Título Pedante

Dicen que no controlamos ni la mitad de nuestro cerebro. Vamos, que seríamos capaces de hacer cosas increíbles si lo dominásemos al 100% de sus posibilidades. Por eso mismo, el cerebro es un desconocido; un elemento propio, porque lo portamos dentro de la cabeza, de nuestra cabeza, pero que, muchas veces, tiene vida propia.

Y ahí entran los pequeños conductos, las ínfimas vías de acceso y salida de los impulsos que logren que funcione. Correctamente o no, pero que funcione, que esté activo. Son tan pequeños y tan desconocidos que no somos capaces de entender por qué razón nos descubrimos un día canturreando una canción, por qué un olor nos traslada en el tiempo, por qué una imagen nos llega a conmocionar si se trata de algo ajeno a nuestra vida y a nuestra realidad o cuál es la razón que nos lleva a soñar con algo que no sabemos qué significa.

Esas interconexiones que nos sorprenden de día o de noche se basan en caminos inescrutables que son recorridos por impulsos nerviosos que, casualmente, nos sacan de nuestras casillas, nos ponen nerviosos o nos hacen no saber reaccionar. Nos quedamos inmóviles en la cama, sentados, con las piernas cruzadas, dándole vueltas a las razones que nos han trasladado a esa plaza vacía de personas pero llenas de imágenes, contradictorias muchas de ellas. Y, muchas veces, nos encontramos perdidos.

Supongo que son controlables; que ese enemigo íntimo es posible que sea detenido, arrestado y puesto contra la pared para registrarlo, vaciarle los bolsillos y recuperar la cordura que nos ha robado en el metro, cuando la postura de perfil es la única posible para encontrar un hueco en el que respirar. El problema es que casi nunca sabemos. No entendemos por qué actuamos de determinadas maneras, por qué nos derrotamos antes de seguir, por qué nos encontramos en la nada, como si hubiésemos dado tantos pasos atrás que el borde del abismo estuviese justo a nuestro lado.

Pero esa es la parte divertida. La de buscar el control de lo incontrolable, la de robar al ladrón, la de agarrar al desconocido para someterlo a nuestras intenciones y, si no podemos con él, unirnos, fusionarnos para entender que vamos a compartir toda la vida con él y que no queda más remedio que conocerlo y que comprenderlo, perdonándole sus pecados y exaltando sus virtudes, que también las tiene.

Y sí, esas interconexiones cerebrales a veces están a punto de matarnos. Pero siempre es reconfortante ganar la partida, empatar el partido o perder la batalla cuando la guerra o la Liga no está perdida. Porque no lo está. Nunca.

Suerte.

P.D: El título originario era "Interconexiones cerebrales". Ya, una flipada y una pedantería asquerosa, de ahí el título final...

Hasta Pronto...

El hall del metro Sol nunca había estado tan poco iluminado. Desde hace más de cuatro años, cuando aterricé en Madrid, nunca había faltado tanta luz en aquella estación; ni las nuevas obras que la habían convertido en uno de los centros neurálgicos del transporte de la capital, más que antes, habían esquivado la sombra que acechaba aquel lunes.

Y es que las ciudades son personas y recuerdos. Decía el imbécil de Martín Hache que "extrañaba los tejados" de Buenos Aires, y su padre, Martín, que echaba de menos que la gente silbase por la calle. Las ciudades son, decía, cosas más importantes que los edificios, las calles o la oferta cultural. Puedes vivir en la más fea del mundo que si tienes gente y recuerdos, vivirás como Woody Allen en Nueva York. Y Madrid es para mí, varias personas y muchos recuerdos.

Aquel lunes de infausta memoria, una de esas personas que aglutinaba cientos de ellos, agitaba la mano en señal de despedida. Y lo hacía allí, en la estación de Sol, en la oscuridad de la caverna. Agitaba la mano, que golpeaba mi pecho a la altura de los pulmones, cortándome la respiración, prensando el poco aire que podía inhalar. Agitaba la mano, que lanzaba de un lado a otro las imágenes de los últimos años de Madrid, de mi vida en Madrid, de mi felicidad en Madrid.

No era la primera despedida a la que hacía frente, pero era, sin duda, una de las más duras. Y yo, que vivo en el mundo de la memoria, me quedé ciego, como tocado por Saramago, pero en lugar de perderme en un resplandor, me sumergí en las imágenes que la parte de mi cerebro que se activó en ese momento decidió escupir a mi retina. Y eran demasiadas, que se agolpaban para ser la primera, mientras otras luchaban por sumergir la última, la de la estación oscura de Sol, en el olvido. Y aparecían sonrisas, belgas, plazas mayores, tetas de Vallecas, Casas de Campo, aulas, apuntes perfectamente diseñados, exposiciones preparadas y por preparar, osos y madroños, Fnacs, O'neill's, Plazas de Santa Ana, San Chinarros, paddles y alitas de tamaño descomunal, victorias al mus, derrotas vitales y sobre todo, la sombra que me iba a acompañar hasta mi casa.

Salí de la estación como quien busca refugio en la realidad, pero no tuve suerte. Igual que a los románticos, el paisaje decidió acompañar mi camino de regreso. Preciados era una calle vacía, oscura, donde el único sonido reconocible era el de las escobas de dos siniestros barrenderos. Callao, fantasmal, como si un velo de tul cubriese los cines y las farolas. Incluso los semáforos.

El rojo era apagado, opaco, oscuro. El descenso por la Gran Vía parecía cuesta arriba. Los edificios, los mismos que hace poco cumplían con la avenida la centena de años, se derretían a mi paso, como si estuviesen pintados con acuarelas y expuestos a una lluvia torrencial. Se doblaban, se invertían, se desgranaban en miles de partículas que golpeaban en la noche, haciendo estallar los luminosos de los espectáculos.

La Plaza de España conservaba su microclima, pero su viento, esta vez, era más huracanado que nunca, como si tratase de arrebatarme lo poco que me quedaba durante esos minutos que van desde el primer hasta el segundo cruce. Miré hacia atrás y no había rascacielos, sólo una llanura amorfa de colores apagados que se transformaba en una avalancha que se desplazaba con ira hasta mí. Corrí para evitarla y me resguardé en la Plaza de los Cubos.

Ya a salvo, apuré los últimos metros con prisa para esconderme en mi casa. Dejé la mente en blanco durante unos minutos mientras me fumaba un cigarro en el salón y empecé a agitar la mano. "Hasta pronto. Espero que todo le vaya bien a Harpo...".

Especiales

Todos nos creemos especiales. Cada paso que damos, pensamos que somos los primeros en darlo; cada cosa que hacemos, creemos que hemos sido pioneros; cada paisaje que vemos, entendemos que nadie lo había enfocado antes. Así, desde nuestra perspectiva, consideramos que hemos dado una vuelta de tuerca más a la vida porque lo somos: somos especiales.

Cada vez que me pongo a escribir en el blog, empiezo con la voluntad de redactar algo novedoso, sorprendente, original, que nadie antes haya escrito. No con el objetivo de que algún día me den un Nobel, ni siquiera deseando que esto, lo que hago una mañana de domingo en mi habitación víctima del aburrimiento, sea algún día lo que me dé de comer. Sólo lo termino haciendo para sentirme, una vez que le doy a 'publicar entrada', especial. Distinto a los demás, diferente al resto que invierten su tiempo en rellenar los huecos de sus respectivos blogs para contar su vida, sus experiencias, sus viajes o plasmar sus inquietudes artísticas.

¿Y lo consigo? Desde la perspectiva personal, por supuesto. Es como cuando te plantas delante de un paisaje increíble y lo memorizas, lo fotografías y lo observas. Empiezas a escudriñar todos los recovecos, a viajar por las líneas del horizonte y del dibujo, no tardas ni tres segundos en pensar que eres el primero que ha conseguido eso: personalizar la imagen objetiva, subjetivizarla. Por desgracia, no es real. Tantos millones de personas a lo largo de la historia lo han intentado (e incluso conseguido) que sólo eres un elemento más en esa rueda de personalismos, un eslabón más de la cadena que convierte esa imagen en algo para recordar.

