Dice la RAE (cojunto de señores pasados de fecha que deciden qué y cómo es cada palabra) que un decálogo es el conjunto de los diez mandamientos de la ley de Dios. Vale; todos sabemos que los mandamientos eran veinte pero que al amigo Moisés se le cayó una de las tablas y se quedaron en diez. Esa es su primera acepción. La segunda, un conjunto de normas o consejos que, aunque no sean diez, son básicos para el desarrollo de cualquier actividad.
De diez palabras se pasó a diez normas, a diez mandamientos. Y siempre con un fin, el de ordenarnos un poco la habitación, que la solemos tener hecha un desastre, con montañas de ropa sobre la silla y los zapatos debajo de la cama.
El último decálogo al que he tenido acceso (después de los del buen estudiante o los del buen periodista, por ejemplo) me lo encontré encima de la mesa de Varadero. Varadero es un local con su terraza veraniega en Montero Ríos, al lado del puerto de Vigo. Allí, sobre la madera, un plato negro sostenía un pequeño cartón doblado; dentro, un papel con la cuenta a pagar: dos cervezas. Al recoger la cuenta, el cartón guardaba un texto que decía:
"VARADERO te dá 10 claves para disfrutar un poco más de la vida".
A continuación, el decálogo que desde ese local hacían llegar a sus clientes para eso, para disfrutar un poco más de la vida. Comencé a leerlo pensando quién habría sido el que se había decidido a aconsejar al mundo (o a los afortunados clientes que habían elegido entre otras tantas su terraza). Ahí van:
-Date un capricho, por pequeño que sea. Vale, vale, vale. Vamos a ver: entiendo que se lo están diciendo a los que están pagando la consumición, que nos estamos ya dando el capricho de invertir un euro ochenta en la caña, así que es obvio que este consejo sobra, porque está incorporado casi a los números que contenían la cuenta.
-Comparte tu vida con alguien que te quiera. Bueno, este tampoco es que sea un gran descubrimiento. Se supone que te recomiendan una obviedad, porque compartir tu vida con un cabrón/a que te amargue la vida (aunque diga que te quiere, que lo hará seguro) no te da la felicidad. Nada, tampoco aporta mucho porque está asumido desde que empiezas a maquillarte con 15 años (o menos) para ligar. Las chicas, lo mismo.
-Acepta a las personas como son. Este no me gusta demasiado. Que sí, que es de buenas personas aceptar a la gente como es, pero nunca he estado de acuerdo con el típico "déjalo, es así y hay que aceptarlo". No, no y no. Si es un gilipollas, pues no lo aceptas; no lo matas, pero no tienes por qué aceptarlo. Este punto me parece que lo escribió para que aceptásemos al que lo hizo por ser así.
-Haz el amor regularmente. Este se sale de la línea de los anteriores. Si dependiese de uno mismo, pues vale, lo acepto, pero no es así. Salvo que haya dinero por medio no puedes utilizar esto como una regla para ser más feliz porque depende de segundas (o terceras...) personas. Vale, tachado también.
-Dedica tiempo al descanso. Demasiado fácil. Que me lo digan a mí, genial, porque yo lo hago, demasiado, incluso. Pero esto lo lee una persona que trabaja catorce horas diarias para cobrar un sueldo mínimo y le escupe la cerveza al autor de la guía de referencia para ser super feliz (como Belén Esteban ebria en un aeropuerto).
-Que la música te acompañe. Estaría de acuerdo si no me pareciese una copia de la frase manida de la Guerra de las galaxias, "Que la fuerza te acompañe". Además, ¿qué música? Si te acompaña el 'No cambié' de Tamara, yo creo que feliz, feliz, no vas a ser. Y alguien dirá: "Pero eso no es música". Mmmm, vaya, touché.
-Disfruta de las pequeñas cosas. Otra frase manida que diría cualquier persona que haya estado al borde de la muerte. "Sí, ahora valoro las pequeñas cosas de la vida: el canto de un pájaro, el vuelo de una mariposa, un caniche...". Vaya, que hace falta haber estado muy cerca de morir para decir esa frase, y eso no creo que te haga muy feliz.
-Celebra todas tus fechas especiales. Perdona, pero eso no hace falta que lo recomiendes, porque para cumpleaños, navidades o cosas así, todos están al loro para recibir un regalo. Así que impulsando al materialismo, ¿no? Sí, además lo celebraré en Varadero... Yo, a partir de leer esto, celebraré el día que Ramoncín se operó la nariz. Fue super especial para mí.
-Comparte tu cariño, y da besos, abrazos... Que no se pasen, que el sobeteo puede ser incómodo. No sé, no me imagino a alguien por la calle dando abrazos con un cartel que ponga "Abrazos gratis". O sí...
-Sal con los amigos, pasea por la ciudad, el campo, o tómate algo con nosotros. Ahí está, el número diez, el de Dios, el de Maradona. Ahí aparece la base de este truco, el fin mercantil de esta pérdida de tiempo. Incluye tres planes que no le cabían o que le sobraban, pero lo cierra, como quien no quiere la cosa, con el tópico del bar: eh, tómate algo que serás más feliz.
Eché en falta más tópicos, como "sonríe", "baila hasta el amanecer", "sé buena persona". A mí, por lo menos, no tienen que darme diez claves para disfrutar de mi vida, o por lo menos que no me los dé un negociante al que no conozco y al que le importo poco; un euro ochenta, más o menos.
El cartoncito terminaba con esto: Ahora puedes, (esta coma viene tal cual, no la he puesto yo...) guardar esto para recordar estas sencillas cosas que a veces se nos olvidan, hacer dibujos mientras los demás pagan, o por último, tirarlo a la basura... Y recuerda, gracias por vuestra visita. hasta la próxima! (la minúscula después del punto y la exclamación únicamente final también viene así).
Al terminar de leer no sé si era más feliz o más consciente de qué hacer para serlo. No hice dibujos, no lo tiré a la basura. Lo guardé, pero no para recordar nada, sino para tenerlo delante al escribir esto.
Para eso, me quedo con las palabras. Y para palabras, me quedo con esta canción de Marwan, "Palabra por palabra".
Suerte.
ReEncuentros
Lo Dice
M€
on martes, junio 16, 2009
Dicen que el hombre es un ser social; que lo que lo diferencia del resto de animales es su capacidad y su necesidad para relacionarse con sus iguales y mantenerse activo dentro de un grupo. Somos, en fin, yonkis de los demás y necesitamos estar acompañados y vivir y compartir nuestro tiempo con otras personas para realizarnos por completo. Bueno, y si no es por completo, sí al menos en parte.
Y para entablar relaciones sociales no hay nada mejor que los reencuentros. Cuando llevas tiempo sin compartir mesa y mantel con los que han formado parte de tu vida, una comida puede convertirse en el escenario perfecto para desarrollar la actividad del volverse a ver. Un volverse a ver que hace renacer de sus cenizas a todos y cada uno de los presentes, que los sienta en una silla, les abre la boca y les invita a mover sus fauces al ritmo que impone la carne en su punto.
El sol se hace testigo del acto, y se sube a lo más alto de las escaleras escapando de las nubes más altas, esas a las que dañan los rascacielos sin entender que nunca las podrán deshacer del todo. Desde allí arriba, enfoca su luz directamente en la cara de los comensales para que sus cabezas rieguen todos los jardines de la risa. Y entre la comida, aparecen como dos desconocidos que se acaban de encontrar las anécdotas de años y las historias nuevas, las que acaban de ocurrir y no habían encontrado una carcajada que las convirtiese en algo más, en una nueva historia que quedará. Son reecuentros.
Seguramente, no haya nada mejor que los reencuentros. Después de meses sin detenerse, se hace una parada técnica en el arcén para darle al pause en el mando del tiempo y tratar de recogerlo en un ovillo para luego ir recuperando lo que hemos dejado atrás pero necesitamos que vuelva al presente durante unos minutos, que dé tiempo a que el reencontrado pueda resituarse en la acción y vivirla cómo si fuese testigo directo, como si estuviese interpretando el papel de secundario de un guión ya pasado.
Reencuentros. Seguro que este post tendrá muchas más partes. Pero no hoy. Adiós.
Y para entablar relaciones sociales no hay nada mejor que los reencuentros. Cuando llevas tiempo sin compartir mesa y mantel con los que han formado parte de tu vida, una comida puede convertirse en el escenario perfecto para desarrollar la actividad del volverse a ver. Un volverse a ver que hace renacer de sus cenizas a todos y cada uno de los presentes, que los sienta en una silla, les abre la boca y les invita a mover sus fauces al ritmo que impone la carne en su punto.
El sol se hace testigo del acto, y se sube a lo más alto de las escaleras escapando de las nubes más altas, esas a las que dañan los rascacielos sin entender que nunca las podrán deshacer del todo. Desde allí arriba, enfoca su luz directamente en la cara de los comensales para que sus cabezas rieguen todos los jardines de la risa. Y entre la comida, aparecen como dos desconocidos que se acaban de encontrar las anécdotas de años y las historias nuevas, las que acaban de ocurrir y no habían encontrado una carcajada que las convirtiese en algo más, en una nueva historia que quedará. Son reecuentros.
Seguramente, no haya nada mejor que los reencuentros. Después de meses sin detenerse, se hace una parada técnica en el arcén para darle al pause en el mando del tiempo y tratar de recogerlo en un ovillo para luego ir recuperando lo que hemos dejado atrás pero necesitamos que vuelva al presente durante unos minutos, que dé tiempo a que el reencontrado pueda resituarse en la acción y vivirla cómo si fuese testigo directo, como si estuviese interpretando el papel de secundario de un guión ya pasado.
Reencuentros. Seguro que este post tendrá muchas más partes. Pero no hoy. Adiós.
Nada
Lo Dice
M€
on miércoles, junio 10, 2009
Ser nada. No hay peor cosa en la vida que eso, ser nada. Nada de nada. Se puede ser alguien pero ser nada a la vez; se puede ser nadie y no por eso eres nada. Hay muchas nadas, pero lo peor es que no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta, cuando somos nada. Buscamos siempre ser algo para uno mismo, para alguien, para otro algo; pero a veces no podemos evitar ser nada. O sentirse así. Nada.
Uno de los personajes que más me inquietaban de pequeño era aquella Nada de 'La historia interminable'. Recuerdo ver la película y ser incapaz de comprender qué pasaba cuando la Nada aparecía. ¿Qué quedaba en su lugar? ¿Nada? Pero, ¿qué era nada? Pensé que cuando creciese un poco sabría entenderlo, que era una parte de la película que yo no entendía porque no había llegado a la edad necesaria, a la que ya estás preparado para saber cosas que de pequeño son inabarcables.
Ahora, la verdad, sigo sin ser capaz de entenderlo. ¿Qué era aquella Nada? Primero el viento soplaba huracanado y se convertía en una fuerza que arrasaba con todo; la tierra se deshacía a su paso y el cielo se cubría de nubes de tormenta. ¿Y después? La nada provocada por la Nada. Ni el afeminado de Atreyu, ni Fújur eran capaces de escapar de las garras de la Nada. Sólo la petarda de la Emperatriz Infantil, repeinada como si le hubiese lamido la cabeza una vaca, sobrevivía. Eso sí, le pedía ayuda al cagón de Bastian para salvar su mundo. Todo por culpa de la Nada.
Y ahora, años después, nos encontramos todos luchando para no ser nada. Para que la Nada no nos alcance. Nos da igual encontrarnos al girar la esquina con la suerte, con la mala suerte, con la casualidad o con el destino, pero nada de encontrarnos con la Nada. De eso nada. Eso sí que no lo permitimos. Y para eso nos armamos de algos, nos vestimos con ellos, nos protegemos a través de la armadura que forman debajo de nuestras costillas para que, en caso de que llegue la Nada, no nos coja desprevenidos. Y si nos coge, pues que la cornada sea lo de menos y estemos deseando volver a salir al ruedo. A lo que sea. A vernos las caras con la Nada o a buscar más algos.
Y es que lo que está claro es que para nadas, algos hay.
Uno de los personajes que más me inquietaban de pequeño era aquella Nada de 'La historia interminable'. Recuerdo ver la película y ser incapaz de comprender qué pasaba cuando la Nada aparecía. ¿Qué quedaba en su lugar? ¿Nada? Pero, ¿qué era nada? Pensé que cuando creciese un poco sabría entenderlo, que era una parte de la película que yo no entendía porque no había llegado a la edad necesaria, a la que ya estás preparado para saber cosas que de pequeño son inabarcables.
Ahora, la verdad, sigo sin ser capaz de entenderlo. ¿Qué era aquella Nada? Primero el viento soplaba huracanado y se convertía en una fuerza que arrasaba con todo; la tierra se deshacía a su paso y el cielo se cubría de nubes de tormenta. ¿Y después? La nada provocada por la Nada. Ni el afeminado de Atreyu, ni Fújur eran capaces de escapar de las garras de la Nada. Sólo la petarda de la Emperatriz Infantil, repeinada como si le hubiese lamido la cabeza una vaca, sobrevivía. Eso sí, le pedía ayuda al cagón de Bastian para salvar su mundo. Todo por culpa de la Nada.
Y ahora, años después, nos encontramos todos luchando para no ser nada. Para que la Nada no nos alcance. Nos da igual encontrarnos al girar la esquina con la suerte, con la mala suerte, con la casualidad o con el destino, pero nada de encontrarnos con la Nada. De eso nada. Eso sí que no lo permitimos. Y para eso nos armamos de algos, nos vestimos con ellos, nos protegemos a través de la armadura que forman debajo de nuestras costillas para que, en caso de que llegue la Nada, no nos coja desprevenidos. Y si nos coge, pues que la cornada sea lo de menos y estemos deseando volver a salir al ruedo. A lo que sea. A vernos las caras con la Nada o a buscar más algos.
Y es que lo que está claro es que para nadas, algos hay.
El Tonillo
Lo Dice
M€
on sábado, junio 06, 2009
Lo admito. Me gustan los tonillos. También es cierto que me gustan los acentos. De hecho, me molesta cuando alguien me dice: "Eh, ya no tienes acento gallego". ¿Cómo que no tengo acento gallego? Será... La verdad es que me llaman la atención mucho los acentos de todas las Comunidades Autónomas. Eso de "ejqueeee", o "ños, chacho", o el particular asturiano... ay, me gustan sí; me gustan.
