejos de los parques de atracciones. Eso sí, cada iglesia, museo o monumento, se convierte en una referencia. Cada piedra que se eleva hacia el techo pintado de azul (de gris cuando llueve, claro) te puede contar historias de cómo religiones, culturas y personas convivieron mejor o peor por sus calles. Aceros, armaduras y espadas se asoman entre los cristales de unas calles que se visten más de turistas que de casas habitadas. En la retina, cristianos, judíos y árabes.
Pero ese aire que se respira es milenario. Subiendo hacia la parte más alta, recorriendo esas cuestas que te apartan de las llanuras castellanomanchegas, el viento frío que te golpea te hace pensar que los muros por los que te estás dejando enterrar guardan la historia y que sus protagonistas también sintieron el mismo impacto en la cara. El propio Alfonso VI seguro que pensó igual ("¿Cuántos musulmanes habrán recibido este aire? No lo sé, pero me les voy a cargar a todos?").
Santiago te desata unas sensaciones similares, pero más hundidas en la piedra gris húmeda y en el barroco. Te imaginas a Fraga diciendo: "E quen carallo haberá utilizado condóns eiquí...".
Además de la ciudad en sí, también nos acercamos hasta Consuegra, un pueblo de extrema amabilidad (por un café y una tapa de quesos nos regalaron mecheros y cerillas...) en el que hay molinos de esos que volvieron medio loco al pobre Don Quijote. Y no me extraña que pensase que eran gigantes, he visto a luchadores de sumo de ese tamaño...
Con lo único malo que me quedo es que no me dejaron, por exigencias del guión, hacerme el friki y visitar (si era posible, que no lo sé) la tumba del Cardenal Tavera, o vestirme de cura y tomarme un té con mis colegas de la Orden de Toledo (que ya están todos muertos, los jodíos...). Pero bueno, no se puede tener todo en esta vida, si no que se lo pregunten a Messi, que es muy bueno pero es bastante feo, ¿no?
En resumen, compensó la espera y compensó la visita (vamos, que recomiendo su visionado). Supongo que habrá que volver a esperar otros tantos siglos para volver. O no.
Besum para totum.
Lo sé, lo sé, que si llueve es muy incómodo pasear, ver cosas, no mojarte... pero es que en algunos sitios de la geografía, si dependes de que llueva para hacer o dejar de hacer cosas, ya te puedes plantear el morirte en tu casa lentamente viendo la televisión. Es como si estás en Finlandia y dices: "Uy, hace frío, mejor no salgo". Pues me parece, amigo, que no vas a salir en tu vida, ¿no? Pues eso.
Después de posponer el plan, pasaron meses en los que Toledo, esa ciudad, era una palabra prohibida. La gente hablaba de 'talegos', 'tolemias', 'tulipanes'... pero de Toledo, no.
Hace algo así como una semana y media, Isa, la habitante toledana que nos había intentado acercar a su ciudad antes de derrotarse por la lluvia, retomó el tema. Claro, acuciada porque se iba a Brasil, el plan de visitar su ciudad retomó una importancia inconcebible hasta hacía poco tiempo. "Tenéis que venir, que luego me voy y es posible que la ciudad desaparezca del mapa". Y claro, allí fuimos.
Ahora puedo decir que Toledo respira un aire diferente al de otras ciudades. La zona amurallada, la histórica, se convierte en una maraña de calles y cuestas que te acercan a los laberintos de espejos de los parques de atracciones. Eso sí, cada iglesia, museo o monumento, se convierte en una referencia. Cada piedra que se eleva hacia el techo pintado de azul (de gris cuando llueve, claro) te puede contar historias de cómo religiones, culturas y personas convivieron mejor o peor por sus calles. Aceros, armaduras y espadas se asoman entre los cristales de unas calles que se visten más de turistas que de casas habitadas. En la retina, cristianos, judíos y árabes.
Pero ese aire que se respira es milenario. Subiendo hacia la parte más alta, recorriendo esas cuestas que te apartan de las llanuras castellanomanchegas, el viento frío que te golpea te hace pensar que los muros por los que te estás dejando enterrar guardan la historia y que sus protagonistas también sintieron el mismo impacto en la cara. El propio Alfonso VI seguro que pensó igual ("¿Cuántos musulmanes habrán recibido este aire? No lo sé, pero me les voy a cargar a todos?").
Santiago te desata unas sensaciones similares, pero más hundidas en la piedra gris húmeda y en el barroco. Te imaginas a Fraga diciendo: "E quen carallo haberá utilizado condóns eiquí...".
Además de la ciudad en sí, también nos acercamos hasta Consuegra, un pueblo de extrema amabilidad (por un café y una tapa de quesos nos regalaron mecheros y cerillas...) en el que hay molinos de esos que volvieron medio loco al pobre Don Quijote. Y no me extraña que pensase que eran gigantes, he visto a luchadores de sumo de ese tamaño...
Con lo único malo que me quedo es que no me dejaron, por exigencias del guión, hacerme el friki y visitar (si era posible, que no lo sé) la tumba del Cardenal Tavera, o vestirme de cura y tomarme un té con mis colegas de la Orden de Toledo (que ya están todos muertos, los jodíos...). Pero bueno, no se puede tener todo en esta vida, si no que se lo pregunten a Messi, que es muy bueno pero es bastante feo, ¿no?
En resumen, compensó la espera y compensó la visita (vamos, que recomiendo su visionado). Supongo que habrá que volver a esperar otros tantos siglos para volver. O no.
Besum para totum.
Cientosetenta
Lo Dice
M€
on lunes, enero 26, 2009
- Mauro, ¿puedes venir un momento?
- Sí, claro.
La redactora jefe (o jefa, supongo) reclamaba mi presencia ante ella. Me comunica que mi beca se acaba la semana que viene, que me la quieren prorrogar hasta el dos de abril. Si nos basásemos en los meses que debería estar en Canal Plus, me quedarían tres meses. Empecé el 29 de octubre, así que hasta el 29 de abril tendría que ir hasta Tres Cantos a informar sosamente de la actualidad deportiva a un puñado de telespectadores que aún conservan la costumbre de ver 'Más Deporte'.
Pero no. Mi querida (y cada vez más odiada) Universidad impone un límite de horas que sus alumnos no pueden sobrepasar en las prácticas.
- Silvia, la de Personal, ha hecho un cálculo de las horas que has trabajado y las que te podríamos ampliar, así que estarías con nosotros hasta el 2 de abril. ¿Te parece bien?
- Me parece perfecto.
En un principio me sentó como una patada en el culo. La diferencia que iba desde el 2 hasta el 29, desde la realidad hasta lo que yo tenía proyectado, suponía algo así como 27 días libres con los que no contaba. Yo tenía planeado tener mayo libre para preparar mi única asignatura del segundo cuatrimestre y empezar a buscar nuevas prácticas para el verano. Pero no. Silvia, la de Personal, en complot con la Universidad, tenían otros planes para mí.
El medio cabreo me duró lo que a un niño pequeño: muy poco. Y es que el 2 de abril es el jueves anterior a la Semana Santa, con lo que tendré TODA la Semana Santa para irme a Vigo (previo paso por una boda coruñesa), e incluso alargaré mi estancia en la ciudad olívica (me encanta llamarla así, parezco de la Telegaita) unos cuantos días más. Además, quién le dice que no a 27 días de vacaciones, y más si tenemos en cuenta que últimamente no disfruto de muchas de ellas, entre prácticas, exámenes, viajes de ida y vuelta a Madrid, tralarí, tralará.
Hoy firmé los documentos adjuntos de la ampliación (no, no soy un pedante, sólo cito lo que me pareció leer en el correo que me mandó Silvia, la de Personal). Ella, amablemente, me explicó su contenido. Lo que más me llamó la atención fue que me quedan, ni más ni menos, 170 horas como becario de 'Más Deporte'. Ni dos meses y medio ni no sé cuántas semanas ni X días, no. 170 horas. Vamos, que si me quiero chupar 7 días continuados en ese edificio, durmiendo, comiendo, cenando y desayunando (no en ese orden... bueno, o sí), más dos horitas más de un octavo día, podría acabar antes de marzo las prácticas.
No lo voy a hacer, claro. Voy a espaciar las horas como un trabajador normal hasta el fatídico 2 de abril, cuando PRISA me devuelva al frío de la calle y mis pezones se congelen tanto que puedan rayar un cristal.
170 horas. Ni más ni menos. Es lo que hay.
Suerte.
- Sí, claro.
La redactora jefe (o jefa, supongo) reclamaba mi presencia ante ella. Me comunica que mi beca se acaba la semana que viene, que me la quieren prorrogar hasta el dos de abril. Si nos basásemos en los meses que debería estar en Canal Plus, me quedarían tres meses. Empecé el 29 de octubre, así que hasta el 29 de abril tendría que ir hasta Tres Cantos a informar sosamente de la actualidad deportiva a un puñado de telespectadores que aún conservan la costumbre de ver 'Más Deporte'.
Pero no. Mi querida (y cada vez más odiada) Universidad impone un límite de horas que sus alumnos no pueden sobrepasar en las prácticas.
- Silvia, la de Personal, ha hecho un cálculo de las horas que has trabajado y las que te podríamos ampliar, así que estarías con nosotros hasta el 2 de abril. ¿Te parece bien?
- Me parece perfecto.
En un principio me sentó como una patada en el culo. La diferencia que iba desde el 2 hasta el 29, desde la realidad hasta lo que yo tenía proyectado, suponía algo así como 27 días libres con los que no contaba. Yo tenía planeado tener mayo libre para preparar mi única asignatura del segundo cuatrimestre y empezar a buscar nuevas prácticas para el verano. Pero no. Silvia, la de Personal, en complot con la Universidad, tenían otros planes para mí.
El medio cabreo me duró lo que a un niño pequeño: muy poco. Y es que el 2 de abril es el jueves anterior a la Semana Santa, con lo que tendré TODA la Semana Santa para irme a Vigo (previo paso por una boda coruñesa), e incluso alargaré mi estancia en la ciudad olívica (me encanta llamarla así, parezco de la Telegaita) unos cuantos días más. Además, quién le dice que no a 27 días de vacaciones, y más si tenemos en cuenta que últimamente no disfruto de muchas de ellas, entre prácticas, exámenes, viajes de ida y vuelta a Madrid, tralarí, tralará.
Hoy firmé los documentos adjuntos de la ampliación (no, no soy un pedante, sólo cito lo que me pareció leer en el correo que me mandó Silvia, la de Personal). Ella, amablemente, me explicó su contenido. Lo que más me llamó la atención fue que me quedan, ni más ni menos, 170 horas como becario de 'Más Deporte'. Ni dos meses y medio ni no sé cuántas semanas ni X días, no. 170 horas. Vamos, que si me quiero chupar 7 días continuados en ese edificio, durmiendo, comiendo, cenando y desayunando (no en ese orden... bueno, o sí), más dos horitas más de un octavo día, podría acabar antes de marzo las prácticas.
No lo voy a hacer, claro. Voy a espaciar las horas como un trabajador normal hasta el fatídico 2 de abril, cuando PRISA me devuelva al frío de la calle y mis pezones se congelen tanto que puedan rayar un cristal.
170 horas. Ni más ni menos. Es lo que hay.
Suerte.
Amor Homosexual
Lo Dice
M€
on sábado, enero 17, 2009
Y se fue. No pude hacer nada para impedir su marcha. Salí a la ventana para observar cómo las ruedas de su maleta rasgaban el alma de la carretera que hacía que se separase de mí. El ruido que hacían acompañaba sus pasos, lentos, melancólicos, camino del olvido, con destino al recuerdo eterno. Detrás, la sombra que dibujaba el sol que se había atrevido a asomar la cabeza entre las nubes para ser testigo del adiós.
El frío congelaba mis manos y a penas pude gritar un esbozo de frase que salió desde el estómago, recorrió los pulmones, pasó por la garganta y se derrumbó por mi boca. Mi voz no era la de antes. Perdió color, tonalidad y firmeza y retrató el adiós con una paleta donde el negro y el gris se peleaban por diseñar la escena. Giró la esquina y se perdió entre las paredes de los edificios que flanqueaban la calle, como guardias reales que se hundían a su paso. Ese paso, lento, melancólico, camino del olvido, con destino al recuerdo eterno.
