Aquella voz...

Me acabo de enterar y me ha sentado muy mal, lo admito. Nos hacemos mayores y eso lo demuestra la manera en la que recordamos las cosas. En nuestra mochila llevamos sonidos, olores, caras, gestos y voces que nos hacen ser lo que hoy somos. Yo, una de esas voces que llevo grabadas en la memoria es la de la megafonía de Balaídos.

La primera vez que fui a Balaídos fue en el año 92, el año en el que el Celta ascendía a Primera con aquel equipo comandado por Gudelj (otra voz que recordaré será a un viejo de Tribuna gritando: "¡¡Gudelj, armario!!") y por Fabiano, con el Gran Capitán Vicente (sí, Gran Capitán como el queso) y Goran Juric como referentes y Salillas haciendo de goleador furtivo (expresión del Pro Evolution que me encanta). Empecé a ir al campo porque un amigo de mi padre nos colaba en Tribuna a su hijo y a mí (creo que conocía al portero) y Balaídos no se llenaba; aún no había nacido esa euforia celeste de años posteriores que hacía que todos los imbéciles fuesen de pronto del Celta, con bufandas y símbolos que así lo atestiguaban.

Recuerdo que la entrada en el campo me puso los pelos de punta. Llegué hasta el final de las escaleras que daban acceso a la grada y me encontré con la inmensidad de un cesped verde, unas gradas celestes y blancas, música de fondo y gente, mucha gente. Tenía la extraña idea, forjada en los capítulos de Oliver y Benji, de que una voz masculina retransmitía el partido para todo el estadio; es decir, una voz en off narraba como si fuese la radio lo que pasaba para todos los espectadores. Eso no pasó, evidentemente, pero, en cambio, otra voz me sorprendió: un fulano se dedicaba a hacer publicidad a través del megáfono: "Hoxe véalo, mañana léalo en La Voz de Galicia", "Faro de Vigo informa do troco nas ringleiras do Real Clube Celta de Vigo", "Nova Olímpia...", "Traia o seu coche a tren de lavado Balaídos". Y entre cuña publicitaria y cuña publicitaria, el tiempo avanzaba hasta que los jugadores ya estaban preparados para empezar el partido.

Con el tiempo, esa voz se hizo tan familiar en mis años de socio del Celta como el olor a puro de la grada de Tribuna, el grito de "¡¡¡¡BURRO!!!!" al árbitro o el inefable Sotinho animando uniformado con su camiseta, nombre y número incluído (nombre, Sotinho; dorsal, 00). Y es que era imposible no prestar atención a lo que aquella voz decía por los altavoces, porque hay gritos que han quedado en la memoria de los que han visitado Balaídos alguna vez. Ejemplos:

1.- Sale el Celta al campo. El grito de ánimo de aquella voz es el irrepetible: "E coma sempre o de sempre...halaaaaaaaa Celtaaaaaaaa", acompañado por el estruendo que generan miles de gargantas y de trompetas de esas que te rompen el tímpano.
2.- Aquella voz era la encargada de dar las alineaciones de los dos equipos. Cuando daba la del Celta, siempre dejaba algún detalle para recordar: desde el "e có número once... Xiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiil", pasando por el "sae do campo co número 23 Makelele lele lelé lele", hasta el reconocido "E có número 10, Alexander 'Zar' Mostovoi".
3.- No sólo su voz era reconocida. Llegar a Balaídos con tus pipas y escuchar las canciones de A Roda eran todo uno. "Se gañamos en Balaídos fágoche socio de Río. Sempre andas dicindo pro ano que ven, e chega outro ano e pasa tamén", "E Pousa, Pousa, Pousa e non me toques naquela cousa..." y, como no, la canción por la que el Celta será recordado (supongo, vamos), A Rianxeira. Habrá algún imbécil (en el buen sentido) que piense que esa canción la cantan en Riazor...pues no, cojones, eso nació en Vigo y ya está, hombre.

Y así, sin más, aquella voz se retira de mi vida para siempre. A la gente que le he comunicado esta triste noticia (no ha muerto el fulano, sólo se jubila) ha reaccionado igual que yo: sorpresa, pena y risa. Sí, risa porque era un histórico con sus chorradas en los megáfonos.

Gracias, voz, desde aquí mi homenaje (del hogar).

Para más información: Faro de Vigo.

Justicia


"¡Justicia!", gritaban cientos de personas a las puertas del juzgado. Pancartas, cánticos y un ambiente irrespirable. ¿A quién le pedían justicia? Pues a los jueces, supongo. O al Estado. Más bien, la justicia se la piden a los jueces, y al Estado le piden responsabilidades: que actúe en consecuencia, bien endureciendo las penas, bien cubriendo de manera económica los actos de un tercero. Pero esta justicia está (y más hoy por hoy) demasiado manida ya. Demasiadas protestas, demasiadas personas indignadas y mucho desconocimiento, como siempre.

Por eso, pienso en otro tipo de justicia. La justicia entendida como la correspondencia entre los actos y sus consecuencias en el día a día. No existe un castigo propio para amortizar esa justicia. Ese es el problema. ¿Quién no ha conocido a una buena persona que en ese día a día sufre las mayores injusticias? Y viceversa, no es difícil pensar en un idiota que todo le sale rodado. "Ya lo pagará", pensamos, ignorantes y crédulos. Yo digo que no. Igual que la justicia como reflejo del orden estatal falla y muchas veces comete errores, la justicia del día a día es, paradójicamente, injusta.

Supongo que, impulsados por nuestra cultura religiosa, pensamos que hay que ser buenos con todo el mundo, poner la otra mejilla, no ser envidiosos... y si cumplimos todo lo bueno, todo nos saldrá bien. Claro que, cuando las cosas se tuercen, pensamos: "Pero ¿que he hecho mal?". Pues seguramente nada, amigo. Lo que pasa es que jamás alcanzaremos la justicia, ni la que nace de las leyes y del Derecho ni la que buscamos día a día.


Y así pasamos los días. Además de caer en falsas bondades con los demás, perdemos el tiempo en tratar de ser lo que pensamos que debemos ser. Y en estos intentos, perdemos de vista las cosas importantes. Yo ya dije aquí que no tengo punto medio. Si lo tuviese sería porque creería en la justicia y pensaría que desde esa mitad imaginaria podría estar más cerca de lo correcto. Es evidente que no estoy en el punto medio y por ello me sitúo en las zonas de mi espacio desde las que se pueden llevar a cabo las acciones que se acerquen a la justicia. Pero no entendida como un ideal, sino como algo material y que se enfoca hacia los que yo creo que se merecen que se haga justicia.


Lo admito, arruinaría la vida de una persona que no se merezca por sus actos nada más que eso, que la ruina. Sería justo, pienso. En cambio, cedería ante cualquiera que se lo merezca, que actúe como debe en cada situación.


No haré yo justicia, pero no os engañéis, nadie la hará.


Mal día hoy ¿o qué?

Regreso Al Futuro

Y ahí estaba yo, otra vez. La misma estampa que hace casi diez años, el mismo olor y el mismo frío en la espalda. El mismo perfil de piedra, ladrillo y cristal y sensaciones reconocidas y ya vividas. Estaba en el Campus Sur, enfrente de la facultad de Derecho de Santiago de Compostela.

Volvía allí para hacer el papeleo correspondiente a la convalidación de créditos de libre configuración en Madrid. Sí, créditos de libre configuración, un invento de la universidad pública para, entre tasa y tasa, sacar un poco más de dinero al estudiante. Y sí, una manera de tocar bien las pelotillas y de hacer perder el tiempo. De hecho, dudo que exista en el mundo alguien que pueda decir: "Pués sí, gracias a las asignaturas que hice para cubrir los créditos de libre configuración, mi cultura y mi preparación son mucho mejores".

En un paseo en el que las imágenes del pasado se mezclaban con las del presente, llegué hasta el COIE (o COI o sitio donde haces el papeleo). Allí, colas y nervios porque los estudiantes estaban haciendo sus matrículas.

Alumno: ¿Cómo que necesito el impreso XA-0? Pero si ese lo cubrí hace un mes y lo entregué en la oficina de empadronamiento de mi pueblo.
Funcionario: Sí, el impreso XA-0, pero yo te digo el XA-O. Es que por escrito parece lo mismo, pero tú me dices 0 (cero) y yo te digo O (O). Siguiente...
Padre del alumno: Siempre igual, Alfredito. Ahora que ya no puedes matricularte podrás empezar a trabajar en el negocio familiar, como siempre he querido. Serás maquillador de muertos en una funeraria. ¿Por qué lloras?