Pero a lo que iba: el tonillo. Empiezo por uno que no me gusta especialmente. Ese es el tonillo del reportero; ese de enviado especial, con el gran Enrique Zimmerman a la cabeza y seguido por miles y miles de voces anónimas que adquirieron ese tonillo para contarnos desde el cambio de divisas en Rusia, pasando por la llegada de las rebajas de verano, hasta las celebraciones en India porque una vaca molaba mucho. Lo malo es que es un tonillo pegadizo. Un día le pregunté a un profesor de una asignatura de televisión si pertenecía a un libro de estilo, si ese tonillo era algo obligado, si cuando llegabas a una redacción te decían: "Vale, amigo. Ya sé que no hablas así normalmente, pero en cuanto veas un micro tendrás que entonar de esta manera". Él me dijo que no, que era algo que hizo alguien una vez y que otros le siguieron; después, otros más; más tarde, aquel tonillo era una especie de peste que se había extendido por todas las piezas televisivas de España.
Tampoco me gusta mucho el tonillo del profesor colega. Es que hay películas que han hecho mucho mal. Una, Pretty Woman, que hizo creer a las mujeres de medio mundo que había un principe azul detrás de cada ramo de rosas por muy puta que fueses y a todos los hombres que encontrarían a la mujer perfecta detrás de la barra de un bar o, en su defecto, en un sórdido burdel. Otra, El club de los poetas muertos. Aquel Robin Williams recitando el "Oh capitán, mi capitán" y ese compadreo cuasi paternal con sus alumnos sólo consiguió generar un personaje abominable: el profesor colega. Y éste tiene también su tonillo; el tonillo cándido del que trata de ser tu amigo pero que sabes que te la va a meter doblada como le toques mucho las narices. Piadoso y condescendiente...
Más arriba decía que me gustaban los tonillos, ¿no? Y es verdad. El tonillo que ya conoces, cuando alguien que tienes calado te va a pedir un favor, o que hagas algo por él/ella. O el tonillo que te sale cuando el pecho se te hicha momentos algo de soltar una gran frase que revela que tienes mucha razón en lo que vas a decir. No sé, hay muchos tonillos. Pero tengo que destacar uno.
Imaginaros que estáis en la playa. El sol quema vuestro cuerpo y sólo la humedad acumulada en el pelo después de un buen baño te separa del infierno. Recostado en la toalla, como pantalla tienes el mar y un par de islas y gente, mucha gente que camina de una punta a otra de la playa mojando sus pies por la orilla. En ese trance, sólo una voz es capaz de devolverte a la vida. Un grito que alcanza tus oídos y se desliza a lo largo de tu cabeza. Sus ondas sonoras rebotan en su interior y abres los ojos. Pero no hay nadie; no divisas el origen de la voz. Piensas que lo has soñado, pero cuando vas a volver al relax, lo vuelves a escuchar. Te incorporas rápido pero sigues sin divisar nada. Esperas. Un poco más. Sabes que va a volver a pasar. Y ahí está: "Parisién y patatilla, barquillitooooi".
Entre toallas y sombrillas, entre pies y cabezas, una mujer de pequeña estatura y orondo cuerpo lucha contra el calor mientras lanza ese grito desesperado. En su brazo, como un bolso, porta una neverita en la que lleva bebidas; en la otra, un plástico transparente en el que guarda sus barquillos, aun frescos a pesar del calor. Una heroína de la modernidad, una mujer luchadora, que bajo su gorra de publicidad barata guarda litros de sudor. Pero siempre le quedan fuerzas para lanzar ese grito: "Parisién y patatilla, barquillitoooooi". Eso sí, lo hace con su tonillo. Gracias.
P.D: Algunos ya saben a qué grito y a qué tonillo me refiero. Si tú, maldito ignorante, lo desconoces, no lo dudes. Llámame, pregúntame, encuéntrame en donde sea y pídeme que te lo reproduzca. Yo, por caridad y porque eso no se extinga, lo haré encantado. Y lo haré con el tonillo, por supuesto.
Pero a lo que iba: el tonillo. Empiezo por uno que no me gusta especialmente. Ese es el tonillo del reportero; ese de enviado especial, con el gran Enrique Zimmerman a la cabeza y seguido por miles y miles de voces anónimas que adquirieron ese tonillo para contarnos desde el cambio de divisas en Rusia, pasando por la llegada de las rebajas de verano, hasta las celebraciones en India porque una vaca molaba mucho. Lo malo es que es un tonillo pegadizo. Un día le pregunté a un profesor de una asignatura de televisión si pertenecía a un libro de estilo, si ese tonillo era algo obligado, si cuando llegabas a una redacción te decían: "Vale, amigo. Ya sé que no hablas así normalmente, pero en cuanto veas un micro tendrás que entonar de esta manera". Él me dijo que no, que era algo que hizo alguien una vez y que otros le siguieron; después, otros más; más tarde, aquel tonillo era una especie de peste que se había extendido por todas las piezas televisivas de España.
Tampoco me gusta mucho el tonillo del profesor colega. Es que hay películas que han hecho mucho mal. Una, Pretty Woman, que hizo creer a las mujeres de medio mundo que había un principe azul detrás de cada ramo de rosas por muy puta que fueses y a todos los hombres que encontrarían a la mujer perfecta detrás de la barra de un bar o, en su defecto, en un sórdido burdel. Otra, El club de los poetas muertos. Aquel Robin Williams recitando el "Oh capitán, mi capitán" y ese compadreo cuasi paternal con sus alumnos sólo consiguió generar un personaje abominable: el profesor colega. Y éste tiene también su tonillo; el tonillo cándido del que trata de ser tu amigo pero que sabes que te la va a meter doblada como le toques mucho las narices. Piadoso y condescendiente...
Más arriba decía que me gustaban los tonillos, ¿no? Y es verdad. El tonillo que ya conoces, cuando alguien que tienes calado te va a pedir un favor, o que hagas algo por él/ella. O el tonillo que te sale cuando el pecho se te hicha momentos algo de soltar una gran frase que revela que tienes mucha razón en lo que vas a decir. No sé, hay muchos tonillos. Pero tengo que destacar uno.
Imaginaros que estáis en la playa. El sol quema vuestro cuerpo y sólo la humedad acumulada en el pelo después de un buen baño te separa del infierno. Recostado en la toalla, como pantalla tienes el mar y un par de islas y gente, mucha gente que camina de una punta a otra de la playa mojando sus pies por la orilla. En ese trance, sólo una voz es capaz de devolverte a la vida. Un grito que alcanza tus oídos y se desliza a lo largo de tu cabeza. Sus ondas sonoras rebotan en su interior y abres los ojos. Pero no hay nadie; no divisas el origen de la voz. Piensas que lo has soñado, pero cuando vas a volver al relax, lo vuelves a escuchar. Te incorporas rápido pero sigues sin divisar nada. Esperas. Un poco más. Sabes que va a volver a pasar. Y ahí está: "Parisién y patatilla, barquillitooooi".
Entre toallas y sombrillas, entre pies y cabezas, una mujer de pequeña estatura y orondo cuerpo lucha contra el calor mientras lanza ese grito desesperado. En su brazo, como un bolso, porta una neverita en la que lleva bebidas; en la otra, un plástico transparente en el que guarda sus barquillos, aun frescos a pesar del calor. Una heroína de la modernidad, una mujer luchadora, que bajo su gorra de publicidad barata guarda litros de sudor. Pero siempre le quedan fuerzas para lanzar ese grito: "Parisién y patatilla, barquillitoooooi". Eso sí, lo hace con su tonillo. Gracias.
P.D: Algunos ya saben a qué grito y a qué tonillo me refiero. Si tú, maldito ignorante, lo desconoces, no lo dudes. Llámame, pregúntame, encuéntrame en donde sea y pídeme que te lo reproduzca. Yo, por caridad y porque eso no se extinga, lo haré encantado. Y lo haré con el tonillo, por supuesto.
Kamikaze
Lo Dice
M€
on lunes, junio 01, 2009
Justo se despertaba el sol entre los edificios y él se había quedado inmóvil desde hacía unos diez minutos. Como si con la llegada de las primeras horas del día (las últimas del anterior para él) sus huesos se hubiesen convertido en rocas que le impedían caminar a lo largo de la calle. El frío impactaba contra los cristales de una sucursal bancaria y salía disparado hacia su cara; la nariz enrojecida y las manos sin alcanzar el tacto del aire. Su estatua de sal se derretía en la salida del metro, allí donde sus pasos habían terminado después de una larga noche.
Miró el reloj y le restaban pocas horas de sueño, teniendo en cuenta que a las doce tendría que levantarse otra vez para ir a recoger a su amigo al aeropuerto. El trayecto hasta su casa era muy corto, tanto que no le daba tiempo a encenderse un cigarro y terminarlo antes de llegar al portal de su casa, así que decidió activar sus músculos y alargar su estancia en el pedestal imaginario que le mantenía en pie mientras el aire y sus pulmones consumían la nicotina a la vez, como una pareja de enamorados que comparten cuchara enfrente de una copa de helado.
El tiempo que invirtió en fumar lo aprovechó para reubicarse un poco en el mundo después de aquella noche. En las horas que había estado de local en local, alternando conversaciones con largas estancias solitarias en medio de la nada, su vida había dado un vuelco. Se empezó a preguntar sobre su futuro en el lugar menos indicado: el centro de un pub oscuro y lleno de humo. Su contrato a punto de expirar y con él su independencia. Volver a la protección paternal le asustaba casi más que no tener sitio en los huecos que se había buscado en su profesión. “Pero si eres brillante, algo te saldrá”, le habían dicho hacía unas horas las voces que olían a cerveza. Pero nada le hacía pensar en positivo.
Además, se había dado cuenta de que sus últimas semanas eran más propias de un kamikaze que de un prometedor obrero del mundo del cine. Esa misma noche se había estampado contra su propio espejo en forma de cuerpo femenino como colofón a un sinfín de acciones incoherentes para un racionalista integral como él. Ella, la misma que había saltado las barreras más sólidas que él mismo había edificado sobre su cuerpo, se lo había insinuado.
“Como un kamikaze”. En un viaje de reconocimiento por su rostro, ella se había acercado para decírselo al oído. “No sé si te das cuenta, pero estás actuando como un kamikaze”. La palabra no le era familiar. Sí la había escuchado, la conocía, pero no estaba dentro de su vocabulario, ni siquiera el que contenía las respuestas a sus acciones. Sorprendido, comenzó a desgranar la palabra. Kamikaze. Un suicida que ponía en riesgo su propia vida por un fin determinado, por algo en lo que creía.
Lo curioso es que, autoanalizándose, a penas encontraba un paralelismo, una similitud entre él y un kamikaze. Se veía como alguien reflexivo, poco impulsivo, que actuaba después de recorrer exhaustivamente cada uno de los rincones de todas sus acciones. Pero esa noche, sin darse cuenta, ella le había comparado con un ser irreflexivo que no pensaba en las consecuencias de sus actos. Lo peor es que no sabía quién tenía la razón.
Comenzó el camino a casa con el filtro ardiendo entre sus dedos y la palabra grabada a fuego en la mente. En el breve trayecto, sintió mil emociones: miedo, pavor, tranquilidad, confianza, arrepentimiento, seguridad. Todas contrarias, pero todas relacionadas con una noche que, a pesar de las contradicciones, no quería que terminase. Hacía menos de media hora que se había despedido de ella en el mismo metro en el que se había quedado petrificado y donde había desmenuzado sus rasgos a tientas, como un ciego que acaba de recuperar la vista. Y la palabra en el aire. Kamikaze.
Antes de que la ciudad recuperase su ritmo frenético de vidas con horario de oficina, apagó el cigarro, subió a su casa y se metió en la cama acompañado de su nueva definición. “Mañana comienza mi nueva vida como kamikaze”.
Miró el reloj y le restaban pocas horas de sueño, teniendo en cuenta que a las doce tendría que levantarse otra vez para ir a recoger a su amigo al aeropuerto. El trayecto hasta su casa era muy corto, tanto que no le daba tiempo a encenderse un cigarro y terminarlo antes de llegar al portal de su casa, así que decidió activar sus músculos y alargar su estancia en el pedestal imaginario que le mantenía en pie mientras el aire y sus pulmones consumían la nicotina a la vez, como una pareja de enamorados que comparten cuchara enfrente de una copa de helado.
El tiempo que invirtió en fumar lo aprovechó para reubicarse un poco en el mundo después de aquella noche. En las horas que había estado de local en local, alternando conversaciones con largas estancias solitarias en medio de la nada, su vida había dado un vuelco. Se empezó a preguntar sobre su futuro en el lugar menos indicado: el centro de un pub oscuro y lleno de humo. Su contrato a punto de expirar y con él su independencia. Volver a la protección paternal le asustaba casi más que no tener sitio en los huecos que se había buscado en su profesión. “Pero si eres brillante, algo te saldrá”, le habían dicho hacía unas horas las voces que olían a cerveza. Pero nada le hacía pensar en positivo.
Además, se había dado cuenta de que sus últimas semanas eran más propias de un kamikaze que de un prometedor obrero del mundo del cine. Esa misma noche se había estampado contra su propio espejo en forma de cuerpo femenino como colofón a un sinfín de acciones incoherentes para un racionalista integral como él. Ella, la misma que había saltado las barreras más sólidas que él mismo había edificado sobre su cuerpo, se lo había insinuado.
“Como un kamikaze”. En un viaje de reconocimiento por su rostro, ella se había acercado para decírselo al oído. “No sé si te das cuenta, pero estás actuando como un kamikaze”. La palabra no le era familiar. Sí la había escuchado, la conocía, pero no estaba dentro de su vocabulario, ni siquiera el que contenía las respuestas a sus acciones. Sorprendido, comenzó a desgranar la palabra. Kamikaze. Un suicida que ponía en riesgo su propia vida por un fin determinado, por algo en lo que creía.