Para ti, eres especial; eres único por haberte fijado en un detalle ínfimo y por haberlo sabido centrar en el foco de la cámara, en la punta del boli o en la yema de los dedos. Pero seguro que ya alguien lo hizo. Es el pecado de los modernos, que recurren a la novedad que ya existía y la disfrazan de alegorías, de palabras rimbombantes y de colores afilados para que no sea la que ya existía. Pero sí. Existía. Y seguramente en manos de otro creador, de otro especial pero que lo es de verdad. Ya habrían escrito sobre eso, ya habrían cantado sobre lo que quieres contar, ya hay miles de fotografías expuestas que retratan tu novedad. No eres más que una versión futurista de un especial como tú que se adelantó en el tiempo, por la extraña virtud de haber vivido en otras épocas, para robarte la idea que te hacía tan especial.

Así que el 90% de los especiales terminan siendo copias de algo que ya existe. Muchos afinan con palabras que suenan bien, que se ordenan una detrás de otras y que, por lo general, no son más que sucesiones de tópicos baratos que algún día fueron novedades, pero que hoy no pasan de la mera imitación barata y anacrónica de un especial que, por desgracia, lo fue antes y más que ellos. A eso hay que resignarse, que no por hacer se es. Que no vale la intención de la especialidad, sino que tiene que ir acompañada con algo que los gitanos llaman duende, los humanos genialidad y los cursis, sensibilidad. Y no hay más.

Después de tantos años escribiendo en el blog, llega un punto en el que te das cuenta de que ya no vas a ser especial. Ha pasado tanto tiempo y tantos post, que las musas han ido nadando a otras orillas y sólo te alcanzan cuando estás despistado, pensando en otra cosa. Y la putada es que las musas, cuando vengan, mejor que te pillen trabajando, porque si no la idea se convierte en un coitus interruptus olvidado en la ceguera de la memoria, que es débil cuando no tiene un soporte de papel.

Hace poco, conseguí sentirme, de nuevo, especial. Miraba lo que otros ya habían visto y creo que puedo presumir de haber visto eso mismo de manera diferente a los demás. Sin caer en la condescendencia, sin caer en la cursilería y cayendo, lo justo, en la subjetividad del especial. Una vez lo vi como quería verlo, corrí a escribirlo. Y lo plasmé. Decía que era especial porque había logrado un punto de vista distinto a los demás, había sido capaz de apreciar cada movimiento ínfimo, cada aire que rozaba y cada tela que caía como antes nadie lo había conseguido antes.

Grabé la imagen, trasladada al texto, para recordar que, al menos una vez, fui especial.

Un Casi

Un amigo me decía que en la India, las cosas funcionan por un "casi"; los coches circulaban a toda velocidad por calles estrechas y llenas de gente, pero no pasaba nada por un casi; la gente pasaba hambre, pero sobrevivía por un casi; la suciedad de algunos sitios podía ser un nido de enfermedades, pero no pasaba nada por un casi. La India seguía en pie por un casi.

El Casi está en nuestra vida constantemente. Es un freno ajeno a nosotros, pero también un impulso para vivir. Es una contradicción constante que soporta nuestra existencia. Nos pasamos la vida viviendo a través de los Casis, que nos limitan las acciones hasta un punto a veces desquiciante. Yo, esta semana, he vivido en un casi constante. Y me he dado cuenta de que, en los últimos años, mi vida en Madrid se ha convertido, muchas veces, en un casi.

Esta semana, casi me voy de viaje. Hasta el último momento, el casi era un condimento afirmativo. Sin las maletas hechas y sin la planificación definitiva, las horas que pasaban sin que se llevase a cabo el viaje, hacían que el casi fuese tomando un cariz negativo. Las circunstancias se juntaron, se pusieron en fila como niños esperando para saltar en un trampolín. Y las dudas se multiplicaron hasta convertir el casi en un elemento negativo que dejó al viaje en un casi del pasado. "Casi me voy, pero al final me quedo el puente en Madrid".

Y esta semana casi hago un máster. Todo parecía bien encaminado desde hacía tiempo. Mi trabajo de tres días semanales en Canal Plus me permitía, en un principio, compaginarlo con el máster (el de Radio Nacional, para más señas). Pero el casi tomó, de nuevo, forma negativa. La actitud de los señores del máster (llamémoslos los "Máster del Universo") aplicó el "no" a la realidad y el casi se hizo inabarcable para mí. Casi digo que sí, con circunstancias adversas incluidas, pero al final todo queda donde empezó, en el punto cero, en el de no hacerlo.

Y así me he dado cuenta de que soy un casi con patas. Ayer pensaba que me gusta escribir, pero no leo lo suficiente para hacerlo bien; que me gusta la música, pero que no escucho la suficiente cantidad como para ser un experto ni un buen músico; que me gusta el deporte, pero que no hago el suficiente como para estar en forma; que me encanta comer, pero no cocino lo suficiente para preparar una maravillosa cena para dos; que me encanta el teatro, pero que no voy lo suficiente para empaparme y que no me muevo lo suficiente para hacer una obra que tenemos en el tintero desde hace más de un año.

Casi que voy a dejar de escribir el post, que casi es la hora de comer y casi empiezo a tener hambre.

Mucha suerte a todos.

Cucarachas

Los miedos son incontenibles; las fobias, incontestables; el terror, inimaginable. No sabemos de donde salen, cuándo nacen, por qué aparecen, pero están ahí. Como aquella riada de cucarachas que invadía las aceras de la ciudad aquel verano. Eran negras, patilargas, agresivas en el paso, con cáscara dividida, como un culo disparado al aire con la raja pendiente del cielo. Y copaban el suelo, acompañaban el paso, salían despedidas de las alcantarillas, donde escondían su guarida.

Agosto, que regalaba grados al termómetro, era el escenario de aquella lluvia negra que recorría el asfalto. Cada una de ellas vagaba sin rumbo, como si esperasen una señal, un paso miedoso al que atacar. Escondidas entre las sombras, ocultas del sol, rebañando la humedad de las cañerías, acechaban a su víctima, que caminaba despistada, ausente, pensando en las miles de cosas que tenía que hacer y que no haría, las listas que tenía que completar con las actividades que le habían quedado por hacer la semana anterior. Enumeraba en silencio: "Uno, ordenar la casa; dos, llamar al médico; tres, hacer la compra...". Mientras, sus enemigas se organizaban como un ejército que busca invadir un territorio, sólo que lo que buscaban era invadir su miedo más interno, lograr un daño superficial reflejado en un grito que desangrase por dentro los nervios y produjesen una herida más grave, más profunda, más enraizado en el subconsciente.

Y la víctima cambió el paso. Entró en una tienda de móviles. Su estancia fue corta, pero intensa. Una discusión le hizo cambiar el aire que le recorría la cara. Las cucarachas lo intuyeron; escondidas, acechantes, se rehicieron, cambiaron de táctica. Lanzaron una avanzadilla. La más joven y más valiente, la más echada para adelante, acercó la cabeza al hueco de la alcantarilla. Siguió con la mirada el caminar de la víctima y surgió de entre las profundidades, desde lo más remoto de la oscuridad que la encubría con el ahínco de un malhechor armado del arma más útil, la amenaza de lo desconocido.

La víctima olvidó la parálisis que las cucarachas le provocaban. El cielo se tiñó de rojo intenso y el sol se escondió detrás de un árbol, generando una sombra alargada sobre la escena. La imagen, en blanco y negro, matizando los grises, dibujó una suela que se detuvo al mismo tiempo que el segundero del reloj, que no supo avanzar ante tal situación. 30 centímetros separaron la acción del miedo, el cielo del infierno, la vida de la muerte. La cucaracha alzó la mirada con la dificultad que conlleva la ausencia de cuello y vio pasar su vida por delante de los ojos; los dos días que llevaba en la alcantarilla, sin a penas salir, planeando su ataque a los miedos más íntimos de la víctima recorrieron desde una antena a la otra como un camino con principio y fin. Y se despidió de la media hora que le quedaba de vida si la suela no se hubiese elevado sobre su figura.

La víctima, con la cólera enredada en la ira de la incomprensión de la telefonía móvil que no le permitía cambiar de tarifa, hizo descender su pie contra el suelo, llevándose el miedo por delante. Estampó la suela contra la cáscara dividida, que dejó de verse como un culo disparado al aire con la raja pendiente del cielo. Y ahí terminó el miedo. En ese preciso instante, murieron las antenas, la cáscara dividida, como un culo disparado al aire con la raja pendiente del cielo, las patas alargadas y las fobias incomprendidas en marañas de años.

Alzó y mató, pero siguió sucumbiendo al miedo irracional. Eso sí, siempre contaba el día que dejó atrás al miedo, cuando la fobia se ahogó al lado de una tienda de móviles, entre la suela del zapato y la acera, entre la ira encendida y el terror olvidado. El día que mató a una cucaracha.