A mí me pasó algo parecido, como no. Resulta que lo que quería no era posible conseguirlo en ese preciso instante. Además, tenía que hacer un pago (sí, de una tasa, que guay) y para eso tienes que ir a la oficina de la entidad bancaria (¿Caixa Galicia?) que está en el piso de arriba.

Esperar una cola en ese banco es una experiencia, la verdad. Sobre todo si detrás de ti se colocan (se ubican, me refiero, no es que estén fumando cosas raras ni nada por el estilo...) dos chicas jóvenes. Es su primer año en la Universidad, su primer año en Santiago, su primer año en un colegio mayor.

Chica1: Pues tía, mi habitación es una mierda. Tienes que entrar casi de perfil, uuhaaaahgggg (onomatopeya de esfuerzo increíble para lograr el escorzo necesaio). (No, si es que la princesita pensaba que iba a ir a un palacio, la jodía).
Chica2: A mí me tocó la 79.
Chica1: ¡Que suerte! ¿Y eso?
Chica2: Es que, por confusión, me metieron con un pavo. Como no podíamos estar en la misma habitación, me pasaron a esa, que estaba libre.
Chica1: Joder, qué suerte, macho (sí, las jóvenes de ahora hablan así). Que rollo lo de que cada veterano tenga que apadrinar a un novato, ¿no?
Chica2: Sí. Yo intenté que me apadrinase un veterano, pero me dijeron: "A las chicas sólo las pueden apadrinar chicas", así que nada. Me tocó Virginia (Digo yo que te amadrinarán, amiga. Esto demuestra que esta era la lista del grupo: tenía una buena habita y quería que la apadrinase un tío...).
Chica1: ¿Virginia? Es super guapa, ¿verdad?
Chica2: Bah, es que se arregla mucho. Así cualquiera.

Y así pasó la mañana, cotilleando las conversaciones ajenas. Esta fue la más jugosa. Y fue una mierda, lo sé. Imaginaros el resto. Una fiesta continua.

Y mañana, vuelta a Madrid.



Que me vayan preparando unas
...
ARRITATUMATIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII
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Días De Radio

Llega el final del mes de septiembre y, con él, el final de mis prácticas en la radio. Han sido tres meses de ondas sólo interrumpidos por fines de semana, festivos y unos días en Madrid. Tres meses de mañanas de trabajo; de ruedas de prensa, de presentaciones, de oros olímpicos, de aeropuertos abarrotados, de gritos de "mentireiro", de planes urbanísticos, de sentencias y de crisis; sobre todo eso, de mucha crisis.


Si me meto en el Mauro que entró el primer día por la puerta de la radio, aún me tiemblan un poco las piernas. Después de un rápido reconocimiento de las instalaciones (algo así como: "Te sentarás ahí hasta que venga Susi, luego aquí. Esto es para montar los cortes, funciona así. Este es el estudio. Este es el correo, lo revisarás para ver si entra algo interesante, igual que con el fax..."), me dieron un bolsito de esos cruzados tan modernos que se llevan ahora con una grabadora y unos cables dentro, unos cascos y una libreta molona y me mandaron al ayuntamiento. Así, recién llegado.

Como para no acojonarme: mi voz saldría en unas horas por la radio hablando de algo sobre lo que no tenía ni puñetera idea (es cierto que no tengo mucha idea de nada). Así, recién llegado. No tenía más experiencia que la de hacer del Señor Bigote y haber subido en alguna ocasión a un escenario a hacer el chorras en obras de teatro. Pero esto era distinto: tono serio, informativo, riguroso, lograr que a la gente le interese de lo que hables y, además, que se entere de qué hablas. Chungo.

Ese es uno de los retos de la radio: hacer interesante algo que cuentas. Ya puede ser a través de la voz, del tono, del cómo lo cuentas o del tema en sí, pero te las tienes que ingeniar para no perder la atención del oyente. De ahí que las frases sean cortas, directas, poco rebuscadas y literarias. A menos subordinación, más facilidad de comprensión. Pero eso lo vas viendo día a día. Al principio montas un texto precioso, lleno de palabras que suenan cultas (como periscopio) y enrevesadas construcciones lingüísticas dignas de Mariano Ozores (excelente orador), repleto de infinitivos y un ritmo y una cadencia que nace de la rima interna de las palabras utilizadas. Al empezar a leer la cagas. Luego, tratas de corregirte poco a poco.


La radio también es intensidad y actualidad. Intensidad, porque no caben espacios en blanco: a tu texto le sigue una voz y esa voz se une de nuevo con tu texto; dicen que un segundo en silencio en la radio es eterno. Y es cierto, yo lo viví y casi me muero (de viejo). Y es actualidad porque no vale el pasado remoto. Las personas no declararon, sino que han declarado. Él no creyó, él cree. Hay que dar la sensación de que la noticia está pasando al tiempo que tú la cuentas, con el único espacio temporal que cabe entre que algo pasa y se cuenta.

La radio ha sido parte de mí durante tres meses; más bien, durante las mañanas de tres meses de verano. Y ha sido tiempo suficiente para conquistarme. Es algo que suponía; siempre dije que me iba a hacer periodismo porque me gustaría trabajar en la radio, pero necesitaba una prueba. La prueba ha resultado positiva, el circulito es azul y significa que estoy embarazado.

Ahora sólo me queda buscar otra madre en Madrid para engendrar otro hijo. Creo que va a ser más difícil. De todas formas, no será como la primera vez.


Ahora sí, el viernes me iré de copes.

El Punto Medio


He perdido el punto medio. La gente me dice que no hay que ser radical, que hay que ver las cosas desde todos los ángulos, desde todas las perspectivas, desde la mirada del otro. Desde el centro, podría decirse; desde el punto medio.

Punto medio, punto de equilibrio, punto de cordura, punto de referencia, parte central, centro neurálgico, kilómetro cero…


Yo no puedo. Carezco de él. Es algo que he ido perdiendo a lo largo de los años. Lo que empezaron como meros despistes que se exculpaban con un “uy, perdón”, se fueron convirtiendo en parte de mí. Cada día que pasaba, cada mes, cada año, el punto medio se alejaba de mi cuerpo, de mi cabeza y de mi mentalidad. De hecho, desde hace unos años ya ni lo veo ni lo encuentro, por mucho que lo busque.


La progresiva desaparición del punto medio no es sólo culpa de mi naturaleza o de mi forma de ser; gran parte de la culpa la tiene la gente (sí, me gusta echar la culpa a los demás, soy así). Y es que con solo echar un vistazo hacia el punto medio se puede ver lo sobrecargado que está de gente; todos acumulando desopiniones, pensamientos en blanco, palabras vacías, dudas absurdas. Y todos allí, en el punto medio. Por eso prefiero alejarme un poco.

El medio, el centro, lo anodino… todo lleva al mismo sitio: a la nada. A no mojarse, a no atreverse a poner un pie delante del otro y empezar a caminar. En resumen, a la cobardía. Además, y volviendo al centro, es un término que nuestros amigos los políticos han desgastado hasta el punto de inutilizarlo por completo. Yo, lo manifiesto, no soy de centro, y menos del centro del que quieren ser ellos. Prefiero caerme hacia un lado siniestro que caer en su vacío medial (y mental).


¿Se puede vivir sin punto medio? Pues, por lo que parece, sí. Es complicado, es verdad, pero hay que sobrellevarlo. De hecho, estos últimos días me he vuelto a dar cuenta de que eso que yo no tengo es muy valorado por los demás. Eso sí, el punto medio te hace perder la perspectiva de lo que de verdad importa (bueno, o lo que a mí me importa).


El centro es la protección, porque nadie te podrá decir que te has comportado de manera incorrecta: desde el centro puedes llegar a todos lados sin mojarte… sin mojarte, ahí está la clave.


‘Centro’ igual a ‘no mojarte’. Es decir, ‘centro’ igual a ‘no arriesgarte’. Es cómoda la vida sin riesgo, sin tomar partido, sin aceptar las verdades que te van saliendo al paso. Sí, es fácil, pero también triste, aburrido y bastante gris.


Pensándolo bien, me gusta haber perdido el punto medio.


Os quiero mucho… os odio a muerte… es lo que tiene no tener punto medio.


P.D: Aprovecho para felicitar a las Pes con puntos que se unen con Des con puntos. Sea pues.

Recuerdos


Es difícil saber de qué material están hechos los recuerdos. Son imágenes sin reflejo físico, sin soporte sobre el que enseñarse, pero su intensidad a veces es superior a la que imprime la realidad. Y es que están fuera de la propia realidad, están afectados por el tiempo y la distancia, lo que hace que se emborronen cuando los traes al presente. En ese presente es cuando se acercan a la realidad y se hacen palpables.