Lo curioso es que, autoanalizándose, a penas encontraba un paralelismo, una similitud entre él y un kamikaze. Se veía como alguien reflexivo, poco impulsivo, que actuaba después de recorrer exhaustivamente cada uno de los rincones de todas sus acciones. Pero esa noche, sin darse cuenta, ella le había comparado con un ser irreflexivo que no pensaba en las consecuencias de sus actos. Lo peor es que no sabía quién tenía la razón.
Comenzó el camino a casa con el filtro ardiendo entre sus dedos y la palabra grabada a fuego en la mente. En el breve trayecto, sintió mil emociones: miedo, pavor, tranquilidad, confianza, arrepentimiento, seguridad. Todas contrarias, pero todas relacionadas con una noche que, a pesar de las contradicciones, no quería que terminase. Hacía menos de media hora que se había despedido de ella en el mismo metro en el que se había quedado petrificado y donde había desmenuzado sus rasgos a tientas, como un ciego que acaba de recuperar la vista. Y la palabra en el aire. Kamikaze.
Antes de que la ciudad recuperase su ritmo frenético de vidas con horario de oficina, apagó el cigarro, subió a su casa y se metió en la cama acompañado de su nueva definición. “Mañana comienza mi nueva vida como kamikaze”.
Vivos Muertos
Lo Dice
M€
on jueves, mayo 28, 2009
Estaba muerto. Llevaba tanto tiempo con esa sensación que no se había percatado de su estado. Muerto. Como un brazo sin manos, como una mano sin dedos, como un dedo sin sentido del tacto en las yemas. Y no sabía desde cuando; no recordaba haber tenido un accidente de coche, una caída desde un octavo piso o un ataque con arma blanca en una esquina oscura e inhóspita de la ciudad.
Tumbado en el sofá y con la tele encendida de fondo empezó a atar cabos. Se remontó hasta dos meses antes. Aquel día había tenido la primera señal de que ya no estaba vivo. Había sido una tarde soleada, en pleno mes de marzo y con un sol que había decidido hacer acto de presencia temporal antes de su definitiva estancia veraniega. Se había levantado de la toalla sobre la que estaba recostado y había caminado por la arena hasta la orilla, donde las olas llegaban exhaustas, convertidas en espuma. Al entrar en contacto con el mar, sus pies no se inmutaron; el agua los cubrió hasta el tobillo, los golpeó casi sin fuerza y se retiró dejando como rastro la mojadura. Pero él no sintió nada, ninguna sensación especial recorrió su cuerpo. Le solía recordar a su infancia, cuando bañarse era condición sine qua non para pasar la tarde. Pero no, ese día el roce del mar no había despertado ni el más mínimo recuerdo, la más mínima sensación.
Otra señal, el día que su novia le había dejado. Ella era la razón de todo hasta el día que le dijo que no aguantaba más, que no podía seguir con aquella farsa. Que él no estaba haciendo nada porque aquello siguiese adelante, que tenía que haber un par para ser dos. Ella se había levantado de su silla y le había dejado sentado en la cafetería con la cuenta sin pagar y sin poder reaccionar. En una situación en la que cualquiera se hubiese levantado, hubiese pedido explicaciones o hubiese ido tras ella, él no se movió. Ni un solo músculo de su cuerpo se inmutó ante aquellas desgarradoras palabras. Es decir, que a ella no le había demostrado que estaba vivo, y el abandono no le había producido más que un ligero pitido en el oído. Como a un cadáver al que no le afectan las cosas porque carece ya de sentimientos.
Pero el lance definitivo que le había hecho ver que estaba muerto había sucedido hacía unas horas. De un día para otro, todo en lo que creía y lo que pensaba había cambiado. Se había acostado y, al levantarse, todo en su cabeza era distinto. Necesitaba huir, escaparse de la realidad, perderse en un pueblo trabajando en la recolecta de fruta y cobrando una miseria, quería saber qué vida podría llevar alejado de todo lo que conocía. Este cambio era un claro reflejo de la putrefacción; su cuerpo llevaba tanto tiempo en descomposición que había comenzado a pudrirse por dentro. Los signos externos eran evidentes: su piel estaba seca, su pelo se escapaba por las tuberías del baño y sus ojos se escondían cada día más entre las profundidades de sus ojeras.
Definitivamente estaba muerto. Ahora debería empezar a pensar cómo actuar hasta que no quedase nada de él, cómo pasar desapercibido entre la gente, entre los vivos. Ensayaba muecas en el espejo para tratar de esconder las miserias que muestran las facciones de los cadáveres, entonaba a viva voz frases de recurso, saludos afables y fuertes apretones de manos que no mostrasen la debilidad que había hecho mella en sus huesos.
Salió a la calle y se dedicó a buscar más gente como él, más muertos que apuraban sus minutos en el mundo de los vivos, más cuerpos en estado de descomposición que, o bien desconocían que lo eran, o bien lo acababan de descubrir, como él, y aún no tenían el raciocinio suficiente para asumir su nueva condición. Y vio a muchos, algunos de los que ya sospechaba. Pasó al lado de una anciana que estaba acompañada por su hija. Ésta conversaba con una amiga:
Amiga: ¿Qué tal está tu madre? Para su edad tiene muy buen aspecto.
Hija: Ya la ves, a lo suyo. De cabeza aún está bien. Mira, te digo la verdad, creo que está muerta pero no lo sabe, y sigue aquí, tan tranquila.
Ambas soltaron una carcajada por la ocurrencia, pero él miró a la anciana y se reconocieron al instante como de la misma especie. Ella había aguantado, había escondido sus circunstancias durante años, pero él no estaba seguro de ser capaz de hacerlo durante más tiempo.
Compró el periódico y se volvió a su casa a decidir si estaba dispuesto a vivir como un muerto o a morir antes de que alguien le descubriese, como aquella hija con su madre, y soltase una carcajada.
Tumbado en el sofá y con la tele encendida de fondo empezó a atar cabos. Se remontó hasta dos meses antes. Aquel día había tenido la primera señal de que ya no estaba vivo. Había sido una tarde soleada, en pleno mes de marzo y con un sol que había decidido hacer acto de presencia temporal antes de su definitiva estancia veraniega. Se había levantado de la toalla sobre la que estaba recostado y había caminado por la arena hasta la orilla, donde las olas llegaban exhaustas, convertidas en espuma. Al entrar en contacto con el mar, sus pies no se inmutaron; el agua los cubrió hasta el tobillo, los golpeó casi sin fuerza y se retiró dejando como rastro la mojadura. Pero él no sintió nada, ninguna sensación especial recorrió su cuerpo. Le solía recordar a su infancia, cuando bañarse era condición sine qua non para pasar la tarde. Pero no, ese día el roce del mar no había despertado ni el más mínimo recuerdo, la más mínima sensación.
Otra señal, el día que su novia le había dejado. Ella era la razón de todo hasta el día que le dijo que no aguantaba más, que no podía seguir con aquella farsa. Que él no estaba haciendo nada porque aquello siguiese adelante, que tenía que haber un par para ser dos. Ella se había levantado de su silla y le había dejado sentado en la cafetería con la cuenta sin pagar y sin poder reaccionar. En una situación en la que cualquiera se hubiese levantado, hubiese pedido explicaciones o hubiese ido tras ella, él no se movió. Ni un solo músculo de su cuerpo se inmutó ante aquellas desgarradoras palabras. Es decir, que a ella no le había demostrado que estaba vivo, y el abandono no le había producido más que un ligero pitido en el oído. Como a un cadáver al que no le afectan las cosas porque carece ya de sentimientos.
Pero el lance definitivo que le había hecho ver que estaba muerto había sucedido hacía unas horas. De un día para otro, todo en lo que creía y lo que pensaba había cambiado. Se había acostado y, al levantarse, todo en su cabeza era distinto. Necesitaba huir, escaparse de la realidad, perderse en un pueblo trabajando en la recolecta de fruta y cobrando una miseria, quería saber qué vida podría llevar alejado de todo lo que conocía. Este cambio era un claro reflejo de la putrefacción; su cuerpo llevaba tanto tiempo en descomposición que había comenzado a pudrirse por dentro. Los signos externos eran evidentes: su piel estaba seca, su pelo se escapaba por las tuberías del baño y sus ojos se escondían cada día más entre las profundidades de sus ojeras.
Definitivamente estaba muerto. Ahora debería empezar a pensar cómo actuar hasta que no quedase nada de él, cómo pasar desapercibido entre la gente, entre los vivos. Ensayaba muecas en el espejo para tratar de esconder las miserias que muestran las facciones de los cadáveres, entonaba a viva voz frases de recurso, saludos afables y fuertes apretones de manos que no mostrasen la debilidad que había hecho mella en sus huesos.
Salió a la calle y se dedicó a buscar más gente como él, más muertos que apuraban sus minutos en el mundo de los vivos, más cuerpos en estado de descomposición que, o bien desconocían que lo eran, o bien lo acababan de descubrir, como él, y aún no tenían el raciocinio suficiente para asumir su nueva condición. Y vio a muchos, algunos de los que ya sospechaba. Pasó al lado de una anciana que estaba acompañada por su hija. Ésta conversaba con una amiga:
Amiga: ¿Qué tal está tu madre? Para su edad tiene muy buen aspecto.
Hija: Ya la ves, a lo suyo. De cabeza aún está bien. Mira, te digo la verdad, creo que está muerta pero no lo sabe, y sigue aquí, tan tranquila.
Ambas soltaron una carcajada por la ocurrencia, pero él miró a la anciana y se reconocieron al instante como de la misma especie. Ella había aguantado, había escondido sus circunstancias durante años, pero él no estaba seguro de ser capaz de hacerlo durante más tiempo.
Compró el periódico y se volvió a su casa a decidir si estaba dispuesto a vivir como un muerto o a morir antes de que alguien le descubriese, como aquella hija con su madre, y soltase una carcajada.
Foto De Un Beso
Lo Dice
M€
on sábado, mayo 23, 2009
El suelo de la habitación estaba lleno de cajas. El desorden campaba a sus anchas entre las cuatro paredes que sujetaban su nueva vida. Siete meses después, se trasladaba a una nueva habitación. Una ventana grande le enseñaba la calle y, en frente, las ventanas de un colegio le hacían recordar las clases de EGB, cuando todo era fácil y lo más complicado se convertía en una aventura nueva cada día.
Lo primero para recuperarse era ordenar aquel caos. Fue sacando cada una de las cajas al pasillo y amontonándolas junto al resto de trastos inútiles que se habían quedado inmóviles después de la mudanza. En uno de los traslados, una de las cajas se vertió y con el movimiento se desparramó todo su contenido. Sobre la cama quedaron dos fotografías. Una de ellas, artística, enigmática, propia de un aprendiz de fotografía que busca impactar con una de sus primeras obras.
Pero la que le llamó más la atención fue la otra. Era una foto más normal, más corriente, sin los filtros del artista que trata de mostrar una realidad desde su punto de vista. En ella se retrataba a una chica en una playa que lanzaba un beso hacia el objetivo. Detrás, escrito a mano, "Para cuando no esté".
Con la foto en la mano, se sentó en la cama y la observó con paciencia. Quitó el polvo que cubría parte del color azul del cielo y empezó a analizar aquella imagen de postal veraniega. Ella aparecía con el pelo recogido y se inclinaba sobre sus manos, que formaban una plataforma desde la que despegaría el beso que se había congelado en el mismo momento que se activó el disparador de la cámara. El vestido, de colores, se impulsaba por el leve viento que abombaba su falda y desviaba dos mechones del flequillo sobre su frente. Se quedó embobado por el dibujo que formaba su cuello y sus hombros.
Empezó a pensar en esa imagen. ¿A quién le mandaría aquel beso? En esa habitación habían vivido tres personas antes que él y con la cantidad de cosas que había desperdigadas por los cajones era muy complicado atribuírselas a uno en concreto. Y lo peor era que aquella fotografía se había quedado olvidada junto a otros mil trastos inútiles. Perdida, suponía; era imposible que alguien dejase abandonada aquella foto a propósito, una foto de la que no podía apartar la mirada.
Las olas del mar rompían en la orilla y varias piedras se distribuían por la arena de forma casi estratégica. Las nubes a penas eran leves manchas grises y blancas en un cielo azul y preparado para acoger todos los recuerdos de aquella chica. La misma que lanzaba un beso a nadie, a alguien que la había olvidado en una caja de cartón junto a dos revistas viejas, un cuaderno con apuntes incomprensibles y papeles arrugados. Ella, la misma que había escrito por detrás "Para cuando no esté", era ahora parte de la vida de otra persona. Seguramente, de alguien que nunca recibió una foto suya y que seguro que tampoco se la hubiese olvidado en una caja.
Terminó de sacar todas las cajas al pasillo y volvió a la habitación. Se sentó delante de la mesa y apoyó la fotografía. Con la cara sobre sus manos respiró profundamente. Se imaginó que aquel beso era para él. Que aquella chica le había dejado como único recuerdo aquella imagen de un beso congelado para cuando ella no estuviese. "Yo nunca la hubiese perdido".
Se había deshecho de todos los trastos, de las cajas, de las vidas y olores de los demás, pero se guardó para él aquella foto. Abrió el cajón de la mesa y la escondió como quien oculta un recuerdo. Ese recuerdo grabado en una fotografía, en un beso que nunca llegaría a recibir. Antes de cerrar el cajón, decidió que se convertiría en un ladrón de besos que no eran para él, pero que se habían perdido por el camino. Les daría cobijo y los trataría como si él fuera el destinatario, para que no perdiesen el sentido, para que muriesen en alguien.
"La guardo, por si nunca me mandan uno..."
Lo primero para recuperarse era ordenar aquel caos. Fue sacando cada una de las cajas al pasillo y amontonándolas junto al resto de trastos inútiles que se habían quedado inmóviles después de la mudanza. En uno de los traslados, una de las cajas se vertió y con el movimiento se desparramó todo su contenido. Sobre la cama quedaron dos fotografías. Una de ellas, artística, enigmática, propia de un aprendiz de fotografía que busca impactar con una de sus primeras obras.
Pero la que le llamó más la atención fue la otra. Era una foto más normal, más corriente, sin los filtros del artista que trata de mostrar una realidad desde su punto de vista. En ella se retrataba a una chica en una playa que lanzaba un beso hacia el objetivo. Detrás, escrito a mano, "Para cuando no esté".