El Final

Y llegó el final. De un día para otro, llegó. No se lo esperaba nadie, ni siquiera ellos. Se despertaron y eran dos desconocidos. Y llegó el final. Y con él, las cosas perdieron su sentido; por lo menos, el sentido que tenían antes de que él llegase. Ya no eran las mismas; eran, sí, seguían siendo, no habían desaparecido, pero no tenían nada que ver con el día anterior al final.

Entre las grietas de los azulejos de la cocina se escondieron los restos del aceite que había cocinado todas las comidas y las puertas de los armarios se olvidaron de que contenían la materia prima. Se quedaron abiertos, despistados, como si nunca hubiesen sido la caja de caudales de cada mediodía y de cada noche, como si hubiesen olvidado su función. Eran armarios, pero no se identificaban con lo que guardaban dentro. Y el grifo del agua se confundía, no sabía hacia qué lado se giraba su manivela para echar el agua caliente.

Y el pasillo se quedó a oscuras, desnudo de los paseos nocturnos hacia el cuarto de baño, que también se había perdido entre jabones y champús, entre geles y pastas de dientes, entre cepillos que marcaban con un color a quién pertenecían. Y el salón no tenía las mismas cortinas. Eran las mismas, pero no se agitaban igual por las corrientes, que ya no ventilaban la casa, sólo ahogaban los minutos del final. Y el polvo depositado sobre la pantalla de la televisión y que griseaba las imágenes había perdido contundencia; ahora era una simple capa difusa sobre la que no se podía dibujar ni escribir mensajes.

Y las sábanas se arrugaron, se aburrieron de no ser, se escaparon de las noches y sólo vivían por el día, sin conocer cuál era su nueva función, si es que la tenían. Como la almohada, que se preguntaba dónde se habían quedado las cicatrices del pelo, los hundimientos de las cabezas, los giros bruscos en busca del sueño. Y los libros se separaron de las palabras, que abandonaron las páginas para habitar en otros lugares más cálidos. No tenían ya ni portada.

Y la plaza se quedó sin palomas. Y la terraza en la que se tomaban la caña se separó del mundo. Ya no era su terraza. Sería la de otros, pero no la suya. Y las cañas ya no tenían color dorado ni sudaban el vaso con el frescor de septiembre. Y la frutería vendió las frutas, y la carnicería, la carne, y la pescadería, el pescado, y los negocios colgaron el cartel de 'se vende' y de 'se traslada' y de 'se alquila'. Y los pocos huecos para aparcar se llenaron de olvido.

Y el final llegó. Y se lo llevó todo. Sólo de vez en cuando recobraba la vida aquella calle, como la anciana que se arregla para las visitas y prepara café y galletas. Y llegó, porque siempre llega, el final.

Ojal

El McDonal's es un refugio de gente extraña. Somos pocos los que pasamos por sus oficinas para cubrir sus formularios y salir pitando a nuestra casa con la bolsa de papel que no impide que la Coca-Cola gotee y empape tu pedido, tu adorada Big Mac. Muchos encuentran ahí la soledad buscada, el silencio, un escondite para estar con los suyos. Ya se sabe, Dios los cría...

En una inmensa cola te da tiempo para pensar de todo: de lo bueno, lo malo, lo divino y lo humano. Con la mirada fija en los carteles que anuncian los variadísimos menús y algún cartel tachado recordándote que un producto que solías consumir ya no existe. Política empresarial y mercantil, supongo, la que lleva a hacer desaparecer algunos de los productos que antes relucían entre los anuncios luminosos de esa oficina. Los miras, sí, pero no lo ves. Yo, al menos, sé perfectamente qué voy a pedir y qué no. Así que la estatua de sal es una mera pose que le dice a la gente que no tenías pensado comer carne de rata, sino que ha sido el azar y el poco tiempo y las pocas ganas de cocinar lo que ha llevado a tus divinos huesos a estar ahí plantados.

Al fondo, los encargados de atender y servir el pedido divididos por colores y ropajes. Los hay con gorra, con camiseta "Hamburguer University", con peto y con un amago de traje; estos últimos son los mandamases. En el de la Plaza de los Cubos, al lado de mi casa, una mujer sonríe sin cesar y canturrea tu pedido, como si trabajar allí fuese su máxima aspiración. Tras observarla durante los últimos meses, he llegado a la conclusión de que sonríe porque sabe que no puede aspirar a más. Y es amable, sí, pero no goza del respeto de sus compañeros. Dos de ellos la criticaron un día mientras acompañaban mi salida, sin darse cuenta de que era espectador de excepción de su verborrea. "Ya lo ha vuelto a hacer. En cuanto le dices algo porque lo ha hecho mal, llora y se comporta como una niña pequeña". Dudé de la veracidad de aquello hasta que, semanas después, presencié cómo lloriqueaba mientras me servía mi menú; a su lado, una superiora que le recriminaba su mal trabajo, su falta de eficiencia. En resumen, su inutilidad. Ya no sonreía, porque aspiraba a poco, pero no le gustaba que le robasen sus aspiraciones.

En medio de ese circo, rodeado de tribus callejeras, de niños gritones, de padres que no saben pronunciar lo que quieren sus hijos, de viejas que piden un café, de chavales que gastan un euro en una Cheeseburger, de adolescentes con el pavo encima que reclaman desde los hierros de sus bocas aún por corregir un helado con furia, de cocineros que bromean con los de la caja desde su cocina, de los "rápido ese cuarto de libra", de los "me cambias este muñeco que lo tengo repe" y de los "¿me das mostaza?", y con mi pedido ya hecho, di unos pasos hacia atrás.

Con la perspectiva que me daba la media retirada, un chico avanzó hasta la posición de la caja. Mientras hacía su pedido, ahí estaba, en todo su esplendor, en toda su esencia... el ojal. De mi cabeza se borraban las chicas que enseñan el tanga al agacharse o al sentarse, el famoso y buscado "murciélago" de las chonis, los gayumbos petados combinados con unos pantalones enormes; todo aquello se apartó de mi mente. ¿Por qué?

Porque aquel joven que ansiaba su hamburguesa me mostraba lo más profundo de su ser. A ver, yo soy un chico tradicional y no me gusta que las cosas aparezcan así, sin más, sin conocer algo de la otra persona; pero él me lo estaba dando todo, absolutamente todo, a cambio de absolutamente nada. Del pantalón surgía una línea negruzca, traviesa, escocida por el sudor. Como un obrero cualquiera, hizo la "táctica de la hucha". Su ojete apenas escondido por la tela sobresalía sin vergüenza de lo más profundo para darme en la cara y en el estómago. Él no se inmutaba. Era evidente su plan "comando", su modelo talibán, su soltura interior.

La hucha me impresionó. Duró dos minutos, el tiempo que él estuvo apoyado sobre el mostrador recitando el menú y esperando a que le cobrasen. Dos minutos intensos y, lo admito, algo dolorosos.

Ahora, siempre que vuelva al McDonal's, recordaré de por vida aquel ojete de ojal que perturbó mi pre comida.

Soy De Cuatro

Pues eso, que soy de Cuatro. Al menos lo he sido este verano. Quedan algo más de 12 días para que expire mi contrato temporal, el que me ha dejado dos meses en la redacción de ese polémico y criticado informativo de deportes. Vale, mirad, lo admito: de informativo, tiene poco. Pero es un producto enfocado en otra dirección. Esa dirección es el entretenimiento. Y ha sido realmente entretenido trabajar este verano ahí. Y no sólo por los compañeros, que me han amenizado las 8 horas de trabajo diario (más o menos), sino también por dedicarte a hacer vídeos partiendo de NADA. La nada, esa cosa sin forma que tanto asusta a los periodistas. Si no hay nada, no hay información, y sin información, no hay trabajo.

Como memorandum de este verano, de estos dos meses en Cuatro, he recopilado algunos de los vídeos que se han ido colgando en Youtube. A veces te preguntas para qué sirven los frikis que cuelgan cosas en Youtube... pues para esto, para dejar a mi Mauro del futuro una prueba de lo que me pasé dos meses haciendo.

Algunos mejores, otros peores... pero, qué cojones, son míos. Y a lo mejor os importa un comino, pero es mi comino, copón. Ah, falta uno de Cesc que no encuentro y todos los que aparecen son del Madrid... No, si al final va a resultar que soy madridista, cagoentó...

