Se iba y se acababa todo. Todo lo que fue, lo que no pudo ser y lo que no será. Con el gesto de despedida se perdían meses, se suicidaban los días y se extraviaban las horas. El tiempo, otra vez, se vengaba de mi suerte para transformar los segundos en espacios de tiempo de duración eternos. Al cerrar la ventana, la luz de la habitación quiso recibirme, pero la oscuridad le ganó la partida y fue la que delató mi rostro demacrado y desganado de seguir allí.
Los recuerdos se avalanzaron sobre mí. Me agarraron de las solapas y me abofetearon con fuerza, con la ira de un Dios enfurecido. Mientras yo, inmóvil, aceptaba la culpa y la condena que dictaba en sentencia cruel algún observador objetivo de la realidad. Me lancé contra la tristeza e impacté con su muro de mármol. Frío y duro. Muy frío. Muy duro. Y diseñé una sonrisa para obviar la realidad que siempre me tocaba revivir.
Allí se quedaba su rastro, que caminaba en círculos por la habitación buscando razones para salir a flote. Se escondió debajo de la mesa y me observó desde abajo. Evité su mirada, giré la cara y me dirigí a la puerta. Salí, cerré de golpe aquel mundo y me fui a la ducha.
Hasta siempre, Alexandre, suerte en Vigo.
El frío congelaba mis manos y a penas pude gritar un esbozo de frase que salió desde el estómago, recorrió los pulmones, pasó por la garganta y se derrumbó por mi boca. Mi voz no era la de antes. Perdió color, tonalidad y firmeza y retrató el adiós con una paleta donde el negro y el gris se peleaban por diseñar la escena. Giró la esquina y se perdió entre las paredes de los edificios que flanqueaban la calle, como guardias reales que se hundían a su paso. Ese paso, lento, melancólico, camino del olvido, con destino al recuerdo eterno.
Se iba y se acababa todo. Todo lo que fue, lo que no pudo ser y lo que no será. Con el gesto de despedida se perdían meses, se suicidaban los días y se extraviaban las horas. El tiempo, otra vez, se vengaba de mi suerte para transformar los segundos en espacios de tiempo de duración eternos. Al cerrar la ventana, la luz de la habitación quiso recibirme, pero la oscuridad le ganó la partida y fue la que delató mi rostro demacrado y desganado de seguir allí.
Los recuerdos se avalanzaron sobre mí. Me agarraron de las solapas y me abofetearon con fuerza, con la ira de un Dios enfurecido. Mientras yo, inmóvil, aceptaba la culpa y la condena que dictaba en sentencia cruel algún observador objetivo de la realidad. Me lancé contra la tristeza e impacté con su muro de mármol. Frío y duro. Muy frío. Muy duro. Y diseñé una sonrisa para obviar la realidad que siempre me tocaba revivir.
Allí se quedaba su rastro, que caminaba en círculos por la habitación buscando razones para salir a flote. Se escondió debajo de la mesa y me observó desde abajo. Evité su mirada, giré la cara y me dirigí a la puerta. Salí, cerré de golpe aquel mundo y me fui a la ducha.
Hasta siempre, Alexandre, suerte en Vigo.
¿Y Si Fuera...?
Lo Dice
M€
on domingo, enero 11, 2009
No sé si os ha pasado alguna vez (creo que no es la primera vez que empiezo así. Vaya) que os quedáis con esa pregunta en la boca. No sé, ¿y si fuera cierto? o ¿y si fuera todo mentira? o ¿y si fuera el destino? A lo que me refiero es que todos, o yo por lo menos, nos hemos visto alguna vez como Rafaella Carrá en aquel programón que tenía con ese concursazo de "¿Si fuera...?".
A mi me pasó el otro día, el miércoles, concretamente.
Salí de Tres Cantos a las diez de la noche y mi querido compañero en prácticas, Ángel, me acercó como cada noche hasta Ventas. El camino, alimentado por la radio y conversaciones de dos personas que están demasiado cansadas como para ser muy sesudos (sí, hablamos de tetas, culos, coches, fútbol y filosofía hebrea), ya lo tengo casi memorizado: los desvíos, los cambios de sentido, el paisaje... Eso, llegué a Ventas. En los dos años anteriores nunca había pasado por allí, y la plaza de toros era una mera referencia de oído. Ahora ya es una parte más del paisaje madrileño que estoy construyendo en mi mente.
Entré en el metro y me dirigí a la línea verde, la 5. Habitualmente el metro tarda en llegar unos cinco minutos, pero ese día, raro, mi entrada en el andén coincidió con la llegada del convoy (primera vez que utilizo esa palabra). Me subí y encontré un asiento libre al lado de una mujer oronda. Suelo ir de pie hasta Callao, que es donde me bajo para, después, recorrer el tramo que me queda de Gran Vía hasta Plaza de España y llegar prácticamente a mi casa.
Ahí me quedé. Sentado. Entre una oronda y el pasillo. Mirando al frente, escuchando el mp3, fijándome en la puerta que se abría y cerraba con la llegada de cada estación. En uno de esos movimientos, por la puerta entró una chica que avanzó tímidamente por el vagón y se situó justo delante de mí, dándome la espalda. Yo no reparé en ella, la verdad. Estaba tan ensimismado en mi mundo, intentando comprender cómo una puerta se puede abrir y cerrar tantas veces sin que ninguna persona se quede atrapada en ella y la devore hacia el interior o la escupa de nuevo al andén, que no me percaté de su presencia.
Al cabo de unos segundos, cuando volví de mi mundo, me encontré en una realidad distinta a la que existía justo antes de hacer mi viaje por el mundo de las puertas asesinas. El escenario era el mismo, pero me daba la sensación de que ya había estado allí antes. Es evidente que había estado allí antes, seguramente en eses mismo vagón y en ese mismo asiento, pero me refiero a que esa situación ya la había vivido antes.
No, no era ni un flashback ni un dejavú ni ninguna mariconada con nombre extranjero. En frente de mí, la chica que hacía unas dos paradas se había subido al metro y de la que sólo intuía el perfil. En ese momento, até cabos. Ya lo tenía. Ahora sí tuve un flashback y me trasladé a mi habitación, a mi cama. Yo estaba dormido y soñando. ¿Y qué soñaba? Pues lo que voy a escribir en cursiva, en plan onírico:
Volví, otra vez, a la realidad del metro. Estaba a tres paradas de la mía. El tiempo apremiaba para realizar lo mismo que había realizado en el sueño. Para sacarme de dudas, me fijé en ella durante unos segundos, y sí, era ella. Era la misma chica del sueño. No era muy guapa, tampoco muy fea. Seguramente ni la hubiese mirado en circusntancias normales. Pero allí estaba: la misma chica, el mismo vagón, la misma situación.
Barajé mis posibilidades:
1.- Acercarme a ella y entablar cualquier conversación ridícula, tan ridícula como la que puedes entablar con una persona desconocida en el metro. Quizás, ella accediese a hablar conmigo. Con sólo diez segundos de conversación sabía que podría saber si era la misma del sueño o no.
2.- Acercarme a ella y decirle, a bocajarro, que no era un loco, que seguramente le parecía muy raro lo que le iba a decir, pero que la noche anterior había soñado con ese mismo vagón, ese mismo asiento y ese mismo escenario... y con ella. Y que bajábamos en Callao y nos íbamos pasenado por el vagón, a no sé dónde, pero lo hacíamos porque en ese sueño nos conocíamos. Supongo que con eso buscaba que ella, en un elogio a la casualidad, me contestase que ella había tenido el mismo sueño, que le parecía una locura, pero una locura que estaba dispuesta a hacer.
3.- Callarme, olvidarme y bajarme en mi parada para huir a mi casa.
Elegí la 3. Pasó Gran Vía y me bajé en Callao. Ella no se bajó. Se quedó inmóvil a mi paso, sujetando un libro con una sola mano y atendiendo a aquel texto. Ni siquiera me intuyó.
Salir del metro fue como salir de un sueño. El aire frío que corre por Madrid estos días me golpeó la cara y me despertó. Todo se quedó en un recuerdo extraño. Eso sí, aún me pregunto qué hubiese pasado si...
¿Y si fuera ella?
A mi me pasó el otro día, el miércoles, concretamente.
Salí de Tres Cantos a las diez de la noche y mi querido compañero en prácticas, Ángel, me acercó como cada noche hasta Ventas. El camino, alimentado por la radio y conversaciones de dos personas que están demasiado cansadas como para ser muy sesudos (sí, hablamos de tetas, culos, coches, fútbol y filosofía hebrea), ya lo tengo casi memorizado: los desvíos, los cambios de sentido, el paisaje... Eso, llegué a Ventas. En los dos años anteriores nunca había pasado por allí, y la plaza de toros era una mera referencia de oído. Ahora ya es una parte más del paisaje madrileño que estoy construyendo en mi mente.
Entré en el metro y me dirigí a la línea verde, la 5. Habitualmente el metro tarda en llegar unos cinco minutos, pero ese día, raro, mi entrada en el andén coincidió con la llegada del convoy (primera vez que utilizo esa palabra). Me subí y encontré un asiento libre al lado de una mujer oronda. Suelo ir de pie hasta Callao, que es donde me bajo para, después, recorrer el tramo que me queda de Gran Vía hasta Plaza de España y llegar prácticamente a mi casa.
Ahí me quedé. Sentado. Entre una oronda y el pasillo. Mirando al frente, escuchando el mp3, fijándome en la puerta que se abría y cerraba con la llegada de cada estación. En uno de esos movimientos, por la puerta entró una chica que avanzó tímidamente por el vagón y se situó justo delante de mí, dándome la espalda. Yo no reparé en ella, la verdad. Estaba tan ensimismado en mi mundo, intentando comprender cómo una puerta se puede abrir y cerrar tantas veces sin que ninguna persona se quede atrapada en ella y la devore hacia el interior o la escupa de nuevo al andén, que no me percaté de su presencia.
Al cabo de unos segundos, cuando volví de mi mundo, me encontré en una realidad distinta a la que existía justo antes de hacer mi viaje por el mundo de las puertas asesinas. El escenario era el mismo, pero me daba la sensación de que ya había estado allí antes. Es evidente que había estado allí antes, seguramente en eses mismo vagón y en ese mismo asiento, pero me refiero a que esa situación ya la había vivido antes.
No, no era ni un flashback ni un dejavú ni ninguna mariconada con nombre extranjero. En frente de mí, la chica que hacía unas dos paradas se había subido al metro y de la que sólo intuía el perfil. En ese momento, até cabos. Ya lo tenía. Ahora sí tuve un flashback y me trasladé a mi habitación, a mi cama. Yo estaba dormido y soñando. ¿Y qué soñaba? Pues lo que voy a escribir en cursiva, en plan onírico:
Estaba en el metro, sentado, mirando al frente. Al instante, reconozco una cara femenina. Me acerco a ella y le toco en el hombro. Ella se gira, me mira y me sonríe. Yo hablo con ella, no sé de qué, de nada, seguramente, y ella me contesta. Entablamos una conversación. Llegamos a mi parada. Es la suya. Se abren las puertas del metro. Nos bajamos y yo camino por el andén con una sensación. Ya la conocía. Ya había estado hablando con ella en otras ocasiones. No era una desconocida. De hecho, nos sentíamos muy a gusto juntos. Y me desperté.
Volví, otra vez, a la realidad del metro. Estaba a tres paradas de la mía. El tiempo apremiaba para realizar lo mismo que había realizado en el sueño. Para sacarme de dudas, me fijé en ella durante unos segundos, y sí, era ella. Era la misma chica del sueño. No era muy guapa, tampoco muy fea. Seguramente ni la hubiese mirado en circusntancias normales. Pero allí estaba: la misma chica, el mismo vagón, la misma situación.
Barajé mis posibilidades:
1.- Acercarme a ella y entablar cualquier conversación ridícula, tan ridícula como la que puedes entablar con una persona desconocida en el metro. Quizás, ella accediese a hablar conmigo. Con sólo diez segundos de conversación sabía que podría saber si era la misma del sueño o no.
2.- Acercarme a ella y decirle, a bocajarro, que no era un loco, que seguramente le parecía muy raro lo que le iba a decir, pero que la noche anterior había soñado con ese mismo vagón, ese mismo asiento y ese mismo escenario... y con ella. Y que bajábamos en Callao y nos íbamos pasenado por el vagón, a no sé dónde, pero lo hacíamos porque en ese sueño nos conocíamos. Supongo que con eso buscaba que ella, en un elogio a la casualidad, me contestase que ella había tenido el mismo sueño, que le parecía una locura, pero una locura que estaba dispuesta a hacer.