Se esconden en un punto indeterminado, en un lugar al que sólo puedes acceder tú y sólo cuando lo necesitas de verdad. Repito que es difícil saber de qué material están hechos, y más que nada porque abarcan desde imágenes hasta sonidos, pasando por olores y sensaciones. ¿Y qué tienen en común una imagen, un sonido, un olor y una sensación? Pues supongo que todas ellas, juntas y por separado, son capaces de construir un recuerdo.


Muchas veces no hace falta cerrar los ojos para no ver. Simplemente, evocando un recuerdo (de esos que son inmateriales pero que están hechos de algún material) los ojos pierden la referencia de lo que tienen enfrente. La cabeza viaja al punto de encuentro entre tú y el recuerdo y te devuelve como un espejo las imágenes que quieres recuperar; y lo hace con aquellos olores, si los había, o con aquellas sensaciones, si las recuerdas, o con los mismos sonidos, si los oíste.


Pero el recuerdo no es sólo voluntario. Puede aparecer sin explicación aparente. A veces, un olor te traslada hasta algo o alguien. O una canción, que te devuelve las sensaciones que te producía la primera vez que la escuchabas. Incluso te asalta una imagen; saltando se sitúa delante de ti, te mira a los ojos y te hace olvidar lo que tienes alrededor.


Ahora mismo estaba viviendo un recuerdo. Nos colgaban las piernas en aquel taburete y yo no paraba de reír. El olor… sí, es el mismo de aquella vez. Incluso la luz impacta contra uno de mis ojos como aquel día, el mismo foco que lo hacía aquel día. Y el mismo ruido, que casi no me deja escuchar qué me están diciendo.


Ya estoy fuera de él y he escrito esto. Seguro que, algún día, sentado en el suelo de mi habitación como estoy ahora, uno de esos recuerdos traicioneros aparecerá en mi vida para enseñarme la estampa que ahora mismo dibuja mi cuerpo con la espalda apoyada en la cama. Y me recordará que estaba recordando y hablando de recuerdos…¿un metarrecuerdo? Eu qué sei.


Venga, te recuerdo, Amanda…

Aeropuerto II, La Venganza


El cielo azul, la estela del avión. Aquel vuelo iba a ser un acontecimiento determinante en mi vida y la verdad es que esto es una mentira que lo flipas akdfjwoirvnflvs... que no, que no y que no. Jamás buscaré la inspiración entre aviones, cielos azules y vuelos trasatlánticos. Y es que, debo confesarlo, odio los aeropuertos, los aviones, los pilotos y las azafatas. Es un odio similar al que siento por las peluquerías: en ambos casos sólo oir su nombre me produce un sarpullido.


Y no es que me dé miedo a volar, ni mucho menos. Pero es que me parece que, al igual que la peluquera quiere hacerse pasar por esteticién, todo lo relacionado con los aviones suelta un tufillo a glamour (palabra que detesto y que debería desparecer del vocabulario). Pero ese glamour (palabra que detesto y que debería desparecer del vocabulario) tiene un reflejo amarillento y casposo, de dentadura postiza en un vaso de agua en la mesilla de noche, de peluquín despeinado que no va con el color del pelo real. En resumen: tufillo chungo.


No me voy a extender mucho porque no me hace falta. Mi ira se centrará en tres puntos concretos que resumen mi odio por los aropuertos y todo lo que conlleva:


1.- El piloto: Todos (o yo, en este caso) recordamos a Leonardo Di Caprio como falso piloto de la PANAM, con su uniforme de piloto y nosequé y nosecuántos. Vale, muy bien. De toda la vida, y sin ofender a nadie, los que no servían para otra cosa y tenían pasta se hacían pilotos. Sí, amigos, pilotos. Pero desde fuera, todos los machos pensamos: "Ummmm, eso de ser piloto deber ser la leche. Hoy me tiro a una azafata en Beirut, mañana a otra en Pekín...". Bueno, es una forma de verlo. Yo creo que las reminiscencias de películas como "Botón de ancla" y esa leyenda urbana de que a las mujeres les atraen los hombres con uniforme (sí, claro, y lo que buscan en un hombre es que les haga reir. Una imagen mental para romper eso: Chiquito de la Calzada vestido de bombero...) han provocado que los machos pensemos que eso de ser piloto y entrar en un bar cercano a un aeropuerto vestidos de pilotos nos hace irresistibles (por cierto, un bar cerca de un aeropuerto...puticlub, fijo).


Para mí, después de este rollo, los pilotos no son más que camioneros o taxistas. Camioneros cuando llevan aviones de carga o comerciales y taxistas cuando llevan el jet privado de un ricachón. Sí, cobran más, pero no me comparéis el manejo del mapa de un camionero a la mariconada del piloto automático de un avión...ni punto de comparación.


En este apartado he de incluir a los sobrecargo. No me voy a exceder. Sobrecargo: ¿por qué esa voz de imbécil y ese inglés de Raphael cantando "Acuario"? Espero alguna respuesta.


2.- Las azafatas: Sin rodeos, las azafatas son camareras. Ni más ni menos. No las desprecio por ello, claro, pero sí por ese aire de superioridad que tienen muchas, en plan: "Eh, que soy azafata". ¿Y qué, no me vas a traer los cacahuetes que me cuestan una pasta? ¿no vas a atenderme cuando le dé al botoncito de llamada? Mirad, azafatas del mundo, alguna vez ser azafata significó algo; hoy en día no significa nada. Sólo sois mujeres disfrazadas de los años 70 y algunas demasiado viejunas para hacerse las monas y empaparse con el maquillaje. Son educadas (algunas), amables (algunas), eficientes (pocas) pero no me la dan. Son camareras de alto standing... y ni eso.


3.- El avión: Pájaro de acero. No, no, no. No los veo evolucionar, la verdad. Necesito que vuelen más, que no hagan tanto ruido, que no sean tan feos (porque son máquinas horribles). Y por qué no hacen unos estantes para equipajes decentes. El otro día no me cupo ni una maleta de mano; es cierto que la llevaba petada, pero ¿acaso no es mi derecho como humano? Mirad, no sé. Y aquí incluyo el aeropuerto: esos pasillos interminables, esos paneles que no informan, esa manía con la puntualidad del pasajero pero que olvida la del propio vuelo...gentuza.


Me voy. No aguanto más. En octubre viajo en coche a Madrid, lo tengo clarísimo.


Alas para todos.
P.D: glamour (palabra que detesto y que debería desparecer del vocabulario)

Definiciones

Nos pasamos la vida atrapados entre definiciones, tratando de encontrar la palabra precisa (la sonrisa prefecta) para describir cada situación. Queremos determinar algo con un sustantivo, congelarlo en el tiempo para poder admirarlo cuando, por fin, le hemos dado un nombre. Nos gusta, también, calificar las cosas; corremos detrás de un adjetivo con el objetivo de atraparlo, meterlo en una bolsa y llevarlo hasta la punta de la lengua. Desde ahí, parte su vuelo hacia una situación, una sonrisa o un olvido (flagrante, por ejemplo).

Disfrutamos mucho poniendo verbos a cada acción que ejecutamos. Un movimiento conlleva una acción, y esa acción, un verbo. No esforzamos en constreñir un vuelo libre con ese verbo que nos tranquilice, que nos diga que eso que estamos haciendo existe, es real, tiene un reflejo en el diccionario.

Y es que el diccionario tiene dos caras. Una según la cual adopta la amabilidad de ayudarnos a descubrir qué es lo que hacemos, qué vemos, oímos o sentimos. Otra, más oscura, que nos ata a la realidad que nos marcan. Esta cara, la oscura, que se encuentra oculta como la de la luna, es una cadena que llevamos enganchada con grilletes a los pies. El diccionario no nos dejará volar, porque si buscamos la definición de volar, en ningún sitio aparecerá algo así como: "acción del hombre". El diccionario relacionará ese verbo con la realidad, es decir, con las aves (nunca con los pingüinos...pringaos), los aviones o los helicópteros.

El otro día me dijeron que no intentara definir siempre las cosas. "No lo definas", dijo. Me quedé en blanco. ¿Cómo no definir algo? ¿Cómo no hacer lo que, por naturaleza, siempre hago?

Pues utilicé el mismo blanco que me había conquistado al descolocarme para evitar las definiciones. Traté durante unos minutos de obviar las definiciones y enfrentarme a las cosas desnudas, en su naturaleza, como si nunca las hubiese visto y no me importase qué eran, qué significaban, qué decían. Ni colores, ni olores, ni sentimientos, ni movimientos. Las cosas se pasearon ante mí sin definirse.