Y de regalo, el que más gracia me ha hecho. Es de Carlos Pozuelo, uno con el gen Cuatro, además de amigo y el primero que tuvo el valor de introducirme, hace algo más de un año y medio, en el mundo de Sogecable. Vamos, un crack.


Aquella Sonrisa...

Todo empezó un día, a eso de las 12 de la noche, en Barcelona. El aire a gazpacho y a festivo entre semana se escapaba de las gradas con un invitado del sur como espectador de excepción. Desde el verde, su figura se deslizó sorteando rivales y líneas blancas. Cuando la vista aún no alcanzaba la meta, el cañón disparó su bala; golpeó en el travesaño, rebotó contra el suelo, y repitió movimiento. Aquel día nacía una nueva sonrisa. Aquel día empezaba una nueva etapa.

A veces dos años son suficientes para justificar una decisión. "Lo hice; fueron dos años, pero fueron increíbles". A lo largo de ese tiempo, a lo largo de esos dos años, quedaron recuerdos en el camino que el tiempo no ha podido borrar. Fue la dentadura más desestructurada del Universo, la mirada más desviada de la Tierra y el gesto más reconocible del Mundo. Fue el rey durante 690 días, el emperador absoluto, la figura más rimbombante y el objetivo más perseguido. La corona no era de oro ni de plata, sino que estaba recubierta de admiración y de aplausos.

Duró dos años, pero fueron interminables. Ató el balón a la bota y dibujó regates y figuras inimaginables. Convirtió la rigidez en elasticidad, la dureza en gomas de borrar y le añadió la potencia y la fuerza que nace de la naturaleza, la que viene impuesta del más allá, la que no hace falta ni se puede entrenar. Y regaló constantemente; envolvía paquetes que desataban pasiones y siempre terminaban besando redes. Y lo hizo con un esférico. Qué mejor reflejo de la perfección que la esfera a la que le daba sentido con cada intento de magia, con cada destello de un imposible que recobraba sentido con él.

Y sonrió. Tanto lo hizo que llegó a su final así, mostrando el marfil. La alegría le llevó a querer alargar la vida, a hacer los días más cortos y a pensar que la luz del sol ya no era para invertir en trabajar, sino en desaparecer del mundo con los ojos cerrados. Y la sonrisa se le bajó a las abdominales y desató la rumorología. Y el rumor se convirtió en realidad. Y el cuero seguía atado, pero a un tercio de la velocidad irracional de antes.

Nunca había visto nada como aquello. El otro día, recuperaba en mi memoria a Ronaldinho, que fue el reflejo de lo que tiene que ser el fútbol, de la alegría que tendría que desbordar el deporte profesional, de la identidad que tiene que reflejar un brasileño cuando le dan permiso para hacer disfrutar, para demostrar que tienen las caderas más que para bailar samba. Al ver las imágenes recordé que es lo más impresionante que se ha visto en los últimos años y que tardaremos décadas en volver a ver una mezcla similar de fuerza, velocidad, técnica y potencia en una misma persona. Que era diferente e incomparable. Que aquella sonrisa mal dibujada por los genes escondía dos años de fútbol que nadie nos podrá quitar nunca.

Y me quedé extasiado delante del ordenador sin poder dejar de recordar aquella sonrisa.

Vivo En Marte

Las cosas en la Tierra están poniéndose difíciles. Que si la capa de ozono, el cambio climático, la crisis... vamos, que esto está manga por hombro y uno no puede pasarse la vida preocupado por todo. Así que me he ido de la Tierra; me he olvidado de todo lo que tenía aquí, he hecho las maletas y con el poco dinero que tenía ahorrado me he comprado un billete para viajar a Marte.

Hace unos meses, me llegó una oferta de un pisito allí. Era de nueva construcción, buen precio y materiales de calidad. Como único habitante del planeta, me daban toda clase de facilidades para poder costear el montante de la operación. Cansado de compartir piso, de limpiar lo de los demás y que los demás limpien lo mío, agité el cerdito en el que guardaba los ahorros y con lo que cayó sobre el colchón de la cama pagué la entrada del piso.

Ahora soy propietario y he decidido empezar una nueva vida allí. En Marte. Además, es que el viaje sólo lleva unas horas y se hace muy bien. Solemos parar en el Mar de la Tranquilidad, donde han abierto un restaurante lunar que ofrece comida y descanso a buen precio y te permite retomar fuerzas. Y desde la Luna las cosas se ven mejor, con distancia, con perspectiva. Y el cohete que me lleva a Marte vuelve a partir y mientras el piloto nos señala que estamos viajando a una altura indeterminada (porque ese concepto es relativo si no hay gravedad), a una velocidad incomprensible para unos recién estrenados del siglo XXI y que estamos dejando a la derecha varias estrellas que aún no tienen nombre, miro por la ventana para descubrir que el espacio es demasiado desconocido como para tener miedo.

Pegado al asiento, con la espalda recta, las horas que transcurren en el viaje rejuvenecen la piel y alargan la sonrisa. El ventanuco que queda a mi izquierda ofrece mezclas de colores galácticos, desvela masas de gas que giran en torno a fórmulas químicas complejas, mucho más que las que inventaron el oxígeno. Porque estamos en otra dimensión de las cosas. No hay turbulencias porque las pequeñas hordas de meteoritos que se cruzan están domesticadas como un espectáculo más, una idea del Consejero de Turismo de la Vía Láctea para retirar de las cabezas esa idea catastrofista de los viajes interestelares. Y llegamos a mi nuevo planeta.

No hay gravedad, sólo tranquilidad. Un apartamento con vistas a la Luna y a la Tierra, que parece dormida a tantos años luz. La cocina da a un pedazo de tierra roja en la que están construyendo un parque infantil, para los que queramos echar raíces en el planeta y lo queramos repoblar. A escasos metros de mi edificio, un centro comercial se alza con velocidad, con la rapidez con la que pasan las cosas en Marte, en donde no hay que esperar por licencias de construcción porque todo es tan novedoso que no se han inventado aún las dificultades ni existen aún los funcionarios que te exigen recorrer sus edificios con documentos de nombres indescifrables para terminar regresando al punto cero, con cansancio y la misma cara de imbécil con la que empezaste el camino.

En Marte todo es diferente. El 'no' es una utopía para extranjeros, el 'sí' es una palabra cómoda de uso habitual, las leyes aún se forjan según el comportamiento y la costumbre aún no tiene el arraigo suficiente para condicionar comportamientos. No están inventados los delitos todavía, porque la vida aquí es fácil. Es una vida de puertas abiertas, de cerrojos de plástico y de relojes de arena que dejan escapar los granos con lentitud porque la ausencia de gravedad retrasa todo, incluso los males que aún están por llegar.

Estoy contento. Vivo bien en Marte. Aún hay ideas que tengo que borrar de la cabeza, porque la vida terráquea ha sido larga y un poco dura por momentos y cuesta relajarse y adaptar la mente a las nuevas situaciones. Pero sé que lo conseguiré, que lo que queda por vivir aquí puede que esté pendiente de inventar una palabra para que se autodefina, que las mismas palabras que en la Tierra tienen un significado, una carga y un pasado, se renueven con el paso del tiempo, que aquí recibe también otro nombre y martillea con otro ritmo las manecillas de los relojes espaciales.

Tengo una casa en Marte. Vivo en Marte. Quiero quedarme a vivir aquí, en Marte, donde, por fin, todos los sueños pueden ser reales. No sé si con expectativas de infinito, pero sí con idea de permanencia. Estáis todos invitados.


Dos Meses

Apoyado sobre la valla metálica que separa a los viajeros que aterrizan de los que esperan tejiendo como Penélopes con la mirada perdida en la puerta que se abre automáticamente, aguantaba dos meses después el tipo en Barajas. Ese era el tiempo que había pasado. Dos meses sin a penas noticias del mundo que se encontraba fuera de Madrid.

Tres años antes ya me había encontrado allí, en la misma postura, apoyado en la misma valla y con el mismo vacío sideral en el estómago. Y las imágenes se repetían; familiares arremolinados alrededor de una pobre chica cargada de maletas, novios que recibían efusivamente a sus novias, ellas que abrazaban con pasión a los que esperaban, que llegaban con la forma del asiento del avión en el pelo, y yo con el mismo espacio inmenso en el estómago.

La tinta del periódico que leía compulsivamente para esquivar la espera teñía las líneas de la palma de mi mano, que empezaba a impacientarse, como si fuese la primera en darme el aviso de que ya se hacía tarde y que de entre las fauces de aquellas puertas que separaban a soldados y a Penélopes los ojos no detectaban la salida que esperaba.