3.- Callarme, olvidarme y bajarme en mi parada para huir a mi casa.
Elegí la 3. Pasó Gran Vía y me bajé en Callao. Ella no se bajó. Se quedó inmóvil a mi paso, sujetando un libro con una sola mano y atendiendo a aquel texto. Ni siquiera me intuyó.
Salir del metro fue como salir de un sueño. El aire frío que corre por Madrid estos días me golpeó la cara y me despertó. Todo se quedó en un recuerdo extraño. Eso sí, aún me pregunto qué hubiese pasado si...
¿Y si fuera ella?
Verbalizando
Lo Dice
M€
on lunes, enero 05, 2009
El otro día me sorprendí verbalizando las cosas. Mis acciones, mi pensamientos, mis olvidos... acompañé todo de un verbo que describiese mi acción. Pero no sólo eso; también las ejecuté por la boca. Las convertí en palabras que saltaron desde el precipicio en el que se había convertido.
Me surgió un problema: el tiempo verbal. Por esas taras que nos ha concedido nuestro idioma a los gallegos a la hora de hablar la lengua del Reino, me costó demasiado decidir cual quería utilizar. Últimamente, suelo optar por el tiempo compuesto. Es más rico, se supone, tiene mejor aspecto y suele ir bien vestido y oliendo a una colonia de esas caras que sólo está al alcance de los ricachones. Tiene, además, tradición y solera. Se creó como una forma de enriquecer nuestra habla, como una ayuda interna para determinar espacios temporales mucho más cercanos y recientes. Vamos, que tiene su aquel.
Pero en cuanto me despisto, el pretérito imperfecto hace acto de presencia y me muerde la boca. Ya lo dice su propio nombre: imperfecto. Es erróneo, según la Castilla profunda, para referirse a las acciones recientes; vamos, para las que se creó ese compuesto. Suena raro, se supone, decir "hoy fui a la calle". Aún a sabiendas del error, por sangre y tierra (y sobre todo oído), muchos nos encontramos hablando del presente más reciente como si nos refiriésemos al pasado (más reciente, también). La línea temporal que separa esos dos términos es tan fina que nos resulta difícil no cruzarla sin rubor. Aunque habría que preguntarse que si el presente ya es pasado, ¿cómo lo calculo?
Quiero decir que se suele utilizar como norma (que, como toda norma, desquicia) lo de "lo que tiene repercusión en este momento". A lo mejor, a mí no me repercute para nada haber bajado hoy a la calle, en cambio, la influencia de una acción que sucedió hace dos días es tan fuerte que la tengo presente hoy y seguramente mañana. Así que creo que la cuestión está en saber dónde quiero vivir las cosas:
Puedo utilizar el imperfecto. Con él, todo lo reciente desaparecerá. El pasado más cercano se convierte en una línea que se pierder en el horizonte. Una mirada que percibiste hace unas horas, pasaría a ser un simple recuerdo que, maltratado, se ha transformado en un pais sin colonizar. Una palabra que nació con la precisión de un bisturí aplicado sobre la piel sería nada más que un conjunto de letras que, unidas, forman lo que recoge tan fríamente el diccionario.
Pero puedo utilizar el compuesto. Gracias a este (por cierto, ¿sabéis que no es necesario acentuar ese pronombre? A dónde vamos a ir a parar), el pasado será parte de mi presente y tendrá la repercusión que necesito en el futuro. Aquella mirada llega hoy a mí con la misma intensidad, y la palabra retumba en mis oidos y se inyecta en la sangre como la primera vez.
Después de pensarlo un buen rato, me quedo con la segunda opción. Me quedo con que lo que he pasado esté muy cerca de mi presente y agarrándome dentro del futuro. Que lo que he hecho no sea lo que hice, que lo que pueda pasar esté influenciado por lo que ha pasado y que lo que nunca he dicho sea lo que diré mañana.
Que os traigan muchas cosas los Reyes Magos (que son los padres).
Me surgió un problema: el tiempo verbal. Por esas taras que nos ha concedido nuestro idioma a los gallegos a la hora de hablar la lengua del Reino, me costó demasiado decidir cual quería utilizar. Últimamente, suelo optar por el tiempo compuesto. Es más rico, se supone, tiene mejor aspecto y suele ir bien vestido y oliendo a una colonia de esas caras que sólo está al alcance de los ricachones. Tiene, además, tradición y solera. Se creó como una forma de enriquecer nuestra habla, como una ayuda interna para determinar espacios temporales mucho más cercanos y recientes. Vamos, que tiene su aquel.
Pero en cuanto me despisto, el pretérito imperfecto hace acto de presencia y me muerde la boca. Ya lo dice su propio nombre: imperfecto. Es erróneo, según la Castilla profunda, para referirse a las acciones recientes; vamos, para las que se creó ese compuesto. Suena raro, se supone, decir "hoy fui a la calle". Aún a sabiendas del error, por sangre y tierra (y sobre todo oído), muchos nos encontramos hablando del presente más reciente como si nos refiriésemos al pasado (más reciente, también). La línea temporal que separa esos dos términos es tan fina que nos resulta difícil no cruzarla sin rubor. Aunque habría que preguntarse que si el presente ya es pasado, ¿cómo lo calculo?
Quiero decir que se suele utilizar como norma (que, como toda norma, desquicia) lo de "lo que tiene repercusión en este momento". A lo mejor, a mí no me repercute para nada haber bajado hoy a la calle, en cambio, la influencia de una acción que sucedió hace dos días es tan fuerte que la tengo presente hoy y seguramente mañana. Así que creo que la cuestión está en saber dónde quiero vivir las cosas:
Puedo utilizar el imperfecto. Con él, todo lo reciente desaparecerá. El pasado más cercano se convierte en una línea que se pierder en el horizonte. Una mirada que percibiste hace unas horas, pasaría a ser un simple recuerdo que, maltratado, se ha transformado en un pais sin colonizar. Una palabra que nació con la precisión de un bisturí aplicado sobre la piel sería nada más que un conjunto de letras que, unidas, forman lo que recoge tan fríamente el diccionario.
Pero puedo utilizar el compuesto. Gracias a este (por cierto, ¿sabéis que no es necesario acentuar ese pronombre? A dónde vamos a ir a parar), el pasado será parte de mi presente y tendrá la repercusión que necesito en el futuro. Aquella mirada llega hoy a mí con la misma intensidad, y la palabra retumba en mis oidos y se inyecta en la sangre como la primera vez.
Después de pensarlo un buen rato, me quedo con la segunda opción. Me quedo con que lo que he pasado esté muy cerca de mi presente y agarrándome dentro del futuro. Que lo que he hecho no sea lo que hice, que lo que pueda pasar esté influenciado por lo que ha pasado y que lo que nunca he dicho sea lo que diré mañana.
Que os traigan muchas cosas los Reyes Magos (que son los padres).
Madafaca
Lo Dice
M€
on viernes, diciembre 19, 2008
Reza una canción (versión del superhit-gran éxito de Jarabe de Palo, grupo al cual le tengo mucha estima ya que sus canciones son muy poco parecidas entre ellas, "La flaca"): "Si te dicen 'madafaca' mejor cámbiate de acera, no sea esas palabras las últimas que oyeras". Pues hoy he escuchado esas palabras. Os lo cuento (sí, y vosotros lo leeréis):
Como otras tantas veces, salí tarde de trabajar y mi nevera estaba más vacía que la cabeza de X (elíjase nombre a su antojo), más que nada porque al día siguiente cambiaba Madrid por Vigo y no era plan dejar cosas pudriéndose (sí, es una disculpa). Así que me encaminé hacia el Dublín, una cafetería de la calle Princesa donde solemos ver los partidos del Plus (mi casa) y donde hacen unos bocadillos medianamente ricos.
Llegué hasta allí y me planté en la barra. "Un bocadillo de tortilla francesa con jamón y queso para llevar, por favor", le dije amablemente al camarero de origen sudamericano. "Ahora mismo, cabesehuevo", me contestó. Mientras esperaba mi cena, una pareja se sentó en las sillas que estaban justo a mi lado. Él, un Enrique del Pozo descafeinado (todos los que hemos visto la página web de Enrique -el de 'Enrique y Ana', el Cocoguagua- sabemos que él es cualquier cosa menos descafeinado) con anillos de oro en los dedos y cara de no saber decir "destornillador"; ella, rubia de bote, maquillaje a prueba de bombas, lentillas de colores y unas curvas que ella consideraba mareantes pero que a mí me parecían vomitivas.
Dejaron sus bolsas en una tercera banqueta y empezaron a hablar. Yo no prestaba atención, claro. Soy una persona instruida, culta, guapa, y las conversaciones de dos marulos no me interesan para nada (o sí). Pero él llamó mi atención. "¿Cómo lo hizo?", os preguntareis. Pues pasad al siguiente párrafo y os lo cuento.
Estiró su mano hacia la rubia de curvas mareantes y vomitivas con su móvil en la mano y exclamó: "¿Sabes qué pone aquí? ¿Lo sabes?". Ella miraba con miedo la pantalla del teléfono, donde aparecía el texto de un mensaje. Se pegaba a la pantalla en silencio, absorta, como si no supiese de qué iba todo aquello. Él insitía: "¿Lo sabes, eh? ¿Lo sabes? Pues dice 'maderfaker', dice 'maderfaker'. ¿Y tú sabes lo que significa 'maderfaker'? 'Mamá folladora' ". Ella, en silencio, no movía ni uno solo de sus músculos. El Enrique descafeinado seguía con su monólogo: "Te está llamando 'mamá folladora', eh".
Ella intervino: "No, me lo dice a mí". Él, cada vez más encendido: "Ah, ¿no? ¿entonces a quién se lo dice, porque a mí no va a ser. Dice 'mamá folladora, y esa eres tú". Mientras, yo esperaba ansioso mi bocadillo y miraba hacia el fondo del local para esconder mis sonrisas y hacer creer a los 'fakers' que estaba presionando visualmente al camarero para que se diese prisa. En esos segundos que pasaron no fui capaz de escuchar lo que Enrique descafeinado le contaba a su novia (porque era su novia). Cuando retomé el hilo de la conversación (después de que el camarero me dijese "ya viene, no se preocupe, cabesehuevo"), me enteré un poco más de todo y me hice esta reconstrucción de los hechos:
Enrique descafeinado y Curvas vomitivas son unos fans de los ambientes cargados: discotecas horteras, sudores descamisados, gimnasios repletos de anabolizantes y esteroides (y de asteroides). Y claro, en esos ambientes los ex novios tienen mucho peligro. El ex novio de Curvas vomitivas le había mandado un mensaje a Enrique descafeinado en el que le debía poner a caldo y, entre otras cosas, le llamaba a él "maderfaker", por lo que intuyo que, o bien el ex novio era americano, o bien éste era un cazurro de mucho cuidado. Ah, es posible también que fuese un Lating King, de esos hispanos que hablan "espanglis".
Mi bocadillo llegó. Me giré y me fui de aquel lugar. Eso sí, con ganas de decirle a Enrique descafeinado que no es "maderfaker", sino "Madafaca".
Como otras tantas veces, salí tarde de trabajar y mi nevera estaba más vacía que la cabeza de X (elíjase nombre a su antojo), más que nada porque al día siguiente cambiaba Madrid por Vigo y no era plan dejar cosas pudriéndose (sí, es una disculpa). Así que me encaminé hacia el Dublín, una cafetería de la calle Princesa donde solemos ver los partidos del Plus (mi casa) y donde hacen unos bocadillos medianamente ricos.
Llegué hasta allí y me planté en la barra. "Un bocadillo de tortilla francesa con jamón y queso para llevar, por favor", le dije amablemente al camarero de origen sudamericano. "Ahora mismo, cabesehuevo", me contestó. Mientras esperaba mi cena, una pareja se sentó en las sillas que estaban justo a mi lado. Él, un Enrique del Pozo descafeinado (todos los que hemos visto la página web de Enrique -el de 'Enrique y Ana', el Cocoguagua- sabemos que él es cualquier cosa menos descafeinado) con anillos de oro en los dedos y cara de no saber decir "destornillador"; ella, rubia de bote, maquillaje a prueba de bombas, lentillas de colores y unas curvas que ella consideraba mareantes pero que a mí me parecían vomitivas.