Con la foto en la mano, se sentó en la cama y la observó con paciencia. Quitó el polvo que cubría parte del color azul del cielo y empezó a analizar aquella imagen de postal veraniega. Ella aparecía con el pelo recogido y se inclinaba sobre sus manos, que formaban una plataforma desde la que despegaría el beso que se había congelado en el mismo momento que se activó el disparador de la cámara. El vestido, de colores, se impulsaba por el leve viento que abombaba su falda y desviaba dos mechones del flequillo sobre su frente. Se quedó embobado por el dibujo que formaba su cuello y sus hombros.
Empezó a pensar en esa imagen. ¿A quién le mandaría aquel beso? En esa habitación habían vivido tres personas antes que él y con la cantidad de cosas que había desperdigadas por los cajones era muy complicado atribuírselas a uno en concreto. Y lo peor era que aquella fotografía se había quedado olvidada junto a otros mil trastos inútiles. Perdida, suponía; era imposible que alguien dejase abandonada aquella foto a propósito, una foto de la que no podía apartar la mirada.
Las olas del mar rompían en la orilla y varias piedras se distribuían por la arena de forma casi estratégica. Las nubes a penas eran leves manchas grises y blancas en un cielo azul y preparado para acoger todos los recuerdos de aquella chica. La misma que lanzaba un beso a nadie, a alguien que la había olvidado en una caja de cartón junto a dos revistas viejas, un cuaderno con apuntes incomprensibles y papeles arrugados. Ella, la misma que había escrito por detrás "Para cuando no esté", era ahora parte de la vida de otra persona. Seguramente, de alguien que nunca recibió una foto suya y que seguro que tampoco se la hubiese olvidado en una caja.
Terminó de sacar todas las cajas al pasillo y volvió a la habitación. Se sentó delante de la mesa y apoyó la fotografía. Con la cara sobre sus manos respiró profundamente. Se imaginó que aquel beso era para él. Que aquella chica le había dejado como único recuerdo aquella imagen de un beso congelado para cuando ella no estuviese. "Yo nunca la hubiese perdido".
Se había deshecho de todos los trastos, de las cajas, de las vidas y olores de los demás, pero se guardó para él aquella foto. Abrió el cajón de la mesa y la escondió como quien oculta un recuerdo. Ese recuerdo grabado en una fotografía, en un beso que nunca llegaría a recibir. Antes de cerrar el cajón, decidió que se convertiría en un ladrón de besos que no eran para él, pero que se habían perdido por el camino. Les daría cobijo y los trataría como si él fuera el destinatario, para que no perdiesen el sentido, para que muriesen en alguien.
"La guardo, por si nunca me mandan uno..."
Almost Famous (Casi Famosos)
Lo Dice
M€
on martes, mayo 19, 2009
No sé si alguien me puede explicar qué halo extraño rodea a los famosos. No me generan ningún respeto especial los que salen por la tele. No me parecen ni mejores, ni más guapos (pfff) ni más inteligentes que yo. Por tanto, no creo que les deba un especial respeto.
Ese respeto que sí se les tributa en la calle. Es pasar un famoso (por no decir “conocidillo”) por tu lado y se forma un revuelo; quizás no se para el tráfico, pero ves como la gente a tu alrededor se lanza miraditas, coditos y chorradas por el estilo. Y eso sólo porque salen por la tele. Estoy seguro de que si pasara a su lado un buen escritor o un Nobel de física, ni le mirarían.
El caso es que nos encontrábamos una representación del Grupo 33 paseando por la pradera de San Isidro; entre bocatas y cervezas, sentados en una mesa y unas sillas de plástico puestas para la ocasión, divisamos en la lejanía a tres hombres y una dama. Los tres hombres eran Nancho Novo, Povedilla el de "Los hombres de Paco" y un tío grueso de canas en su poco pelo y en la barba al que conocíamos pero no reconocíamos. La dama, una venus digna de admirar; un cuerpo que se meneaba entre chulapos y gitanos, entre calamares y chinchones, entre la noche y los focos que alumbraban aquella fiesta capitalina.
Morena (así la reconocimos a ella: “Joder, mira la morena esa”), acompañaba el paso de los tres famosos desprendiendo más luces de la que ellos jamás recibieron sobre un escenario. Pasaron cerca de nosotros y se sentaron a unas tres mesas de nosotros (en la pradera las distancias se miden por mesas).
En ese momento, surgió el reto. “Eh, ¿nos acercamos y les decimos algo a los famosos?”. “Yo voy, si queréis, porque a Nancho Novo le puedo rallar con que es del Depor, yo del Celta y convertirme en un personaje pesado y odioso”, espeté. “¿Más pesado y odioso de lo habitual?”, inquirió una femenina voz. “Más, incluso, si eso es posible”, agregué seguro de no mentir. Pero ahí apareció la inspiración de un joven muchacho. El cielo, ya ennegrecido, soltó un rayo de lucidez que se abrió paso entre el humo de los extractores de los puestos que reinaban a nuestro alrededor e impactó en la cabeza del joven.
Aquel joven era Carlos Pozuelo, la Voz. “Lo que estaría genial sería acercarse a los famosos y decirles: ‘¿Os importa que me saque una foto?’, y cuando te dijesen que sí, decir: ‘Vale, ¿pues me podéis sacar una con ella?’, y ponerse al lado de la morena para que ellos te saquen la foto”. Ante el reconocimiento general de que esa sería la gran escena de humor, yo, que soy una persona necesitada del afecto ajeno (por eso me acuesto con todos los chicos que de dicen que tengo unos ojos preciosos), me ofrecí voluntario para llevar a cabo tal hazaña humorística.
Hubo dudas. Nadie confiaba en mí. Se reían. Decían: “No eres capaz”. En ese momento, me levanté y me encaminé hacia los famosos y la morena. Y esto fue lo que pasó:
Mauro: Hola, perdonad. Bueno, nada, quería saludaros y tal. Nancho, ¿qué tal? Soy gallego, como tú, pero de Vigo y del Celta…
Nancho Novo: (Mientras aprieta mi mano varonilmente) Qué tal, no pasa nada, hombre, nadie es perfecto.
Mauro: Povedilla, eres un crack.
Povedilla: (Mientras no aprieta varonilmente mi mano) Mmmmm, sí, gracias.
Mauro: (Dirigiéndose al hombre famoso grueso) Bueno, y tú estábamos hablando de que te conocíamos, pero no estamos seguros de qué.
Grueso: (Mientras aprieta varonilmente mi mano) No, yo no soy nadie.
Nancho Novo: Él no es famoso, sólo hace tonterías, jajajaja.
Grueso: Sí, jajajaja, sólo tonterías.
Mauro: Pues nada, era para saber si me podía sacar una foto…
Todos: Claro, hombre, claro.
Mauro: Vale, ¿pues me la sacáis con ella?
Todos: Claro, claro, (algarabía, júbilo y alegría por una coña tan buena), jajajaja.
Nancho Novo: Estos de Vigo, cómo son…
Así que acudí hasta ella. Su cabello me rozó por un instante la mano y pensé que me había enamorado. Luego me di cuenta que lo que me había rozado era Povedilla y me desenamoré al momento. Me senté a su lado. “¿Te importa?”, le pregunté mientras mi brazo prácticamente rodeaba ya su espalda. “No, claro, estás muy bueno”, dijo ella. Vale, sólo dijo lo de “No, claro”. Le di a Nancho mi móvil para hacer la foto pero… válgame Dios, ¡no funcionaba!
Cuando mi sueño se esfumaba, cuando mi corazón empezaba a romperse en mil pedazos y mis esperanzas de que ella fuese la madre de mis hijos desaparecían detrás de un gordo que vendía salchichas, Carlos apareció presto con su I-Phone (o I-Stone) gritando: “¡Yo tengo una cámara! ¡Yo tengo una cámara!”. Y ahí sí, me enfundé un gorro de vaquero que le pertenecía a ella para tener más sexappeal (si cabe) y por fin mi sueño se hizo realidad. No sólo completaba un excelente gag delante de los que lo suelen hacer y, además, les pagan por ello, sino que también grababa de alguna manera, en mi mente y en un I-Phone, la noche en la que me enamoré de una morena.
Ay, qué tendrán las morenas…
A continuación, un documento gráfico que atestigua la hazaña aquí narrada más o menos según ocurrió. Ay, omá.

P.D: Gracias, Carlos, sin tu privilegiada cabeza y sin tu privilegiado móvil, esto no hubiese sido posible.
Ese respeto que sí se les tributa en la calle. Es pasar un famoso (por no decir “conocidillo”) por tu lado y se forma un revuelo; quizás no se para el tráfico, pero ves como la gente a tu alrededor se lanza miraditas, coditos y chorradas por el estilo. Y eso sólo porque salen por la tele. Estoy seguro de que si pasara a su lado un buen escritor o un Nobel de física, ni le mirarían.
El caso es que nos encontrábamos una representación del Grupo 33 paseando por la pradera de San Isidro; entre bocatas y cervezas, sentados en una mesa y unas sillas de plástico puestas para la ocasión, divisamos en la lejanía a tres hombres y una dama. Los tres hombres eran Nancho Novo, Povedilla el de "Los hombres de Paco" y un tío grueso de canas en su poco pelo y en la barba al que conocíamos pero no reconocíamos. La dama, una venus digna de admirar; un cuerpo que se meneaba entre chulapos y gitanos, entre calamares y chinchones, entre la noche y los focos que alumbraban aquella fiesta capitalina.
Morena (así la reconocimos a ella: “Joder, mira la morena esa”), acompañaba el paso de los tres famosos desprendiendo más luces de la que ellos jamás recibieron sobre un escenario. Pasaron cerca de nosotros y se sentaron a unas tres mesas de nosotros (en la pradera las distancias se miden por mesas).
En ese momento, surgió el reto. “Eh, ¿nos acercamos y les decimos algo a los famosos?”. “Yo voy, si queréis, porque a Nancho Novo le puedo rallar con que es del Depor, yo del Celta y convertirme en un personaje pesado y odioso”, espeté. “¿Más pesado y odioso de lo habitual?”, inquirió una femenina voz. “Más, incluso, si eso es posible”, agregué seguro de no mentir. Pero ahí apareció la inspiración de un joven muchacho. El cielo, ya ennegrecido, soltó un rayo de lucidez que se abrió paso entre el humo de los extractores de los puestos que reinaban a nuestro alrededor e impactó en la cabeza del joven.
Aquel joven era Carlos Pozuelo, la Voz. “Lo que estaría genial sería acercarse a los famosos y decirles: ‘¿Os importa que me saque una foto?’, y cuando te dijesen que sí, decir: ‘Vale, ¿pues me podéis sacar una con ella?’, y ponerse al lado de la morena para que ellos te saquen la foto”. Ante el reconocimiento general de que esa sería la gran escena de humor, yo, que soy una persona necesitada del afecto ajeno (por eso me acuesto con todos los chicos que de dicen que tengo unos ojos preciosos), me ofrecí voluntario para llevar a cabo tal hazaña humorística.
Hubo dudas. Nadie confiaba en mí. Se reían. Decían: “No eres capaz”. En ese momento, me levanté y me encaminé hacia los famosos y la morena. Y esto fue lo que pasó:
Mauro: Hola, perdonad. Bueno, nada, quería saludaros y tal. Nancho, ¿qué tal? Soy gallego, como tú, pero de Vigo y del Celta…
Nancho Novo: (Mientras aprieta mi mano varonilmente) Qué tal, no pasa nada, hombre, nadie es perfecto.
Mauro: Povedilla, eres un crack.
Povedilla: (Mientras no aprieta varonilmente mi mano) Mmmmm, sí, gracias.
Mauro: (Dirigiéndose al hombre famoso grueso) Bueno, y tú estábamos hablando de que te conocíamos, pero no estamos seguros de qué.
Grueso: (Mientras aprieta varonilmente mi mano) No, yo no soy nadie.
Nancho Novo: Él no es famoso, sólo hace tonterías, jajajaja.
Grueso: Sí, jajajaja, sólo tonterías.
Mauro: Pues nada, era para saber si me podía sacar una foto…
Todos: Claro, hombre, claro.
Mauro: Vale, ¿pues me la sacáis con ella?
Todos: Claro, claro, (algarabía, júbilo y alegría por una coña tan buena), jajajaja.
Nancho Novo: Estos de Vigo, cómo son…
Así que acudí hasta ella. Su cabello me rozó por un instante la mano y pensé que me había enamorado. Luego me di cuenta que lo que me había rozado era Povedilla y me desenamoré al momento. Me senté a su lado. “¿Te importa?”, le pregunté mientras mi brazo prácticamente rodeaba ya su espalda. “No, claro, estás muy bueno”, dijo ella. Vale, sólo dijo lo de “No, claro”. Le di a Nancho mi móvil para hacer la foto pero… válgame Dios, ¡no funcionaba!
Cuando mi sueño se esfumaba, cuando mi corazón empezaba a romperse en mil pedazos y mis esperanzas de que ella fuese la madre de mis hijos desaparecían detrás de un gordo que vendía salchichas, Carlos apareció presto con su I-Phone (o I-Stone) gritando: “¡Yo tengo una cámara! ¡Yo tengo una cámara!”. Y ahí sí, me enfundé un gorro de vaquero que le pertenecía a ella para tener más sexappeal (si cabe) y por fin mi sueño se hizo realidad. No sólo completaba un excelente gag delante de los que lo suelen hacer y, además, les pagan por ello, sino que también grababa de alguna manera, en mi mente y en un I-Phone, la noche en la que me enamoré de una morena.
Ay, qué tendrán las morenas…
A continuación, un documento gráfico que atestigua la hazaña aquí narrada más o menos según ocurrió. Ay, omá.
P.D: Gracias, Carlos, sin tu privilegiada cabeza y sin tu privilegiado móvil, esto no hubiese sido posible.
Brasil (Y III)
Lo Dice
M€
on jueves, mayo 14, 2009
Virada Cultural. Sao Paulo. Ya dije que el centro de la ciudad era un lugar poco recomendable... salvo cuando se celebra la Virada Cultural. Ese fin de semana, Sao Paulo abre sus puertas y el centro histórico se convierte, más o menos, en un parque temático de ocio. Dicen que es la mejor ocasión para visitarlo porque hay policía y los pobres y los ricos olvidan sus diferencias económicas, vitales y morales para unirse en esa celebración.