Como hace tres años, cuando Madrid se convirtió en el espacio perfecto para asumir la realidad. Esta vez, en cambio, la misma ciudad apartaba las luces del cielo para que pudiese ver con calma las estrellas desde el templo de Debod y entender con calma otra realidad que se plantaba delante de mi cara. De ahí el precipicio que se abría a la altura del estómago.

Mientras el reloj marcaba los segundos al ritmo de los anuncios de nuevos vuelos que ya estaban en tierra, los ex pasajeros salían vomitados de los aviones, con maletas repletas de imágenes, de ropa y de recuerdos desordenados entre la ropa interior sucia. En algunos se desvelaba la decepción de volver a la rutina; en otros, la tristeza provocada porque el viaje no había colmado sus expectativas, como una pareja que ni se miraba y que no proyectaban hacia el exterior las ganas de agarrarse de la mano después de diez días juntos recorriendo las calles de Nueva York.

Y la misma sensación de desazón en el estómago, que no paraba de golpear contra las paredes de la tripa pidiendo auxilio, rogando una salida rápida, una exhalación de aire que comprimiese los pulmones y expulsase las malas sensaciones de un "no te volveré a ver". Como hacía tres años. Y después de dos meses, las tripas se arrugaban como desconocidas que no se atreven a compartir un taxi. Y el minutero machacaba el tiempo con un martillo de ritmo cadente.

Las fauces se abrieron y la imagen recibió la luz de un foco que el techo del aeropuerto había colocado especialmente allí. Con la maleta a rastras y un vaquero que había sufrido el viaje, se acercó con la misma mirada que se había perdido en aquellos dos meses, la misma con la que me había recibido hacía mucho tiempo. Y sin entender de seguridad en los aeropuertos, la maleta se desmayó, igual que la luz, sobre el suelo. Sus brazos se convirtieron en la prolongación de su mirada y se entrelazaron en mi espalda.

Con una sonrisa, los dos meses anteriores pasaban al olvido en una terminal de aeropuerto,esas que me producen dolores de estómago y malos humores. Excepto aquel día, que se hicieron luz y silencio para emprender una nueva realidad.

EnCantabrio

El verano en Madrid es duro. El calor, la polución y el estrés que no se va ni en verano del asfalto convierten la ciudad en un lugar demasiado árido para permanecer indefinidamente sin tomarte un descanso. Eso fue lo que hice el fin de semana pasado.

Libraba tres días seguidos (viernes, sábado y domingo) y me uní a un viaje que llevaba preparándose desde hacía semanas o meses a Cantabria. Hice mi maleta y me embarqué en un coche al lado de un coreano, una peruana y una brasileña. Salíamos a las 3 de la tarde de Madrid y calculábamos estar antes de las 8 en Hinojeda, al lado de Suances, donde habíamos alquilado un hostal. El plan: ir a dos festivales; uno en Santander, que se encajaba dentro de la semana grande de la ciudad, y otro en Suances, gratuito, de música un poco más dura y donde el chico coreano conocía a todo el mundo (como bien demostró después).

Además del equipaje, dos discos grabados con algunas peticiones horteras de la brasileña y algunas peticiones propias para no morir en aquella horterada. Y, como no podía ser de otra manera, las cosas se torcieron nada más salir. La mala noticia tomó forma de atasco de salida de Madrid. Cuando tardas dos horas en avanzar 90 kilómetros, te esperas que nada peor pueda pasar... pues sí.

Tardamos 7 horas en hacer todo el trayecto porque, entre otras cosas, nos encontramos con unas obras en la autopista que la reducían a un carril. En fin, que después del infierno de trayecto (que supimos amenizar perfectamente, es lo que tiene ir de viaje con amigos), llegamos a las 10 de la noche al hostal. El hostal... bonita por fuera era aquella casa, sin duda; el problema lo tenía la señora hostalera, empeñada a través del teléfono desde nuestra salida de Madrid en que éramos una pareja con dos hijos, a pesar de la reiterada aclaración de la peruana: "Que nooooo, señora, que somos cuatro adultos jóvenes". Nos desplazamos a Santander y llegó la segunda mala noticia, esta vez en forma de no entradas.

Lo que pasó es que mi tarjeta no me dejó sacar mis entradas y las de la brasileña, así que los dos nos perdimos el concierto (realmente el que íbamos a ver) y lo cambiamos por una hora y pico sentados en la playa, hablando de lo divino (como yo) y lo humano (yo; y no, no soy egocéntrico). Cuando el coreano y la peruana se aburrieron de ver al segundo grupo, nos juntamos de nuevo los cuatro, nos fuimos a Suances, y llegamos a ver el último grupo del segundo festival. Después, poco más, porque el largo viaje nos dejó demasiado cansados para salir "de fiesta" mucho más que dos horas desde la finalización del concierto.

El sábado, playa. Sí, playa y sol en el norte de España, para que luego se diga. La playa de los Locos (estaban muy crazy, tío) y otra que no recuerdo el nombre nos tiñeron la piel de otro color (rojo intenso en el caso de la peruana) y nos bañaron con el cantábrico a una temperatura impropia de ese mismo norte. Luego, por la tarde, visitamos Santillana del Mar (que ni es santa ni es llana ni tiene mar) y escuchamos un poco de un concierto de jazz al que no pudimos quedarnos.

El efecto del sol intenso sólo nos había dejado fuerzas para cenar en Suances de tapas guiados por el coreano en un gran acierto (de los pocos que tuvo el pobre en el viaje, porque es un poco tonto) y para volver al hostal. Allí, intercambio de duchas y siestas (nada sexual -ojalá-, simplemente mientras uno se duchaba, los otros tres dormitaban) y de nuevo al festival.

Sobre el escenario había un guitarrista gordo, barbudo y brazicorto con una camisa de flores, un bajista con una camiseta que rezaba "I love Benidorm" (sobre el que la brasileña y yo convenimos que estaba colocado), un batería al que casi no se le veía y un percusionista/teclista demasiado feliz y sosegado para el momento. ¿Y el cantante? Digamos que a los dos minutos de introducirme entre la gente con el coreano, el cantante apareció a escasos metros de mí mirándome fijamente a los ojos mientras entonaba su canción. Se pasó todo el concierto paseando entre el público, saltando con ellos, sentándose con ellos, bebiendo sus cervezas y poniéndose sus viseras... y todo esto bajo el auspicio de los organizadores del concierto, encargados de sostener y manejar el eterno cable del micro; cuando subía al escenario era un cuadro. En fin, que fue bastante gracioso.

Esta vez, ya finalizado el concierto, el débil estómago del coreano nos invitó a volver a hostal, donde a penas pudimos mantener una conversación de media hora castigados por el cansancio. Mejor, porque recuperamos fuerzas para el domingo. Visitamos Comillas (" "), donde comimos, y Torrelavega fugazmente. Y emprendimos el viaje de vuelta a Madrid, con una de esas mochilas que te llevas de los viajes geniales. Porque el tiempo se había parado durante esos dos días y medio. Volver a Madrid supuso partir de nuevo de cero en casi todos los sentidos. Y es que la vida y la capital en verano es muy dura. Tanto se había parado el tiempo para mí que el lunes el Real Madrid ya no contaba con Guti y Raúl se despedía del equipo. Qué tiempo, cómo es.

Pues eso, que encantabrio de haberos conocido.

P.D: Si alguno de mis ilustres acompañantes tiene a bien dejarme fotos o colgarlas en el Facebook podré decorar el post con imágenes. Ejem. He dicho.

Mis Apuntes De Derecho

El otro día, rebuscando en mis cajones, encontré una libreta en la que tomaba apuntes en segundo de carrera, en Derecho. La asignatura, Derecho Constitucional II; la profesora... A.G. (dejémoslo así, que Internet es muy traicionero). Esto es lo que recogía aquel día en un aula de Derecho en Santiago (totalmente verídico):

"A.G. porta hoy unos bellos ropajes; un estupendo conjunto de pantalón 'maprietaelculo' y un jersey 'notevoyaenseñarná'. El pantalón es de color gris oscuro y el jersey es de ese color inclasificable que se acerca al púrpura pero que jamás nadie se atreverá a ponerle un nombre exacto.

El jersey se ve adornado por un collarcito dorado que nuestra protagonista porta en su cubiero cuello (por el jersey, que es de cuello alto). El pelo está recogido (y suponemos que lavado) y lo hace con un broche 'keloflipas' que le ayuda a retirarse el cabello de su cara leve y elegantemente maquillada.