Dejaron sus bolsas en una tercera banqueta y empezaron a hablar. Yo no prestaba atención, claro. Soy una persona instruida, culta, guapa, y las conversaciones de dos marulos no me interesan para nada (o sí). Pero él llamó mi atención. "¿Cómo lo hizo?", os preguntareis. Pues pasad al siguiente párrafo y os lo cuento.
Estiró su mano hacia la rubia de curvas mareantes y vomitivas con su móvil en la mano y exclamó: "¿Sabes qué pone aquí? ¿Lo sabes?". Ella miraba con miedo la pantalla del teléfono, donde aparecía el texto de un mensaje. Se pegaba a la pantalla en silencio, absorta, como si no supiese de qué iba todo aquello. Él insitía: "¿Lo sabes, eh? ¿Lo sabes? Pues dice 'maderfaker', dice 'maderfaker'. ¿Y tú sabes lo que significa 'maderfaker'? 'Mamá folladora' ". Ella, en silencio, no movía ni uno solo de sus músculos. El Enrique descafeinado seguía con su monólogo: "Te está llamando 'mamá folladora', eh".
Ella intervino: "No, me lo dice a mí". Él, cada vez más encendido: "Ah, ¿no? ¿entonces a quién se lo dice, porque a mí no va a ser. Dice 'mamá folladora, y esa eres tú". Mientras, yo esperaba ansioso mi bocadillo y miraba hacia el fondo del local para esconder mis sonrisas y hacer creer a los 'fakers' que estaba presionando visualmente al camarero para que se diese prisa. En esos segundos que pasaron no fui capaz de escuchar lo que Enrique descafeinado le contaba a su novia (porque era su novia). Cuando retomé el hilo de la conversación (después de que el camarero me dijese "ya viene, no se preocupe, cabesehuevo"), me enteré un poco más de todo y me hice esta reconstrucción de los hechos:
Enrique descafeinado y Curvas vomitivas son unos fans de los ambientes cargados: discotecas horteras, sudores descamisados, gimnasios repletos de anabolizantes y esteroides (y de asteroides). Y claro, en esos ambientes los ex novios tienen mucho peligro. El ex novio de Curvas vomitivas le había mandado un mensaje a Enrique descafeinado en el que le debía poner a caldo y, entre otras cosas, le llamaba a él "maderfaker", por lo que intuyo que, o bien el ex novio era americano, o bien éste era un cazurro de mucho cuidado. Ah, es posible también que fuese un Lating King, de esos hispanos que hablan "espanglis".
Mi bocadillo llegó. Me giré y me fui de aquel lugar. Eso sí, con ganas de decirle a Enrique descafeinado que no es "maderfaker", sino "Madafaca".
Sin Caras
Lo Dice
M€
on lunes, diciembre 15, 2008
El tráfico era intenso; la lluvia mojaba hasta lo más profundo de la ciudad y eso había causado un desajuste en la realidad de las personas. Todos, incluidos los cuerdos, habían salido a la calle en sus coches y habían bloqueado cualquier posibilidad de que existiese un movimiento real. En esa maraña de tráfico estaba yo. Sentado detrás del taxista, miraba el reloj porque llegaba tarde. A la ansiedad de la tardanza (soy enfermizamente puntual) se sumaba la que me producía el saber qué me iba a encontrar cuando entrase por la puerta.
Con el sonido de la radio de fondo, empecé a crear situaciones reales desde mi imaginación. Yo llegando al salón, saludando a la gente, tomando asiento, cenando, hablando... las primeras imágenes eran nítidas; reproducía la cara que veía reflejada en el espejo retrovisor del taxi. Con esa cara, una mezcla de seriedad y nerviosismo, me imaginaba haciendo mi entrada en aquel lugar. El problema estaba en las imágenes posteriores; era incapaz de recrear otra cara que no fuese la que estaba viendo en el espejo.
Una sensación de angustia se había apoderado de mí repentinamente. El mismo gesto, el mismo ceño fruncido y la misma expresión para todas las reacciones. Tendría la misma cara desde el principio hasta el final. El reto de esbozar una sonrisa me asustaba más que escalar la montaña más alta. Tenía un grave problema.
Una hora antes, en el cuarto de baño, mientras me lavaba los dientes, me había olvidado de prácticar otras caras. Llevaba con la misma desde hacía dos días, porque esa sensación de vértigo que sentía dibujaba una mueca excesivamente seria y me había atrapado las últimas 48 horas. Habitualmente, recreaba en mi mente las situaciones que se podían dar y expresaba mis reacciones que el espejo me devolvía para analizarlas. "Esta cara está bien cuando lo salude. Ésta, en cambio, me parece perfecta para insinuar que lo que digo no es en serio, sino una tronchante gracieta". Pero no, ese día, un día importante, no tenía más que la cara con la que había salido de mi casa.
El agobio que empecé a sentir me hizo mirar la hora. Llegaba 15 minutos tarde y, lo peor de todo, lo hacía sin más que una cara. Justo al lado de la estación de Atocha el tráfico no avanzaba desde hacía, precisamente, 15 minutos. Le pedí al taxista que me cobrase y me bajé para ir andando hasta el punto de encuentro. En el trayecto, bajo la lluvia fina de aquel día, me iba mirando en los escaparates. Lo hacía como si me interesase lo que escondían, pero realmente estaba buscando la realidad de mi rostro. Era el mismo de antes.
Quería acelerar el paso. Llegaba tarde y la cena ya habría empezado sin mí. El problema es que la inseguridad que me creaba no llevar más caras conmigo me retenía cada cuatro pasos. Los daba, me paraba e intentaba forzar el gesto. Sonrisa. Educación. Enfado. Indignación. Felicidad. Emoción. Nada de nada, era incapaz. Todas esas palabras revelaban un mismo significado: el de mi única cara.
A pesar de la lentitud de mi andar, llegué hasta la puerta. Respiré hondo, bajé la mirada y pensé que sólo era un rostro sin cara. Que tenía los elementos para formarla, pero que desconocía cómo poder hacerlo. Era como tratar de traducir un texto en un idioma que hacía años que no escuchaba. Avancé, siempre hacia delante, reconstruí el gesto y entré en el salón. La gente ya estaba cenando y yo llegaba tarde y con una única cara bajo el brazo.
Basado en una idea original de JP, MB y VP.
Con el sonido de la radio de fondo, empecé a crear situaciones reales desde mi imaginación. Yo llegando al salón, saludando a la gente, tomando asiento, cenando, hablando... las primeras imágenes eran nítidas; reproducía la cara que veía reflejada en el espejo retrovisor del taxi. Con esa cara, una mezcla de seriedad y nerviosismo, me imaginaba haciendo mi entrada en aquel lugar. El problema estaba en las imágenes posteriores; era incapaz de recrear otra cara que no fuese la que estaba viendo en el espejo.
Una sensación de angustia se había apoderado de mí repentinamente. El mismo gesto, el mismo ceño fruncido y la misma expresión para todas las reacciones. Tendría la misma cara desde el principio hasta el final. El reto de esbozar una sonrisa me asustaba más que escalar la montaña más alta. Tenía un grave problema.
Una hora antes, en el cuarto de baño, mientras me lavaba los dientes, me había olvidado de prácticar otras caras. Llevaba con la misma desde hacía dos días, porque esa sensación de vértigo que sentía dibujaba una mueca excesivamente seria y me había atrapado las últimas 48 horas. Habitualmente, recreaba en mi mente las situaciones que se podían dar y expresaba mis reacciones que el espejo me devolvía para analizarlas. "Esta cara está bien cuando lo salude. Ésta, en cambio, me parece perfecta para insinuar que lo que digo no es en serio, sino una tronchante gracieta". Pero no, ese día, un día importante, no tenía más que la cara con la que había salido de mi casa.
El agobio que empecé a sentir me hizo mirar la hora. Llegaba 15 minutos tarde y, lo peor de todo, lo hacía sin más que una cara. Justo al lado de la estación de Atocha el tráfico no avanzaba desde hacía, precisamente, 15 minutos. Le pedí al taxista que me cobrase y me bajé para ir andando hasta el punto de encuentro. En el trayecto, bajo la lluvia fina de aquel día, me iba mirando en los escaparates. Lo hacía como si me interesase lo que escondían, pero realmente estaba buscando la realidad de mi rostro. Era el mismo de antes.
Quería acelerar el paso. Llegaba tarde y la cena ya habría empezado sin mí. El problema es que la inseguridad que me creaba no llevar más caras conmigo me retenía cada cuatro pasos. Los daba, me paraba e intentaba forzar el gesto. Sonrisa. Educación. Enfado. Indignación. Felicidad. Emoción. Nada de nada, era incapaz. Todas esas palabras revelaban un mismo significado: el de mi única cara.
A pesar de la lentitud de mi andar, llegué hasta la puerta. Respiré hondo, bajé la mirada y pensé que sólo era un rostro sin cara. Que tenía los elementos para formarla, pero que desconocía cómo poder hacerlo. Era como tratar de traducir un texto en un idioma que hacía años que no escuchaba. Avancé, siempre hacia delante, reconstruí el gesto y entré en el salón. La gente ya estaba cenando y yo llegaba tarde y con una única cara bajo el brazo.
Basado en una idea original de JP, MB y VP.
Desde El Núcleo
Lo Dice
M€
on sábado, diciembre 13, 2008
Hace frío en la calle. Cruzo el semáforo de la Plaza de España y bajo por las escaleras que me llevan al metro. Necesito viajar, y no hay nada mejor que hacerlo bajo tierra, donde hace calor, donde no recibo el impacto del aire frío en mis orejas desvestidas de pelo que las cubran.
Bajo. Y bajo. Más abajo, más hacia el núcleo. Tan abajo, en el andén, esperando a que llegue el metro, que no tarda ni 30 segundos en aparecer. Nace de una guarida oscura desde la que sólo se intuye la luz de sus faros y el estruendo del metal recorriendo las vías subterráneas. Viene de más abajo, de más cerca del núcleo.
Me subo y me apoyo en una de las puertas, con la cabeza mirando a través del cristal. El ritmo del viaje, el temblor en los bajos del vagón que rugen desde el centro, desde el núcleo. Allí hace más calor que en la calle; en la calle aún hace frío, seguro. Pero aquí se está cómodo con el calor que estalla desde lo más profundo. Y continúa el viaje.
Desde la ventana sólo se intuyen movimientos hechos fuera de tiempo, entre la oscuridad y la piedra que no se ve. Pero se intuye. Nos va desplazando a través del fondo y mi cabeza sigue pegada al cristal, mirando hacia abajo, buscando entender que viajar a través del metal, tan cerca del núcleo es lo que necesitaba. En el núcleo hace calor. Intenso. No hace frío, como en la calle.
Los ruidos que me acompañan sueltan frases que atrapo al momento, pero no las retengo, no las mantengo, y las suelto para que salgan disparadas rebotando por las paredes del vagón. "Vivir y olvidar a la vez son dos rutinas", dice un hombre que está pegado a mi oído. "Es imposible no entenderlo", afirma poco después. Al tiempo, miles de imágenes estallan a mi lado. Han salido, como antes las frases, disparadas rebotando por las paredes del vagón.
Estoy seguro de que la gente me está mirando. Me observan y se preguntan qué es lo que estoy viendo a través del cristal, si sólo hay oscuridad. No entienden que me estoy acercando al núcleo, que estoy más cerca que ellos del núcleo. Que me reconstruyo en base al núcleo, por eso necesitaba bajar desde la calle, donde el frío corta mis labios.
Desde el núcleo pude despejar mi cabeza. El metro ya ha terminado con su misión. Me bajo de él. Subo. Y subo. Más arriba, más alejado del núcleo. Las escaleras que me invitan a pasar me servirán de trampolín para volver a la realidad.
Ya estoy en la calle. Y hace frío. Mucho frío.
Bajo. Y bajo. Más abajo, más hacia el núcleo. Tan abajo, en el andén, esperando a que llegue el metro, que no tarda ni 30 segundos en aparecer. Nace de una guarida oscura desde la que sólo se intuye la luz de sus faros y el estruendo del metal recorriendo las vías subterráneas. Viene de más abajo, de más cerca del núcleo.