IP y yo sólo estuvimos el domingo, desde las 11 de la mañana hasta las 7 de la tarde, más o menos. Nos recorrimos todas las calles mientras los edificios nos resguardaban y nos recordaban que, a pesar de todo, seguíamos inmersos en una ciudad capital. Las aceras mostraban los recuerdos del sábado, un día que, por lo visto, había sido muy largo. Restos de cervezas, botellas, papeles, cigarros, personas... todo adornaba nuestro paso algo impresionado por el espectáculo. De esta manera vivimos nuestra particular Virada:
Llegamos a la plaza de la República. Gente. Mucha gente. Avanzamos entre ellos. Llegamos a un parque impulsados por un concierto. Es rock. Cientos de personas abarrotan el parque. Todos conocen las canciones. Parecen muy conocidas. Nosotros no las conocemos. Nos abrimos paso entre la gente y nos vamos. Salimos del parque. Atravesamos calles. Otro concierto. Música hip hop. Nos miramos. Saltamos. Nos reímos por nada, pero de todo. De la situación. Viramos hacia otro lado. Paseamos. Los edificios nos saludan a nuestro paso. "Para, una foto". Cruzamos un puente. "Sao Paulo es demasiado grande". Nos tiramos en un cesped. Unos hombres de negro susurran cosas. Un hombre de negro susurra a una estatua.
Un hombre de negro susurra a IP. Yo no lo veo, estoy borrando fotos. Baños públicos. Olor intenso. Restos de pis. Viramos. La Facultad de Derecho está invadida por un dj. Gente pasada. "Una caipirinha, por favor". Un niño baila con un pasado. "Estos padres...". Foto. Foto. La Catedral. Hay misa, pero sacamos más fotos. Nos sentamos. Estamos rodeados de mendigos. "Claro que tengo un cigarro, toma". Comemos. Más música. Paramos. Saltamos. IP baila. Yo no. Estamos rodeados. De edificios y de gente. Nos vamos. Comemos. Nos sentamos. En una pantalla un viejo toca con su grupo de viejos. Conocemos a unas brasileñas. "Qué lindo. Dadme vuestro móvil y os llamo". Nos despedimos. Adiós, Virada.
Últimos dos días. El lunes fui (yo solo, como un machote) hasta la Universidad. Recogí a IP y visitamos el parque de Ibirapuera, una especie de Retiro a lo grande. Y eso que nos habíamos comido un chaparrón una hora antes, pero la tregua del cielo nos sirvió para poder pasear por una ínfima parte del parque. El día no dio para mucho más. ¿Por qué? Pues porque, además de anochecer a las 5 de la tarde, no encontramos el Banespa, una de las torres más altas de Sao Paulo. ¿Qué hicimos? Dejarlo para el día siguiente...
Así es. El martes, mi último día en Sao Paulo, mi despedida de Brasil, lo coronamos desde lo alto de la ciudad. Desde la torre Banespa te das cuenta de la inmensidad de la ciudad. Kilómetros de tierra cubierta por asfalto, edificios y el desorden y el caos que parece reinar allí. "¿Cómo puedo estar viviendo en esta ciudad?". Después, visitamos el estadio de Pacaembú, del Corinthians, donde dos días antes se habían proclamado campeones del campeonato paulista ante el Santos. En cuanto el vigilante nos echó de allí, comenzó la cuenta atrás.
Despedida y cierre. El tiempo jugó su papel (como siempre) y tocó viaje de vuelta. Entre el autobús y el metro se quedaron escondidas las fotos de diez días que duraron menos de lo que hubiésemos esperado. Las horas se convirtieron en una cuerda que ató cada una de las imágenes a nuestras sombras y se quedaron a dormir allí, en (I)Sao Paulo.
Brasil duró diez días. Sólo diez días. Pero merecieron la pena.
P.D: ¡Gracias, IP!
Antonio Vega
Lo Dice
M€
on martes, mayo 12, 2009
Bueno, interrumpo la "saga" de los brasiles para colgar unos vídeos de Antonio Vega, que ha muerto hoy a los 51 años. La verdad es que las últimas veces que le había visto en la televisión parecía más una señora vieja que un hombre enfermo, pero me ha sorprendido bastante su muerte.
Acabo de escuchar que ya, en el año 92, le hicieron un disco homenaje porque decían que se estaba muriendo. Y hasta hoy.
Siempre nos quedarán sus décimas de segundo en las que había una lucha de gigantes en el sitio de su recreo, las estaciones donde esperaba nada pero en las que confíaba ver a la chica de ayer. De hierro y de seda, se dejó llevar mirándonos a los ojos mientras pasaba el otoño en Madrid, la ciudad en la que pasó 1001 noches con Marga y con un ángel de Orión. Siempre a medio camino y condenado a trabajos forzados, tuvo escapadas con Curro el Palmo, inyectándose el amor en vena y preguntándose cómo hablar en su habitación. Siempre tendrá su hogar en cualquier sitio, y hoy en este blog.
Acabo de escuchar que ya, en el año 92, le hicieron un disco homenaje porque decían que se estaba muriendo. Y hasta hoy.
Siempre nos quedarán sus décimas de segundo en las que había una lucha de gigantes en el sitio de su recreo, las estaciones donde esperaba nada pero en las que confíaba ver a la chica de ayer. De hierro y de seda, se dejó llevar mirándonos a los ojos mientras pasaba el otoño en Madrid, la ciudad en la que pasó 1001 noches con Marga y con un ángel de Orión. Siempre a medio camino y condenado a trabajos forzados, tuvo escapadas con Curro el Palmo, inyectándose el amor en vena y preguntándose cómo hablar en su habitación. Siempre tendrá su hogar en cualquier sitio, y hoy en este blog.
Brasil (II)
Lo Dice
M€
on sábado, mayo 09, 2009
Salvador de Bahía. El lunes iniciamos el viaje hacia Salvador de Bahía. Desde el avión, ya descifrabas perfectamente la vista de la ciudad: costa con edificios a lo Benidorm y una concentración de favelas que impresionaba bastante. Nos hospedamos en una pousada limpita y aseada (salvo por la extraña invasión momentánea de hormigas...) del afable Ailton, un brasileño cordial y servil como el que más. Desayunos contundentes de frutas, bollos y embutido (a ver, no en plan hotel 5 estrellas, pero bien) y en la zona histórica. Y es que eso es lo que hay que visitar allí.
Pelourinhame la vida
El martes por la noche, las calles se vistieron de fiesta y de grupos de percusión (masculinos y femeninos, ay omá) que hacían retumbar los tambores por toda la zona. También presenciamos un concierto en la Escadaría do Passo: el inefable Gerónimo (con pluma azul en la cabeza) y su orquesta Mont Serrat.
Probamos platos típicos como la moqueca y descendimos a la parte baja de la ciudad en el funiculí funicular. Para subir, lo mejor es el elevador Lacerda, un ascensor puro y duro que conecta el puerto con la zona antigua.
Morro de Sao Paulo. Hartos de ciudades y turismo estresante, nos embarcamos hacia Morro de Sao Paulo, una isla semi paradisiaca donde disfrutamos del sol, la playa y la presencia de un amiguito que la primera hora de estancia allí nos persiguió buscando la recompensa de la limosna, a pesar de la insistencia de IP en que ni le necesitábamos ni le íbamos a pagar un céntimo de real por su compañía.
Esta vez, la pousada a pie de playa, con terraza y hamaca incluída, en la Segunda Playa. Y es que allí no se complicaron la vida; que tenemos cuatro playas, pues primera, segunda, tercera y cuarta playa. A partir de la quinta, eso sí, ya tienen nombrecitos.
Esos tres días ganamos en relax, en morenez (o rojez en mi caso) y perdimos toda la calma acumulada con el viaje de vuelta.
Brasil tiene un problema: no saben informar. Nosotros no lo sabíamos y confiamos en que era verdad que volver desde la isla hasta Salvador nos llevaría entre una hora y media y dos horas... ¡MENTIRA! El resultado, después de viajar en barco, en coche estropeado de un fulano que nos recomendaron los del propio barco y en taxi, llegamos al aeropuerto 20 minutos antes de la salida de nuestro avión. Claro, como estábamos en Brasil y era una compañía nueva, no hubo el más mínimo problema: nos abrieron de nuevo el vuelo y embarcamos justo antes de despegar (que aprenda Iberia con sus tonterías y sus "te cobro la comida porque soy asquerosa").
Derrotados por un viaje que nos dejó en casa casi diez horas después (vamos, otro Madrid Sao Paulo...), sucumbimos al cansancio y dejamos la Virada Cultural de Sao Paulo para el domingo.
Y yo la dejo para el próximo post (que será el último, tranquilos...).
El Pelourinho, antes inaccesible por la delincuencia, se ha convertido en un lugar extremadamente seguro gracias a la presencia constante de policía, lo que no quita que no paren de abordarte hombres para venderte cosas, meninos da rua para que les compres comida (que luego intercambian por drogaína, que os tenemos calados...) y que si te sales un poco de la ruta te puedas ver demasiado cerca del abismo. Así nos pasó a IP y a mí, que nos empeñamos en llegar a pie al Faro de Barra y sobrepasamos con éxito una zona de favelas, pero regresamos medio cagados por lo que pudo ser y no fue.
El martes por la noche, las calles se vistieron de fiesta y de grupos de percusión (masculinos y femeninos, ay omá) que hacían retumbar los tambores por toda la zona. También presenciamos un concierto en la Escadaría do Passo: el inefable Gerónimo (con pluma azul en la cabeza) y su orquesta Mont Serrat.
Probamos platos típicos como la moqueca y descendimos a la parte baja de la ciudad en el funiculí funicular. Para subir, lo mejor es el elevador Lacerda, un ascensor puro y duro que conecta el puerto con la zona antigua.
Morro de Sao Paulo. Hartos de ciudades y turismo estresante, nos embarcamos hacia Morro de Sao Paulo, una isla semi paradisiaca donde disfrutamos del sol, la playa y la presencia de un amiguito que la primera hora de estancia allí nos persiguió buscando la recompensa de la limosna, a pesar de la insistencia de IP en que ni le necesitábamos ni le íbamos a pagar un céntimo de real por su compañía.
Esta vez, la pousada a pie de playa, con terraza y hamaca incluída, en la Segunda Playa. Y es que allí no se complicaron la vida; que tenemos cuatro playas, pues primera, segunda, tercera y cuarta playa. A partir de la quinta, eso sí, ya tienen nombrecitos.
Esos tres días ganamos en relax, en morenez (o rojez en mi caso) y perdimos toda la calma acumulada con el viaje de vuelta.
Brasil tiene un problema: no saben informar. Nosotros no lo sabíamos y confiamos en que era verdad que volver desde la isla hasta Salvador nos llevaría entre una hora y media y dos horas... ¡MENTIRA! El resultado, después de viajar en barco, en coche estropeado de un fulano que nos recomendaron los del propio barco y en taxi, llegamos al aeropuerto 20 minutos antes de la salida de nuestro avión. Claro, como estábamos en Brasil y era una compañía nueva, no hubo el más mínimo problema: nos abrieron de nuevo el vuelo y embarcamos justo antes de despegar (que aprenda Iberia con sus tonterías y sus "te cobro la comida porque soy asquerosa").
Derrotados por un viaje que nos dejó en casa casi diez horas después (vamos, otro Madrid Sao Paulo...), sucumbimos al cansancio y dejamos la Virada Cultural de Sao Paulo para el domingo.
Y yo la dejo para el próximo post (que será el último, tranquilos...).
Brasil (I)
Lo Dice
M€
on miércoles, mayo 06, 2009
Viernes. Despegue y aterrizaje. Mi viaje ya había empezado semanas antes de la fecha que mi billete indicaba. Entre consejos, lecturas, búsquedas en Google e imágenes, parte del trayecto hasta Brasil ya lo había completado antes de montarme en el avión. Fue quizás por eso que las diez horas de vuelo se pasaron volando (y nunca mejor dicho...). En la memoria sólo tienen espacio para persistir imágenes fugaces de momentos que se quedaron atrapados entre la ventanilla del avión y mi cabeza. La música que retumbaba mis oídos en los primeros kilómetros, sobrevolar África o tratar de averiguar cual era la línea real que separaba en algunos momentos el cielo del mar; ambos azules, se confundían en la realidad, y seguramente era la trayectoria del vuelo la única capaz de discernir entre ambos, la única que podía indicar que no estaba ante un reflejo, sino ante dos mundos diferentes.
Casi once horas después y sumido en la noche brasileña que representaban las seis y media de la tarde, Sao Paulo hacía acto de presencia; y lo hacía convertido en una bestia formada por luces ínfimas que no encontraban el final ni siquiera en el tope que marcaba el horizonte. Una sensación corroborada los días posteriores: Sao Paulo es inabarcable, inconcebible para un gallego de provincias, asusta e impresiona por igual, tanto desde el cielo como desde el asfalto que cubre sus calles. Cualquiera que pretenda aterrizar y ser el mismo día, lo tiene muy complicado. En esos minutos en los que recorrimos el cielo paulista fui capaz de entender las sensanciones de las que IP nos hablaba y que necesitas palpar para asumir por completo.
Después de los procedimientos pertinentes y pesados (desembarco, vueltas en círculos por la terminal, control de pasaporte interminable, recogida de maleta...), IP me recogió y comenzamos el larguísimo camino hasta su casa. Lo peor era la sensación de que allí, en Sao Paulo, la tarde empezaba, a pesar de que la luz nos decía que hacía horas que se había marchado, mientras para mí eran ya las once y pico de la noche de un día demasiado largo como para concederle más minutos. El resultado, morir al encontrar un techo y despedirse de la ciudad hasta el día siguiente.