Está de pie sobre el estrado que preside la clase, algo que le daría algo de autoridad de no ser porque es ella, la G., la mujer que un día se chapó varias lecciones de Constitucional y ahora las dicta, intercalando entre frases su ya mítico "¿mng?", inigualable e irrepetible por otra persona que no sea ella.

En los días como hoy es cuando te preguntas si las clases valen la pena, si merece la pena ir a clase sólo para escuchar cómo A.G. te dice cuatro paridas que jamás será capaz de explicar. Son de esos días en los que las mujeres se sienten orgullosas de ser mujeres, los hombres se alegran de que las mujeres se enorgullezcan de ser mujeres, el oso Yogui goza por vivir en un parque natural tan mal vigilado como el de Yellowstone, los pajaritos emigran a otras tierras, la mayoría del PP nos atrapa, el fuego se quema, el agua se moja, el pez nada, la vaca todo, los chicos guapos se compran cremas para su cara, las chicas guapas se compran cremas de depilar, las gordas adelgazan, las delgadas también y todos son muy duros y guais.

Creo que con estas pinceladas os podéis imaginar que es un día que marcará el inicio de una época, uno de esos en los que te encuentas en una casa que no es la tuya pero que no huele del todo mal y en la que la gente te mira raro. Llego así a la conclusión de que Ricitos de Oro hizo mal en comerse la sopa de los tres ositos, que, como todos los osos, son unos lurillas y se cabrean, y no me extraña, ya que si una fulana rubita acaba con tu sopa merece morir. Además, ¿qué hace una niña sola por el bosque y sin caperuza roja? ¿quién le manda entrar en una casa que no es suya? ¿por qué lleva esos ricitos tan guais?

Todo esto lo consigo gracias al ralle de la G., pero creo que lo que viene aquí es más interesante que lo que ella dice".

Madre mía... 20 años y la inocencia perdida. Eso es lo que tiene ir a clase solo a las 4 de la tarde. En fin, ¿por qué no me quiero dedicar al Derecho...?

El Portero

El portero, ese personaje. Supongo que la gente se preguntará cómo uno llega a ser portero de cualquier deporte que lo demande. Es como ser árbitro... Yo fui portero. Mi razón, el asma. Se supone que si corría mucho me ahogaba, así que la estatua inamovible durante la mayor parte del partido que representa el defensor de la portería parecía la mejor opción para entrar en el equipo del colegio (realmente me hice portero el segundo año, después de una nefasta temporada). Lo fui de fútbol sala. Mi cueva era de red blanca y palos rojiblancos. Lo tuve que dejar por una bursitis en el codo, y sólo de vez en cuando he recuperado el tiempo pasado (como cuando me rompí una uña).

El portero, ese hombre. Es un antihéroe del fútbol; también en balonmano y en hockey (hielo, hierba o sobre patines). Vive solo en casi la totalidad del tiempo que dura el partido, atrapado en una dulce locura que le caracteriza. El portero, un jugador que en el campo sufre las mayores frustraciones. Sus fallos suelen ser los más recordados. También los del delantero, pero él tiene el premio del gol. El único premio del guardameta es el parar un penalti, pero para restarle mérito ya existe el dicho de "el penalti no lo para el portero, lo falla el jugador". Un dicho que resulta importantísimo para entender la figura del portero desde fuera; se distingue al portero del jugador, como si el primero careciese de la importancia que tiene el defensa, el mediocampista o el delantero.

Pero bendita locura la del portero. Higuita, con su escorpión en Wembley, la capital europea del fútbol; Jorge Campos, con sus camisetas horteroides y su alma de delantero centro; el desquiciamiento habitual de Chilavert, ese entrañable gordo que lanzaba las faltas como el mejor Maradona; o el máximo goleador, Rogerio Ceni, que demostró que los brasileños son especiales en el fútbol hasta cuando son porteros. Y eso que Brasil es el país en el que menos importancia han tenido ellos en la historia del fútbol. Sólo uno es recordado generación tras generación, y para eso, se le recuerda con odio. Se llamaba Barbosa y fue el triste protagonista del Maracanazo, una "tragedia" clásica que se vivió en Brasil, en 1950, en su Mundial, cuando todo estaba a su favor. Brasil perdió la final de ese Mundial en un Maracaná repleto hasta la bandera. De nada vale que los goles sean de Schiaffino y Gigghia, porque el mundo del fútbol recuerda a Barbosa, que fallecía en el año 2000 con la sombra del recuerdo nefasto del 50 y la indiferencia y odio de todo un país que vive por y para el fútbol.

Genio y figura, el portero. La imagen de la soledad. En los deportes de equipo, él es la imagen marginada, en una punta del campo, expectante de que, de sopetón, le llegue un balón. Si la caga, la caga; si la para... es lo que tenía que hacer. El solitario, el guardián de la puerta, el Can Cerbero, que protege la puerta del infierno... el puesto más poético del fútbol, seguro. Y a veces se le va la cabeza y se dedica a tratar de marcar goles, en lugar de pararlos; así lo escribí en El País Digital (vale, es que no me apetece repetir lo que ya escribí; por cierto, el titular no era ese, sino "Porteros contra natura", pero me lo cambiaron... cabritos).

Ayer, Casillas nos recordó lo importante que puede ser. Paró un penalti, salvó el empate casi al final. El mismo que ha demostrado, también, que el portero puede ser como el quarterback y quedarse con la tía buena, ayer se erigió en el símbolo de una selección que hizo historia. Repetida hasta la saciedad es la imagen del portero vestido de negro alzando la Eurocopa; esperemos que esa misma imagen se repita dentro de unos días, pero ahora levantando la copa dorada de campeones del mundo.

Y si lo hace, será el portero el protagonista, esa figura especial del fútbol.

Números

Números y más números y más números y más números. Entended que para un chico de letras puras como yo, eso se convierte en una espiral sin fin de desasosiego y dolor en la entrepierna. Dicen de mí que fui capaz de revivir lenguas muertas como el griego y el latín en 3º de BUP y COU, que conmigo tenían actividad e incluso generaban nuevas normas y reglas gramaticales; yo, que vivo por y para las letras; yo, que vivo en la letra A en Vigo y D en Madrid; yo, que estaba en el grupo C en derecho y en la clase B en el colegio; yo, que no sé hacer la O con un canuto. Yo, en resumen, que soy de letras, me veo rodeado de números.

El otro día me pedían un número del que aún no había oído hablar. "Necesitamos tu número de la Seguridad Social". ¡¡Un número nuevo!! Además, uno que conllevaba empezar a cotizar, como un chico mayor, que suponía dejar el biberón y empezar a beber en vasos grandes, pasar del pantalón corto al largo y empezar a peinarme yo solo. Conocía números raros, como el número pi, aquel famoso 3,1416... Había oído hablar de él, pero ¿el de la Seguridad Social? "No te preocupes, aquí te lo damos", me dijo un hombre calvo en el edificio que ocupa el Ministerio de Trabajo en Vigo. Y sí, me lo dieron. Era un número largo, como un nuevo DNI.

La primera duda apareció rápido detrás de mi oreja, acechándome como un violador. "¿Tendré que memorizármelo?". Tengo ya muchos números en mi cabeza, retengo demasiada información numérica en mi cerebro como para sobrecargarlo con tantos dígitos. Mi teléfono móvil, el fijo de mi casa, mi piso, el código postal, el número de cuenta, las claves de la tarjeta de crédito o del correo electrónico... ¿uno más? Creo que será imposible. Para descargar responsabilidad y soltar lastre numérico en mi cabeza, saqué copias del documento oficial que mostraba al que quisiese saberlo que acababa de recibir un nuevo número para engrosar la ya de por sí engorrosa lista de numeritos. No tenía vida laboral, pero sí un número que era el principio esa vida. "Con tanta copia no hace falta que lo memorice y siempre lo tendré a mano", pensé mientras sonreía lleno por dentro por mi gran razonamiento.

Hoy, sin ir más lejos, hace unos minutos, decidí consultar el correo de la Universidad de Madrid. Aún seguía ahí. "Introduzca su clave". Como no, mi clave era... ¡¡premio!! ¡¡un número!!. Pero no un número de esos que puedes poner tú como quieras ni uno de esos que es fácil, de dos cifras, cuatro dígitos o tres chorradas, no. Era un numeraco que si te lo aprendías creo que te convalidaban un par de asignaturas de matemáticas.