Me subo y me apoyo en una de las puertas, con la cabeza mirando a través del cristal. El ritmo del viaje, el temblor en los bajos del vagón que rugen desde el centro, desde el núcleo. Allí hace más calor que en la calle; en la calle aún hace frío, seguro. Pero aquí se está cómodo con el calor que estalla desde lo más profundo. Y continúa el viaje.
Desde la ventana sólo se intuyen movimientos hechos fuera de tiempo, entre la oscuridad y la piedra que no se ve. Pero se intuye. Nos va desplazando a través del fondo y mi cabeza sigue pegada al cristal, mirando hacia abajo, buscando entender que viajar a través del metal, tan cerca del núcleo es lo que necesitaba. En el núcleo hace calor. Intenso. No hace frío, como en la calle.
Los ruidos que me acompañan sueltan frases que atrapo al momento, pero no las retengo, no las mantengo, y las suelto para que salgan disparadas rebotando por las paredes del vagón. "Vivir y olvidar a la vez son dos rutinas", dice un hombre que está pegado a mi oído. "Es imposible no entenderlo", afirma poco después. Al tiempo, miles de imágenes estallan a mi lado. Han salido, como antes las frases, disparadas rebotando por las paredes del vagón.
Estoy seguro de que la gente me está mirando. Me observan y se preguntan qué es lo que estoy viendo a través del cristal, si sólo hay oscuridad. No entienden que me estoy acercando al núcleo, que estoy más cerca que ellos del núcleo. Que me reconstruyo en base al núcleo, por eso necesitaba bajar desde la calle, donde el frío corta mis labios.
Desde el núcleo pude despejar mi cabeza. El metro ya ha terminado con su misión. Me bajo de él. Subo. Y subo. Más arriba, más alejado del núcleo. Las escaleras que me invitan a pasar me servirán de trampolín para volver a la realidad.
Ya estoy en la calle. Y hace frío. Mucho frío.
Graduorlado
Lo Dice
M€
on domingo, diciembre 07, 2008
Ayer, sábado, me graduorlé ficticiamente en la carrera de Periodismo. Después de algo más de dos años de compartir algo más que las aulas, nos reunimos unos dieciseis compañeros de clase en el Hotel Tryp Atocha y llevamos a nuestros padres (y padras, y personas importantes) hasta allí para cenar todos juntos y hacer un acto de licenciatura (orla canaria) ficticio. Las razones, varias:
1.- Porque la excelentísima Universidad Carlos III no celebra actos de licenciatura de esos que no son superoficiales; esto significa que o acabas la carrera o no puedes asistir al acto de licenciatura. Además es lo más rígido del mundo: ni discursos ni chorradas. Vas allí y te plantan un diploma o lo que sea y te vas a casa. Vamos, como ir un día al médico a que te hagan una revisión.
2.- Estos dos años han sido una especie de Gran Hermano (VIP). Las horas de clase, las horas en la facultad, las horas en los bares, las horas en las casas, las horas en la cafetería, las horas en las calles, las horas en las aulas de informática.... demasiadas horas como para no rozarte y hacer el cariño con unas cuantas personas. Había días que nos pasábamos de 9 de la mañana a 8 de la tarde juntos, y luego el viaje de vuelta a casa. Y las cámaras ya las tenían el señor Pedrero y el señor Miguel Vázquez.
3.- Acercar a esas personas que sólo habían compartido de oídas nuestras historias a lo que estaba siendo nuestro mundo particular. Que pusiesen cara, voz y cuerpo a los nombres y que se quedasen un poco prendados de lo que nos había enganchado a nosotros.
Con todos esto teníamos que cerrar esa etapa de alguna manera. De hecho, algunos se irán en unos meses, otros trabajan tanto que es imposible verles, otros desaparecen por épocas... había que detener el tiempo en una noche. Y así lo hicimos.
No estábamos todos lo que éramos el Grupo 33, pero sí que éramos el Grupo 33 los que estábamos (es cierto que sí que faltó alguno). Ese límite numérico que se impuso por la "fuerza" de algunas opiniones y que generó algún que otro disgusto fue, quizás, la única mancha de todo esto. Pero ya está lavada.
Teníamos la suerte de que nos conocíamos todos lo suficiente como para inmiscuir en la celebración a todos (y tocar las narices por igual). También teníamos la suerte de que aquel Grupo fraccionado tenía un poco de todo: desde actores hasta directores, pasando por escritores, periodistas, encantadores y trabajadores. Sumando esas virtudes, raro sería que saliese algo mal.
El acto en sí no lo voy a contar. No voy a contar cómo lo hicieron los presentadores a los que les temblaba un poco el papel del guión en la mano y no se les entendía por pegarse el micro a la boca; tampoco voy a contar cómo aparecieron unos vídeos perfectamente rodados, actuados y montados en los que, por un lado, unos chicos hacían referencia a un curioso juego que nació en un pueblo, y por otro, un peligroso ser estaba suelto por la facultad... el Prerredáctor. O de los sorprendentes vídeos de profesores hablando de ese Grupo, cuando se notaba perfectamente que muchos no sabían de qué hablaban...
Tampoco haré referencia al perfecto Powerpoint que servía de base para la trigésimotercera edición de los Dragones de Oro, que trasladaba el mismísimo glamour de Hollywood hasta aquel salón; mucho menos hablaré del otro Powerpoint en el que se unían los primeros años con los últimos (de la infancia a la orla), y tampoco de las fotos constantes que parecían trasladarnos a los años ya vividos mientras sonaban canciones que ya reconocemos como parte de algunas historias.
No me apetece hablar de los premios en sí, de las nominaciones, de las películas, de las interjecciones, de los discursos (preparados o improvisados, largos o cortos, humorísticos o emotivos...), de algunas miradas emocionadas de padres que observaban a sus hijos recoger un extraño dragón que acreditaba sus años en ese Grupo. Ni del disurso de la delegada; no diré que dijo lo que tenía que decir, que lo contó como se tenía que contar y que olvidó lo que tenía que olvidar.
Y mucho menos contaré como esos dieciseis personajes cantaron el Himno 33 como si les fuese la vida en ello, ni como se consiguió resumir dos años en unas horas, ni como esas horas se hicieron minutos, ni como continuamos la noche juntos hasta que los últimos churros se acabaron del plato.
Sólo hablaré de las personas. Las que lo hicieron posible. Las que formaron parte de todo esto. Las que se subieron a un cercanías, las que quieren cambiar el mundo actuando, las que se conocen el ABC de las cosas, las que sorprenden cada día, las que planifican con años de antelación, las que no saben ni lo que hacen, las que hablan demasiado, las que callan mucho, las que piensan para escribir y las que escriben para pensar, las que susurran a los micrófonos, las que autofotografían su vida, las que quieren dirigir, las que no saben qué decir, las que ganaron al entrar por la puerta, las que perdieron el miedo al cruzarla, las que cambiaron, las que no cambiarán, las que quieren que la gente cambie, las que comunican, las que sienten, las que pronto se irán, las que siempre quedarán.
Sólo hablaría de esas personas que resumen estos últimos dos años. Pero no hay suficiente espacio para eso.
33 besos a todos.
1.- Porque la excelentísima Universidad Carlos III no celebra actos de licenciatura de esos que no son superoficiales; esto significa que o acabas la carrera o no puedes asistir al acto de licenciatura. Además es lo más rígido del mundo: ni discursos ni chorradas. Vas allí y te plantan un diploma o lo que sea y te vas a casa. Vamos, como ir un día al médico a que te hagan una revisión.
2.- Estos dos años han sido una especie de Gran Hermano (VIP). Las horas de clase, las horas en la facultad, las horas en los bares, las horas en las casas, las horas en la cafetería, las horas en las calles, las horas en las aulas de informática.... demasiadas horas como para no rozarte y hacer el cariño con unas cuantas personas. Había días que nos pasábamos de 9 de la mañana a 8 de la tarde juntos, y luego el viaje de vuelta a casa. Y las cámaras ya las tenían el señor Pedrero y el señor Miguel Vázquez.
3.- Acercar a esas personas que sólo habían compartido de oídas nuestras historias a lo que estaba siendo nuestro mundo particular. Que pusiesen cara, voz y cuerpo a los nombres y que se quedasen un poco prendados de lo que nos había enganchado a nosotros.
Con todos esto teníamos que cerrar esa etapa de alguna manera. De hecho, algunos se irán en unos meses, otros trabajan tanto que es imposible verles, otros desaparecen por épocas... había que detener el tiempo en una noche. Y así lo hicimos.
No estábamos todos lo que éramos el Grupo 33, pero sí que éramos el Grupo 33 los que estábamos (es cierto que sí que faltó alguno). Ese límite numérico que se impuso por la "fuerza" de algunas opiniones y que generó algún que otro disgusto fue, quizás, la única mancha de todo esto. Pero ya está lavada.
Teníamos la suerte de que nos conocíamos todos lo suficiente como para inmiscuir en la celebración a todos (y tocar las narices por igual). También teníamos la suerte de que aquel Grupo fraccionado tenía un poco de todo: desde actores hasta directores, pasando por escritores, periodistas, encantadores y trabajadores. Sumando esas virtudes, raro sería que saliese algo mal.
El acto en sí no lo voy a contar. No voy a contar cómo lo hicieron los presentadores a los que les temblaba un poco el papel del guión en la mano y no se les entendía por pegarse el micro a la boca; tampoco voy a contar cómo aparecieron unos vídeos perfectamente rodados, actuados y montados en los que, por un lado, unos chicos hacían referencia a un curioso juego que nació en un pueblo, y por otro, un peligroso ser estaba suelto por la facultad... el Prerredáctor. O de los sorprendentes vídeos de profesores hablando de ese Grupo, cuando se notaba perfectamente que muchos no sabían de qué hablaban...
Tampoco haré referencia al perfecto Powerpoint que servía de base para la trigésimotercera edición de los Dragones de Oro, que trasladaba el mismísimo glamour de Hollywood hasta aquel salón; mucho menos hablaré del otro Powerpoint en el que se unían los primeros años con los últimos (de la infancia a la orla), y tampoco de las fotos constantes que parecían trasladarnos a los años ya vividos mientras sonaban canciones que ya reconocemos como parte de algunas historias.
No me apetece hablar de los premios en sí, de las nominaciones, de las películas, de las interjecciones, de los discursos (preparados o improvisados, largos o cortos, humorísticos o emotivos...), de algunas miradas emocionadas de padres que observaban a sus hijos recoger un extraño dragón que acreditaba sus años en ese Grupo. Ni del disurso de la delegada; no diré que dijo lo que tenía que decir, que lo contó como se tenía que contar y que olvidó lo que tenía que olvidar.
Y mucho menos contaré como esos dieciseis personajes cantaron el Himno 33 como si les fuese la vida en ello, ni como se consiguió resumir dos años en unas horas, ni como esas horas se hicieron minutos, ni como continuamos la noche juntos hasta que los últimos churros se acabaron del plato.
Sólo hablaré de las personas. Las que lo hicieron posible. Las que formaron parte de todo esto. Las que se subieron a un cercanías, las que quieren cambiar el mundo actuando, las que se conocen el ABC de las cosas, las que sorprenden cada día, las que planifican con años de antelación, las que no saben ni lo que hacen, las que hablan demasiado, las que callan mucho, las que piensan para escribir y las que escriben para pensar, las que susurran a los micrófonos, las que autofotografían su vida, las que quieren dirigir, las que no saben qué decir, las que ganaron al entrar por la puerta, las que perdieron el miedo al cruzarla, las que cambiaron, las que no cambiarán, las que quieren que la gente cambie, las que comunican, las que sienten, las que pronto se irán, las que siempre quedarán.
Sólo hablaría de esas personas que resumen estos últimos dos años. Pero no hay suficiente espacio para eso.
33 besos a todos.
Hilos Personales
Lo Dice
M€
on jueves, noviembre 27, 2008

La vida está llena de hilos conductores que nos trasladan a lo largo de ella. Esos hilos tejen, con cuidado y parsimonia, las redes que nos sustentan y que nos mantienen de pie. Están hechos de un material cambiante y difuso; una materia muchas veces inerte que no se puede ver, no se puede coger con las manos y comprobar de qué está formada ni saber su grosor, peso o resistencia ante el impacto de una caída.