Ahora trato de hacerlo, al menos, una vez al día. Vivir sin definir. Ya os contaré.

Diccionarios a todos (de sinónimos y antónimos, que son más divertidos)

Orgullo Y Prejuicio


Ya se han terminado los Juegos Olímpicos. "¡Por fin!", pensarán aquellos a los que las decenas de deportes les han trastocado las tardes del mes de agosto: que si ahora repiten el partido tal, que si ahora otra vez la carrera cual, el programa de resumenes del resumen... Yo no estoy ni feliz ni triste porque hayan acabado los Juegos. Estoy, hablando en términos quinielísticos, X.


Lo que sí me siento es orgulloso. Orgulloso de haber presenciado algunos momentos históricos para el deporte mundial, nacional, autonómico y local. Me explico: dentro de muchos años repetirán imágenes del amigo Phelps desencajando sus mandíbulas al tiempo que contrae las orejas como uno de los momentos de estos JJ.OO. Yo podré decir que estuve ahí... bueno, aquí. Y que lo vi. Y que el fulano ese era un ídolo en sus Estados Unidos natales (en todos, supongo). También alguna tele de megaplasma (o el materia que sea el que se lleve dentro de unas décadas) volverá a poner la carrera en la que Bolt, además de correr, se toma un café, se saca una foto con un niño, besa a una mujer y bate un récord del mundo. Yo también diré que estaba aquí, en mi habitación, cuando eso pasó. Y que lo vi.


Pero me siento más orgulloso de lo que se refiere a la actuación de 'los nuestros' (siempre he odiado esa expresión, sobre todo cuando alguien lo dice refiriéndose a su familia, como "me gusta estar con los míos". En el caso de la expresión que he utilizado ahora me da asco, pero no tanto). Sobre todo al equipo de baloncesto. Nunca madrugar un domingo me ha resultado tan fácil y placentero (salvo que ese domingo fuese 6 de enero y los Reyes Magos hubiesen dejado regalos). Disfruté tanto del partido que lo de ganar o perder me pareció lo de menos. Sólo ver la cara que tenían algunos de los americanos (afroamericanos, quiero decir) durante el partido, en plan "oye, que a lo mejor perdermos", me compensó lo de madrugar. La imagen del partido, para mí, la de Rudy machacando en la cara de Howard. De hecho, no podría jurarlo, pero creo que Rudy se cree que es negro y va tratando a la gente de 'hermano'; pero no de hermano de sangre, sino del hermano que usan los negros. La gente que es de la calle, como yo, seguro que lo entiende.


Y más centrado en lo local, me sentí aún más orgulloso de que un pailán de Cangas se convirtiera en uno de los deportistas más laureados de la historia de España en los JJ.OO. No hablan bien de Cal, pero eso es lo de menos. Me hubiese alegrado más si la medalla hubiese sido de oro, pero bueno. El que sí ha conseguido el oro es otro del sur de Galicia, Carlos Pérez, que además, como informa hoy no sé qué diario, está en la lista de los más guapos de la Olimpiada junto con Tamara Abalde (ay, omá).


Con la Eurocopa y los Juegos Olímpicos parece que se ha acabado la tontería que tenían encima muchos. Ser español ya no parece un prejuicio, y ahora los que antes se hacían los radicales estoy seguro de que festejaron los éxitos españoles en Austria y Suiza y en Pekín (me niego a lo de Beijing). Es que recuerdo llevar en séptimo de EGB (sí, soy de la generación buena) un jersey de la Copa América de Vela que llevaba una bandera de Estados Unidos y otra de España. No me lo había comprado por nada, de hecho es muy probable que me lo hubiese comprado mi madre, pero un listillo de clase me dijo que era un facha por llevar la bandera de España. Esto suponía varios problemas: él ni sabía lo que era ser facha, yo no entendía por qué lo era y, lo peor, había gente de más de 12 años que hubiese hecho el mismo comentario. Ay, lo que es la vida.


Venga, medallas para todos (de chocolate, de esas que se comen).


P.D: Para medallas, las de Mister T. Esas sí que estaban guays.

Adoro A Las Pijas De Mi Ciudad

Es cierto, adoro a las pijas de mi ciudad. Ya lo decía 'La Costa Brava' en su disco 'Llamadas perdidas'. Y aquí se cuentan por centenas, por unidades de millar, incluso, como en el Telecupón. Por eso nada mejor en esta época de vacanças (como diría el Capitán Mostaza) que dedicarles una oda, una poesía, una melodía acompañada de palabras en homenaje a esas mujeres.

Huelen bien, tienen una buena dentadura, salen con tíos grises y repeinados con caballos en sus pechos y conducen coches caros que golpean contra otros mucho peores a la hora de aparcar.

El año que viene me pido una para los Reyes.

Aquí dejo esto:


Versiones Del Friki

Palabra remanida, expresión agotadora, nombramiento insultante... Friki se ha ganado un hueco en nuestros corazones. Y es que la podemos utilizar para todo; seguramente ya se haya perdido el sentido inicial de la palabra, incluso el sentido totalmente despectivo y dedicado a aquellos que visten camisetas negras de grupos de heavy y disfrutan con el rol.

El fin de semana pasado (el sábado 26, concretamente) pasé gran parte de la tarde en el parque del templo de Deboh, en Madrid. Lo que parecía que sería una tarde sin sorpresas se transformó en un día dedicado a actividades frikis al aire libre. Unos, frikis de los originarios; otros, frikis a su manera.

Los primeros, los frikis originarios, ya estaban en Deboh cuando llegué. Me senté en el cesped y lo primero que vi fue a dos chicos que simulaban una batalla con dos espadas réplicas de 'La guerra de las galaxias'. Movían sus espadas láser alrededor de su mano e impactaban no muy fuerte sus espadas mientras acompañaban su lucha de movimientos que habían sacado de la película. Sentada, una chica (la novia de uno de ellos, como me mostró el beso/abrazo que se dieron en uno de los descansos de la batalla) les miraba atónita y seguía aquella danza con los ojos bien abiertos. Seguramente, ella, que vestía en plan 'Novia cadáver' (camiseta negra, pantalón vaquero corto y piel extra pálida), se imaginaba que su novio, el 'melenas', trataba de rescatarle de la Estrella de la Muerte, donde estaba atrapada por el malo de la peli (el 'gordito' en la vida real).

En uno de los descansos, el Melenas sacó su móvil y mantuvo una conversación bastante corta. Colgó el teléfono y prosiguió con su danza. A los pocos minutos, aparecieron dos nuevos combatientes. Éstos eran más profesionales: uno con pantalones con estampado militar (eso dice mucho de una persona) y un guante negro en su mano derecha; otro, melenudo rubio, barba y lo mejor de todo, una espada doble, como la de Darth Mouth (es ese, ¿no?). Después de ellos llegaron más. Cuando el grupo era lo suficientemente grande, se sentaron en fila y dos de ellos luchaban y representaban sus coreografías. La cosa acabó con con un todos contra todos, mujeres nuevas incluídas, en el que se mezclaban guerras de espadas láser y llaves de kárate. Digno de ver.

Los segundos frikis, los de 'a su manera', aparecieron poco antes de irme. Eran parejas de recién casados que se fotografiaban, vestidos con sus atuendos, recién salidos de la Iglesia, para guardar los retratos para la posteridad. Poses de todo tipo: él tumbado en el césped, ella de pie, muy reinona; en el medio del templo, él más bajo que ella, que luce cara de travesti. Era digno de ver, también. ¿Por qué frikis? Pues supongo que los llamo así después de que la palabra haya perdido un significado único y cada uno lo aplique a lo que considere 'fuera de lugar'. Aquellas poses y las futuras imágenes desprendían un hedor a feria barata, a matrimonio de conveniencia, a encargo familiar. No daban sensación de ser fotografías reales, ni siquiera del momento más feliz de sus vidas. Parecían grabaciones mentales del terror a lo que se avecinaba, a la post boda, a la nueva vida en la que él ya no sería el mismo macho y ella no volvería a ser feliz. Me dieron bastante mal rollo.

Si tengo que elegir, me quedo con los primeros, que al menos hacían deporte al aire libre y decían 'NO' a las drogas. Gente sanota, carallo.

Venga, hasta otra y tal.