Sábado. La luz del día no hizo variar las impresiones del día anterior; sólo los trayectos en autobús y metro hasta el centro te acercaban a la idea de lo complicada que puede ser la vida allí, lo difícil que debe ser mantener una rutina descansada al verse siempre intoxicada por un estrés que duplica, por mil razones, el de otras grandes ciudades. Sólo los números y los datos ya asustan: la más grande de Brasil y entre las más grandes del mundo, más de 18 millones de habitantes, centro cultural y financiero del país...
El primer contacto con Sao Paulo fue el centro histórico; un centro que de día tiene vida, rascacielos y el movimiento laboral propio de una gran capital. Por el contrario, la noche lo convierte en una de las zonas peligrosas y en las que no es muy recomendable estar cuando oscurece. Los edificios adornan las calles dando una imagen de ciudad europea o norteamericana, sin encontrar las manidas referencias al Brasil que se nos presenta en la mente habitualmente. Eso sí, muchos de estos edificios están completamente abandonados, vacíos por dentro. La gente rica de la ciudad los fue abandonando al paso que esa zona aumentaba en peligrosidad y ahora son una cicatriz en el esbelto cuerpo de una modelo de alta costura.
Acompañados por Livia, amiga brasileña de IP, lo recorrimos por completo y nos desviamos por algunos de los barrios pijos, que destacan por sus altos edificios rodeados de vallas y controles de seguridad para acceder. La visita terminó comiendo un escondidinho y probando la cerveza brasileña (lo más parecido a una clara embotellada que te puedas imaginar).
Por la noche cenamos en Vila Madalena (creo que se llamaba así) en el Salve Jorge con Sandra, una chica de Madrid, y Joao, un paulista con canas y muchas cosas interesantes que contar y que decir. Después, un local con música en directo (en plan samba o algo así) y algunos bailes que pude observar desde el púlpito que me suelo montar en los sitios donde no acostumbro a ir.

Domingo. El día dio para poco, ya que el lunes volábamos hasta Salvador de Bahía y sólo pudimos cubrirlo con una cita indispensable en esa ciudad, pasear por la Avenida Paulista. En ella, de nuevo altos edificios que entremezclan estilos y tonalidades y que ocultan en sus sombras casas nobles y edificios por construir, un paisaje habitual de la ciudad.
Casi once horas después y sumido en la noche brasileña que representaban las seis y media de la tarde, Sao Paulo hacía acto de presencia; y lo hacía convertido en una bestia formada por luces ínfimas que no encontraban el final ni siquiera en el tope que marcaba el horizonte. Una sensación corroborada los días posteriores: Sao Paulo es inabarcable, inconcebible para un gallego de provincias, asusta e impresiona por igual, tanto desde el cielo como desde el asfalto que cubre sus calles. Cualquiera que pretenda aterrizar y ser el mismo día, lo tiene muy complicado. En esos minutos en los que recorrimos el cielo paulista fui capaz de entender las sensanciones de las que IP nos hablaba y que necesitas palpar para asumir por completo.
Después de los procedimientos pertinentes y pesados (desembarco, vueltas en círculos por la terminal, control de pasaporte interminable, recogida de maleta...), IP me recogió y comenzamos el larguísimo camino hasta su casa. Lo peor era la sensación de que allí, en Sao Paulo, la tarde empezaba, a pesar de que la luz nos decía que hacía horas que se había marchado, mientras para mí eran ya las once y pico de la noche de un día demasiado largo como para concederle más minutos. El resultado, morir al encontrar un techo y despedirse de la ciudad hasta el día siguiente.
Sábado. La luz del día no hizo variar las impresiones del día anterior; sólo los trayectos en autobús y metro hasta el centro te acercaban a la idea de lo complicada que puede ser la vida allí, lo difícil que debe ser mantener una rutina descansada al verse siempre intoxicada por un estrés que duplica, por mil razones, el de otras grandes ciudades. Sólo los números y los datos ya asustan: la más grande de Brasil y entre las más grandes del mundo, más de 18 millones de habitantes, centro cultural y financiero del país...
El primer contacto con Sao Paulo fue el centro histórico; un centro que de día tiene vida, rascacielos y el movimiento laboral propio de una gran capital. Por el contrario, la noche lo convierte en una de las zonas peligrosas y en las que no es muy recomendable estar cuando oscurece. Los edificios adornan las calles dando una imagen de ciudad europea o norteamericana, sin encontrar las manidas referencias al Brasil que se nos presenta en la mente habitualmente. Eso sí, muchos de estos edificios están completamente abandonados, vacíos por dentro. La gente rica de la ciudad los fue abandonando al paso que esa zona aumentaba en peligrosidad y ahora son una cicatriz en el esbelto cuerpo de una modelo de alta costura.
Acompañados por Livia, amiga brasileña de IP, lo recorrimos por completo y nos desviamos por algunos de los barrios pijos, que destacan por sus altos edificios rodeados de vallas y controles de seguridad para acceder. La visita terminó comiendo un escondidinho y probando la cerveza brasileña (lo más parecido a una clara embotellada que te puedas imaginar).
Por la noche cenamos en Vila Madalena (creo que se llamaba así) en el Salve Jorge con Sandra, una chica de Madrid, y Joao, un paulista con canas y muchas cosas interesantes que contar y que decir. Después, un local con música en directo (en plan samba o algo así) y algunos bailes que pude observar desde el púlpito que me suelo montar en los sitios donde no acostumbro a ir.
Domingo. El día dio para poco, ya que el lunes volábamos hasta Salvador de Bahía y sólo pudimos cubrirlo con una cita indispensable en esa ciudad, pasear por la Avenida Paulista. En ella, de nuevo altos edificios que entremezclan estilos y tonalidades y que ocultan en sus sombras casas nobles y edificios por construir, un paisaje habitual de la ciudad.
Misión Imposible
Lo Dice
M€
on domingo, abril 19, 2009
Puerta del Sol. Jueves, 16 de abril del 2009. Seis de la tarde. Caras, miles de caras que no dejan de pasar, indiferentes a las demás. Cada una con su correspondiente cuerpo, que se roza levemente con los demás a su paso. Un paso cada vez más acelerado. Pasos cortos, largos, lentos, veloces, despistados, inexistentes. Gente parada. Esperas de minutos, de horas, de segundos, de pie, apoyadas sobre los edificios que los rodean, sentadas en los bordillos de los escaparates que reflejan el paso de las caras y de sus manos. Algunas abiertas, otras cerradas como puños, pocas entrelazadas por los dedos que acompasan los pasos de las caras que sí se reconocen en el camino. Caminos de ida, de vuelta, horizontales, verticales, transversales, rectos o torcidos que esquivan los pasos de las caras que no se miran a los ojos. Miradas perdidas, clavadas en otros, esquivas a los peligros que se esconden entre los pasos de las caras y sumergidas en la música. Una orquesta, unos mexicanos, un mp3 que deja escapar un estribillo, un teléfono móvil que no suena, otro que reproduce las conversaciones de las caras que pasan al lado de otras caras que rápidamente olvidan. Olvidos, recuerdos de otros días, imágenes que ya no existen de aquellos pasos y de aquellas esperas y de aquellas manos y de aquellas caras que nunca llegaron a grabarse bien en la memoria. Memoria histórica en las fotos y en los nombres de las calles. Monteras, sombreros, zatatos y pantalones de tergal. Bastones, bigotes y vidas en blanco y negro. Y caras, muchas caras. Y pasos, miles de pasos. Y una misión imposible: sacarse una foto al lado del oso y el madroño.
Diógenes
Lo Dice
M€
on miércoles, abril 15, 2009
Siempre he sido muy aprensivo. Soy de esas personas que escucha por la tele que una enfermedad se está extendiendo por el mundo y, acto seguido, se ve con todos los síntomas de la misma. La voz en off dice "los enfermos suelen perder el sentido del olfato, progresivamente notan el debilitamiento de sus músculos y se les emborrona la visión...". Yo, automáticamente, me autoanalizo y me doy cuenta de que últimamente no soy capaz de oler bien las cosas, que soy muy débil y me noto cansado y que de vez en cuando veo borroso. A los dos días ya me doy cuenta de que estaba medio acatarrado y que tenía que cambiar las lentillas... Pero hay una enfermedad que tengo seguro: el síndrome de Diógenes. Estos días en Vigo me han abierto los ojos definitivamente. Acumulo cosas en mi habitación; cajas llenas de historias y de objetos que no tienen el más mínimo valor material que copan mis estanterías y muebles. Soy incapaz de deshacerme de ellas, y menos de lo que contienen. Es un extraño amor por las cajas. Cuando me compraba unos zapatos o unos tenis (o ténises), la dependienta me preguntaba: "¿Quieres la caja?"; yo, sin dudarlo, asentía con la cabeza al tiempo que mis ojos dejaban escapar el brillo de la felicidad.
En un principio, esas cajas las destiné para guardar las cintas de cassette (o casete). Después, me servían como refugio para aquellos objetos con cierto simbolismo en mi vida: un papel, una entrada, un lazo, un bolígrafo... Quizás su utilidad más eficiente era la de guardar las revistas que coleccionaba con afán de poder enseñárselas décadas después a otros espectadores enfermos del mismo síndrome y que pensasen: "Uau, una revista en la que sale Valderrama con la camiseta del Valladolid...".
Estos días, por azar o más bien por tener que buscar algún documento importante, me sumergí de nuevo entre esas cajas. Lo malo fue que tuve que obligarme a parar un rato en cada una de ellas para recrearme en cada una de las sensaciones que me invadían con cada nueva apertura. Por ejemplo, recuperé mi walkman y me pasé un rato escuchando aquellas cintas grabadas con esmero hace más de diez años, que me recordaban quién era, qué era o qué quería pensar que era (admito que tenía grabada en una cinta la canción de "Laura no está" de Nek; no sé qué coño pretendía ser, a lo mejor un italiano flipado).
Pero lo peor, lo que me convenció definitivamente de que sufría una grave enfermedad, fue la caja que está debajo de mi mesilla. Es una cajonera de cartón, de esas que te compras en una papelería y de tamaño bastante importante que no suelo abrir mucho. Eso sí, siempre que pienso dónde estará tal cosa, es el primer sitio al que acudo. Cuando levanté la tapa, el pasado me cegó. Era una metacaja que guardaba más cajas en su interior. Una matriuska rectangular que da cobijo al pasado. Además, miles de pequeños objetos rellenaban los huecos vacíos de la cajonera.
En un intento por encontrar lo que buscaba, me sumergí entre aquellas miles de referencias a mi vida. Eran objetos que, sin duda, se habían perdido en el olvido y que su significado ya era incomprensible, en muchos casos. Tarjetas de felicitación de mis 18 años escritas por personas a las que no he vuelto a ver, carteras que me sirvieron como acumuladoras de papeles (que representaban mis inicios en el mundo diogenesco), muñecos que salían de cajas de cereales con los que jamás intercambié ni un solo minuto o gafas de sol con las que viajé 19 horas en autobús hasta Andorra en mis primeros contactos con la nieve. Y dentro de las cajas... pues en algunos casos, más cajas, más pequeñas y algunas incluso vacías; en otros, cartas de fútbol que guardo desde primero de BUP; o las fichas del equipo de fútbol de la Universidad en mi último año; incluso algunas fotos que me preguntaban cómo las había abandonado allí durante tantos años si algunas de ellas decoraron mis cuartos en Santiago.
Serrat tenía razón cuando hablaba de aquellas pequeñas cosas, pero no se daba cuenta de que estaba retratando el inicio de la enfermedad más cruel, la del recuerdo.
Ay, si Diógenes levantara la cabeza...
Quiero Creer Que Creo Que...
Lo Dice
M€
on viernes, abril 10, 2009
Libros que hablan de la crisis de fe de un cura, películas en las que la vida y la muerte están por encima de la religión en un barrio repleto de jamones, monólogos en una capilla en Cambre... si es que está claro que estamos en Semana Santa.
La Semana Santa, ese conjunto de días que han perdido la referencia inicial a cambio del término "vacaciones". En esta época siempre nos recuerdan las historias de esas épocas en las que no se comía carne, no se bailaba, no se gritaba... vamos, que no se vivía. Parece que nos separan siglos, pero no, sólo unas décadas atrás las puertas y las ventanas de las casas se cerraban para recoger las creencias en un salón familiar.
Hoy, sólo se representan en los vestigios que sobreviven al paso del tiempo. Las televisiones proyectan películas religiosas y de romanos, la muchedumbre se echa a las calles para soltar llantos por imágenes de madera que pesan más que las conciencias de los que las persiguen y alguno que otro refleja sus creencias en un foro tan poco común como es el Facebook.
Lo que decía al principio, las crisis de fe, las películas sobre la vida y la muerte o los monólogos de capilla han regado mi particular Semana Santa. Sólo esos tres acontecimientos me han despegado más (si cabe) de este mundo religioso que otros viven con fervor. Y como siempre esas imágenes de la televisión, que nos enseñan un sur de España donde la exaltación de la madera arranca a las personas de la cruda realidad de sus vidas. Desde hace meses se preparan los costaleros, las polémicas de siempre con la entrada de las mujeres en determinadas cofradías (si es que la religión es igualdad ante todo y ante todos, por lo que parece...) o las madrugadas ahogadas en llantos; yo, desde el norte, con algunas portadas de periódicos que me sorprenden con el café en la mesa, me alejo un poco más de todo aquello.
Y los curas hablando del amor. Pero ¿de qué amor? Pues del de la pareja, del de los recién casados, del que tienen que mantener en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe. Bueno, o el juzgado; o la aparición de otros; o de la vida, que es más complicada que subirse a un altar a dar la palabra real, la que nos guía, la única que, parece ser, existe y es válida. Palabras que resuenan en las paredes de las iglesias, entre preguntas ante las que la verdad es la mano más útil para responder con una bofetada en la mejilla de la fe del que cree tener la razón.
O un joven imberbe que se aprovecha de las viejas para agarrarles la mano y hablarlas de la eternidad y que desconoce qué es la vida, y que cree que la muerte es ese momento agridulce...
Alguna vez pensé que quería creer. Ahora me doy cuenta de que quiero creer que creo que no hace falta creer, por lo menos no como quieren que crea.
La Semana Santa, ese conjunto de días que han perdido la referencia inicial a cambio del término "vacaciones". En esta época siempre nos recuerdan las historias de esas épocas en las que no se comía carne, no se bailaba, no se gritaba... vamos, que no se vivía. Parece que nos separan siglos, pero no, sólo unas décadas atrás las puertas y las ventanas de las casas se cerraban para recoger las creencias en un salón familiar.