Son las relaciones personales. Dos palabras que construyen las bases del día a día y que se transforman en referencias lógicas (o ilógicas) de esa vida que por alguna razón estamos viviendo. La primera palabra, 'relaciones', dice la RAE que son conexiones, tratos o comunicaciones de alguien con otra persona. Acertada definición, queridos viejunos de la Academia. Es decir, que la relación que mantenemos con otros conlleva o significa una conexión entre ambas, una comunicación con ella. ¿Con quién? Con otra persona; de ahí, la segunda palabra, 'personales'. Es decir, repito, con otra persona.
Las relaciones personales en la vida se encuentran atadas y enganchadas por esos hilos finos y de materiales desconocidos que son conductores de nuestros pasos.
Las vamos construyendo, las relaciones personales, con ayuda del tiempo y de otros elementos adyacentes a ellas: la palabra, los hechos, las miradas, los desencuentros y los descubrimientos.
Estas relaciones y sus hilos son maleables, fácilmente dañables con las ráfagas de viento que se esconden en muchos actos, opiniones o verbos que se escapan de la boca de las personas. Por eso debemos de ser cuidadosos, cautos a la hora de ejercer nuestro poder sobre ellas. Es el mismo cuidado que tendríamos a la hora de ascender por una cuerda que estuviese formada por un fino hilo de coser; ese mismo que es capaz, después de ajustarlo bien, de retener un botón pegado a la cintura de un pantalón, es tan endeble que un tirón mal dado puede destrozarlo.
Y es que los conflictos (personales, claro) son el peor enemigo para esos hilos. Ya son ellos débiles de por sí, como para estar estirándolos. Desde un lado, X tira fuerte hacia si mismo; desde el otro, seguramente bastante alejado, Y no cede en su empeño de arrastrar hacia su lado. Resultado: deshilachado. El hilo se ve forzado, se ve magullado y acaba cediendo por el centro. Desde los dos extremos, el impacto de esa fractura hace caer hacia atrás a X y a Y, que se estrellan en el suelo e impactan con la fuerza de un meteorito. El resultado es igual que el cráter que ése dejaría en la Tierra (de lograr no desintegrarse): un agujero ardiente que dejará una señal para el resto de los años que queden de vida en el planeta.
El caso es que muchos de esos cráteres, muchas de esas depresiones en la orografía de las relaciones personales, luego son la base para investigar desde dónde ha llegado, de qué material estaba hecha aquella fuerza que impactó contra la superficie de la relación. Resultado: acabamos por conocer mejor los orígenes, el desarrollo y el futuro de esas caídas desde lo más alto. Nos servirá, al fin y al cabo, para proteger más los finos hilos que atan nuestras relaciones personales.
Un día cualquiera te levantas y empiezas a tirar del hilo para alcanzar el otro extremo, esperando que tu contrario esté haciendo lo mismo desde su lado.
Hilos nuevos para todos.
Carta A Paco
Lo Dice
M€
on jueves, noviembre 20, 2008
Hola, Paco, ¿cómo va todo?
Por aquí bien, más o menos. La verdad es que hay gente que te echa de menos un poco. Dicen: "Si Paco estuviese aquí todo sería mejor" o "Si Paco ve esto... todo sería distinto si volviese". Yo no estoy muy de acuerdo con la gente que dice eso, ¿sabes? No, porque a mí, personalmente, me parece que desde que te marchaste las cosas han avanzado un poco más... bueno, o mucho más.
Es curioso, pero ya no hay gente que vive en armarios. De hecho, la gente ha salido de ellos, bien para vivir en libertad o bien para gritar a los cuatro vientos que ya no tienen que vivir sin decir lo que piensan. Incluso se pueden casar. Bueno, por la Iglesia no, claro, pero sí por el juzgado. La ley les reconoce derechos y ellos los ejercen. Pero las leyes ahora son distintas, ¿sabes? No dependen de una persona, no. Se reúnen varios y las comentna, las redactan, las aprueban y, si todo sale bien, nosotros las aceptamos y vivimos según lo que nos marcan. Es cierto que siempre hay vagos y maleantes, pero ahora son de verdad y no se identifican por el color de su camisa. Distinto a lo que tu viviste.
Es que ahora hay democracia. Sí, democracia. Es un invento antiguo que se ha traído a nuestros tiempos. Es algo así como que el pueblo decide; no el pueblo en general, en plan masa, pero sí unas personas a las que se vota y luego representan la opinión mayoritaria. De hecho, ahora es posible que, por la decisión de esa gente, vayamos a un guerra. También a veces vamos a guerras sin el respaldo del pueblo, pero supongo que nada es perfecto.
Felipe González, que luego fue Presidente del Gobierno (como tú pero en plan finolis), decía en 1975, más o menos, que el fascismo se acabaría en España porque no tenía ni sustento económico, que era lo que lo había mantenido hasta la época, ni apoyo popular, porque este país nunca había dado una respuesta de apoyo masivo a esa forma de gobierno. Tenía razón; yo lo veo ahora. Vale, no te voy a mentir, hay gente que aún conserva águilas y estira el brazo como si la articulación tuviese un muelle, pero son pocos y mal organizados (por suerte).
Pero cuéntame tú algo de cómo es todo eso, ¿no? Debes de estar encantado, seguro que encuentras a muchos de tus amigos por ahí. Debes ser uno de los reyes del mambo... bueno, aunque cuando estabas aquí no eras tampoco un líder de tus colegas. Eras más bien el típico enano gracioso que se lleva a las fiestas y luego se queda solo porque no le hace gracia ni al que lo trajo. Pero bueno, espero que estés pasándolo bien con tu novia. Me llegaron rumores de que lo habíais dejado y que estabas disgustado porque una familiar tuya estaba bailando todo el día y enseñando las bragas al respetable. Bah, no te preocupes, es mayorcita y sabrá lo que hace y lo que conlleva ser de tu familia... o no.
Bueno, Paco, ¿sabes qué más? Que me alegra que ya no estés por aquí. Más que nada es que creo que no pintabas nada desde años antes de marcharte. Por suerte lo dejaste todo atado y bien atado, aunque alguno de tus antiguos compañeros de clase se han revolucionado con el tiempo. Supongo que estarán afectados por tu marcha.
Creo que nada más. Que feliz aniversario y que te quedes mucho tiempo donde estás, ¿vale? Seguro que allí te aprecian de verdad y te tratan como te mereces.
Un saludo a Alfredo y a Benny y recuerdos para Sati.
Por aquí bien, más o menos. La verdad es que hay gente que te echa de menos un poco. Dicen: "Si Paco estuviese aquí todo sería mejor" o "Si Paco ve esto... todo sería distinto si volviese". Yo no estoy muy de acuerdo con la gente que dice eso, ¿sabes? No, porque a mí, personalmente, me parece que desde que te marchaste las cosas han avanzado un poco más... bueno, o mucho más.
Es curioso, pero ya no hay gente que vive en armarios. De hecho, la gente ha salido de ellos, bien para vivir en libertad o bien para gritar a los cuatro vientos que ya no tienen que vivir sin decir lo que piensan. Incluso se pueden casar. Bueno, por la Iglesia no, claro, pero sí por el juzgado. La ley les reconoce derechos y ellos los ejercen. Pero las leyes ahora son distintas, ¿sabes? No dependen de una persona, no. Se reúnen varios y las comentna, las redactan, las aprueban y, si todo sale bien, nosotros las aceptamos y vivimos según lo que nos marcan. Es cierto que siempre hay vagos y maleantes, pero ahora son de verdad y no se identifican por el color de su camisa. Distinto a lo que tu viviste.
Es que ahora hay democracia. Sí, democracia. Es un invento antiguo que se ha traído a nuestros tiempos. Es algo así como que el pueblo decide; no el pueblo en general, en plan masa, pero sí unas personas a las que se vota y luego representan la opinión mayoritaria. De hecho, ahora es posible que, por la decisión de esa gente, vayamos a un guerra. También a veces vamos a guerras sin el respaldo del pueblo, pero supongo que nada es perfecto.
Felipe González, que luego fue Presidente del Gobierno (como tú pero en plan finolis), decía en 1975, más o menos, que el fascismo se acabaría en España porque no tenía ni sustento económico, que era lo que lo había mantenido hasta la época, ni apoyo popular, porque este país nunca había dado una respuesta de apoyo masivo a esa forma de gobierno. Tenía razón; yo lo veo ahora. Vale, no te voy a mentir, hay gente que aún conserva águilas y estira el brazo como si la articulación tuviese un muelle, pero son pocos y mal organizados (por suerte).
Pero cuéntame tú algo de cómo es todo eso, ¿no? Debes de estar encantado, seguro que encuentras a muchos de tus amigos por ahí. Debes ser uno de los reyes del mambo... bueno, aunque cuando estabas aquí no eras tampoco un líder de tus colegas. Eras más bien el típico enano gracioso que se lleva a las fiestas y luego se queda solo porque no le hace gracia ni al que lo trajo. Pero bueno, espero que estés pasándolo bien con tu novia. Me llegaron rumores de que lo habíais dejado y que estabas disgustado porque una familiar tuya estaba bailando todo el día y enseñando las bragas al respetable. Bah, no te preocupes, es mayorcita y sabrá lo que hace y lo que conlleva ser de tu familia... o no.
Bueno, Paco, ¿sabes qué más? Que me alegra que ya no estés por aquí. Más que nada es que creo que no pintabas nada desde años antes de marcharte. Por suerte lo dejaste todo atado y bien atado, aunque alguno de tus antiguos compañeros de clase se han revolucionado con el tiempo. Supongo que estarán afectados por tu marcha.
Creo que nada más. Que feliz aniversario y que te quedes mucho tiempo donde estás, ¿vale? Seguro que allí te aprecian de verdad y te tratan como te mereces.
Un saludo a Alfredo y a Benny y recuerdos para Sati.
Ardiendo A Un Clavo
Lo Dice
M€
on miércoles, noviembre 12, 2008
Semanas decisivas estas últimas para el futuro de dos mundos: el real y el del fútbol. Por un lado, un negro (más o menos) llega a la Casa Blanca para sustituir a un blanco que dejó todo muy negro. Por otro, el mundo del fútbol se conmociona con la llegada de su Dios particular (D10S) al banquillo de su selección nacional. En manos de ambos, cambiar las cosas de sitio. Es como si tu casa no te gusta y le cedes el protagonismo a un fulano de esos que te redecora tu hogar. El resultado, se supone, será mejor.
Por lo menos en el caso de Obama. Es cierto que el pobre las va a pasar canutas para reconstruir dignamente lo destruido por Bush, pero ya ha tomado un par de decisiones de las que no necesitan la aprobación del Congreso que están en la dirección opuesta a las que había tomado Geroge W.... un alivio sí que es, al menos. Las decisiones se refieren a temas como las células madres y las perforaciones petrolíferas (en contra de las que se manifestaron los ecologistas), que no parecen temas de importancia mundial, pero sí son una declaración de principios.
Yo, Dios (D10S) no lo quiera, no le doy mucho tiempo en el gobierno a Obama. Vamos a ver, señores: negro, demócrata y el nuevo Kennedy... atando cabos se llega a la respuesta. Y más en un país donde presumen de libertades, y de la que más presumen es de la de poder llevar un arma para protegerse. Si un Bush de otro país se enterase de esas armas de destrucción masiva, estaba claro: invasión a los EE.UU.
En el caso de Maradona (D10S), es imposible saber qué va a pasar. Decía Santiago Segurola hace unos días que no tenía claro si Maradona era una metáfora de Argentina, o Argentina la metáfora de Maradona. Supongo que un poco de todo; el país que idolatra a su D10S más imperfecto y el humano más imperfecto que más siente su país alborotado. La cuestión es que, pase lo que pase, Él no va a bajar de su altar. Se caerá por la borda el Diego hombre que engorda y consume toda clase de drogas o dispara a un periodista con una escopeta de balines, caerá por los peldaños de su gran escalera hasta el suelo. Pero Maradona, D10S, será para los argentinos lo que ha sido hasta ahora; una referencia (mala, pero una referencia) en su día a día. Seguro que se repiten imágenes de cientos de personas concentradas debajo de la ventana de la habitación en la que está igresada; seguro que se repiten los gritos en La Bombonera de "Marado, Marado...".
Y es que puede que no cambie el irregular rumbo de una selección argentina en crisis (que yo lo veo chungo... o no), pero su imagen, ya distorsionada como su oronda figura de hace años, no sufrirá alteraciones en su país. Es como en España Chiquito de la Calzada: ya nadie le reía las gracias, pero generaba cariño entre la gente, como un perrito sin su patita.