Ex Hábitos


Todos los cambios son duros. No es nada fácil apartar cosas de tu vida y eliminarlas para siempre.
Siguiendo con el tema de la rutina, me he vuelto a enfrentar a ella y he eliminado un elemento que me había acompañado durante los últimos años. Se trata del tabaco, de los cigarros, de los bastoncillos incandescentes de fumar. Lo he apartado de mi vida diaria para sustituirlo por...nada. Se supone que debería estar atiborrándome de comida para llenar el espacio del humo en mis pulmones, pero me estoy limitando a las comidas y cenas de toda la vida, sin volverme loco.
Es cierto que tampoco fumaba mucho, ni siquiera era uno de esos fumadores enganchado desde los 15 años, pero sí sentía la necesidad de acudir al tabaco en determinadas ocasiones: después de comer, cuando estaba nervioso, cuando me tomaba un café, cuando me tomaba una caña. Vamos, que se había creado un vínculo íntimo entre algunas actividades y el fumar. La sensación de que se estaba acabando la cajetilla y era necesario comprar otra era bastante incómoda, la verdad.
"Y ¿cómo pasó?", os preguntaréis. "¿Cómo se llega a esa situación?¿Cómo decides dejarlo?". Menos preguntitas, ¿eh? Relax. Vamos por partes:
Todo nace un lunes por la noche (el otro lunes, vamos). Cenaba yo tranquilamente cuando a mi madre le asalta una duda. "¿Fumas mucho, Mauro?". Yo, con el bocado en la boca, la miré fijamente a los ojos. Mastiqué, tragué y contesté: "Bah, no. Creo que no mucho". Era una respuesta estúpida, pero nunca se sabe qué es mucho y qué es poco. Hice mis cálculos mentales, sumé números con la calculadora del móvil y aproximé una cifra: "Unos diez; a veces más y a veces menos. Depende".
Ahí comenzó una conversación sobre el tabaco que finalizó, más o menos, de esta manera:
Mauro: Llevo ya un tiempo planteándome dejarlo.
Madre de Mauro:
Ahá. ¿Y?
M:
No sé, creo que no podemos seguir con esto. Nos estamos haciendo mucho daño.
MM:
¿Seguro? Luego no vuelvas llorando como haces siempre.
M:
Que no, que lo voy a hacer. Éste es el último.
Cogí el mechero, aproximé la llama al cigarro, aspiré y dejé entrar en mis pulmones esa mezcla de alquitrán, tabaco y mierda variada. Solté el humo como el que da un último respiro, como el que tira por el retrete a su pececito que acaba de morir para que descanse en el cielo de las mascotas. Duró poco entre mis dedos. Mis pulmones se sintieron reconfortados al ser contaminados por última vez.
La semana no ha sido nada dura, la verdad. Sólo me ha costado tomarme una caña tranquilamente sin pensar en fumar o estar con Silvia mientras ella no hacía más que encenderse un cigarro tras otro. De todas formas he vencido.
Espero que esta semana haya sido la primera de una nueva vida sin el amigo Camel en mi rutina.
Por cierto, ¿qué le pasa a la gente con lo que fuman Camel? Es una especie de racismo. Es como que te guste la mostaza. A la gente le sorprende mucho. Y los cabrones del McDollars (que radikal soy) te dan ketchup por un tubo pero para la mostaza son unos rácanos. Qué gente, pero si nadie toma mostaza, soltad la mano, por favor.
Bueno, lo dejo que me caliento y acabo haciendo una campaña a favor de la mostaza y en contra del tomate en sobrecitos (lo que llaman ketchup, vamos).
Ah, si esto sale sin puntos y aparte como una masa uniforme: culpa de Blogger que es un fascista.
Cigarros para todos.

De Rutinas

No, la afoto no tiene nada que ver con el texto, pero me ha hecho tanta gracia/asco que la he tenido que meter


Si hasta hace poco mi enemigo público número uno era la inercia, hoy por hoy tengo uno nuevo: la rutina.

La rutina es como la hermana pequeña de la inercia, menos potente y espiritual pero igual de contundente en sus puñetazos en mi cara. Después de derrotar a la inercia, tras muchas batallas y años y más años de crueles enfrentamientos, la rutina ha hecho acto de presencia en mi vida. Para que lo entendáis: la inercia es una ex novia con la que ya no tienes nada que ver, una de esas mujeres de las que de vez en cuando te acuerdas pero que avistas en la distancia; la rutina, por su parte, es como alguien que aparece en tu vida sin que te lo esperes y atrapa todos tus sentidos (vamos, como una sombra).

La cosa es que desde que supe que me pasaría el verano en Vigo, un miedo terrible encogió todo mi cuerpo (pelotillas incluídas). La rutina podría aparecer por cualquier rincón, salir de uno de sus escondites y lanzarse sobre mi cabeza para tirarme de los pelos. En principio no es peligrosa pero, en grandes dosis, la rutina puede convertirse en el peor veneno de todos, en uno de esos que te hace morir poco a poco.

Sólo en estas dos semanas que llevo en Vigo ya me he dado cuenta de su presencia en más de una ocasión. Se suele disfrazar y tomar la forma de cualquier persona u objeto que se cruza por tu mirada a lo largo del día. Por ejemplo: de camino a la radio, a eso de las 9:20 de la mañana, por el Paseo de Alfonso siempre me cruzo a una chica (no muy mayor, de unos veintitantos años) que lleva de la mano a un niño (o niña) pequeño (o pequeña). Sé que la rutina está detrás de ella porque deja un rastro de olor a algo conocido. Y es que ese es otro elemento de la rutina: el olor a lo conocido.

Igual que el niño de 'El sexto sentido' tenía frío cuando un muerto estaba a punto de aparecer, yo percibo un aroma conocido cuando la rutina está a punto de asaltarme. Suele ser un perfume que relaciono con alguien, el olor a mar que me recuerda a alguna situación, incluso el hedor a pescado que puedes percibir en las cercanías de los puertos. En esos instantes, algo se activa en mi cuerpo. La piel se me eriza y empiezo a mirar hacia todos los lados buscando dónde está la rutina, en dónde o en qué se esconde otra vez.

Sé que es un enemigo muy clásico de la gente. La rutina es capaz de destrozar vidas, parejas, trabajos e incluso carreras universitarias porque es muy difícil no caer en ella. Yo me estoy esforzando mucho para librarme de su influencia e, igual que hice con la inercia, sé que lograré escaparme, por mucho que me cueste.

En Madrid me atrapó durante unos meses, pero estaba en una etapa en la que pasaba de su influencia y siempre me escapaba por el camino opuesto al que ella me ofrecía. Es cierto que es un camino más complicado, más arriesgado, pero eso lo hace más atractivo. Ahora, ya en Vigo, me busco la vida para que la rutina no me arruine los meses que voy a estar aquí. No, no me los va a fastidiar, no le voy a dar ese placer. Además, enfrentarte a la rutina es enfrentarte al miedo y a tus temores más internos. Yo, por ejemplo, me he dado un buen corte de pelo. Esto es como decirle a la rutina: "Eh, que aquí estoy yo, nena. Que sepas que no me vas ni un pelo porque estoy muy crazy". Y lo estoy, cuidadín conmigo.

Ah, tengo que incluir, dentro de las rutinas, las de color blanco. Éstas son inofensivas e incluso beneficiosas para la salud. A mí me sirven para agarrarme un poco más a la realidad de todos los días; suelen ser superficiales, pero a veces hay que quedarse con las cosas superficiales para no volverse loco, ¿no?

Ya volveré con la rutina del blog en otro momento, que ahora se está haciendo demasiado largo y empieza a oler a chamusquina...

Sábados para todos.

Otras Vidas


Mi nombre. Mi vida, mis circunstancias, mi físico, mi mente...todo se ha ido construyendo y determinando en base a mi nombre. Ese nombre sonoro, masculino, concreto, propio, corto, impactante que me ha acompañado a lo largo de mis 27 años de vida; de hecho, ha adquirido su propia vida al margen de la mía. Cada vez que lo escribía yo o cualquier otra persona (recuerdo aquellas notas que me pasaban las chicas de clase: "Mauro, te odiamos"... asquerosas), él crecía y se hacía independiente, saliendo cada vez más de mi cuerpo y haciendo poco a poco su propio camino.


Estos días, mi nombre ha perdido fuerza. Ha ido desapareciendo paulatinamente, igual que la mano de Michael J. Fox en 'Regreso al futuro' porque sus padres no llegaban a besarse. Pero, en cambio, otros dos nombres han aparecido como aparecen las cosas que no te esperas. Igual que mi vida se ha llenado en los últimos meses de circunstancias que han agitado mi cabeza y mi estómago, estos dos nombres se han lanzado contra mí para impactar con mi pecho y dejarme sin sentido.