Yo confío mucho en mi memoria. Demasiado, creo. Así que no se me ocurrió apuntarlo nunca en ningún sitio. Y ahí estaba yo, delante de la deslumbrante pantalla del ordenador, realizando las cábalas más extrañas para alcanzar un haz de luz en mi memoria que me transportase al mismo día que me dijeron: "Eh, chaval, esta es tu clave; es un número, así que apúntatelo por si se te olvida". "¿Olvidárseme a mí? Estás de coña, pringao...". Ese mismo que con desidia llamaba "pringao" al otro era yo, el mismo imbécil que se secaba las gotas de sudor tratando de descifrar en su maltrecha y atiborrada de números memoria aquella clave que hace cuatro años memoricé, pensaba, para el resto de mi vida.

Por suerte, el haz de luz apareció. Era Dios. "Mauro, te doy esta oportunidad para que no vuelvas a fallar. Este es el número, pero ahora no me hagas la misma jugarreta con el número de la Seguridad Social". Con su divinidad (muy divina, por cierto), me rescató de las fauces del olvido para que pudiese entrar en mi correo de la Universidad y sorprenderme de nuevo, una vez más...

Otro número: "Mensajes sin leer: 60". Me cago en todo, malditos números.

Con Platón En El Autobús

Llegué justo a tiempo para dejar la maleta y la mochila en el maletero del autobús, que ya tenía el motor en marcha. El conductor me confirmó que el billete era real y que mi asiento era el 25, casi al final y al lado de la ventana. Arriba, mis compañeros de viaje se acomodaban en los asientos, anchos y acolchados, colocaban sus maletas en los altillos o se acurrucaban como fetos buscando el sueño que les hiciese más llevaderas las siete horas que nos quedaban por delante.

"Perdona, pero creo que ese es mi asiento". Ella, que miraba a un punto infinito por la ventana, se giró, me miró y con una sonrisa me pidió perdón. "Es que no sabía cuál era el mío". Con el motor en marcha y el autobús con la intención de abandonar Madrid, ella, con la misma sonrisa, me mira, me toca el hombro y me pregunta si le puedo ayudar a bajar el cabezal de su asiento. "Es que soy bajita y me queda muy incómodo". Éramos compañeros de viaje. Las dos breves conversaciones nos habían convertido en una especie de pareja unida por el azar de los números aleatorios que repartía un ordenador accionado por un empleado que perdía sus horas y su ilusiones en la ventanilla de una estación de autobuses. A mí me había llevado hasta ese asiento la urgencia de irme a Vigo y la imposibilidad de ocupar uno de los individuales que el autobús express y nocturno regala en su parte derecha. A ella, lo caro de los billetes de avión y el relax que le proporcionaba haber estado dos semanas en Madrid esperando por un trabajo que nunca llegó.

Con Madrid a la espalda y los márgenes de la autopista repletos de luces de neón que anunciaban noches largas para los camioneros, entablamos nuevas conversaciones. La primera, forzada por la película que se proyectaba en la televisión del bus. El dvd fallaba y nos repitieron hasta tres veces los primeros 20 minutos de la película. A la tercera, entre risas, reproducíamos los diálogos y las situaciones. Antes, habíamos descubierto juntos cómo se conectaban los cascos y cómo se llegaba al canal del audio para poder seguir la televisión. Eso sí, el cabezal de su asiento seguía sin adaptarse a su altura.

Sin película (el conductor se hartó y nos castigó sin ella) y sumergidos en la madrugada en plena Castilla, nos amenizamos el viaje entre susurros. El resto de los pasajeros dormían, pero nosotros sólo habíamos empezado a viajar. Respuestas a las preguntas. ¿Qué haces en Madrid? ¿Por qué te vas un martes a Vigo? ¿Por qué va el autobús tan lleno un martes? ¿Dónde estudiaste? ¿Así que la conoces? No me lo puedo creer... Y ya eran las 2 de la madrugada. Y quizás rendida por el día tan largo, apoyó la cabeza en mi hombro, abusando de la extraña confianza que logramos en tres horas de susurros y sonrisas intuidas en medio de la carretera.

"¿Sabes que sólo podemos ver menos de un tercio de las estrellas que cubren el cielo por culpa de las luces de la ciudad?". "No", contesté, sin pararme a pensar si eso era mucho o poco. "Desde el pueblo de mi familia se ve todo el cielo despejado. Seguro que se pueden ver más de la mitad de las que existen". "Seguro", contesté, sin parame a pensar si eso era posible. "Tienes el hombro muy cómodo. Yo no, siempre me lo dicen".

La voz del conductor nos avisaba de que tocaba parar en mitad del camino, justo antes de entrar en Galicia, para comer y beber algo y estirar las piernas. Mala decisión. Sentados uno frente al otro en la mesa del bar de carretera nos dimos cuenta de todo. Con luz, con gente, fuera de nuestro hábitat, no era lo mismo. Estábamos limitados al autobús, a los asientos 25 y 26, a ver la vida desde el cristal. Allí, uno enfrente del otro, no éramos más que dos viajeros desconocidos sin nada de lo que hablar. Yo me levanté antes. Terminé el agua sin gas y salí a fumar. Ella pasó delante de mí cinco minutos después. No la reconocí. No era la misma del autobús.

Cuando reiniciamos el camino, todo volvió a la normalidad. Pero sabíamos que nos quedaban tres horas, más o menos, para ser los dos. Aprovechamos el tiempo de viaje para reirnos mientras nos repartíamos las posesiones comunes. Nos dividimos la luna que nos acompañó durante el viaje, las estrellas y las luces de las casas lejanas. Ella se quedó con los árboles que pasaban difuminados por la velocidad y la oscuridad y yo con los reflejos de las farolas de los pueblos en la lejanía. Y nos quedamos dormidos.

La voz del conductor me despertó ya entrando en la estación de Vigo. Tardé en abrir los ojos; sólo lo hice cuando el autobús apagó el motor. Ella ya no estaba. Había sido la primera en bajar. Con la sombra de la culpa sobre los hombros por no haber despertado antes, recogí el equipaje. Fuera, esperando un taxi a las 6 de la mañana, me pareció verla subiendo a un coche y diciéndome adiós con la mirada. "A lo mejor en otra ocasión; quién sabe, en Marte, quizás...".

Siempre nos quedará lo que Platón diseñó para un autobús.

Terminal

"Está terminal", dice el médico a la familia del enfermo. Está a punto de llegar al final. Está, por tanto, repitiendo el esquema en el que se puede resumir la vida, que no es más que un conjunto de acciones que tienen un final, que se terminan. Cada paso que inicia algo se convierte en el primero que se da para llegar hasta el final. Es decir, todo lo que empieza, por las mismas termina.

Hace unos tres días iba a terminar mi estancia en Madrid y el fin de una etapa. Regresaba por unos meses a Vigo para hacer una cura de desintoxicación del último año, de los últimos meses. Un tiempo de playa y de cambio de ambiente. Un tiempo de asueto prolongado en el tiempo con el objetivo más o menos cercano de volver a empezar otra vida. El primer paso que daría con el fin de conseguir dar el último con el futuro regreso a Madrid en septiembre. Después, otro primer paso; el comienzo de un máster o un contratillo en cualquier medio para subsistir engrosando el curriculum con vistas a regalarme otro final cuando todo eso terminase.

Ahora, incluso, parece que las vacaciones medio forzadas se van a esfumar y Madrid será mi ciudad de veraneo otro año más... si las cosas salen bien, por supuesto.

Y las piezas del dominó erguidas sobre el tablón de la mesa de mi habitación se empezaron a caer dibujando sus formas al mismo son del sonido que hacían al estamparse contra la madera. Los finales se fueron sucediendo como un causa-efecto sin mucha explicación. Mientras los días se empiezan a despejar de nubes y el calor empieza a amenazar humeante desde el asfalto de mi calle, se despellejaban también las rodillas después de meses caminando por las cuerdas más flojas, las que nunca regalan palabras y los "noes" se ahogan en la orilla de la playa que visité hace ya, parece, mucho tiempo.

"Dame un sí", le decía un chico a una chica el otro día en una cafetería, sin saber que yo era espectador de lujo de su conversación. Mientras revolvía el café abrasivo con la cucharilla, el tintineo marcaba el tiempo real en el que un final, un enfermo terminal, se sentaba entre aquella pareja para avisarles que, esta vez, el sí que él le solicitaba a ella no iba a aparecer, y lo mejor era que se levantasen, me dejasen a mí sin espectáculo de telenovela barata y pusiesen fin a la historia que para mí había durado unos escasos minutos.