Venga, que todo depende de un americano y de un argentino... que alguien nos coja confesados.
Por lo menos en el caso de Obama. Es cierto que el pobre las va a pasar canutas para reconstruir dignamente lo destruido por Bush, pero ya ha tomado un par de decisiones de las que no necesitan la aprobación del Congreso que están en la dirección opuesta a las que había tomado Geroge W.... un alivio sí que es, al menos. Las decisiones se refieren a temas como las células madres y las perforaciones petrolíferas (en contra de las que se manifestaron los ecologistas), que no parecen temas de importancia mundial, pero sí son una declaración de principios.
Yo, Dios (D10S) no lo quiera, no le doy mucho tiempo en el gobierno a Obama. Vamos a ver, señores: negro, demócrata y el nuevo Kennedy... atando cabos se llega a la respuesta. Y más en un país donde presumen de libertades, y de la que más presumen es de la de poder llevar un arma para protegerse. Si un Bush de otro país se enterase de esas armas de destrucción masiva, estaba claro: invasión a los EE.UU.
En el caso de Maradona (D10S), es imposible saber qué va a pasar. Decía Santiago Segurola hace unos días que no tenía claro si Maradona era una metáfora de Argentina, o Argentina la metáfora de Maradona. Supongo que un poco de todo; el país que idolatra a su D10S más imperfecto y el humano más imperfecto que más siente su país alborotado. La cuestión es que, pase lo que pase, Él no va a bajar de su altar. Se caerá por la borda el Diego hombre que engorda y consume toda clase de drogas o dispara a un periodista con una escopeta de balines, caerá por los peldaños de su gran escalera hasta el suelo. Pero Maradona, D10S, será para los argentinos lo que ha sido hasta ahora; una referencia (mala, pero una referencia) en su día a día. Seguro que se repiten imágenes de cientos de personas concentradas debajo de la ventana de la habitación en la que está igresada; seguro que se repiten los gritos en La Bombonera de "Marado, Marado...".
Y es que puede que no cambie el irregular rumbo de una selección argentina en crisis (que yo lo veo chungo... o no), pero su imagen, ya distorsionada como su oronda figura de hace años, no sufrirá alteraciones en su país. Es como en España Chiquito de la Calzada: ya nadie le reía las gracias, pero generaba cariño entre la gente, como un perrito sin su patita.
Venga, que todo depende de un americano y de un argentino... que alguien nos coja confesados.
El Cielo De Madrid
Lo Dice
M€
on jueves, noviembre 06, 2008
El cielo de Madrid no es igual al de Vigo. No voy a decir que es ni mejor ni peor, pero no es igual. No sé si será por las luces de neón que alumbran la Gran Vía, repleta de aliento y de estrenos de películas y obras de teatro. También puede ser porque no tiene cerca el mar. El cielo colorea el mar en Vigo; en cambio, en Madrid el cielo se queda sin paleta para pintar. Supongo que se centrarán en dibujar las calles anchas, las avenidas, las alturas de los edificios.Es un esfuerzo distinto al de bajar a refrescarse los pies en el Atlántico. Es la diferencia que existe entre el trabajo de un pescador y el de un albañil, ambos duros y laboriosos, pero uno cercano a la naturaleza y otro vecino de hormigoneras. Hoy sólo se podía ver una estrella y la luna, solitarias y lejanas. Lejos para nosotros pero lejos entre ellas, también. Parecían dos niños tímidos que no se atreven a pedirle al otro si quiere jugar.
El último cielo que recuerdo de Vigo estaba impregnado del rojo que produce el sol al esconderse entre las Cíes. Volviendo a mi casa hice una parada técnica para observar por última vez (al menos en unos meses) el cielo gallego con acento vigués. A mi lado paseaban transeúntes que no eran capaces de pararse a mi lado para contemplar aquello. Supongo que tendrían todo el tiempo del mundo para hacerlo.
Yo tenía sólo esos minutos que me separaban de Madrid.
Y hoy, en Madrid, he reconocido partes del mismo cielo, como si en mi maleta me hubiese traído algunos restos que la ría había introducido en mi equipaje justo antes de cargar el coche. Hoy el cielo de Madrid me ha obligado a mirarlo. Ha sido salir un momento a la calle, encarar la calle Princesa, llegar a la plaza de España y alzar la vista.
Sólo duró el tiempo que tarda el verde en ponerse en rojo, pero fue suficiente. También quise avisar a la gente de aquel fenómeno singular, de aquellos trozos vigueses que desteñían la tapa de la ciudad, la que sólo dejabas atrás en un avión. Pero nadie me hizo caso. Ni siquiera me siguieron como a un loco que se queda ensimismado mirando al infinito, a algo que no existe. Quizás sería porque lo que estaba viendo era real, no era producto de mi imaginación.
Estaba perdiendo el tiempo, ese del que cada día carezco más, pero me estaba mereciendo la pena. Crucé la calle y me metí en una tienda. Al salir, Madrid había perdido el acento gallego, había recuperado su castellano castizo de jotas y eses aspiradas. De todas maneras lo sentí cercano, quizás mío.
A lo mejor es que me estaba adaptando más de lo que pensaba a esta ciudad.
Día Sin Luz
Lo Dice
M€
on viernes, octubre 31, 2008
La luz que habitualmente recuperaba la vida de la habitación había desaparecido. Había sido de un día para otro, sólo 24 horas marcaban la diferencia entre la luz y la oscuridad. Era la sonrisa, habia desaparecido. La misma que día tras día desde hacía años se había convertido en la iluminación artificial de las vidas ajenas se había borrado por completo. Más que borrado, se había volatilizado, había desaparecido.
Con las mismas dudas y temores que generan las pérdidas de los objetos más preciados, se puso a buscarla por la habitación. Recuperó sus movimientos desde que había entrado en la habitación hasta ese momento. Sólo recordaba entrar en ella, consultar el correo en el ordenador que estaba sobre la mesa, ordenar la ropa que tenía tirada por la cama y acostarse a leer; después, se había levantado sumida en la penumbra. "Nunca me había fijado en lo oscura que es mi habitación", pensó mientras hurgaba en los cajones de la mesilla. Pero allí no estaba. Ni en la mesilla ni en el armario ni en ninguna de las cajas que acumulaba en la estantería, que sólo contenían recuerdos de otros tiempos ("mejores", pensaba siempre).
Mientras duraba aquel trance al cual no encontraba explicación, sonó su móvil. Al otro lado, una voz masculina le preguntaba que por qué hoy no había luz. Ella, extrañada, colgó rápidamente. El teléfono volvió a sonar. Era la misma voz de antes.
"No cuelgues, espera. No quiero asustarte. Es que me acabo de levantar y no veo nada de nada. De hecho, nunca me había fijado en que mi habitación era tan oscura". Ella trató de mostrarse fría, de no enseñar la gota fría de pánico que le recorría toda la espalda. "No sé de qué me hablas", rectificó con seriedad a la voz. "Llama a Fenosa, o vete a putear a otra, imbécil".
Salió de la habitación y se dirigió a la cocina para prepararse un café. Su sorpresa fue que la cocina estaba igual de oscura que su habitación. La luz estaba encendida, pero no era tan potente como antes, como cuando sonreía mientras tarareaba alguna canción ridícula al tiempo que se preparaba el desayuno. "Esto me empieza a preocupar". Movida por la intriga de la voz que sonaba al otro lado del móvil, decidió llamar. Tenía su número grabado en 'llamadas recibidas'; le extrañó que un loco o un violador llamase desde su móvil y no ocultase el número, por lo que se decidió por confiar en la buena fe de un desconocido.
"¿Por qué me dices lo de la luz?". "Hombre, eres tú la encargada de iluminar, ¿no? Sí, sé que eres tú porque vivimos muy cerca, y siempre que pasas por delante de la cafetería de la esquina, en la que yo suelo desayunar, un destello se escapa de tu sonrisa". Ella no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿Y si su sonrisa realmente era la encargada de iluminar a otros y a ella misma? "Te diré la verdad: creo que la he perdido". "Pues yo la necesito, esta oscuridad está consiguiendo volverme loco".
La búsqueda continuó, pero la sonrisa no aparecía. Ella, delante del espejo, se manoseaba la cara buscando algún resquicio de su iluminadora sonrisa por si la había cambiado de sitio. Al dormir, muchas veces se levantaba con la cabeza en los pies de la cama, por lo que pensó que una mala noche le podía haber supuesto cambiar de sitio la sonrisa sin querer. Con la ayuda de otro espejo, consiguió alcanzar la nuca, despejada por el pelo recogido. "Aquí tampoco". Volvió a llamar a la voz. "?Dónde estás? Vale, bajo en cinco minutos".
La cafetería de la esquina presentaba un aspecto sórdido: luces bajas, poca ventilación y una televisión antigua subida a una pequeña balda. La voz, que esperaba desayunando en la mesa más alejada de la barra, le hizo un gesto. Ella se acercó y se sentó a su lado. "No, no quiero nada que me acabo de tomar un café". "Mira, no te conozco mucho, pero me preocupa que hayas perdido la sonrisa. No sé como has sido tan descuidada, en serio. Lo peor es que no sé cómo puedo ayudarte a encontrarla, si ni tú sabes dónde la has perdido". "Creo que fue esta noche, mientras dormía. A veces me levanto con la cabeza en los pies de la cama, dada la vuelta, y a lo mejor en uno de esos movimientos se cambió de lugar".
La voz se acercó a ella y le agarró fuerte de los brazos. Después, la cabeza. Dio una vuelta alrededor de ella mientras la escrutaba con la mirada.
"Imposible, por aquí no la encuentro. Lo siento. Lo peor es que no sé cómo puedo ayudarte a encontrarla".
"Ya encontraremos la manera. Seguro".
Con las mismas dudas y temores que generan las pérdidas de los objetos más preciados, se puso a buscarla por la habitación. Recuperó sus movimientos desde que había entrado en la habitación hasta ese momento. Sólo recordaba entrar en ella, consultar el correo en el ordenador que estaba sobre la mesa, ordenar la ropa que tenía tirada por la cama y acostarse a leer; después, se había levantado sumida en la penumbra. "Nunca me había fijado en lo oscura que es mi habitación", pensó mientras hurgaba en los cajones de la mesilla. Pero allí no estaba. Ni en la mesilla ni en el armario ni en ninguna de las cajas que acumulaba en la estantería, que sólo contenían recuerdos de otros tiempos ("mejores", pensaba siempre).
Mientras duraba aquel trance al cual no encontraba explicación, sonó su móvil. Al otro lado, una voz masculina le preguntaba que por qué hoy no había luz. Ella, extrañada, colgó rápidamente. El teléfono volvió a sonar. Era la misma voz de antes.
"No cuelgues, espera. No quiero asustarte. Es que me acabo de levantar y no veo nada de nada. De hecho, nunca me había fijado en que mi habitación era tan oscura". Ella trató de mostrarse fría, de no enseñar la gota fría de pánico que le recorría toda la espalda. "No sé de qué me hablas", rectificó con seriedad a la voz. "Llama a Fenosa, o vete a putear a otra, imbécil".
Salió de la habitación y se dirigió a la cocina para prepararse un café. Su sorpresa fue que la cocina estaba igual de oscura que su habitación. La luz estaba encendida, pero no era tan potente como antes, como cuando sonreía mientras tarareaba alguna canción ridícula al tiempo que se preparaba el desayuno. "Esto me empieza a preocupar". Movida por la intriga de la voz que sonaba al otro lado del móvil, decidió llamar. Tenía su número grabado en 'llamadas recibidas'; le extrañó que un loco o un violador llamase desde su móvil y no ocultase el número, por lo que se decidió por confiar en la buena fe de un desconocido.
"¿Por qué me dices lo de la luz?". "Hombre, eres tú la encargada de iluminar, ¿no? Sí, sé que eres tú porque vivimos muy cerca, y siempre que pasas por delante de la cafetería de la esquina, en la que yo suelo desayunar, un destello se escapa de tu sonrisa". Ella no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿Y si su sonrisa realmente era la encargada de iluminar a otros y a ella misma? "Te diré la verdad: creo que la he perdido". "Pues yo la necesito, esta oscuridad está consiguiendo volverme loco".