Saúl y Mario. Mario y Saúl. Estos dos propios han sido mis nuevos compañeros de viaje en mis primeros días en la radio. En ambos casos me he visto obligado a pensar en cómo hubiese sido mi vida de haber tenido cualquiera de esos nombres. Y este es el resultado:


Mario: El nombre de Mario apareció en mi vida al final del informativo de deportes en mi primer día en la radio: "y en la producción, Mario Picatoste". En los segundos que pasaron desde que el locutor se levantó de su silla del estudio hasta que me lo encontré para corregirle en su error, mis ojos sufrieron un fundido a negro y me encontré en el cuerpo de Mario. Mario era moreno y de ojos verdes, medía un metro ochenta y cinco y se encontraba caminando por una calle de Sevilla. A la izquierda se podía ver la Giralda, que se levantaba majestuosa hacia el cielo despejado de nubes. Mario caminaba con seguridad, y en sus gafas de sol reflejaba la luz de las 12 del mediodía. Entraba en una cafetería y cogía el ABC a la vez que pedía un descafeinado de máquina. Al poco rato, el móvil sonaba; era Marta, su mujer. Le decía que habían llamado de la oficina y que tenía que coger un avión a Nueva York esa misma tarde. Mario era un importante hombre de negocios que, con tan solo 35 años, había alcanzado todas sus metas.


Cuando mis ojos recuperaron la luz, ya me encontraba delante del locutor. Dudé si decirle que mi nombre no era Mario, porque la vida de Mario era tan increíble que no estaba seguro de querer volver a ser yo. Por eso, tardé más de lo que debería haber tardado en decirle cuál era mi nombre real. En el momento de decírselo, desde el mismo instante que la última letra de mi nombre salió de mi boca, Mario desapareció; su vida pasó al olvido y, con ella, su mujer, su viaje y sus gafas de sol de marca.


Saúl: Hoy mismo, una de las comerciales de la radio llegó a la redacción y me dijo con voz dudosa: "Hola... Saúl". La confusión produjo el mismo efecto en mí: ojos en fundido a negro. Me encontré dentro del cuerpo de Saúl. Saúl no era como Mario. Saúl se encontraba en la zona de descarga del puerto, esperando con la furgoneta de la pescadería que regentaba su padre a que los pescadores le entregasen la mercancía que habían acordado. Saúl era un chaval de 19 años que llevaba trabajando desde los 13 con su padre y desde que se había sacado el carnet de conducir, era el encargado de llevar a la pescadería los mejores ejemplares que su padre conseguía previa negociación con los dueños de los barcos, a los que ya conocía como si fuesen familiares. Su físico era un fiel reflejo de sus actividades: un cuerpo rudo, con las manos gruesas y fuertes; su tronco era una armadura de carne y hueso y sólo le faltaba un poco de altura, ya que a penas llegaba al 1,63. Pero esa falta de altura la compensaba con una increíble fuerza y la capacidad de sacrificio que sus padres le habían inculcado desde pequeño.


Nada más recordarle a la comercial cuál era mi nombre real, Saúl se desvaneció sobre la furgoneta de su padre. Su cuerpo dibujó una silueta en el suelo y desapareció. Con sólo recuperar mi vida diciendo mi nombre, había eliminado a mi otro yo de golpe, igual que antes con Mario.


Ahora vivo espectante de recibir otra vida al menos durante unos instantes, para saber cómo y qué sienten otras personas que pudieron ser yo, pero que murieron con la elección de mi nombre real.


Besos y abrazos.


Conversaciones


"Tenemos que hablar...". Aaaaahhhh, no hay peor comienzo de una conversación. El imperativo al que se le suman unos puntos suspensivos y un tonillo de trascendencia. Esas conversaciones suelen terminar con una discusión o suelen ir acompañadas de una mala noticia. "Creo que ya no te quiero. De hecho, desde hace dos meses estoy con mi profesor de paddle".


Por suerte, no todas las conversaciones empiezan con esa manida frase. Incluso hay muchas que empiezan por error o, simplemente, surgen naturalmente. Lo importante es que detrás de una conversación hay millones de cosas. Tanta importancia se le da a la palabra escrita que a veces nos olvidamos del placer de hablar. De hablar durante minutos. De hablar durante segundos.


Pero el hecho de hablar (cara a cara, nada de teléfonos, que esas conversaciones son traicioneras) conlleva, como decía antes de interrumpirme a mí mismo, millones de cosas. Las palabras se acompañan de gestos, de miradas, de equivocaciones. No puedes mantener la conversación perfecta...pero eso es lo mejor. No hay nada mejor que la imperfección en una conversación. Así, tratar de mantener un personaje inexistente durante un rato sólo consigue que la conversación pierda la esencia.


A lo largo del tiempo me he dado cuenta de que me gusta hablar. Pero hablar de verdad. Sentarte enfrente de una persona y establecer un diálogo. No siempre es necesario, para mantener ese diálogo, que las dos personas hablen constantemente. A veces lo mejor es callarse y escuchar lo que te tienen que contar. Escuchar cómo te están contando algo, mientras tratas de buscar el porqué de que te cuenten algo y mientras le das color e imagen a las palabras de la otra persona.


Es cierto que eso no siempre es fácil. No todo el mundo tiene la habilidad para hablar. Sí la capacidad, pero no la habilidad. Alguien te puede contar la historia más interesante del mundo y convertirla en un espacio en blanco. Otros, en cambio, te pueden estar hablando de lo más corriente y básico y te parece que estás escuchando lo más increíble que jamás has escuchado. Es evidente, por tanto, que para mantener una buena conversación es necesario tener un buen interlocutor.


En la última semana he tenido algunas de las mejores conversaciones de toda mi vida. Un duelo a muerte, un cara a cara, un desafío de miradas. Surgen, supongo, por ganas de saber, por ganas de conocer y por ganas de acercarte un poco más al vacío que suponen algunas personas. Ésta surgió por casualidad o, mejor dicho, con naturalidad; con la naturalidad que siempre se hecha de menos en una conversación entre dos desconocidos. Yo hablé, yo expuse mis temas, conté lo que tenía que contar, me olvidé de lo que no tenía que olvidarme, me trabé como tenía que trabarme y pensé lo poco que hay que pensar en las conversaciones.


El interlocutor, por su parte, abrió su boca y de ella salieron miles de palabras, historias, recuerdos, suspiros y algun que otro color que tiñó el cielo de Madrid durante unos segundos. Aquel interlocutor no lo sabía, pero estaba logrando la conversación perfecta. Estaba logrando prender al que le escuchaba por obra de aquellas palabras poco calculadas, que acompañaba de sonrisas y de esperas en las que aparecía su interlocutor con el fin de formar parte de aquella conversación.


Aquella imperfección había alcanzado, sin quererlo, lo más cercano a la perfección. Como un gesto congelado en una foto o un perfil disimulado por el pelo.


La gente no lo sabe. La gente no sabe que con algunas conversaciones eres capaz de detener el tiempo y lograr que espere un rato hasta que acabes. La gente no sabe que algunas conversaciones sirven más que mil años, regalan más cosas que una caja envuelta con un lazo y suponen más que un grito necesario. Algunas personas no saben. Y punto.


Me despido. Y sí, me quedan conversaciones pendientes.

Jet Lag

Bueno, como no me apetece escribir por culpa del calor insufrible de Madrid y no quiero dejar de actualizar el blog, haré eso que hace tiempo que no hago: os dejo un vídeo de una canción que me gusta.

Es 'Jet Lag', de Iván Ferreiro (cómo no, mira que soy pesado con el fulano), y creo que es la canción que más he escuchado este año. Supongo que me toca de alguna manera o que le doy yo un significado que la acerque a mí. No sé, los viajes de los que no vuelves siendo el mismo y todo lo que pasó se queda allí; luego vuelves a la realidad y, claro, el jet lag es más duro de lo que te imaginabas.

Pues nada más. Ah, sí, que es el vídeo de un concierto en la Fnac, así que es acústico, lo que hace más ñoñeta la canción...pero me gusta casi más que como aparece en el disco. Disfrutadla. Bueno, o no, como queráis:


Síntomas


Qué calor hace en Madrid. Creo que está de coña el que ha puesto el sol ahí, en serio. Esto no puede ser normal, me estoy derritiendo poco a poco y ni el agua me ayuda a espabilar. Y es que me sienta muy mal el calor.


Gallego, de mar, de frío, de tiempo templado...no sé de qué soy, pero de calor, seguro que no. Es que me hace entrar en una dinámica peligrosa; a mi exagerada pereza se le agregan pesas de 100 kilos que la transforman en una vagancia total. Sólo levantarme hasta la cocina para llenar la botella de agua supone un esfuerzo titánico, digno de un súper héroe de esos que salen en las películas.