Hoy, sólo se representan en los vestigios que sobreviven al paso del tiempo. Las televisiones proyectan películas religiosas y de romanos, la muchedumbre se echa a las calles para soltar llantos por imágenes de madera que pesan más que las conciencias de los que las persiguen y alguno que otro refleja sus creencias en un foro tan poco común como es el Facebook.
Lo que decía al principio, las crisis de fe, las películas sobre la vida y la muerte o los monólogos de capilla han regado mi particular Semana Santa. Sólo esos tres acontecimientos me han despegado más (si cabe) de este mundo religioso que otros viven con fervor. Y como siempre esas imágenes de la televisión, que nos enseñan un sur de España donde la exaltación de la madera arranca a las personas de la cruda realidad de sus vidas. Desde hace meses se preparan los costaleros, las polémicas de siempre con la entrada de las mujeres en determinadas cofradías (si es que la religión es igualdad ante todo y ante todos, por lo que parece...) o las madrugadas ahogadas en llantos; yo, desde el norte, con algunas portadas de periódicos que me sorprenden con el café en la mesa, me alejo un poco más de todo aquello.
Y los curas hablando del amor. Pero ¿de qué amor? Pues del de la pareja, del de los recién casados, del que tienen que mantener en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe. Bueno, o el juzgado; o la aparición de otros; o de la vida, que es más complicada que subirse a un altar a dar la palabra real, la que nos guía, la única que, parece ser, existe y es válida. Palabras que resuenan en las paredes de las iglesias, entre preguntas ante las que la verdad es la mano más útil para responder con una bofetada en la mejilla de la fe del que cree tener la razón.
O un joven imberbe que se aprovecha de las viejas para agarrarles la mano y hablarlas de la eternidad y que desconoce qué es la vida, y que cree que la muerte es ese momento agridulce...
Alguna vez pensé que quería creer. Ahora me doy cuenta de que quiero creer que creo que no hace falta creer, por lo menos no como quieren que crea.
Tres Telediarios
Lo Dice
M€
on domingo, marzo 29, 2009
Bueno, miento, tres telediarios no, sino cuatro programas. Eso es lo que me queda en el mundo de Canal Plus. Si hace unos meses escribía aquí que me quedaban 170 horas, ese tiempo ya se ha consumido casi por completo para dejar paso a la última semana (que no voy a completar, porque el jueves es mi último día), a los últimos cuatro días, a los últimos cuatro programas, a las últimas 20 horas (si nos creemos la mentira de que sólo trabajo cinco horas diarias, claro).
Desde que me anunciaron que me renovaban la beca hasta el dos de abril, las cosas han cambiado bastante, la verdad. Si en el mes de enero aun no estaba cómodo con muchas cosas, la presión de las últimas horas aun me apretaba el cuello, el último mes y medio ha sido extremadamente relajado. No sé si es que ya te vas haciendo al ritmo, a la redacción, a la gente o a lo que quiere cada editor (por la tarde hemos sufrido el suplicio de alternar editores, cada uno con su forma de ver el programa, de enfocar la información, de distribuir el trabajo y de aumentar o reducir su cantidad), o quizás sea que sabes que te queda poco y te vas relajando... el caso es que en ese tiempo he visto las cosas desde fuera, sin presión.
Me he colocado en un plano exterior al de la redacción. Antes, intentaba sumergirme en ese mundo (bastante extraño y particular, lo puedo asegurar) y absorber lo que creía bueno, válido o beneficioso; al final, ya sólo me detenía para analizar a los redactores, para fijarme en cómo enfocaban ellos el trabajo, para ser crítico y no dar por hecho que lo que dice un 'superior' es lo que hay que hacer. Lo hacía como me mandaban, claro, pero pensando que esa no era la manera y con la poca carga de responsabilidad que conlleva esta frase: "Vale, el programa no es mío y me voy en nada, así que tú verás lo que hacéis con vuestro futuro".
También me ha servido para saturarme de algunas cosas. De una extraña extraña obsesión por el deporte pero no desde la visión informativa, sino desde la visión más comercial que supone tener que mantener audiencias, fieles y, en definitiva, dinero. Otra de esas frases con las que me he quedado es: "Al que está cenando con la tele de fondo hay que impactarle". Toda la razón del mundo, salvo que le vendas un titular impactante, amarillista y sensacionalista para luego regalarle una información vacía o enfocada a los intereses particulares de la empresa (esto es, darle caña a no sé quién o destacar frases que son "buenísimas, macho").
Pero no todo ha sido criticable, ni mucho menos. He tenido la suerte de compartir meses y horas de trabajo y aburrimiento ("vamos a tocarnos los huevos esta tarde...") con gente que merece la pena; también he aprendido a no verme superado por la vorágine de cuarenta tíos gritando; he conseguido aprender a manejar con un nivel medio (de sobra para lo que teníamos que hacer) un programa como el Avid, que se supone que es el que se utiliza en las televisiones de todas esta piel de toro que es nuestro país (pffff); y he aprendido lo que he podido de los que me han rodeado, me han mandado o me han acompañado.
El viernes pasado, en el mail que nos mandan con el plan semanal de los turnos, ya nos anunciaban que terminábamos las becas (bueno, dos días antes nos lo habían dicho en persona) y que no había posibilidades de seguir. Una frase resaltaba entre las todas: "les echaremos de menos, tanto en lo personal como en lo profesional". No lo dudo, pero me suena más a plantilla del word que seleccionas en "despedida de becarios" que a un pensamiento real que sale del alma... Ese mismo día, hablando con uno de los realizadores sobre lo malitas que estaban las cosas, nos decía: "Bueno, vosotros al menos habéis demostrado nivel como para estar aquí, algo que otros no han hecho". Luego añadió: "Y muchos de los que no lo demostraron están aquí trabajando...". Vaya, que agradeces el cumplido pero se te queda una cara de imbécil que no es fácil que se te borre al menos en dos horas.
Y ahora... pues semana santa en mi casita, con boda incluída (no mía, no tengo la edad legal para casarme), y después... incertidumbre. Unos meses para buscar algo a lo que agarrarme en verano. Maradona dirá.
Más Deportes para todos.
Desde que me anunciaron que me renovaban la beca hasta el dos de abril, las cosas han cambiado bastante, la verdad. Si en el mes de enero aun no estaba cómodo con muchas cosas, la presión de las últimas horas aun me apretaba el cuello, el último mes y medio ha sido extremadamente relajado. No sé si es que ya te vas haciendo al ritmo, a la redacción, a la gente o a lo que quiere cada editor (por la tarde hemos sufrido el suplicio de alternar editores, cada uno con su forma de ver el programa, de enfocar la información, de distribuir el trabajo y de aumentar o reducir su cantidad), o quizás sea que sabes que te queda poco y te vas relajando... el caso es que en ese tiempo he visto las cosas desde fuera, sin presión.
Me he colocado en un plano exterior al de la redacción. Antes, intentaba sumergirme en ese mundo (bastante extraño y particular, lo puedo asegurar) y absorber lo que creía bueno, válido o beneficioso; al final, ya sólo me detenía para analizar a los redactores, para fijarme en cómo enfocaban ellos el trabajo, para ser crítico y no dar por hecho que lo que dice un 'superior' es lo que hay que hacer. Lo hacía como me mandaban, claro, pero pensando que esa no era la manera y con la poca carga de responsabilidad que conlleva esta frase: "Vale, el programa no es mío y me voy en nada, así que tú verás lo que hacéis con vuestro futuro".
También me ha servido para saturarme de algunas cosas. De una extraña extraña obsesión por el deporte pero no desde la visión informativa, sino desde la visión más comercial que supone tener que mantener audiencias, fieles y, en definitiva, dinero. Otra de esas frases con las que me he quedado es: "Al que está cenando con la tele de fondo hay que impactarle". Toda la razón del mundo, salvo que le vendas un titular impactante, amarillista y sensacionalista para luego regalarle una información vacía o enfocada a los intereses particulares de la empresa (esto es, darle caña a no sé quién o destacar frases que son "buenísimas, macho").
Pero no todo ha sido criticable, ni mucho menos. He tenido la suerte de compartir meses y horas de trabajo y aburrimiento ("vamos a tocarnos los huevos esta tarde...") con gente que merece la pena; también he aprendido a no verme superado por la vorágine de cuarenta tíos gritando; he conseguido aprender a manejar con un nivel medio (de sobra para lo que teníamos que hacer) un programa como el Avid, que se supone que es el que se utiliza en las televisiones de todas esta piel de toro que es nuestro país (pffff); y he aprendido lo que he podido de los que me han rodeado, me han mandado o me han acompañado.
El viernes pasado, en el mail que nos mandan con el plan semanal de los turnos, ya nos anunciaban que terminábamos las becas (bueno, dos días antes nos lo habían dicho en persona) y que no había posibilidades de seguir. Una frase resaltaba entre las todas: "les echaremos de menos, tanto en lo personal como en lo profesional". No lo dudo, pero me suena más a plantilla del word que seleccionas en "despedida de becarios" que a un pensamiento real que sale del alma... Ese mismo día, hablando con uno de los realizadores sobre lo malitas que estaban las cosas, nos decía: "Bueno, vosotros al menos habéis demostrado nivel como para estar aquí, algo que otros no han hecho". Luego añadió: "Y muchos de los que no lo demostraron están aquí trabajando...". Vaya, que agradeces el cumplido pero se te queda una cara de imbécil que no es fácil que se te borre al menos en dos horas.
Y ahora... pues semana santa en mi casita, con boda incluída (no mía, no tengo la edad legal para casarme), y después... incertidumbre. Unos meses para buscar algo a lo que agarrarme en verano. Maradona dirá.
Más Deportes para todos.
El Pozo
Lo Dice
M€
on miércoles, marzo 25, 2009
El pozo es ese sitio en el que caes sin querer. Es más, ese "sin querer" recoge un sentido literal. No tiene carácter de involuntariedad mezclada con azar, no es esa acción de golpear un jarrón con el codo y, fortuítamente, tirarlo al suelo y romperlo, no. Es más bien un "no querer"; no quieres caer en el pozo, nadie quiere caer en el pozo.
El pozo es ese sitio oscuro, negro, sin luz y del que es difícil salir. Suele tener una profundidad lo suficientemente importante como para que los esfuerzos que se hacen para salir sean inútiles. Unos 30 metros de caída libre y, en el desconocido fondo, un charco de agua formado por la desesperación y la inercia de todos los que han caído allí. Es que de nuevo la inercia hace que no sólo caigas al pozo, sino que también te estanques en sus aguas. Y es que es difícil lograr escapar.
El pozo es ese sitio en el que, una vez allí, el acomodo que provoca la ineptitud, la impotencia y la falta de ganas se convierte en tu peor enemigo. Te recuestas sobre tus desgracias y buscas culpables fuera del lugar oscuro. Con el tiempo, los intentos por asomar la cabeza para volver a ver la luz se van atenuando y te vas haciendo a la idea de que estarás en él un largo tiempo.
El pozo es ese sitio del que poco puedes esperar. Es absurdo nadar en quimeras, desear que lleguen los equipos de rescate y te lancen una cuerda de salvamento, de esas que te atas a la cintura para, después, ser impulsado a la superficie, al mismo sitio desde el que caíste. Allí, en el pozo, te ahogas en los recuerdos de lo que algún día fue; recreas imágenes en tu mente, como si estuvieses viendo un vídeo de Youtube, en el que aparecen los tiempos buenos, los mejores, los de celebraciones, los de vino y rosas.
El pozo es ese sitio en el que se pierden tus sueños. Antes de caer tenías al lado a la esperanza vestida de verde y con un ramo de rosas para ti. Allí, en lo profundo, en el pozo, sólo las sombras de la incertidumbre te enseñan la realidad de lo que eres ahora. Uno más, un desaparecido en las portadas de los periódicos, un vacío de noticias de importancia. Eso sí, cuando te cuelas en las ondas, es para narrar tus desgracias y la ceguera que te está devorando todo el cuerpo.
El pozo es un sitio para no volver. El pozo es un sitio para aprender lo feliz que fuiste ayer. El pozo es la cola de la Segunda División para un equipo que, hace tiempo, demasiado como para recordarlo, enamoró a Europa y regaló chinchetas que señalaban en los mapas el puerto de Vigo como lugar obligado de visita para el que quisiese disfrutar de un fútbol que pocas veces se puede ver.
Saldremos del pozo. Perdón, quería decir ¿saldremos del pozo? Pues no sé. De todas maneras, coma sempre o de sempre... hala Celta.
El pozo es ese sitio oscuro, negro, sin luz y del que es difícil salir. Suele tener una profundidad lo suficientemente importante como para que los esfuerzos que se hacen para salir sean inútiles. Unos 30 metros de caída libre y, en el desconocido fondo, un charco de agua formado por la desesperación y la inercia de todos los que han caído allí. Es que de nuevo la inercia hace que no sólo caigas al pozo, sino que también te estanques en sus aguas. Y es que es difícil lograr escapar.
El pozo es ese sitio en el que, una vez allí, el acomodo que provoca la ineptitud, la impotencia y la falta de ganas se convierte en tu peor enemigo. Te recuestas sobre tus desgracias y buscas culpables fuera del lugar oscuro. Con el tiempo, los intentos por asomar la cabeza para volver a ver la luz se van atenuando y te vas haciendo a la idea de que estarás en él un largo tiempo.
El pozo es ese sitio del que poco puedes esperar. Es absurdo nadar en quimeras, desear que lleguen los equipos de rescate y te lancen una cuerda de salvamento, de esas que te atas a la cintura para, después, ser impulsado a la superficie, al mismo sitio desde el que caíste. Allí, en el pozo, te ahogas en los recuerdos de lo que algún día fue; recreas imágenes en tu mente, como si estuvieses viendo un vídeo de Youtube, en el que aparecen los tiempos buenos, los mejores, los de celebraciones, los de vino y rosas.