La búsqueda continuó, pero la sonrisa no aparecía. Ella, delante del espejo, se manoseaba la cara buscando algún resquicio de su iluminadora sonrisa por si la había cambiado de sitio. Al dormir, muchas veces se levantaba con la cabeza en los pies de la cama, por lo que pensó que una mala noche le podía haber supuesto cambiar de sitio la sonrisa sin querer. Con la ayuda de otro espejo, consiguió alcanzar la nuca, despejada por el pelo recogido. "Aquí tampoco". Volvió a llamar a la voz. "?Dónde estás? Vale, bajo en cinco minutos".
La cafetería de la esquina presentaba un aspecto sórdido: luces bajas, poca ventilación y una televisión antigua subida a una pequeña balda. La voz, que esperaba desayunando en la mesa más alejada de la barra, le hizo un gesto. Ella se acercó y se sentó a su lado. "No, no quiero nada que me acabo de tomar un café". "Mira, no te conozco mucho, pero me preocupa que hayas perdido la sonrisa. No sé como has sido tan descuidada, en serio. Lo peor es que no sé cómo puedo ayudarte a encontrarla, si ni tú sabes dónde la has perdido". "Creo que fue esta noche, mientras dormía. A veces me levanto con la cabeza en los pies de la cama, dada la vuelta, y a lo mejor en uno de esos movimientos se cambió de lugar".
La voz se acercó a ella y le agarró fuerte de los brazos. Después, la cabeza. Dio una vuelta alrededor de ella mientras la escrutaba con la mirada.
"Imposible, por aquí no la encuentro. Lo siento. Lo peor es que no sé cómo puedo ayudarte a encontrarla".
"Ya encontraremos la manera. Seguro".
Yo Codificado
Lo Dice
M€
on jueves, octubre 23, 2008
"Estaríamos encantados de que hicieses prácticas con nosotros". El que estoy encantado soy yo, hombre por Dios (o Maradona o Messi). Así, con esa frase tan amable, una femenina voz de recursos humanos me confirmaba que pasaba a formar parte de la plantilla (como becario y de manera temporal, pero bueno) de Canal Plus.
El lunes me había acercado a las instalaciones de Sogecable en Tres Cantos para que me hiciesen una entrevistilla y una prueba. Todo lo había conseguido gracias a una llamada amiga que me había confirmado que allí buscaban un becario para deportes. Le dí mi número de teléfono y mi nombre y no pasó más de una hora cuando recibí la llamada de la redactora jefa que me emplazaba al lunes. Allí, en Sogecable, todo fue rodado: una pequeña entrevista en plan "qué has hecho antes, qué experiencia tienes, sabes o no montar un vídeo..." y una prueba de redacción sobre tres temas (crónica de la jornada de Liga, crónica del Master de Tenis de Madrid y una previa de la jornada de Champions) sin acudir a ninguna fuente salvo mi cabeza y mi prodigiosa memoria.
"Parece que todo está correcto. En unos dos o tres días te llamamos, cuando sepamos si tenemos convenio con tu Universidad".
Ayer mismo recibía esa llamada. Alcé los brazos y entré en la cafetería de la facultad con los brazos levantados en señal de victoria. A penas había contado nada a nadie por no gafar la cosa, como los actores, pero ya era definitivo: el miércoles 29 entraba en el mundo de Prisa y corriendo.

En 'Más Deporte', ni más ni menos. El programa que veía a la hora de comer cuando Canal Plus existía en abierto en la televisión. Aquellos resúmenes de la jornada de la Liga, del Calcio, de la Premier, de la Liga alemana, de rugby y de toda clase de deportes. Aquellos a los que envidiaba ahora serán, en parte, mis compañeros de trabajo (como becario y de manera temporal, pero bueno).
En verano, la gente me decía: "Buf, si has estado en la COPE olvídate de trabajar para los de Prisa". A mis padres también se lo decían. Yo les tranquilizaba: "Francino estaba en la COPE y ahora ya ves. Eso no tiene nada que ver. Es como si trabajas para la SER y piensas que ya no vas a poder trabajar en la COPE, o estás en Antena 3 y crees que jamás te contratarán en Telecinco. Pues sí. Además, incluso te pueden ofrecer presentar 'La mirada crítica' sustituyendo malamente a un grande como Vicente Vallés".
Así que nada, desde el próximo miércoles mis horas de ocio (demasiadas hasta hoy) se reducirán y empezaré a tener las tardes ocupadas. Por fin.
Besos codificados para todos.
El lunes me había acercado a las instalaciones de Sogecable en Tres Cantos para que me hiciesen una entrevistilla y una prueba. Todo lo había conseguido gracias a una llamada amiga que me había confirmado que allí buscaban un becario para deportes. Le dí mi número de teléfono y mi nombre y no pasó más de una hora cuando recibí la llamada de la redactora jefa que me emplazaba al lunes. Allí, en Sogecable, todo fue rodado: una pequeña entrevista en plan "qué has hecho antes, qué experiencia tienes, sabes o no montar un vídeo..." y una prueba de redacción sobre tres temas (crónica de la jornada de Liga, crónica del Master de Tenis de Madrid y una previa de la jornada de Champions) sin acudir a ninguna fuente salvo mi cabeza y mi prodigiosa memoria.
"Parece que todo está correcto. En unos dos o tres días te llamamos, cuando sepamos si tenemos convenio con tu Universidad".
Ayer mismo recibía esa llamada. Alcé los brazos y entré en la cafetería de la facultad con los brazos levantados en señal de victoria. A penas había contado nada a nadie por no gafar la cosa, como los actores, pero ya era definitivo: el miércoles 29 entraba en el mundo de Prisa y corriendo.

En 'Más Deporte', ni más ni menos. El programa que veía a la hora de comer cuando Canal Plus existía en abierto en la televisión. Aquellos resúmenes de la jornada de la Liga, del Calcio, de la Premier, de la Liga alemana, de rugby y de toda clase de deportes. Aquellos a los que envidiaba ahora serán, en parte, mis compañeros de trabajo (como becario y de manera temporal, pero bueno).
En verano, la gente me decía: "Buf, si has estado en la COPE olvídate de trabajar para los de Prisa". A mis padres también se lo decían. Yo les tranquilizaba: "Francino estaba en la COPE y ahora ya ves. Eso no tiene nada que ver. Es como si trabajas para la SER y piensas que ya no vas a poder trabajar en la COPE, o estás en Antena 3 y crees que jamás te contratarán en Telecinco. Pues sí. Además, incluso te pueden ofrecer presentar 'La mirada crítica' sustituyendo malamente a un grande como Vicente Vallés".
Así que nada, desde el próximo miércoles mis horas de ocio (demasiadas hasta hoy) se reducirán y empezaré a tener las tardes ocupadas. Por fin.
Besos codificados para todos.
En Presente
Lo Dice
M€
on jueves, octubre 16, 2008
Este es el punto de partida. Es diferente al que era ayer porque me he ido desplazando con el paso del tiempo. Lo que ayer era de un color, hoy se torna transparente y se esconde del sol para no perder el poco cuerpo que le queda. Si ayer fue material, tenía indicios de existencia, tenía pruebas de conocimiento, hoy es distinto, extraño, ajeno.
Se aleja como lo hacen los días que se escapan del presente. Ese mismo presente que no existe. Es que el otro día me enteré de que el presente no existe, es sólo una línea temporal trazada con tal cuidado y afinación que no se puede representar materialmente. Lo que es ya fue y lo que será ya lo es; a lo mejor no es lo mismo, pero lo es.
Y en ese trámite, en ese levantarse a por el papel, coger un boli y anotar unas cuantas cosas, el pasado ha cubierto con su manta al presente y lo ha vestido de blanco y negro, de imágenes pasadas de fecha y caducas. Igual que el punto de partida. Ya no es el mismo porque las condiciones no son las mismas. Las palabras que se dicen en el presente alzan el vuelo hacia atrás y se escapan con el viento que sopla desde una esquina cualquiera.
Y así me veo yo. Me encuentro mientras observo los movimientos del resto de la gente desde lo alto de la azotea. Con unos prismáticos soy capaz de leer mi gesto y saber que ya pertenecen al ayer y que no volverán. Que se pudrirán entre los recuerdos de aquellas cosas que se pierden por ser poco importantes. Yo, poco importante. ¿Quién me habría dicho a mí que me convertiría en algo poco importante? Supongo que tuve que llegar hasta el futuro para darme cuenta de que en el presente, vestido de pasado, había cedido mi importancia a otro.
Desde esa misma azotea me vuelvo a ver a mí, pero no es el mismo de antes. Ni siquiera es el del presente, y mucho menos el del futuro. Es el que decidió hacer algo en un momento determinado que yo no hice. Él sí, el decidió levantar la mano durante dos segundos más y eso le llevó hasta donde está ahora y no hasta donde estoy yo. De manera imperceptible para los demás, se alejó de mí y siguió su camino en otra realidad. Pero hoy nos acostamos en la misma cama, yo en la derecha y él en la izquierda, y hacemos un repaso a lo que hemos hecho hasta ahora por separado. Y me comenta que ha conocido a otros que ni siquiera levantaron la mano cuando nosotros lo hicimos. También me cuenta que ha conocido a otros que levantaron, como nosotros, la mano, pero lo hicieron durante más tiempo. Me habló de otros que ya no están, que desaparecieron cuando aún éramos unos niños y que tomaron otras decisiones.
Me quedo tumbado durante unas horas en la cama. Al lado ya no tengo a nadie. Quizás, el encontrarse conmigo le haya cambiado su forma o su esencia. A mí me ha cambiado la perspectiva. Ahora sé que no hay presente, porque ya ha pasado. Que cada gesto que pierdo por la torpeza de mis movimientos se convierte en la evolución para otro. Otro como yo, pero que aún no se ha dado cuenta de que el presente que yo vivo es su pasado, igual que el mío.
Y yo con estos pelos...
Se aleja como lo hacen los días que se escapan del presente. Ese mismo presente que no existe. Es que el otro día me enteré de que el presente no existe, es sólo una línea temporal trazada con tal cuidado y afinación que no se puede representar materialmente. Lo que es ya fue y lo que será ya lo es; a lo mejor no es lo mismo, pero lo es.
Y en ese trámite, en ese levantarse a por el papel, coger un boli y anotar unas cuantas cosas, el pasado ha cubierto con su manta al presente y lo ha vestido de blanco y negro, de imágenes pasadas de fecha y caducas. Igual que el punto de partida. Ya no es el mismo porque las condiciones no son las mismas. Las palabras que se dicen en el presente alzan el vuelo hacia atrás y se escapan con el viento que sopla desde una esquina cualquiera.
Y así me veo yo. Me encuentro mientras observo los movimientos del resto de la gente desde lo alto de la azotea. Con unos prismáticos soy capaz de leer mi gesto y saber que ya pertenecen al ayer y que no volverán. Que se pudrirán entre los recuerdos de aquellas cosas que se pierden por ser poco importantes. Yo, poco importante. ¿Quién me habría dicho a mí que me convertiría en algo poco importante? Supongo que tuve que llegar hasta el futuro para darme cuenta de que en el presente, vestido de pasado, había cedido mi importancia a otro.
Desde esa misma azotea me vuelvo a ver a mí, pero no es el mismo de antes. Ni siquiera es el del presente, y mucho menos el del futuro. Es el que decidió hacer algo en un momento determinado que yo no hice. Él sí, el decidió levantar la mano durante dos segundos más y eso le llevó hasta donde está ahora y no hasta donde estoy yo. De manera imperceptible para los demás, se alejó de mí y siguió su camino en otra realidad. Pero hoy nos acostamos en la misma cama, yo en la derecha y él en la izquierda, y hacemos un repaso a lo que hemos hecho hasta ahora por separado. Y me comenta que ha conocido a otros que ni siquiera levantaron la mano cuando nosotros lo hicimos. También me cuenta que ha conocido a otros que levantaron, como nosotros, la mano, pero lo hicieron durante más tiempo. Me habló de otros que ya no están, que desaparecieron cuando aún éramos unos niños y que tomaron otras decisiones.
Me quedo tumbado durante unas horas en la cama. Al lado ya no tengo a nadie. Quizás, el encontrarse conmigo le haya cambiado su forma o su esencia. A mí me ha cambiado la perspectiva. Ahora sé que no hay presente, porque ya ha pasado. Que cada gesto que pierdo por la torpeza de mis movimientos se convierte en la evolución para otro. Otro como yo, pero que aún no se ha dado cuenta de que el presente que yo vivo es su pasado, igual que el mío.
Y yo con estos pelos...