Con estas temperaturas, mi cuerpo empieza a manifestar una serie de síntomas peligrosos. Se trata de los síntomas de una enfermedad incurable, seguramente aderezada con las circunstancias de la vida y con mi cabeza de no pequeñas dimensiones. Uno de esos síntomas es la profundidad de mis ojeras. Ésta es proporcional al calor que hace. No sólo el sueño o la fiebre consiguen remarcar su violeta pálido, también el excesivo calor convierte mi cara en un hogar perfecto para ese rasgo tan romántico que son las ojeras. Y hay gente que se las esconde, que se las tapa, que se maquilla para ocultarlas...qué sabrán.


Otro reflejo de las altas temperaturas (e os ventos de compoñente nordés) está en mi humor. Sólo tengo ganas de insultar a la gente, a los viejos que llevan una visera verde para cubrirse del sol, a las señoras de caderas interminables que caminan a paso de tortuga, a los jóvenes que sacan sus gafitas de sol no porque las necesiten, sino porque su imagen se ve mejorada con ellas. Así, por ejemplo, estoy con un grupo de gente, se me cruza el cable, los empiezo a odiar a todos y decido irme, sin dar explicaciones, sin despedirme, sin agitar mi mano en señal de 'adiós'. A veces es mejor huir a tiempo.


Y es que el calor es una cosa muy mala. Me siento como si fuese de cera y me derritiese con cada paso que doy alejado de la sombra...ay, la sombra. La misma que me intentaba matar hace unos meses hoy me ayuda a esconderme de esos rayos amarillos y maléficos. Lo curioso es que la sombra es el efecto de la luz. Quiero decir que sin luz no hay sombra y no me podría resguardar en ella.


Ahora mismo, tumbado de lado en mi cama, escribiendo esto, una gota de sudor está recorriendo mi frente. No será la primera, porque nunca vienen solas. Son cobardes y se acompañan de un grupito de colegas que acechan desde el límite que separa mi cara de mi pelo. La arriesgada, la primera que cae, muere pronto. Las siguientes ya atacan en bandadas y son más complicadas de parar.


Con este calor me gustaría estar en otra ciudad, en una de esas donde las cosas empiezan y terminan, esas que marcan lo que pudo ser un comienzo hasta que la realidad te come las manos. Una de esas donde las noches son para descansar del ruido de los coches y parar el tiempo, aunque se acompañen de horas de viaje interminables y autoengaños.


Sí, tenéis razón. Al final se me fue la cabeza con el calor.


Grados centígrados para todos.

Conociendo Al Perverso


Igual que el año pasado me encontré, recién llegado a mi nueva carrera, con una de las peores profesoras que he conocido jamás, a la que le dediqué un bello post, este año no ha sido menos. Este segundo cuatrimestre ha supuesto el desembarco de una figura oscura, tétrica y con aires de revolución en mi vida, la figura de lo que un profesor nunca debería representar, la sombra de una carcajada que, en lugar de ironía, esconde entre los dientes una mezcla de puñales afilados y complejos cabelludos.

Es habitual que un profesor te sorprenda el primer día; ellos quieren impresionar a sus alumnos con un discurso contundente pero amable, que les dé a entender que su clase será dura y muy importante en sus vidas, pero que a la vez vivirán momentos de una diversión que el humano desconoce, de esos en los que la mandíbula te duele de lo abierta que la mantienes durante tanto tiempo, efecto de (la cocaína…no) la sorpresa continua, del placer de aprender algo nuevo. Es habitual, y un poco impactante en plan ‘asco’, que ese mismo profesor se regocije mostrando su extenso currículo impregnado de toda la sabiduría que las letras que se proyectan sobre la pantalla demuestran que tiene.

Lo que no es habitual es que el mismo profesor, de currículo detallado, advierta desde el primer día que lo que él le dice a los alumnos no hay que tomárselo por el lado malo, que son ironías. No es normal, digo, porque no me había pasado nunca. Si digo un tontería en clase, él puede putearme por ser tonto, pero no me lo tengo que tomar mal, tengo que aceptarlo porque es una de sus ironías, él es así y no hay que tenérselo en cuenta. Pobre, ¿no? Seguro que has malinterpretado sus palabras…

Es cierto que a mí no me ha insinuado mi clara y bien demostrada a lo largo de mi vida imbecilidad. Ni siquiera se ha dirigido a mí de manera despectiva, ni incorrecta, pero dejar un aviso a modo de “Eh, mirad, molo, ¿sabéis? Y lo mejor es que molo mucho porque soy un coñero guay, ¿eh? Mirad lo que hago, uh uh uh ahahah yeh yeh yeh” da un poco de mal rollo.

A lo largo del cuatrimestre hemos sufrido la ausencia de una asignatura. “¡Genial!”, pensarán todos. Pues no, genial, no. Más que nada porque ya que me acerco a la villa de Getafe, ya que he pagado una matrícula, ya que me apetece aprender algo (sí, he cambiado, ahora llevo aparato dental, gafas con un esparadrapo blanco en la mitad y un portabolígrafos en el bolsillo de mi camisa de cuadros, la cual llevo metida por dentro del pantalón, el cual está subido más o menos hasta donde descansan mis pezoncillos), pues no me apetece perder el tiempo con tonterías y, si lo pierdo, prefiero que las tonterías sean mías.

Y es que al margen de su forma de ser, criticable, pero no denunciable, hemos dedicado las horas a escuchar cómo se divaga sobre los temas en cuestión (los que venían en el programa de la asignatura no, por supuesto, sino otros más ‘divertidos’: cómo funciona un satélite, en plan tecnológico, y tal) y acompaña sus sesudas explicaciones con divertidas frases (divertidas primero, luego pesadas y repetitivas) como “ay, que la ignorancia (o vagancia, hay dos versiones) les ha vencido”, “son ustedes unos perversos”, “ay, con lo sagaz que es usted no me creo que no lo sepa”…

A ver, Mario Moreno, ‘Cantinflas’, es guay. Ves una película y piensas: “Me encantaría tener a este tío de profesor”. Luego, cuando lo tienes, piensas: “Pero ¿dónde está la cámara oculta?”.

El principio del fin llegó cuando el entrañable personaje hundió sus miserias en su estómago y las convirtió en palabras contra nuestra delegada. ¡Ja! Amigo, has cavado tu propia tumba. No sólo se metía con la delegada (que carallo, con la DELEGADA) sino que, además, agregaba que las órdenes ya dictadas por la Universidad tenían que imponérselas desde arriba (¿el techo? No sé). Claro, después de unos meses aguantando al personaje alzamos la voz en forma de protesta formal ante la Vicedecana de la facultad. Sí, en plan chulos. Y es que muchas veces, con la coña de ser estudiantes, nos quedamos paralizados ante mamarrachos que se creen que por tener un puesto de profesor ya son la pera (limonera, me atrevería a decir).

Ahora la cosa está ahí, pendiente de la redacción de la queja formal. ¿Qué espero yo? (comienza el himno americano) Pues espero que nunca más ningún alumno tenga que soportar las actitudes mezquinas de un pseudo profesor curricular sólo por el hecho de estar en una posición jerárquica inferior; espero que la justicia en forma de mano enorme golpee la cara (dura) de un hombre calvo y con perilla que pensó que el mundo estaba hecho para él; espero que algún día todos podamos lanzar nuestra pierna contra el culo del hombre ese y mostrarle que él rió durante unos meses, pero que a nosotros nos hizo gracia al final.

Ah, mañana tengo el examen con él, supongo que de ahí mi indignación que ha crecido en los últimos días de una manera brutal (Ah, he colgado el post dos días después del examne; ¿cómo me ha salido? No tengo ni idea. En serio).

Hasta otra y…no me sean perverrrrrrrsosssssssss.

Casualidad

No sé, casualidad o causalidad... Como estoy en la época pre exámenes, me dedico a pensar en las casualidades y en otras tonterías por el estilo. En las causalidades, también.

La vida está llena de casualidades. Todo lo que nos pasa está cubierto de esa palabra; bueno, casi todo. Fue casualidad que, antes de venir a Madrid, encontrase un piso para vivir sin moverme de Vigo. Apareció así, de repente, un día en la playa: un chico que conocía dejaba su piso y me ofrecía su sitio. A su vez, casualmente, los que vivían allí, habían llegado por casualidad; uno por ser amigo de un amigo del chico que yo conocía (bufff, que lío), otro por ser la hermana del chico que conocía a un amigo del chico que yo conocía...demasiado complicado, demasiadas casualidades.