El pozo es ese sitio en el que se pierden tus sueños. Antes de caer tenías al lado a la esperanza vestida de verde y con un ramo de rosas para ti. Allí, en lo profundo, en el pozo, sólo las sombras de la incertidumbre te enseñan la realidad de lo que eres ahora. Uno más, un desaparecido en las portadas de los periódicos, un vacío de noticias de importancia. Eso sí, cuando te cuelas en las ondas, es para narrar tus desgracias y la ceguera que te está devorando todo el cuerpo.
El pozo es un sitio para no volver. El pozo es un sitio para aprender lo feliz que fuiste ayer. El pozo es la cola de la Segunda División para un equipo que, hace tiempo, demasiado como para recordarlo, enamoró a Europa y regaló chinchetas que señalaban en los mapas el puerto de Vigo como lugar obligado de visita para el que quisiese disfrutar de un fútbol que pocas veces se puede ver.
Saldremos del pozo. Perdón, quería decir ¿saldremos del pozo? Pues no sé. De todas maneras, coma sempre o de sempre... hala Celta.
Dejarse Llevar
Lo Dice
M€
on domingo, marzo 15, 2009
Hace meses, me vendieron dos palabras. "Dejarse llevar". El vendedor, detrás de un mostrador de cristal a través del cual se podían leer todo tipo de frases, palabras, dichos y expresiones, me aseguraba que estaban en buen estado y que últimamente era la moda. Esas dos palabras las compraba mucha gente. Además, por el éxito que habían tenido, estaban de oferta. Te hacían un 15% de descuento y te regalaban una actitud. Esa misma, la de dejarse llevar.
Había entrado en esa tienda un poco por casualidad. Paseando perdido por la ciudad, su llamativo escaparate me había atrapado. Mostraba miles de letras sueltas, desordenadas, que podías también comprar para crear tú lo que quisieses. Al lado estaban las frases ya hechas, las palabras construídas de fábrica. En dos segundos pasé de mero espectador del escaparate a un potencial comprador dentro de la tienda.
Salí no muy convencido. "Dejarse llevar"... sonaba bien, y regalaban una actitud. Pero no estaba seguro de que estuviesen muy acorde con mi forma de ser o de actuar. Tenia la misma sensación que cuando te compras una prenda de ropa que en otra persona quedaría bien, pero que tú no acabas de verte con ella. Nada más llegar a mi casa, vacié la bolsa sobre la cama y las dos palabras cayeron como losas. "Dejarse llevar". Las miré durante un rato. Les di la vuelta, las repasé e incluso traté de doblar un poco las esquinas de cada una de ellas para comprobar que la calidad era buena, que no me habían vendido unas palabras de plástico. Y no, eran de un material sólido.
Después, saqué de la bolsa la actitud. Me la probé y la verdad es que no me sentaba mal, pero me quedaba un poco grande, como si estuviese echa para otras personas con un físico diferente al mío. Es cierto que el conjunto de las palabras con la actitud combinaba bien. El espejo me devolvía una imagen agradable, como si fuese habitual en mí llevarlas, como si las tuviese desde hacía tiempo. Hombre, eran de calidad, y a pesar de que tenían el descuento, baratas no eran.
Esa misma semana la tomé como prueba. Vestí las palabras y la actitud a ver cómo me encontraba y qué me decía la gente. La verdad es que pocos se percataron. Algunos me preguntaban si me había cortado el pelo, otros me hablaban de lo que había adelgazado... no, no era nada de eso. Era aquel "Dejarse llevar" que vestía.
La única persona que se dio cuenta desde el primer momento fue la misma que me abrió los ojos. "¿Dejarse llevar? Hombre, suena bien, y la actitud no te queda mal, pero a mí, personalmete, no me gusta mucho. Prefiero otras. Es que 'Dejarse llevar' significa tener poco control de tu vida, ser un mero espectador de la película y no formar parte de ella". Aquellas palabras me dieron qué pensar. Realmente, había comprado aquella combinación por la insistencia del vendedor, la oferta y porque me cogió un día que estaba bastante cansado (y yo, cansado, pienso mal y poco).
Así que "Dejarse llevar" conlleva demasiadas cosas que no me gustaban. Cosas que había visto en otras personas y que yo había criticado. "Dejarse llevar" estaba condimentado por elementos tan poco reales como el azar, la suerte, el esperar, incluso unas actitudes de secundario que no podía adquirir en ese momento, cuando quería coger el volante yo y elegir los caminos sin que nadie, ni el azar, eligiese por mí.
Decidido (quizás convencido por otro, pero decidido al fin y al cabo), volví a la tienda. Deposité las palabras sobre la mesa, dejé caer la actitud sobre las manos del vendedor y le exigí que me devolviese el dinero. Él, evidentemente, no aceptó. Me ofreció un cambio. Otras palabras como "Fluir", "Contestar" o "Decidir" llamaron mi atención, pero me quedé como estaba. Volví a casa y lo guardé todo en un cajón.
Lo bueno es que, cuando lo necesite, podré sacarlas de paseo otra vez. Pero sólo cuando necesite el "Dejarse llevar".
Yipi yipi yei, amigos.
Había entrado en esa tienda un poco por casualidad. Paseando perdido por la ciudad, su llamativo escaparate me había atrapado. Mostraba miles de letras sueltas, desordenadas, que podías también comprar para crear tú lo que quisieses. Al lado estaban las frases ya hechas, las palabras construídas de fábrica. En dos segundos pasé de mero espectador del escaparate a un potencial comprador dentro de la tienda.
Salí no muy convencido. "Dejarse llevar"... sonaba bien, y regalaban una actitud. Pero no estaba seguro de que estuviesen muy acorde con mi forma de ser o de actuar. Tenia la misma sensación que cuando te compras una prenda de ropa que en otra persona quedaría bien, pero que tú no acabas de verte con ella. Nada más llegar a mi casa, vacié la bolsa sobre la cama y las dos palabras cayeron como losas. "Dejarse llevar". Las miré durante un rato. Les di la vuelta, las repasé e incluso traté de doblar un poco las esquinas de cada una de ellas para comprobar que la calidad era buena, que no me habían vendido unas palabras de plástico. Y no, eran de un material sólido.
Después, saqué de la bolsa la actitud. Me la probé y la verdad es que no me sentaba mal, pero me quedaba un poco grande, como si estuviese echa para otras personas con un físico diferente al mío. Es cierto que el conjunto de las palabras con la actitud combinaba bien. El espejo me devolvía una imagen agradable, como si fuese habitual en mí llevarlas, como si las tuviese desde hacía tiempo. Hombre, eran de calidad, y a pesar de que tenían el descuento, baratas no eran.
Esa misma semana la tomé como prueba. Vestí las palabras y la actitud a ver cómo me encontraba y qué me decía la gente. La verdad es que pocos se percataron. Algunos me preguntaban si me había cortado el pelo, otros me hablaban de lo que había adelgazado... no, no era nada de eso. Era aquel "Dejarse llevar" que vestía.
La única persona que se dio cuenta desde el primer momento fue la misma que me abrió los ojos. "¿Dejarse llevar? Hombre, suena bien, y la actitud no te queda mal, pero a mí, personalmete, no me gusta mucho. Prefiero otras. Es que 'Dejarse llevar' significa tener poco control de tu vida, ser un mero espectador de la película y no formar parte de ella". Aquellas palabras me dieron qué pensar. Realmente, había comprado aquella combinación por la insistencia del vendedor, la oferta y porque me cogió un día que estaba bastante cansado (y yo, cansado, pienso mal y poco).
Así que "Dejarse llevar" conlleva demasiadas cosas que no me gustaban. Cosas que había visto en otras personas y que yo había criticado. "Dejarse llevar" estaba condimentado por elementos tan poco reales como el azar, la suerte, el esperar, incluso unas actitudes de secundario que no podía adquirir en ese momento, cuando quería coger el volante yo y elegir los caminos sin que nadie, ni el azar, eligiese por mí.
Decidido (quizás convencido por otro, pero decidido al fin y al cabo), volví a la tienda. Deposité las palabras sobre la mesa, dejé caer la actitud sobre las manos del vendedor y le exigí que me devolviese el dinero. Él, evidentemente, no aceptó. Me ofreció un cambio. Otras palabras como "Fluir", "Contestar" o "Decidir" llamaron mi atención, pero me quedé como estaba. Volví a casa y lo guardé todo en un cajón.
Lo bueno es que, cuando lo necesite, podré sacarlas de paseo otra vez. Pero sólo cuando necesite el "Dejarse llevar".
Yipi yipi yei, amigos.
Un Blog De Imágenes
Lo Dice
M€
on domingo, marzo 08, 2009
En verano del 2006 nació este blog. Nunca supe bien para qué lo había abierto. Ni siquiera sabía qué iba a escribir. Como nunca tuve diario, ni me van ese tipo de cosas, pues lo hice porque me venía a Madrid y supongo que era la forma de contar las cosas que me pasaban aquí a la gente que no veía. También es que estaba de moda entre mis amigos eso de tener un blog.
Hoy, por puro aburrimiento, he revisado todo el archivo del blog. Desde ese primer post de un jueves 24 de agosto del 2006 hasta el último, del pasado viernes. Se supone que el blog tiene varias funciones, o se le puede dar varias funciones. Unos lo utilizan como diario, otros son blogs de literatura, de deportes, de opinión, de noticias comentadas... me vi incapaz de atarlo a ninguna de esas clasificaciones. Empezó con un post chorras en el que comentaba mi trabajo como mánager del grupo que había creado para lanzarlo al mercado, "Dani L and The Motorbikers". Buena presentación en sociedad de mi blog (que de aquellas se llamaba "Porque la vida puede ser maravillosa").
Pero claro, ese verano fue en el que me preparaba para irme a Madrid. Cuando me aceptaron en la Carlos III ha quedado reflejado en el blog, incluso mis primeros días y semanas en Madrid. Vamos, que empresas creadas y mujeres entre las butacas a parte, el blog era un diario casi puro y duro. Luego he percibido una extraña tendencia en mi vida. Contar cosas cotidianas como si fuesen actos heroicos... creo que ahí empecé a perder la perspectiva de lo que era el blog en sus inicios. Desde finales del 2006, ya en Madrid, todo lo escrito da su primer cambio. Seguía existiendo la parte del 'diario' del blog, pero me atreví con post sobre fútbol, a veces un poco fuera de lo común...
Con el final de ese año, el comienzo del segundo curso en Madrid y el cambio de piso, el segundo cambio apareció. No sé qué pasó, o qué aburrimiento me atrapó, que empecé a escribir cosas raras. Contaba lo que me pasaba pero sin contarlo. Entonces, me pregunto: "¿Por qué, Mauro?". Supongo que la vida del 'diario' se había agotado y las chorradas de antaño ya no me salían. En resumen, me franpereé, como dijo un Punto Con P. Y lo peor es que este año, en vez de cambiar, seguí franpereado.
Pero es que desde fuera no se puede ver lo que hay dentro del blog, amigos. Hoy, en mi repaso, he sido capaz de viajar a cada uno de los momentos en los que escribí cada cosa. Recordé por qué escribí cada cosa y las razones que me llevaron a escribirlo así. Vamos, que esa función de 'diario' no se ha perdido nunca, sólo se ha escondido entre las palabras que desde fuera no se pueden ver. Me ha hecho gracia que hay gente que, por lo que sea, por una palabra, una expresión, o por conocerme en cada momento, ha leído más allá. Ha quitado del medio la franpereación de las frases y las ha maurizado. En parte, esas veces me han reconfortado. Es como si alguien te adivina lo que estás pensando.
Vamos, que lo del blog es curioso. A ver cuánto me dura...
Hoy, por puro aburrimiento, he revisado todo el archivo del blog. Desde ese primer post de un jueves 24 de agosto del 2006 hasta el último, del pasado viernes. Se supone que el blog tiene varias funciones, o se le puede dar varias funciones. Unos lo utilizan como diario, otros son blogs de literatura, de deportes, de opinión, de noticias comentadas... me vi incapaz de atarlo a ninguna de esas clasificaciones. Empezó con un post chorras en el que comentaba mi trabajo como mánager del grupo que había creado para lanzarlo al mercado, "Dani L and The Motorbikers". Buena presentación en sociedad de mi blog (que de aquellas se llamaba "Porque la vida puede ser maravillosa").
Pero claro, ese verano fue en el que me preparaba para irme a Madrid. Cuando me aceptaron en la Carlos III ha quedado reflejado en el blog, incluso mis primeros días y semanas en Madrid. Vamos, que empresas creadas y mujeres entre las butacas a parte, el blog era un diario casi puro y duro. Luego he percibido una extraña tendencia en mi vida. Contar cosas cotidianas como si fuesen actos heroicos... creo que ahí empecé a perder la perspectiva de lo que era el blog en sus inicios. Desde finales del 2006, ya en Madrid, todo lo escrito da su primer cambio. Seguía existiendo la parte del 'diario' del blog, pero me atreví con post sobre fútbol, a veces un poco fuera de lo común...
Con el final de ese año, el comienzo del segundo curso en Madrid y el cambio de piso, el segundo cambio apareció. No sé qué pasó, o qué aburrimiento me atrapó, que empecé a escribir cosas raras. Contaba lo que me pasaba pero sin contarlo. Entonces, me pregunto: "¿Por qué, Mauro?". Supongo que la vida del 'diario' se había agotado y las chorradas de antaño ya no me salían. En resumen, me franpereé, como dijo un Punto Con P. Y lo peor es que este año, en vez de cambiar, seguí franpereado.
Pero es que desde fuera no se puede ver lo que hay dentro del blog, amigos. Hoy, en mi repaso, he sido capaz de viajar a cada uno de los momentos en los que escribí cada cosa. Recordé por qué escribí cada cosa y las razones que me llevaron a escribirlo así. Vamos, que esa función de 'diario' no se ha perdido nunca, sólo se ha escondido entre las palabras que desde fuera no se pueden ver. Me ha hecho gracia que hay gente que, por lo que sea, por una palabra, una expresión, o por conocerme en cada momento, ha leído más allá. Ha quitado del medio la franpereación de las frases y las ha maurizado. En parte, esas veces me han reconfortado. Es como si alguien te adivina lo que estás pensando.
Vamos, que lo del blog es curioso. A ver cuánto me dura...