El carácter terminal de esa escena retrataba lo que me tocaría vivir pocas horas después, con el final inesperado de un plan que nació antes de morir, con el principio de dos meses que serán distintos y con el calor que se apoderó de mi cuerpo y se transformó en sudor frío que me cubría el cuello, la frente y el pecho.

Por si acaso las cosas salen bien, para Vigo me voy a disfrutar de la playa el tiempo que pueda.

BCN


Desde pequeño, siempre dije que me gustaría vivir en Madrid o en Barcelona. Tonterías de un chaval cualquiera, pensaréis... Pues sí. Pero me reafirmo. Y me he reafirmado desde que estoy en Madrid y siempre que visito Barcelona. Este último fin de semana he estado en Barcelona (con cama en Sabadell, cortesía del Gigante Bueno) y, como siempre, me ha vuelto a encantar. Yo soy de ese tipo de personas, extrañas ellas en esta España del PP, a la que le encantan los vascos y los catalanes.

Viajar a Barcelona merece la pena ya sólo por la entrada que hace el avión en la ciudad. La sobrevuela, se encamina hacia el mar, se coloca en paralelo a la costa para que puedas dibujar la Diagonal y la Sagrada Familia, y aterriza. Desde lo alto, con una escuadra y un cartabón, puedes diseñar tu camino; yo me planifiqué los cuatro días que estuve ahí en los breves minutos que duraba la maniobra del piloto. Lo peor, las increíbles turbulencias que tuvimos durante el viaje y la mala noticia, después de aterrizar: un control de policía nada más salir del 'finger'. En él, dos polis bien identificados con su placa al cuello como el que lleva un móvil última generación, hacían guardia como estatuas de sal. Primero, un aviso a uno de los cubanos con los que compartí el viaje en avión. Segundo, un "espere un momento" dirigido a mí. No sé qué cara tengo o pongo, que los controles me eligen a mí como víctima.

El poli malo, calvo y con cara de mala leche, mirando al frente, a un punto infinito en el que supongo que estarían apilados todos sus traumas infantiles, me pidió, sin mirarme a los ojos en ningún momento ni apartar la mirada del infinito, mi identificación y me preguntó de dónde venía. "De Madrid", contesté con seguridad e incredulidad porque ¿realmente no sabía de dónde venía el avión? "Ha hecho alguna escala", decía sin apartar la mirada de su infancia triste con un padre que le pegaba en la cabeza. "No...", le respondí. Cogió el DNI, miró el reverso con velocidad y me devolvió la identificación. "Puede pasar". Sólo me acojoné en el momento en el que recordé que llevaba un pequeño desodorante en la mochila que había pasado desapercibido en el control previo al embarque. Si se dedicasen a otras cosas, mejor nos iría...

Sabadell desde la terraza del Gigante Bueno

Y ahí dieron comienzo mis cuatro días en Barcelona. El Gigante Bueno me citó en la Plaza de Catalunya, y después de encontrarnos, adularnos y abrazarnos, nos dirigimos a la bella ciudad de Sabadell. Después, otra vez vuelta a la gran ciudad. Contando que en cada recorrido tardas unos 40 minutos, mis primeras horas fueron observando las maravillas de los Ferrocarriles de la Generalitat, cortesía del señor Pujol. Acabamos en Gracia cenando un kebab servido por Roberto Benigni y después nos tomamos una cerveza en un local cubano con un excelente ambiente (estaba el camarero hablando por teléfono y la tele encendida, además de una música estupenda). Éramos dos, pero a partir de ese momento, las gentes se fueron sumando.

La noche en general, bien, qué os voy a contar. Salir por Barcelona tiene las mismas ventajas y desventajas que en Madrid. Muchos sitios a los que ir, muchos ambientes diferentes, pero mucho coñazo para trasladarse de un sitio a otro. El tren de vuelta me invitó a dormir después de asegurarle al Gigante Bueno que yo no dormía en los trenes...

El sábado disfrutamos de una maravillosa tarde en la villa de Sabadell. Qué puedo decir de ella... pues que tiene chimeneas de antiguas fábricas y que tiene una calle grande con comercios y algunas plazas. Ah, también constaté la obsesión de los catalanes con los dragones, a los que incluyen en toda celebración que se precie.
Bola de Drac

Por la noche, una fiesta en un chalet cerca del Parc Güell, previa cena en un restaurante francés. Lo digo aquí: fuimos los más divertidos de la fiesta. Es una realidad. Esa fue mi impresión, pero creo que no conocer a la gente te permite algunas licencias, como la no necesidad de socializar con gente que no te apetece. Los cinco que fuimos (sólo uno conocía a unas cuantas personas, que incluso algunos le odiaban) conseguimos que la fiesta no fuese un coñazo. Vale, esto último es una flipada, pero así lo pensaba mucha gente de la fiesta (claro, contestaban que sí a mi pregunta, a la pregunta de un desconocido con acento gallego).

Los cinco más divertidos

El domingo lo cerré con una visita a mi primo de Barcelona. Por no enrollarme, me quedo con su disección de la universalizada idea de que el catalán es agarrado. Todo se resume en un término de márketing, el smart shopping (comprador inteligente). El catalán no se va a una terraza con sus amigos a gastarse 4 euros en una cerveza; él se la compra en un supermercado por 65 céntimos, la enfría y se la toma en casa. Lo mismo, pero más barato... La comida, igual. Total, si la vas a cagar en dos horas...

Y nada más. El lunes hice una fugaz visita al mar, a las Ramblas y al barrio Gótico, comí con el Gigante Bueno y regresé a Madrid. Otro país, otro lugar, vamos a ver el circo...

Y eso, besos, chiquets.

Última Vez

Cuántas veces habré pensado "esta es la última vez que...". Muchas veces, como algo afirmativo, como una decisión y algo definitivo. Por ejemplo, hubo una última vez que me afeité con cuchilla. Al terminar, decidí que era la última vez que lo hacía y que me pasaba a la maravillosa maquinilla. Total, para mi vello adolescente y escaso, invertía demasiado tiempo, y todo por hacerme el mayor y por la envidia que me daba el tío musculoso del anuncio de Gillette.

Estas últimas veces tienen forma absoluta y una sombra de certeza con mucha efectividad. Están basadas en la experiencia y en el historial particular de cada uno. "Nunca más voy a pensar que soy más listo que los demás"; una afirmación formulada de manera absoluta y basada en la experiencia. Por lo menos en mi caso. Y estas últimas veces están bien. Muy bien.

Las otras "últimas veces" son las que ponen fin a momentos. Más que afirmaciones, se formulan como preguntas. Algo así: "Y si esta fue la última vez que...". Este tipo ha estado muy presentes en mi vida desde siempre. Cuando terminaba un curso, dejaba el colegio pensando "esta es la última vez que piso este suelo siendo alumno de séptimo de EGB". Volvería a pisar ese mismo suelo, pero lo haría siendo un chicarrón de octavo. Aquí hago un inciso con la teoría que tenía un compañero de clase sobre los cursos. Se resumía en la posibilidad de pegar a otros alumnos. Vamos a ver: si estás en octavo de EGB (no sé las correspondencia ahora), está genial, porque eres el mayor de EGB y puedes pegar a todos los demás porque son menores que tú. Al pasar a primero de BUP, en cambio, pierdes esa cualidad y te conviertes en el pequeño de BUP y los demás te pueden pegar a ti. Ya, yo tampoco entiendo esa obsesión por pegar a los demás...

Últimamente, dentro de mi pequeño caos personal, me encuentro preguntándome si una vez será la última que hago algo. O si algo que he hecho, lo será por última vez. El domingo pasado me lo pregunté. A lo largo de una hora completa, atravesando las calles de Madrid, pasando al lado del Retiro, cruzando por la Puerta de Alcalá, escalando la Gran Vía, recreándome en la Plaza de España y abriendo la puerta de mi casa. Había dejado algo atrás, detrás de mi camino, y las imágenes que se me venían a la mente me preguntaba si tenían forma de última vez, si se repetirían o se quedarían como estatuas que sólo sirven para recordar.

Lo peor, que seguro que vuelvo a pensar si algo es la última vez que pasa.
2009 Vida De Un... - Powered by Blogger
Blogger Templates by Deluxe Templates
Wordpress theme by Dirty Blue