Escribiendo esto, me doy cuenta de que las casualidades nos rodean. Pero ¿qué es la casualidad? Dice mi amiga la RAE que es casualidad aquella combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar; y dice que es femenina la casualidad. Así que esas circunstancias inevitables e imprevistas son femeninas. Deduzco, entonces, que las mujeres, como son femeninas (algunas), suelen aparecer por casualidad, y que son imprevistas e inevitables.

¿Y las causalidades? Pues, según otra vez la RAE, 'causalidad' se refiere al origen o al principio. Vaya, también es femenina la causalidad. Vuelvo a deducir, otra vez, que las mujeres aparecen por casualidad y por una causa (que es motivo o razón para obrar, según la misma fuente); es decir, la causa es la razón para hacer algo y hay una causalidad que es el principio de esa causa que llega por casualidad.

La cosa es que yo, que no soy femenina, nazco de una mujer (femenina, claro), que es mi principio, mi causalidad. Pero no fui su causa, aunque ser 'yo' implica una casualidad, porque podría ser otro 'yo'. Así que, si soy una casualidad será por alguna causa, y supongo que la causalidad de todo está al principio... ¿soy, por lo tanto, femenina? Creo que no.

Creo que, a pesar de este rollo, ya no me sorprenden las casualidades. Ya no me dejo impresionar por las cosas, por mucho que me puedan impactar se quedan ahí, en el impacto, en el golpe fuerte en el cerebro. Después, lo asimilo y no dejo avanzar el río de sorpresa e impresión que llegaría hasta mi cara. Mis padres me dicen, muchas veces, que de pequeño era muy espontáneo, reaccionaba riendo y abriendo mucho los ojos ante cualquier novedad.

Parece ser que he perdido esa habilidad. Esa espontaneidad era el reflejo de que las casualidades me sorprendían, de que las causas que no conocía me impactaban. Era, dicen, muy impresionable. Todo está relacionado. Ahora las cosas impactantes las absorbo desde el principio para que no queden reflejadas y aparezcan desde alguna mueca. Las casualidades se han convertido en meras circunstancias de mi vida.

Recuerdo la última vez que me sorprendí, la última vez que la casualidad hizo mella en mí. Fue impactante; el corazón saltó bruscamente, el estómago se encogió y abrí los ojos tanto como me fue posible. Duró poco, unos tres segundos, pero fue bastante intenso.

Admito que ahora estoy receptivo para ser sorprendido de nuevo. Busco unir todas las casualidades que me han traído hasta Madrid y convertirlas en una causa. Quiero poder decir que Madrid fue la causalidad de algo.

Hasta que la casualidad me alcance, amigos.

Bicos, Vigo


El amor es diferente dependiendo de la persona por la que lo sientas, y también es diferente dependiendo de por qué lo sientas. Hay distintas clases y nunca se pueden comparar. No es el mismo amor que sientes por tu familia, por la chica que te gusta o por tus amigos, por ejemplo. Incluso por un perro…ese es de los pocos que no alcanzo a entender.

Hoy he de confesarte que estoy enamorado. Es un amor puro, limpio, suave y enfermizo. El amor que siento me ha traído muchos problemas, me ha causado grandes quebraderos de cabeza y me ha colocado en un medio de locomoción para respirar su aire por unos minutos.

Momentos como los que vivo ahora son un tormento. Vivo rodeado de ese halo de felicidad que recubre mi cara y torna mi gesto en una sonrisa bobalicona. Es un velo que me cubre los ojos y me desplaza de un lado hacia otro sin dejar de pensar en los mismo. Sí, amigos y no amigos, estoy enamorado de mi ciudad. Supongo que dentro de esos huecos del cuerpo donde se depositan los sentimientos, hay un espacio para ese tipo de amor. La ciudadfilia se llamará la enfermedad, o algo así.

Es curioso pensar que hace sólo unas horas (casi tantas como las que me he pasado haciendo hoy un trabajo) estaba allí, en Vigo, disfrutando de lo que esa ciudad me da; algo que no encuentro en otro sitio, algo que me va a traer problemas como, por culpa del azar, el trabajo u otro tipo de amor de tintes femeninos, acabe viviendo lejos de allí. Es algo que tengo asumido, pero no por ello no voy a permitirme el lujo de quejarme como una niña a la que le han roto su vestido de la Primera Comunión (¿se escribe en mayúsculas? Eso de ser incomunionado es lo que tiene. A mí nunca me regalaron una circonita por el acto ese, por eso no lo hice).

“Esa ciudad es fea”, me he cansado de oír. Supongo que los que dicen eso no la ven con mis ojos. Aunque bueno, yo tampoco la veo con los ojos. Mi visión de Vigo nace desde algún lugar perdido en la memoria que dentro de algunos años (cien o así) algún científico descubrirá y le hará ganar un Nobel, o un Oscar, vete tú a saber. Nace desde el recuerdo, desde las calles frías en invierno, desde los olores formados por trozos del Lagares y del pescado recién pescado del puerto.

Supongo que los que dicen eso no recorren conmigo el mismo camino. No saben, por ejemplo, que Vigo es una ciudad que trata de respirar por cada rincón que la locura hecha urbanismo le deja. Yo conozco varios de esos puntos y, cuando pasas por ellos, puedes escuchar los pulmones de la ciudad buscando el auxilio en las vistas a la ría. Uno está justo al lado de mi casa, donde acaba el bloque de mi edificio. Allí, entre una fotocopiadora (antes frutería, que murió ante la dura competencia de las fruterías de “Tu fruta madre”, o cómo se llamen) y una academia de peluquería, se abre un espacio dentro del asfalto y de los tres carriles de Camelias. Un momento para alcanzar el mar entre los edificios, con el suelo hecho de parque Camilo José Cela. Allí, la otra orilla.

Si sigues avanzando por mi calle y bajas por Romil (una de las calles lúgubres que más he recorrido, de noche y de día, en mi vida), te encuentras con el pulmón principal de mis visitas a Vigo: el Paseo de Alfonso (no sé cuál, ¿XIII?). Dibujado con una fachada avejentada, el camino se hace más lento por el azul del mar que se refleja en la superficie. Además, cuanto más avanzas, más cerca estás de poder ver las Islas Cíes. Es necesario llegar hasta el final del paseo para poder observarlas con detenimiento. Esos trozos de tierra que nos vigilan, como guardianes del trozo de mar que nos inventamos los gallegos. Y luego, allí, la otra orilla.

Avanzando más te encuentras con el ruido de la ciudad. La puerta del Sol, que regenta una especie de ser amorfo al que llaman ‘Sireno’ y a la izquierda, la zona vieja. Alguien dijo (¿Unamuno?) que la parte vieja de Vigo era de las más señoriales de España, o algo así. Querido Miguel de, eso sería hace tiempo.

Después, Príncipe, que también está provisto de algunos ex respiraderos, que ya se han muerto ahogados por los ladrillos. Eso sí, desde el final de la calle se pueden intuir, como se intuyen las cosas muertas, las letras de Caja de Pontevedra en amarillo apagado (ahora es un cartel horterilla de Caixanova). Es el edificio que corona el ascenso de la calle Urzáiz, que no se quiere acabar ahí y sigue hasta que el aliento no te llega, casi en la Travesía.

Hacia abajo, buscando de nuevo el mar. Bajo Colón con la seguridad de que los barcos se encuentran ya más cerca. Dejo la plaza de Compostela a un lado (¿? la Alameda, vamos) y pierdo dos minutos en pensar en el OZ y en la Abadía…qué tiempos (bueno, que el OZ es reciente, imbécil. Ah, perdón).

Por fin alcanzo la meta. Inmerso en el pantalán, con los barcos que llevan a Cíes a un paso y, de nuevo, la otra orilla.

Tendría que volver a subir todo Colón y llegar hasta el Progreso, pasar por el parquecito del que no recuerdo el nombre…y ya está. A la izquierda, el Castro. A la derecha, un monstruo en forma de Ayuntamiento (Concello, vamos) que cubre el mar con una sombra en forma de cubículo. La carretera que divide la ladera del Castro sirve de pasaje hacia el mar, otra vez más. La panificadora hace de postal tétrica que enseña los dientes cuando la miras directamente y trata de esconder la otra orilla sin éxito.

Vuelvo a estar en Camelias. La casa de Jorge, mi antiguo videoclub (ahora una tienda de Vodafone), los negocios que abren con ansias pero que cuentan sus ganancias por meses abiertos, la valla publicitaria que sostuvo a un Fraga extrañamente rejuvenecido…
Ya he vuelto. A Madrid, digo. Y bueno…no tiene mar, por mucho que se empeñen algunos.

¿Y la otra orilla...?
Circonitas para todos.
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